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viernes, 1 de agosto de 2014

En su momento hablé de El caballo de cartón, de Abel Hernández. He leído en las últimas semanas otros  libros del autor: Historias de la Alcarama, también recuerdos de la vida en Sarnago, Soria; Leyendas de la Alcarama, una historia de amor ambientada en los mismos tiempos y ambientes; y el recientemente publicado El canto del cuco: llanto por un pueblo, más recuerdos elegíacos donde se combinan sucesos y experiencias de hoy con recuerdos de la infancia y, en particular, de su madre.

Vale la pena conocerlos para disfrutar del lenguaje y de las observaciones llenas de sentido común del narrador. Ambas cualidades se pueden apreciar cuando, en El canto del cuco, comenta que la perversión actual de muchas palabras es un gran desastre cultural y, para ejemplificarlo, hace notar cuánto le sorprende «que a las putas, izas, rabizas, busconas, zorras, etcétera, se las llame trabajadoras sexuales, al maestro de escuela empleado de la enseñanza, al médico trabajador de la sanidad, y al espía de toda la vida, agente del servicio de información, o, peor aún, del servicio de inteligencia». En fin, concluye, «todo esto es hablar por no callar, o peor: hablar para engañar y camelar a la gente. Cosa de charlatanes, churrulleros, cascarrines, bocaranes y cantamañanas».

Abel Hernández. Historias de la Alcarama (2008). Madrid: Gadir, 2008; 240 pp.; col. Gadir ficción; ISBN: 978-84-96974098. [Vista del libro en amazon.es]
Abel Hernández. Leyendas de la Alcarama (2011). Madrid: Gadir, 2011; 128 pp.; col. Gadir ficción; ISBN: 978-84-96974876. [Vista del libro en amazon.es]
Abel Hernández. El canto del cuco: llanto por un pueblo (2014). Madrid: Gadir, 2014; 206 pp.; col. Gadir ficción; ISBN: 978-84-942018-2-0. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 31 de julio de 2014

Días atrás hablé de que hay libros de relatos que se dirigen a un público lector y no sólo infantil o juvenil. Un ejemplo son los cortitos e ingeniosos Cuentos como pulgas, de Beatriz Osés, con una ilustración por cuento de Miguel Ángel Díez. Aquí hay una reseña.

Para dar una idea, un ejemplo, de contenido muy parecido a El rebaño, es Contando ovejas: «La oveja tomó carrerilla y se aproximó a la valla con decisión, pero al llegar a la cerca frenó en seco y cayó al suelo. Todas las ovejas que corrían tras ella tropezaron y se fueron amontonando unas sobre otras. Aquello ocurría las noches de insomnio, cuando Juan Luna se confundía al contarlas».

Otro cuentecito corto que a mí me hace mucha gracia es Lobo verde bajo las estrellas: «Había una vez un lobo verde que balaba las noches de luna llena. El resto de la manada se desternillaba de risa pero las ovejas lo adoraban».

Beatriz Osés. Cuentos como pulgas (2006). Sevilla: Kalandraka, 2013; 48 pp.; col. Siete leguas; ilust. de Miguel Ángel Díez; ISBN: 978-8492608744. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 30 de julio de 2014

Pongo en la página un comentario a una serie muy popular hace años: El pequeño vampiro, de Angela Sommer-Bodenburg. No soy nada entusiasta de los relatos góticos, ni del humor basado en los elementos del género, pero este personajillo fue todo un éxito en su momento.

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martes, 29 de julio de 2014

Un álbum de hace tiempo que no había puesto aquí: La mierlita, de Isidro Ferrer y Antonio Rubio. Está bien comentado en esta reseña y en esta otra. En ellas se resume su argumento —un zorro que atemoriza a una mierlita, diminutivo de mirlo, que, asustada, le va entregando a sus pequeñas crías, hasta que un alcaraván entra en escena—. Se habla también de su origen como cuento popular y de sus rasgos de relato repetitivo pensado para ser recitado-representado. Yo quería sobre todo poner de manifiesto que sus ilustraciones de aire cubista, por su composición con collages y la representación plana de las figuras, son especialmente claras y están bien combinadas con el texto y con la progresión del relato. No está de más señalar que, como algunos cuentos populares de advertencia, puede resultar un tanto incómodo a ciertos lectores.

