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bienvenidosalafiesta: cuaderno de notas y diccionario de autores y obras de literatura infantil y juvenil    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 14 de agosto de 2020

Séptima novela de los Episodios Nacionales.

El relato comienza en 1810 con una especie de introducción en la que Gabriel hace balance de lo sucedido en el plano bélico hasta el momento y explica «la tormenta de malas pasiones que bramaba en torno a la Junta Central. Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y es que allí todos querían mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia y al honrado desvergüenza». En esa descripción de cómo «el poder central era un hervidero de intriguillas», continúa diciendo que «las ambiciones injustificadas, las miserias, la vanidad ridícula, la pequeñez inflándose para parecer grande como la rana que quiso imitar al buey, la intolerancia, el fanatismo, la doblez, el orgullo rodeaban a aquella pobre Junta, que ya en sus postrimerías no sabía a qué santo encomendarse». Pide luego perdón por ocuparse de estos «sainetes de epopeya» y dice también que, con todo, «verdad es que las discordias de arriba no habían cundido a la masa común del país, que conservaba cierta inocencia salvaje con grandes vicios y no pocas prendas eminentes, por cuya razón la homogeneidad de sentimientos sobre que se cimentara la nacionalidad, era aún poderosa, y España, hambrienta, desnuda y comida de pulgas, podía continuar la lucha».

Hechas estas declaraciones, Gabriel cuenta cuáles fueron sus destinos después de haber vivido el sitio y la caída de Zaragoza y cómo, en ese momento, alistado en el ejército del Centro llega al Puerto de Santa María y allí coincide con Andrés Marijuán, a quien había conocido en Bailén, que «me entretuvo durante dos largas noches con la descripción de maravillosas hazañas que no debo ni puedo pasar en silencio». Toda la novela en adelante se ocupa ya de la narración de Andrés, en la que, aparte de contar la resistencia numantina de Gerona durante muchos meses —se podría decir que semejante a la de Zaragoza— y su caída final. El otro hilo que recorre su relato es su relación con Siseta, una chica con la que piensa casarse, con sus hermanos pequeños, y con un vecino que tienen, un anciano completamente obsesionado con que su propia hija no se dé cuenta de lo que ocurre a su alrededor y que les obliga a representar para ella «una farsa lúgubre». Este personaje le permite al narrador mostrar cómo hasta la gente más sencilla y buena puede comportarse con un egoísmo feroz: lo llama «la ley de las grandes calamidades públicas, en las cuales, como en los naufragios, el amigo no tiene amigo, ni se sabe lo que significan las palabras prójimo y semejante».

El narrador explica que ha modificado un poco la relación de Marijuán pues «su rudo lenguaje me causaba cierto estorbo al tratar de asociar su historia a las mías», advertencia que hace para que los lectores no se sorprendan de encuentran «observaciones y frases y palabras impropias de un muchacho sencillo y rústico». «Téngase presente, continúa, que en la época en que hablo, cuento algo más de ochenta años, vida suficiente a mi juicio para aprender alguna cosa, adquiriendo asimismo un poco de lustre en el modo de decir». En su relato, como hizo al cantar las cualidades de Palafox, en este caso aplaude la figura del gobernador militar de Gerona, el «incomparable D. Mariano Álvarez de Castro, el hombre, entre todos los españoles de este siglo, que a más alto extremo supo llevar la aplicación del sentimiento patrio». Con su característico estilo sentencioso, al contar cómo fue torturado y muerto en prisión, el 22 de enero de 1810, el narrador declara que «aquel asesinato, si realmente lo fue, como se cree, debía traer grandes catástrofes a quien lo perpetró o consintió, y no importa que los criminales, cada vez más orgullosos, se nos presentaran con aparente impunidad, porque ya vemos que el mucho subir trae la consecuencia de caer de más alto, de lo cual suele resultar el estrellarse».

