sábado, 19 de mayo de 2012
Quien esté interesado en conocer más cosas de
Dickens, los hechos de su vida y las posibles vinculaciones entre ellos y los incidentes que aparecen en sus novelas, puede leer la ordenada biografía escrita tiempo atrás por
Peter Ackroyd y que se ha publicado en castellano no hace mucho. Aparte de las cuestiones personales, en ella se tratan con amplitud los pormenores de la confección de sus obras, de sus relaciones con editores e ilustradores, de las aventuras editoriales a las que se lanzó, de sus viajes y sus giras para leer teatralmente algunos tramos de sus obras.
Ackroyd habla de aquellos asuntos en los que Dickens abrió camino: así, con
Las aventuras de Pickwick revolucionó la forma de vender y presentar la ficción narrativa, no porque la fórmula fuera nueva sino por la novedad de escribir un texto original y ponerlo a la venta mensualmente al precio de un chelín; o con
Oliver Twist publicó «la primera novela de la literatura inglesa con un niño cómo héroe o protagonista de la intriga». Menciona dos rasgos que, personalmente, me atraen especialmente: uno, que la genialidad de Dickens se afianzó en el ambiente de cultura popular que se respiraba en las calles de Londres; otro, que a lo largo de sus novelas presenta niños desvalidos que actúan como revulsivos de nuestra conciencia. Y aunque cita sólo dos veces a
Chesterton, una para indicar que, probablemente, sea el mejor crítico de las obras de Dickens, se pueden detectar muchas huellas suyas en las apreciaciones que se hacen.
Peter Ackroyd. Dickens: el observador solitario (Dickens, 1990). Barcelona: Edhasa, 2011; 703 pp.; col. Biografía; trad. de Gregorio Cantera; ISBN: 978-84-350-2800-4.
viernes, 18 de mayo de 2012
El puño invisible, de Carlos Granés, es un valioso ensayo que muestra una panorámica del origen y la evolución que han sufrido las vanguardias artísticas y culturales a lo largo del siglo XX. En capítulos cortos el autor presenta los representantes y las ideas de fondo de cada una y apunta también algunos de sus resultados.
Así, y entre otras cosas, el autor hace notar la «delgada línea roja que separa el terrorismo cultural del terrorismo real» y cómo las soflamas de algunos intelectuales como Breton o Sartre, «sobre todo las del segundo, fueron combustible de absurdas carnicerías en Latinoamérica». Habla de personajes que, después de intentar derrocar al sistema, se pasaron a él con armas y bagajes con la intención de ganar cuanto más dinero mejor. Explica cómo la victimización racial, o feminista, o la que sea, no sólo no elimina las barreras entre grupos sino que las eleva y fortalece. Indica las consecuencias absurdas del relativismo que asegura que todo es digno de igual reconocimiento. Señala cómo el multiculturalismo no deja de ser una posición de condescendencia y menosprecio hacia personas a las que se considera incapaces de razonar. Al final de la exposición es difícil no estar de acuerdo con el autor cuando afirma que «no se puede premiar sistemáticamente la estupidez y esperar que esto no traiga consecuencias sociales y culturales».
Un reproche menor, que no altera la calidad del trabajo que hay detrás, es el de que, con alguna frecuencia, los adjetivos elogiosos que se usan son inexactos. Creo que no se puede decir que Kerouac y seguidores eran una generación sabia y desesperada: lo último sí, sabia no. O, más claro aún, este párrafo: «no deja de ser curioso que una lúcida intelectual como Sontag haya considerado que para hacer la revolución en Estados Unidos se debía desertar de las aulas —fábricas de trabajadores dóciles— y consumir drogas que disminuyeran la claridad, la eficacia y la productividad»: al menos en esto, lúcida precisamente, no.