Isidro Ferrer. La mierlita (2002). Texto de Antonio Rubio. Pontevedra: Kalandraka, 2002; 36 pp.; col. Libros para soñar; ISBN: 84-8464-174-0. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 28 de julio de 2014

Otro álbum antiguo, con un humor totalmente inglés: The elephant and the bad baby, con texto de Elfrida Vipont e ilustraciones de Raymond Briggs.

En él, un elefante ve a un niño malo al que le pregunta si quiere dar un paseo. El niño dice que sí y el elefante lo sube a su lomo. El elefante le va preguntando al niño si quiere un helado, un pastelito de carne, un bollo, etc. El niño va diciendo a todo que sí y el elefante va robando dos de cada cosa que le pide, uno para él y otro para el niño. Según avanza la historia el elefante y el niño van siendo perseguidos por el heladero, el carnicero, el panadero, etc. Hasta que, irritado, el elefante se para y riñe furiosamente al niño.

Excepto las ilustraciones del principio y del final, que ocupan la doble página, las demás se dividen en dos: en la izquierda vemos la escena del robo y en la derecha la de la persecución. Las palabras van encima de las ilustraciones y, en ocasiones, al menos en la vieja edición que yo conozco, no se ha buscado la forma de ponerlas sobre un fondo que permita su lectura cómoda. El texto, que cuando el elefante avanza repite la frase «rumpeta, rumpeta, rumpeta down the road», está pensado para resultar muy sonoro y para teatralizarlo al leerlo en voz alta. La irónica lección del final —muy apropiada para cualquier educación aristocrática y británica— no la entenderán bien, o no la entenderán igual, todos los lectores.

Raymond Briggs. The elephant and the bad baby (1969). Texto de Elfrida Vipont. London: Puffin Books, 1971; 32 pp.; SBN: 0-14-050048-0. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 27 de julio de 2014

Robert Spaemann:
«En política vemos a menudo que se pide a los expertos en ética que den respuestas acerca de qué es lo recto, lo justo o lo falso. Siempre me encuentro incómodo en estas situaciones. Afortunadamente nadie me ha preguntado si quería formar parte de una comisión ética. Esto me habría puesto en un apuro, pues en ciertas cuestiones estoy del lado de Kant cuando escribe que para responder a las preguntas sobre el bien y el mal nada aporta una reflexión muy desarrollada ni una esmerada preparación. En realidad, hay personas muy sencillas que tienen una sensibilidad moral maravillosa, un tacto muy fino, mientras que también hay personas de gran formación que son unos egoístas sin escrúpulos y para quienes la razón, como dice Kant, sirve para llegar a ser auténticas “lumbreras en el arte de expoliar”».

Robert Spaemann. Sobre Dios y el mundo. Una autobiografía dialogada (Über Gott und die Welt. Eine Autobiographie in Gesprächen, 2012). Madrid: Palabra, 2014; 396 pp.; col. Biblioteca Palabra; trad. de José María Barrio Maestre y Ricardo Barrio Moreno; ISBN: 978-84-9061-034-3. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 26 de julio de 2014

Para varios de mis amigos pintores, dice Ramón Gaya, «la pintura es un fin en sí misma, mientras que para mí no es más que un medio, un medio, claro está, que me tiraniza, que me ha tiranizado siempre, pero que nunca he podido considerar como un fin. Y no solo la pintura; el arte todo, con su grandeza indudable, jamás pudo parecerme sino un tránsito que lo reclamaba todo del artista, que lo exigía todo del artista, que actuaba en él como una fatalidad, que lo minaba, que se lo comía entero, pero que no era un fin. En ese mismo carácter implacable veía yo su transitoriedad. Porque nada es tan feroz como lo efímero, lo que vive de pasada; su terquedad y necesidad violentas pueden hacernos creer, por un instante, que se trata de algo central, de trascendencia última, de finalidad tope, pero los grandes y últimos fines, precisamente, no encierran ferocidad alguna, pasión alguna».