Al final Gabriel hace una digresión de más amplio alcance por la que pedirá disculpas pero que tiene interés: «a mi juicio, Napoleón I y su efímero imperio, salvo el inmenso genio militar, se diferencian de los bandoleros y asesinos que han pululado por el mundo cuando faltaba policía, tan sólo en la magnitud. Invadir las naciones, saquearlas, apropiárselas, quebrantar los tratados, engañar al mundo entero, a reyes y a pueblos, no tener más ley que el capricho y sostenerse en constante rebelión contra la humanidad entera, es elevar al máximum de desarrollo el mismo sistema de nuestros famosos caballistas. Ciertas voces no tienen en ningún lenguaje la extensión que debieran, y si despojar a un viajante de su pañuelo se llama robo, para expresar la tala de una comarca, la expropiación forzosa de un pueblo entero, los idiomas tienen pérfidas voces y frases con que se llenan la boca los diplomáticos y los conquistadores, pues nadie se avergüenza de nombrar los grandiosos planes continentales, la absorción de unos pueblos por otros… etc. Para evitar esto debiera existir (no reírse) una policía de las naciones, corporación en verdad algo difícil de montar; pero entretanto tenemos a la Providencia, que al fin y al cabo sabe poner a la sombra a los merodeadores en grande escala, devolviendo a sus dueños los objetos perdidos, y restableciendo el imperio moral, que nunca está por tierra largo tiempo».

[Vista del libro en la Biblioteca Virtual Cervantes y en amazon.es]

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jueves, 13 de agosto de 2020

Otro estupendo libro de la colección Doce uvas: Acerca de la vejez, uno de los más breves y más vivaces tratados de Cicerón. El editor y traductor explica, en la breve presentación, cómo el autor nos presenta sentimientos personales, ejemplos históricos, recuerdos literarios y pensamientos filosóficos, en forma de diálogo. Cicerón hace hablar a Cayo Lelio (cónsul en el 190 a. C.), conocido como «el Sabio», y a Publio Cornelio Escipión (185-129 a. C.), llamado después «Africano el Menor», en el año 150 a. C., con Marco Porcio Catón «el Mayor» (234-149 a. C), también conocido por «el Censor», que es quien da las lecciones éticas a sus interlocutores. (De Catón mencioné, tiempo atrás, un libro con sus dichos y una buena biografía novelada sobre él de Eugenio Corti).

Algunas citas:

«Las más útiles armas de la ancianidad (…) son las artes y las ejercitaciones en la virtud, que, cultivadas durante toda una vida, en el caso de haber vivido mucho y largo tiempo, producen admirables frutos, no solo porque nunca nos abandonan —ni siquiera en el postrero momento de la vida, por más que constituya una cima—, sino también porque la consciencia de una vida bien llevada y de muchas obras bien hechas es el recuerdo más gozoso».

«Quienes niegan que la ancianidad pueda tener su lugar en la administración de las cosas (...) se comportan del mismo modo que alguien que dijera algo así como que un timonel nada hace a la hora de navegar, fijándose en que, mientras tanto, los unos trepan por los mástiles, los otros andan corriendo por la cubierta y otros achican la sentina, mientras que él se queda quieto, sentado en la popa, sosteniendo el timón. Y, sin embargo, hace algo mucho más grande y mejor. Las cosas de importancia se llevan a cabo no con la fuerza, la velocidad o la celeridad del cuerpo, sino con el juicio, la autoridad y el pensamiento. Y estas cosas son aquellas de las que la ancianidad no solo no se ve privada, sino en las que suele incluso abundar».

«Tenéis que recordar que, en todo mi discurso, estoy alabando la ancianidad que se sustenta sobre los fundamentos de una buena adolescencia. De ello que se confirma lo que, en una ocasión, dije con la firme aprobación de todos: que es desgraciada la ancianidad que tenga necesidad de defenderse con palabras. Ni el cabello cano ni las arrugas pueden sustraer repentinamente la autoridad, pero la edad superior que recoge los más altos frutos de autoridad es aquella que, previamente, se ha conducido con honestidad».

«Nadie jamás —Escipión— conseguirá convencerme de que tu padre Paulo o tus abuelos Paulo y Africano; ni de que el padre de Africano o su tío paterno; ni de que otros muchos excelentes varones que no es necesario traer a cuenta, se hubieran podido esforzar por cosas tan grandes que pasaran a la posteridad, si no hubieran concebido que, con ello, la posteridad se extendía hasta dar con ellos mismos. ¿O es que piensas que yo hubiera asumido trabajos tan grandes, durante noche y día, en las campañas de mi patria y del extranjero, si el término de mi gloria estuviera cortado con los mismos límites de mi vida física? En ese caso, ¿no habría sido mucho mejor pasar una vida ociosa y tranquila, sin trabajo ni contienda alguna?»