Carlos Granés. El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales (2011). Madrid: Taurus, 2011; 488 pp.; ISBN: 978-84-306-0905-5.
jueves, 17 de mayo de 2012
Los interesados en
George MacDonald agradecerán conocer el rico ensayo filosófico y teológico que le ha dedicado
Ricardo Aldana. En él se subraya que tuvo gran influencia sobre
Chesterton, un lector niño fascinado por
La princesa y los trasgos; sobre
Tolkien, a quien también cautivaron ese libro y su continuación
La princesa y Curdie, y que además tomó de los escritos de MacDonald parte de sus ideas para su famoso ensayo acerca de los cuentos de hadas; o sobre
C. S. Lewis, cuyo regreso a la fe cristiana comenzó a partir de la lectura casual de
Phantastés, y cuya devoción por MacDonald lo llevó a convertirle en protagonista de su relato
El Gran Divorcio. También se comentan las obras de MacDonald que Lewis consideraba más destacadas:
Phantastes, La princesa y los trasgos, La princesa y Curdie, La llave de oro, Lilith y
La princesa perdida (también titulada
The Wise Woman), aparte de
La historia de Nycteris y Photogen. Y, sobre todo, se desarrolla la explicación del talento particular de MacDonald para crear imágenes que, por sí mismas, sin pesos alegóricos, nos hacen notar la riqueza oculta de la realidad que tenemos alrededor.
Ricardo Aldana. George MacDonald (2011). Madrid: Fundación Maior, 2011; 52 pp.; col. Acercarse; ISBN: 978-84-936777-3-2.
miércoles, 16 de mayo de 2012
Un libro excelente, que tenía en lista para leer desde hace tiempo pero que se había ido quedando atrás: Una vaca, dos niños, trescientos ruiseñores, de Ignacio Sanz.
El relato está basado en dos sucesos de la vida del poeta chileno Vicente Huidobro. Para su viaje a Europa en 1916, en el trasatlántico Tierra del Fuego, hizo embarcar a una vaca para que sus hijos pequeños tuvieran leche fresca en el trayecto. Y para su regreso a Chile, siete u ocho años después, lleva trescientos ruiseñores, pues pretende poblar con ellos Chile, y pide a sus hijos, Vicentito y Nela, que los cuiden durante la travesía.
El libro atrae porque lo que se cuenta es verdaderamente singular, y porque lo hacen muy bien tanto el narrador en tercera persona que se ocupa de la primera parte, como los hijos del poeta que redactan el diario de a bordo del viaje de regreso, en días alternos. Además, la narración respira simpatía pues las extravagancias de poeta y los lujosos caprichos de millonario de Huidobro se tratan con amabilidad comprensiva. Pero, en ese contexto, pierden fuerza las consideraciones del poeta sobre la belleza y la poesía: «una necesidad, un sueño que hay que perseguir».
Ignacio Sanz. Una vaca, dos niños, trescientos ruiseñores (2010). Zaragoza: Edelvives, 2010; 167 pp.; col. Ala Delta; ilust. de Patricia Metola; ISBN: 978-84-263-7532-2.
martes, 15 de mayo de 2012
Ya que
vengo citando álbumes compuestos con la intención educativa de hacer que los niños amen la naturaleza, y con la intención crítica de hacerlos conscientes de algunos abusos, uno importante de hace tiempo es, o fue,
Hey! Get Off Our Train, de
John Burningham, un autor que aquí, como hace también en otros álbumes, narra ordenadamente alternando ilustraciones como dibujos —cuando presenta escenas de vida real— con otras pictóricas —para los momentos «imaginativos»—.
Al principio vemos a un niño que se acuesta con su perro de peluche y, a los pies de la cama, deja un tren de juguete. A continuación presenciamos su sueño: viaja con el perro en el tren y van haciendo sucesivas paradas —con buen tiempo para un picnic, con niebla para jugar a fantasmas, con sol para bañarse, con nieve para jugar a tirarse bolas, etc.—. En cada una se les une un animal que se queja de algo. Así, el elefante se lamenta de los cazadores que buscan sus colmillos y «pronto no quedará ya ninguno de nosotros»; la morsa, de la contaminación del agua y también de los cazadores; la cigüeña, de que desaparecen pantanos; el tigre, de que desaparecen los bosques; el oso, de que hay quienes buscan sus pieles para hacer abrigos…
John Burningham. Hey! Get Off Our Train (1999). London: Red Fox, 1999; 48 pp.; ISBN: 0-09-985340-X.
lunes, 14 de mayo de 2012
La campeona mundial de mantenerse despierta, de
Sean Taylor y
Jimmy Liao, es un excelente
bedtime por su texto y por sus imágenes.
Stella tiene que irse a la cama pero ni la cerdita Rosa, ni el ratón Amperio ni Sapo de Trapo están por acostarse, e incluso Rosa dice de sí misma que es la campeona mundial de mantenerse despierta. Así que Stella va proponiendo algo distinto a cada uno de sus juguetes para conseguirlo: a Rosa que se imagine que la almohada es un barco; al ratón, que la caja en la que le mete es un tren; a Sapo de Trapo que la cesta de los juguetes es un globo.