Ramón Gaya. El sentimiento de la pintura, en Obra completa. Valencia: Pre-Textos y Madrid: Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2010; 986 pp.; edición al cuidado de Nigel Dennis e Isabel Verdejo; prólogo de Tomás Segovia; ISBN: 978-84-8191-969-1 (Pre-Textos) y 978-84-92827-73-2 (SECC). [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 25 de julio de 2014

El principio de la sabiduría es una novela de 1910, firmada por Henry Handel Richardson, seudónimo de la escritora australiana Ethel Florence Richardson (1870-1946). En ella se cuentan los años que Laura, una chica de origen modesto, pasa en un internado de Melbourne, entre los 12 y los 17 años, en medio de compañeras de clase más alta que la suya. Todo se centra en los problemas que Laura tiene: en el trato con su madre y hermanas, y en las relaciones con las demás internas: por su insatisfacción interior, por su tendencia natural a meter la pata, por los métodos educativos y por la rigidez de los comportamientos, el suyo y el de quienes la rodean.

Es un relato bien escrito e históricamente interesante por la forma inusual, para la época, en que se aborda el tema. Aunque no pretenda ser infantil, por su tono, lo cierto es que se mantiene dentro de los relatos semejantes del género pero, eso sí, sin la más mínima concesión al buen humor. Es difícil sobreponerse a la sensación que deja de que es una historia descompensada: todo es demasiado serio y tenso, la narradora y protagonista vive en un agobio continuo, sus profesoras son casi siempre duras y distantes, y, salvo al final, ni siquiera entre sus compañeras encuentra un poco de apoyo y descanso. En cualquier caso tiene valor si la leemos como una narración más entre las muchas que presentan un itinerario formativo.

Henry Handel Richardson. El principio de la sabiduría (The Getting of Wisdom, 1910). Barcelona: Alba, 2014; 332 pp.; col. Rara Avis; trad. de Elena Bernardo Gil; ISBN: 978-84-8428-962-3. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 24 de julio de 2014

James Patterson, un conocido autor de best-sellers (de los que no he leído ninguno) publica desde hace tiempo libros infantiles. Leí, hace unos meses, uno de la serie Los peores años de mi vida, que no me atrajo mucho. He leído ahora Me parto, que sí me ha parecido un libro interesante: por su planteamiento y porque, aunque tenga muchas referencias a la cultura popular norteamericana, tiene buenos momentos de humor sin que falten otros de tristeza y dolor genuinos. No es una novela gráfica aunque tenga muchas ilustraciones —al comienzo de los capítulos, algunas que ocupan una o dos páginas, y muchas otras pequeñas— pues las imágenes, al margen de que añadan algún chiste, no aportan nada significativo.

El protagonista y narrador es Jamie Grimm, un chico que va en silla de ruedas, que vive con una familia de adopción desde que fallecieron sus padres en un accidente de tráfico, y que practica continuamente para llegar a ser humorista. Habla de las dificultades que tiene, muchas debidas a su minusvalía, y de cómo intenta llevarlas con buen humor. Tiene un tío que le comprende, y al que ayuda en su comercio —sus chistes atraen a los clientes—, dos buenos amigos en el colegio que le apoyan, y no falta un grandullón que le acosa, en clase y en su casa, pues es el hijo mayor del matrimonio que le adoptó. La narración se centra en que se Jamie se presenta, primero sin que se sepa, y luego ya con el apoyo de sus amigos, a unos concursos de jóvenes humoristas con eliminatorias sucesivas que terminan con una gran final en Nueva York. No falta la chica guapa que también se convierte en su aliada.