«Desconozco de qué otro modo el ánimo, elevado en sí mismo, hubiera podido tener puesta su vista siempre delante, hacia la posteridad, como si supiera con seguridad que, tras salir de la vida, fuera finalmente a seguir vivo. Estoy seguro de que este ánimo eminente no se esforzaría al máximo hacia la inmortalidad y la gloria a no ser que fuera su condición permanente la de ser inmortal».

Marco Tulio Cicerón. Acerca de la vejez (Cato Maior de senectute, 44 a.C.). Madrid: Rialp, 2016; 108 pp.; col. Doce uvas; trad. de Alberto del Campo Echevarría; ISBN: 978-8432145971. [Vista del libro en amazon.es]

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GraneroPeligroE.jpg
miércoles, 12 de agosto de 2020

En peligro de extinción, de Nono Granero, es un álbum disparatado y con chispa, tanto por las figuras graciosas de los personajes como por el texto en versos con los que se cuenta la historia. Su protagonista principal es el lince Facundo, que se escapa de su jaula un día, y encuentra otros animales que, como él, están en peligro de extinción: el águila Adalberto y la tortuga Marina. Los tres viajan alrededor del mundo y conectan también con un panda, un koala, un cóndor, un oso blanco, una ballena, un tiburón. Luego los tres llegan a la Nasa y se unen a la mona Mónica y al jergo Jerónimo para un viaje espacial y, cuando aterrizan en un nuevo planeta, tropiezan con un paquicefalosaurio… Un acertado comentario de la contracubierta indica el interés particular de este álbum: «pensábamos que las historias como esta se habían extinguido».

Nono Granero. En peligro de extinción (2020). Barcelona: Ekaré, 2020; 64 pp.; ISBN: 978-8412060058. [Vista del álbum en amazon.es]

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martes, 11 de agosto de 2020

He abierto voz en el diccionario a Albert Asensio, Anthony Horowitz y Sydney Smith.

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sábado, 8 de agosto de 2020

Con el paso de los años he ido poniendo aquí notas tomadas de varios libros de David Mamet (1947-). Son estas:

—De Glengarry Glen Ross (1983) y Casa de Juegos (1987): Gente fragmentada;

—De Los tres usos del cuchillo: sobre la naturaleza y la función del drama (1998): Obras de conflicto social.

—De Una profesión de putas (1989): Ceñirse al canal.

—De Dirigir cine (1991): Abjurar del Culto a Uno Mismo.

—De Conversaciones con David Mamet (2001): La finalidad del teatro, Manipular o no, esa es la cuestión, Melodrama y tragedia, Cómo avanza una trama.

—De Bambi contra Godzilla (2006): Elecciones basadas en el contenido y en el valor, Dramas comprometidos y lacrimógenos.

—De Manifiesto (2010): Una salvajada intelectual y moral, Obras con víctima, Cómo estructurar una trama, Concepción totalitaria.

—Sobre Chicago (2018): Novelas decepcionantes.

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viernes, 7 de agosto de 2020

Otros dos libros con recopilaciones de cuentos populares que, por suerte, había sacado de la biblioteca pública poco antes del confinamiento, y pude leer durante aquellas semanas: Mitología americana: Mitos y leyendas del Nuevo Mundo, del cubano Samuel Feijóo, y Mitos, leyendas y cuentos peruanos, de los peruanos José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos. Son buenos trabajos que reúnen cuentos de narradores orales de distinta procedencia.

Samuel Feijóo. Mitología americana: Mitos y leyendas del Nuevo Mundo (1983). Madrid: Siruela, 2010; 380 pp.; col. Las Tres Edades/ Biblioteca de Cuentos Populares; ISBN: 978-8498414646. [Vista del libro en amazon.es]
José María Arguedas y Francisco Izquierdo Ríos. Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947). Madrid: Siruela, 2009; 166 pp.; col. Las Tres Edades/ Biblioteca de Cuentos Populares; edición de Sybilla Arredondo de Arguedas en 2008; ISBN: 978-84-9841-290-1. [
Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 1 de agosto de 2020

En bienvenidosalafiesta: notas del mes de julio.