Los personajes resultan entrañables y las ilustraciones son luminosas y están compuestas con la maestría propia de Liao. Van recuadradas la que recogen la vida normal de Stella y sus muñecos, las que presentan a Stella charlando con cada uno de sus juguetes sólo presentan las figuras sobre fondo blanco, y son a sangre las que recogen los relatos imaginativos que Stella cuenta a sus juguetes.
Jimmy Liao. La campeona mundial de mantenerse despierta (The World Champion of Staying Awake, 2011). Texto de Sean Taylor. Granada: Barbara Fiore, 2011; 40 pp.; trad. de Carlos Andreu y Albert Vitó; ISBN: 978-84-15208-07-5
domingo, 13 de mayo de 2012
Dice Wayne Booth que no hay mejor tema novelesco que el de un hombre bueno enfrentado a decisiones morales importantes. Ahora bien, sigue, «nuestro actual descuido de términos morales como “hombre bueno” y “hombre malo” es sin duda infortunado si nos conduce a descuidar el papel que el juicio moral juega en la mayoría de nuestra lectura de valía. (…) No podemos evitar juzgar a los personajes que conocemos como moralmente admirables o despreciables, igual que no podemos evitar juicios sobre su habilidad intelectual. Podemos decirnos que no condenamos la estupidez y la depravación, pero creemos que los hombres no deberían ser estúpidos y depravados. Podemos explicar la conducta del villano refiriéndola a su circunstancia, pero incluso explicarlo es admitir que es algo que requiere excusa».
Wayne C. Booth. La retórica de la ficción (The Rhetoric of Fiction, 1961). Barcelona: Antoni Bosch, 1974; 423 pp.; versión española, notas y bibliografía de Santiago Gubern Garriga-Nogues; col. Ensayo; ISBN: 84-7162-631-4.
sábado, 12 de mayo de 2012
En
Appreciations and Criticisms of the works of Charles Dickens se recogen prólogos de
Chesterton a estas obras:
Sketches by Boz, Pickwick Papers, Nicholas Nickleby, Oliver Twist, Old Curiosity Shop, Barnaby Rudge, American Notes, Pictures from Italy, Martin Chuzzlewit, Christmas Books, Dombey and Son, David Copperfield, Christmas Stories, Bleak House, Child’s History of England, Hard Times, Little Dorrit, A Tale of Two Cities, Great Expectations, Our Mutual Friend, Edwin Drodd, Master Humprhey’s Clock y
Reprinted Pieces.
Anteriormente a este libro, Chesterton había publicado ya
una biografía sobre Dickens, por lo que los comentarios que hace aquí a sus obras no son extensos y normalmente se centran en algún o algunos aspectos que le interesa resaltar. Así consigue su objetivo de poner a Dickens en perspectiva: cuál es su estatura en comparación con sus contemporáneos; cuáles son los méritos y cuáles los fallos de sus relatos, tanto los literarios como los que se refieren a sus apreciaciones humanas o históricas; qué personajes están conseguidos y cuáles no; qué críticas sociales o históricas son justas y cuáles están algo desenfocadas.
En la introducción, Chesterton dice que las novelas de Dickens pueden ser leídas en cualquier orden. Es más, que cualquier orden de capítulos también sirve, pues cada parte es tan divertida y está tan viva que las novelas se pueden leer hacia atrás: «esto no es caos, es eternidad». Pero, al mismo tiempo, es cierto que para comprender mejor algunas obras, es útil saber cuáles van primero y cuáles van después. Un ejemplo es el de que, después de que se le reprochara el haber pintado de forma tan oscura al judío Fagin en
Oliver Twist, se sintió obligado a ser más justo con los judíos y a presentar personajes amables: el viejo Aaron de
Nuestro común amigo no es que sea una exageración de las virtudes judías, sino que no es un personaje terrenal y, como muchas peticiones públicas de perdón, no suena muy convincente.
Chesterton subraya que Dickens hizo notar los cambios sociales y el núcleo de algunos acontecimientos históricos de forma instintiva, mucho mejor que los muy educados, que novelistas como
Thackeray o historiadores como Carlyle. Subraya también que Dickens siempre vio a sus personajes, en especial a sus personajes de baja condición social, como personas, individualmente, y nunca se le ocurrió escribir novelas de tipo sociológico. E indica que sus teorías fueron menos importantes que sus creaciones, porque era un genio, aunque el pensara que sus teorías eran más importantes, porque era un hombre.