La narración incide mucho en que a Jamie le duele que no lo valoren por ser quien es y por lo que tiene que decir y, en cambio, lo juzguen con estándares más bajos y lo compadezcan por ir en silla de ruedas. Sin embargo, también hace notar que  «los neoyorquinos nos miran a mi silla de ruedas y a mí igual que miran al tipo de los ojos desencajados y la ropa harapienta que asegura que el mundo se acaba el martes que viene porque se lo ha dicho un duende que vive en su bolsillo. No nos hacen ni caso. Ni a él, ni a mí. Sí… en las aceras de la gran ciudad no abunda la compasión». También hay momentos en los que Jamie reflexiona sobre algunas formas de usar mal el humor, como la de reírse a costa de otros.

Todo el texto está lleno de frases o bromas de conocidos cómicos norteamericanos, como Billy Cristal, y de personajes del cine o de la televisión, como los Simpson. Jamie también se aventura con chistes de su propia creación, algunos malos, como él mismo reconoce, y otros con gracia. En su narración a veces deja caer observaciones agudas: «¿Alguna vez os habéis dado cuenta de que los relojes que hay en clase son los relojes más lentos del mundo? Es como si la directora tuviese escondida en su despacho una herramienta secreta capaz de deformar el continuo espaciotemporal y de convertir los días de clase en años de perro». O, por ejemplo, al pensar en un monólogo basado en lo políticamente correcto, dice: «en lugar de referirte a la comida que sirven en el comedor del instituto como “bazofia”, podrías llamarla “de digestión complicada”. Del mismo modo, yo no soy un paralítico ni un discapacitado; soy de “aptitudes diferentes”» y en mi instituto «ya no hay ningún gordo; todos son “horizontalmente anchos”». Más adelante seguirá señalando que «en mi instituto (…) ya no nos tiramos pedos, solo “expulsamos combustibles alternativos”. En la guardería, a los niños ya no les cuentan el cuento de Jack y las habichuelas mágicas, sino el de Jack y el peligro de las semillas de habichuelas modificadas genéticamente».

James Patterson y Chris Grabenstein. Me parto (I Funny, 2012). Barcelona: La Galera, 2014; 309 pp.; col. Novela Gráfica; ilust. de Laura Park; trad. de Diego de los Santos; ISBN: 978-84-246-5168-8. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 23 de julio de 2014

El verano que desaparecieron los Trogloditas, de Raquel Míguez, es un libro infantil bien escrito que se lee con agrado. Su protagonista es Diego, un chico gordete y algo acomplejado, que se va de vacaciones a un pueblo del que sólo se nos dice que tiene «olor a eucalipto», a casa de sus tíos. Sorprendentemente no encuentra ni a su primo Pablo ni a sus amigos de otros veranos, los trogloditas, pero, más sorprendentemente aún, ninguna familia parece preocupada por eso.

Uno de los méritos del relato es su comienzo intrigante, que propicia un cambio de narrador —al principio es en tercera persona pero desde dentro de Diego, y luego hay tramos del diario de su primo en el que se cuentan las cosas que han ocurrido en los últimos meses—, y provoca un giro de los acentos cotidianos del principio a los propios de una historia de magia —de las que hablan de una bruja novata que aquí se llama, nada menos, Dora Maar—. Como en otros libros infantiles, este salto de lo real a lo fantasioso causará problemas de credibilidad a algunos lectores, pero los atrapados por el enigma no lo tendrán en cuenta. También, como mandan las convenciones del género, Diego tiene una misión que cumplir y eso le hace superar sus miedos y madurar.