Como dije en el boletín anterior, bastantes libros de este mes, leídos en las semanas del confinamiento, no son novedades sino libros antiguos, por ejemplo, los de la primera serie de los Episodios Nacionales.

También durante aquellos días preparé las notas que ahora incluyo en la sección Autores de referencia, que se prolongará durante varias semanas más, y en la que hay muchas lecturas muy valiosas.

Dos libros recientes que vale la pena conocer puestos este mes son: una prometedora primera novela de una serie de aventuras fantásticas, El lobo de plata; y una novela reflexiva de balance de una vida, La agonía de Julián Bacaicoa.

Entre los buenos ecos de las selecciones de charlas y artículos sobre LIJ que publiqué hace poco, Verdades y leyendas y Corrientes profundas, agradezco especialmente este comentario.

En nuevocuaderno: notas del mes de julio. Aquí hay, y en agosto habrá, referencias a varios libros valiosos y recientes: Sigo aquí, El señor Marbury y Encrucijadas de nuestra época.

En Libros para jóvenes: notas del mes de julio.

En medium no he puesto notas nuevas pero sí he actualizado las entradas del interior de Una especie de índice de notas. Y, como anuncié, estoy a la espera de terminar de preparar un libro electrónico con una selección de las mejores.

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PerezGZaragoza.jpg
viernes, 31 de julio de 2020

Sexta novela de los Episodios Nacionales.

Novela en la que hay numerosas y detallistas descripciones de acciones de combate del sitio de Zaragoza, que tuvo lugar a principios de 1809. El narrador cuenta, de oídas, una batalla que tuvo lugar el 21 de diciembre, «una de las más gloriosas del segundo sitio de la capital de Aragón», en la que no se detiene más porque, dice, «son tantos y tan interesantes los encuentros que más adelante habré de narrar, que conviene cierta sobriedad en la descripción de estos sangrientos choques». Cuenta después, ya como protagonista, «el gran trabajo, el gran frenesí, la exaltación ardiente, en que vivieron por espacio de mes y medio sitiadores y sitiados», con ataques de los franceses, contraataques de los zaragozanos, escaramuzas casa por casa en una «laberíntica guerra de madrigueras», situaciones de falta de alimentos y de fiebres que diezman la población, combatientes de toda clase, entre ellos frailes que exhortaban a los sitiados «furor místico, inspirado en el libro de los Macabeos», etc. Todo el relato resalta el esfuerzo de los franceses por conquistar la ciudad —a la que traen «grande aparato de gente, formidables máquinas, enormes cantidades de pólvora, preparativos científicos y materiales, la fuerza y la inteligencia en su mayor esplendor»—, y cómo, detrás de una deleznable defensa material, «está el acero de las almas aragonesas, que no se rompe, ni se dobla, ni se funde, ni se hiende, ni se oxida y circunda todo el recinto como una barra indestructible por los medios humanos».

Anudado con este hilo está el de la familia Montoria, con la que Gabriel entra en contacto al llegar a Zaragoza. Don José de Montoria, uno de los jefes de la resistencia, un personaje que «no conocía los artificios de la etiqueta, y por carácter y por costumbres era refractario a la mentira discreta y a los amables embustes que constituyen la base fundamental de la cortesía», tiene un hijo, Agustín, que está ennoviado en secreto con María, la hija de un avaro, enemigo de don José, cuya descripción dickensiana no tiene desperdicio: «viejo, encorvado, con aspecto miserable y enfermizo, de mirar oblicuo y desapacible, flaco de cara y hundido de mejillas, Candiola se hacía antipático desde el primer momento. Su nariz corva y afilada como el pico de un pájaro lagartijero, la barba igualmente picuda, los largos pelos de las cejas blanquinegras, la pupila verdosa, la frente vasta y surcada por una pauta de paralelas arrugas, las orejas cartilaginosas, la amarilla tez, el ronco metal de la voz, el desaliñado vestir, el gesto insultante, toda su persona, desde la punta del cabello, mejor dicho, desde la bolsa de su peluca hasta la suela del zapato, producía repulsión invencible. Se comprendía que no tuviera ningún amigo». Candiola dirá, en medio del caos de la batalla, que «es un pecado mortal, es un delito imperdonable dejarse matar, cuando se deben piquillos que el acreedor no podrá cobrar fácilmente».