G. K. Chesterton. Appreciations and Criticisms of the works of Charles Dickens (1911).
viernes, 11 de mayo de 2012
En su momento mencioné
Cómo saborear un cuadro, de
Victor Stoichita. Otro libro reciente del autor con el que he aprendido mucho es
La invención del cuadro, un estudio de la pintura europea entre entre 1522 y 1675, desde la revuelta iconoclasta de Wittenberg, organizada por
Andreas Bodenstein von Karlstadt, hasta un cuadro de
Cornelius Norbertus Gijsbretchs que representa
el reverso de un cuadro. En él están bien explicados los sofisticados ejercicios metapictóricos a los que se dedicaron entonces muchos pintores, como por ejemplo los cuadros de gabinetes de coleccionista; o los cuadros que a su vez contenían cuadros, o mapas, o espejos, con intención de reflexionar acerca de la condición de la imagen; o las «complicadas escenificaciones autorreflexivas» que presentaban el arte como proceso y como producto, hasta llegar a la cumbre que supusieron escenas de taller como
Las meninas (1656) y
El arte de la pintura (1666). Entre otras cosas, viene bien para caer en la cuenta de que muchos artistas posmodernos son verdaderos principiantes en sus ejercicios metafictivos.
Victor I. Stoichita. La invención del cuadro. Arte, artífices y artificios en los orígenes de la pintura europea (2011). Madrid: Cátedra, 2011; 506 pp.; col. Ensayos de Arte Cátedra; trad. de Anna María Coderch; ISBN: 978-84-376-2854-7.
jueves, 10 de mayo de 2012
La librería ambulante, de Christopher Morley, es una novela bien escrita, con un original argumento, optimista y bienhumorada, de las que gustan mucho a los entusiastas de los libros y la lectura.
La narradora es Helen McGill, una mujer soltera, de casi 40 años, que vive con su hermano Andrew en una granja familiar. Pero Andrew publica un libro con el que triunfa e inicia su carrera de escritor, lo que lleva consigo empezar a viajar y a descuidar las labores de la granja. Por eso, cuando un tal Roger Mifflin va en busca de Andrew para venderle su carromato-librería pero no lo encuentra, es Helen quien decide comprarla, sin que lo sepa su hermano, para dejar la granja una temporada y dar un giro a su vida.
En su periplo se suceden los incidentes y Helen, poco a poco, descubre los talentos de Roger, «una especie de misionero itinerante» de los libros, «un conversador incansable», «jovial como un saltamontes hogareño». Además, entre las muchas cosas que aprende sobre los libros y sobre la forma de venderlos, es perfecto el comentario de Roger acerca de los editores que no comprenden su trabajo y su política de precios: «los editores “me escriben cartas sobre la política de los precios fijos y yo les respondo hablándoles de mi política del mérito fijo. Que publiquen un buen libro y verán como yo lo vendo a buen precio”». Y entre las observaciones de interés, una que se puede aplicar a los intentos que vemos alrededor de estirar el significado de algunas palabras, es la de un chiste de Lincoln que Roger cuenta: «Si llamáis pata a la cola, dijo Abe, ¿cuántas patas tiene un perro? Cinco, me diréis. No, diría Abe, porque llamar pata a una cola no hace que la cola se convierta en pata».
Christopher Morley. La librería ambulante (Parnassus on Wheels, 1917). Cáceres: Periférica, 2012; 182 pp.; trad. de Juan Sebastián Cárdenas; ISBN: 978-84-92865-50-5.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Nueva edición de
Gallinas supergallinas, el primer relato que publicó
Dick King-Smith. No es el mejor de los suyos pero es gracioso, da idea de su ingenio y sus dotes narrativas, y vale la pena conocerlo. Su argumento es que, en un corral de gallinas especialmente dotadas, pues llevan años lidiando con unos espabilados zorros, nacen tres hermanas con unas cualidades más excepcionales todavía. Así que, después de una incursión sangrienta de los zorros, preparan un plan para darles una lección.