Raquel Míguez. El verano que desaparecieron los Trogloditas (2014). Alzira: Algar, 2014; 133 pp.; col. Calcetín rojo; ilust. de Bartomeu Seguí; ISBN: 978-84-9845-628-8. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 22 de julio de 2014

Ramón, de Jesús Cisneros, refleja el itinerario habitual de domingo de un tal Ramón, un hombre alto y delgado con un paraguas abierto, que, de camino al parque, va encontrando a un pájaro, a otro tipo con sombrero, a la chica de la bicicleta, a un señor que cuenta hojas… Es uno de los muchos álbumes cuya estructura es la de un simple paseo y de los que reflejan o suscitan, de modo poético y nostálgico, algunas emociones propias de adulto, al modo de un relato corto chejoviano. A fin de cuentas, en él no sucede nada memorable pero, también por eso, hace pensar al lector en su propia vida o en la vida de quienes pasan a su lado. Las sugerentes ilustraciones —normalmente a doble página salvo cuando hay una ilustración en una página y otra pequeña en la página en blanco de al lado—, son narrativamente claras y presentan bien un clima de color y serenidad otoñales.

Jesús Cisneros. Ramón (2009). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2009; 24 pp.; ISBN: 978-84-92412-26-6. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 21 de julio de 2014

Otro popularísimo álbum inglés para prelectores, que saca partido a una popular canción infantil que también es un juego de las madres con los bebés, es Ten little fingers and ten little toes, con texto de Mem Fox e ilustraciones de Helen Oxenbury. Sé que hay una versión bilingüe, pero no la conozco y no sé si en castellano funciona tan bien para la lectura en voz alta.

El comienzo dice: «There was one little baby / who was born far away. / And another who was born / on the very next day. / And both of these babies, / as everyone knows, / had ten little fingers / and ten little toes». El mismo motivo se repite, con ligeras variaciones, cada doble página y en cada una se van mostrando niños encantadores de distintas razas junto con sus madres.

Helen Oxenbury. Ten little fingers and ten little toes (2008). Texto de Mem Fox. London: Walker Books, 2008; 44 pp.; ISBN: 978-1-4063-1592-9. La edición bilingüe, Diez deditos de las manos y Diez deditos de los pies, está en Houghton Mifflin, 2012; 38 pp. en cartoné; ISBN-13: 978-0547870069. [Vista de esta última edición en amazon.es]
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domingo, 20 de julio de 2014

Robert Spaemann: «El contexto público en el que hoy se habla de los valores es profundamente relativista. Se habla de “nuestros valores”. Cuando los políticos occidentales viajan a China se sienten en el deber de hacer algo en materia de Derechos Humanos y de proclamar “nuestros valores”, a lo que sus interlocutores chinos responden, con toda razón: “Vosotros mismos decís que se trata de vuestros valores, que tenéis en alta estima. Nosotros poseemos nuestros propios valores, distintos de los vuestros. Entonces, ¿qué queréis de nosotros?”

Justificar los Derechos Humanos con los valores es, por otro lado, algo harto peligroso. “Derecho” es un concepto bastante claro. Pero, ¿los valores? Desde luego, con frecuencia se habla de los valores cristianos: la Iglesia debería anunciar los “valores cristianos”. Pues bien, no existen valores “cristianos”. Jesús abrió los ojos de los hombres a los “valores” que ya existían antes de que Él apareciera. También la verdad del teorema de Pitágoras es anterior a que Pitágoras la formulara».

Robert Spaemann. Sobre Dios y el mundo. Una autobiografía dialogada (Über Gott und die Welt. Eine Autobiographie in Gesprächen, 2012). Madrid: Palabra, 2014; 396 pp.; col. Biblioteca Palabra; trad. de José María Barrio Maestre y Ricardo Barrio Moreno; ISBN: 978-84-9061-034-3. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 19 de julio de 2014

Ramón Gaya: «La poesía no es una de las artes. La poesía está en todas las artes. La poesía es algo que está en el hombre, un sentimiento que está en todos. Puede haber un hombre que trabaje la tierra y tenga un sentimiento poético trabajándola. Ahora eso se va perdiendo por la imbecilidad de la civilización actual. Se le está arrancando al hombre no el amor a la tierra sino el amor de la tierra, e incluso el sentimiento de la tierra. Había en ello un sentimiento poético. Cuando está atardeciendo y el campesino sale después de haber sudado, después de haber sufrido, cuando sale, digo, a la puerta de su casa y ve cómo está la parra, cómo atardece —se ven las nubes y da un poco de airecillo—, bueno, pues eso es un sentimiento poético. Y él sale a la puerta de su casa para recibirlo, para sentirlo…»