La narración es simpática y son muchos los golpes humorísticos, como el que las gallinas se pongan nombres tomados de palabras de granja o de rótulos que pueden leer, como Abonos, Exquisitos, Carruaje, Central, Prohibidoel, Cuidadocon, Fertilizantes, Lácteos, etc. (no sé si será de aquí de donde toman la idea los personajes de
Terry Pratchett en
El asombroso Mauricio y sus roedores sabios; igual que no sé si King-Smith preparó su historia un poco a la contra de
El superzorro, de
Roald Dahl).
Como corresponde a quien conoce bien el mundo animal, el autor no sólo describe bien muchas cosas de la vida de granja, sino que presenta unas relaciones que bien pueden llamarse realistas, y que no son nada disneyanas, entre zorros y gallinas: estas mueren cuando los zorros entran en el corral y, cuando pueden desquitarse, las gallinas lo hacen también del modo más incisivo y cruel que pueden.
Dick King-Smith. Gallinas supergallinas (The Fox Busters, 1978). Barcelona: Noguer, 1989, 3ª ed.; 111 pp.; col. Cuatro Vientos; ilust. de Julia Díez; trad. de Alvaro Forqué; ISBN: 84-279-3138-7. Nueva edición en 2011; 144 pp.; col. Noguer infantil; ISBN: 978-84-279-0121-6.
martes, 8 de mayo de 2012
lunes, 7 de mayo de 2012
Ya dije que que no conozco casi álbumes que hablen del uso cotidiano de una biblioteca pública, pero sí algunos sobre bibliotecas sorprendentes. De estos, uno simpático es
Murciélagos en la biblioteca, de
Brian Lies.
Es un relato en versos (del tipo: «¡Vamos todos de aventura; hoy es noche de lectura!», «Siempre que alguien nos avisa / vamos allá, a toda prisa») acerca de una colonia de murciélagos a los que les encanta ir de noche a la biblioteca. Una vez allí, los viejos van a sus sitios predilectos y los jóvenes, más revoltosos, curiosean por distintos sitios. Otros «hacen formas con las sombras / o ruedan por las alfombras». Otros ven que «Hay libros fenomenales / que son tridimensionales». Y van entrando en distintos libros:
Abran paso a los patitos, El mago de Oz, Alicia, El viento en los sauces, etc.
No tengo claro si este tipo de libros sólo animan a los que ya están animados o si logran llegar, siquiera mínimamente, a quienes necesitan ser estimulados. En cualquier caso, es un buen intento de presentar el mundo de los libros amablemente y, como siempre, supongo que una buena lectura compartida sí puede atraer un poco a la lectura (al menos a quien tenga simpatía por los murciélagos).
Brian Lies. Murciélagos en la biblioteca (Bats at the Library, 2008). Barcelona : Juventud, 2009; 30 pp.; trad. de Carlos Mayor; ISBN: 978-84-261-3725-8.
domingo, 6 de mayo de 2012
Richard Sennett: «Deberíamos sospechar de las pretensiones del talento innato, no entrenado. “Podría escribir una buena novela sólo con tener tiempo suficiente” o “sólo con poder concentrarme”, es en general una fantasía narcisista. Por el contrario, volver una y otra vez a una acción permite la autocrítica. La educación moderna teme que el aprendizaje repetitivo embote la mente. Temeroso de aburrir a los niños, ansioso por presentar estímulos siempre distintos, el maestro ilustrado evitará la rutina; pero todo eso priva a los niños de la experiencia de estudiar según sus propias prácticas arraigadas modulándolas desde dentro.
El desarrollo de la habilidad depende de cómo se organice la repetición. Por eso en la música, como en los deportes, la duración de una sesión de práctica debe juzgarse con cuidado: la cantidad de veces que se repite una pieza depende del tiempo durante el cual se pueda mantener la atención en una fase dada del aprendizaje. A medida que la habilidad mejora, crece la capacidad para aumentar la cantidad de repeticiones. Es lo que en música se conoce como "regla de Isaac Stern"; este gran violinista declaró que cuanto mejor es la técnica, más tiempo puede uno ensayar sin aburrirse. Hay momentos de hallazgos repentinos que desbloquean una práctica que estaba atascada, pero esos momentos están integrados en la rutina».
Richard Sennett. El artesano (The Craftsman, 2008). Barcelona: Anagrama, 2009; 406 pp.; trad. de Marco Aurelio Galmarini; ISBN: 978-84-339-6287-4.
sábado, 5 de mayo de 2012
En sus comentarios a las obras de
Dickens, Chesterton se refiere también a
Master Humphrey’s Clock, a
Child’s History of England y a otro libro titulado
Reprinted Pieces, al que concede menos valor.