Ramón Gaya. De viva voz. Entrevistas (1977-1998) (2007). Valencia: Pre-Textos, 2007; 402 pp.; selección y presentación de Nigel Dennis; ISBN: 978-84-8191-787-1. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 18 de julio de 2014

Bennett Cerf (1898-1971) entró en el negocio editorial en 1925 y fundó Random House en 1927, empresa de la que fue propietario y presidente hasta poco tiempo antes de fallecer. Había empezado a preparar sus memorias pero falleció repentinamente por lo que fueron su esposa y su principal editor, Albert Erskine, quienes prepararon este libro, Llamémosla Random House, a partir de sus notas y de las entrevistas que había concedido. La historia de sus peripecias profesionales se cuenta cronológicamente aunque algunos capítulos se dedican a determinadas cuestiones —compras o absorciones de otras editoriales, ideas de negocio que salieron especialmente bien, etc. — o a sus relaciones con autores más importantes o con los que llegó a tratar más íntimamente —como William Faulkner o James Michener, escritores que, dice Cerf, confían en el editor y por tanto el editor se vuelca con ellos—.

El libro está repleto de anécdotas pues Cerf era una persona bromista y extrovertida, con muchas relaciones con el mundo del espectáculo —era juez habitual de la elección de Miss América, fue un gran amigo de Frank Sinatra, participaba de modo habitual en un show televisivo…—. Habla de por qué publicó, o por qué no lo hizo, algunos libros controvertidos, igual que cuenta sucedidos con otros editores y muchos escritores, casi siempre con acentos amables y positivos. Son reveladoras —también por lo atrás que se han quedado…— algunas opiniones que tenía sobre su negocio al final de su andadura profesional, como la de que «la gente no lee ficción como antes, tal vez porque la vida misma es muy emocionante. La ficción hoy no puede competir con la primera plana de un periódico». Pero lo más interesante, sin duda, está en cómo su historia deja constancia de la evolución y el crecimiento de la industria editorial en las décadas centrales del siglo XX.

Por ejemplo (y en relación a mis intereses particulares), Cerf cuenta que descubrió la literatura infantil cuando tuvo dos hijos y se propuso contarles cuentos y darles libros, y gracias también a su esposa Phillis, que fue quien impulsó una nueva colección, que también constituyó como una empresa independiente al principio, llamada Begginer Books. Esta colección, un éxito arrollador, comenzó con El gato garabato, del Dr. Seuss, autor que había publicado ya varios libros en la editorial pero que, con este, consiguió uno de los relatos más vendidos de la historia.

Más adelante comenzaron otras colecciones, por edades, y fue uno de los hijos de Cerf quien le sugirió que los libros de las colecciones debían ir numerados porque, así, aquellos lectores a los que les había gustado ese libro sabían que podían encontrar más del mismo tipo. O, por ejemplo, dos ideas que fueron una gran lotería, en palabras del mismo Cerf, fueron los All About Books, los libros que hablaban de «todo sobre el tiempo», «todo sobre las estrellas», etc., muy impulsados por el consumo cada vez mayor de la televisión entre los niños; o los Landmark Books, que pensó cuando quiso comprarle a su hijo de siete años, en 1948, libros sobre historia de los EE.UU. y vio que no había ninguno apropiado en las librerías, por lo que puso en marcha una colección compuesta por libros que trataban, cada uno, un episodio importante de la historia de los EE.UU.

Bennett Cerf. Llamémosla Random House. Memorias de Bennett Cerf (At Random. The Reminiscences of Bennett Cerf, 1977). Madrid: Trama, 2013; 270 pp.; col. Tipos móviles; trad. de Íñigo García Ureta; ISBN: 978-84-92755-90-5. [Vista del libro en amazon.es]

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