Master Humphrey’s Clock fue un semanario editado y escrito por Dickens en el que aparecieron relatos cortos y, también, las entregas sucesivas de
Almacén de Antigüedades y
Barnaby Rudge. Con ese mismo título se preparó una antología de relatos que, sin duda, tiene interés para los entusiastas del autor pues, aparte de que vienen a poner como un marco a varias novelas, revelan cuáles eran las cosas que ocupaban su cabeza. Además, y como no son textos de los Dickens habría presumido, el hecho de que se publicaran en su momento también dice algo propio del mundo editorial: a un escritor de éxito los editores no le piden algo sino que le piden cualquier cosa.
Child’s History of England, un libro que Dickens escribió pensando en sus hijos, primero apareció en entregas mensuales y luego lo publicó en tres volúmenes, uno por año. En él abarcó desde el año 50 antes de Jesucristo hasta 1689, y le añadió un capítulo final que resumía lo sucedido desde esa fecha hasta la coronación de la reina Victoria. Es un libro de interés por lo que nos dice acerca de la mente de Dickens, común entre quienes se tenían por los más avanzados de su época. Su fallo no está en que aplique a los sucesos históricos unas reglas sencillas para decir lo que está bien y lo que está mal en cada momento histórico, sino en la total ignorancia que Dickens tiene de las circunstancias en la que habría que aplicar esas reglas.
Charles Dickens. Master Humphrey’s Clock (1840-1841); Child’s History of England (1851-1853); Reprinted Pieces.
viernes, 4 de mayo de 2012
Actualizo el
comentario al conjunto de las novelas de Alatriste, de
Arturo Pérez-Reverte, con ocasión de la publicación de la última:
El puente de los asesinos (2011). En ella se cuenta la preparación, en 1626, de «un golpe de mano en Venecia, por Navidad. Ajuste de cuentas con aquellos comedores de hígado encebollado, tornadizos como cantoneras de todo trance».
jueves, 3 de mayo de 2012
miércoles, 2 de mayo de 2012
Buenos ejemplos de libros infantiles que, hace unas cuantas décadas, hablaban de diversidad cultural y del choque entre pasado y modernidad son algunos de
Ann Nolan Clark como
Secret of the Andes, sobre un niño inca, y
Santiago, sobre un chico indígena guatemalteco.
martes, 1 de mayo de 2012
Salvemos a los animales, de
Frances Barry, es un álbum que comienza mostrando un elefante y diciendo: «Me gustaría salvar a todos los animales en peligro de extinción. Salvaría al Elefante Africano, que vive en la sabana» y, al mover la solapa, se ve al elefante duchándose con un texto que añade: «y se ducha en los pantanos» y otro, en tipografía distinta y más pequeña, que añade datos y dice que hay cazadores que buscan sus colmillos de marfil. A continuación el narrador dice que «salvaría al rinoceronte negro», al que cazan por sus cuernos; al Tigre de Amur, buscado por su piel; al Oso polar, en peligro por el calentamiento global; al delfín Héctor, amenazado por las redes de pesca, y así hasta diez especies.
Álbum muy bien hecho: las ilustraciones, compuestas con collages, son excelentes. Están bien conseguidos el efecto, digamos que de tridimensionalidad, que se da con la simulación de texturas distintas, y el de sorpresa y descubrimiento cuando se pasan las solapas. Al final, se dan también unos consejos (de muy distinto valor...) sobre lo que cada uno puede hacer para contribuir a salvar animales y cuidar el medio ambiente. Queda para los educadores señalar la diferente categoría de los motivos de preocupación —no es lo mismo que unos pescadores atrapen un delfín entre sus redes de pesca que matar un animal por pura crueldad o por pura codicia, por ejemplo—; e indicar la incoherencia que puede haber al comparar la inquietud que sentimos por unos animales vistosos, con la que no sentimos por otros seres que no nos alarma que mueran, porque no los vemos o porque son molestos: basta pensar en
el álbum que cité ayer.
Frances Barry. Salvemos a los animales (Let's Save the Animals: A flip the flap book, 2010). Barcelona: Juventud, 2012; 13 h. con solapas; trad. de Teresa Farran; ISBN: 978-84-261-3856-9.