En las acciones bélicas el narrador se detiene en las que encabezan algunas mujeres, como una tal Manuela Sancho que arrastra a un ataque primero a uno, luego a tres, «luego muchos, y al fin todos los demás, azuzados por los jefes que a sablazos nos llevaron otra vez al puesto del deber. Ocurrió esta transformación portentosa, por un simple impulso del corazón de cada uno, obedeciendo a sentimientos que se comunicaban a todos sin que nadie supiera de qué misterioso foco procedían. Ni sé por qué fuimos cobardes, ni sé por qué fuimos valientes unos cuantos segundos después. Lo que sé es que movidos todos por una fuerza extraordinaria, poderosísima, sobrehumana, nos lanzamos a la lucha tras la heroica mujer». Y, como más de una vez en la serie, el narrador contrasta estas actuaciones con las afirmaciones de algunos varones como, en este caso, Agustín Montoria, que le dice a su novia María: «tú eres una mujer, y una mujer débil, sensible, tímida, incapaz de matar a un hombre, como no le mates de amor. El cuchillo se te hubiera caído de las manos y no habrías manchado tu pureza con la sangre de un semejante. Esos horrores se quedan para nosotros los hombres, que nacemos destinados a la lucha, y que a veces nos vemos en el triste caso de gozar arrancando hombres a la vida».

Son notables las descripciones de las luchas en túneles casa por casa: «este trabajo ardoroso en las entrañas de la tierra a nada del mundo puede compararse. Parecíanos haber dejado de ser hombres, para convertirnos en otra especie de seres, insensibles y fríos habitantes de las cavernas, lejos del sol, del aire puro y de la hermosa luz. Sin cesar labrábamos largas galerías, como el gusano que se fabrica la casa en lo oscuro de la tierra y con el molde de su propio cuerpo. Entre los golpes de nuestras piquetas oíamos, como un sordo eco, el de las piquetas de los franceses, y después de habernos batido y destrozado en la superficie, nos buscábamos en la horrible noche de aquellos sepulcros para acabar de exterminamos». Llegaban luego las luchas con «arma blanca a lo largo de las galerías. Todo aquello parecía una pesadilla, una de esas luchas angustiosas que a veces trabamos contra seres aborrecidos en las profundas concavidades del sueño: pero era cierto y se repetía a cada instante en diversos puntos».

Pero, sobre todo, en la novela tiene un papel fundamental Palafox, a quien se dedican no pocos párrafos: «Debía en gran parte su prestigio a su gran valor; pero también a la nobleza de su origen, al respeto con que siempre fue mirada allí la familia de Lazán y a su hermosa y arrogante presencia. (..) Lo que más que nada hacía simpático al caudillo zaragozano era su indomable y serena valentía, aquel ardor juvenil con que acometía lo más peligroso y difícil, por simple afán de tocar un ideal de gloria. (…) Si carecía de dotes intelectuales para dirigir obra tan ardua como aquella, tuvo el acierto de reconocer su incompetencia, y rodeose de hombres insignes por distintos conceptos. Estos lo hacían todo, y Palafox quedábase tan sólo con lo teatral. Sobre un pueblo en que tanto prevalece la imaginación, no podía menos de ejercer subyugador dominio aquel joven general, de ilustre familia y simpática figura, que se presentaba en todas partes reanimando a los débiles y distribuyendo recompensas a los animosos. Los zaragozanos habían simbolizado en él sus virtudes, su constancia, su patriotismo ideal con ribetes de místico y su fervor guerrero. Lo que él disponía, todos lo encontraban bueno y justo. (…) Su rostro expresaba siempre una confianza suprema, y en él la triunfal sonrisa infundía coraje como en otros el ceño feroz. (…) Como comprendía por instinto que parte del éxito era debido, más que a lo que tenía de general a lo que tenía de actor, siempre se presentaba con todos sus arreos de gala, entorchados, plumas y veneras, y la atronadora música de los aplausos y los vivas le halagaban en extremo».

[Vista del libro en la Biblioteca Virtual Cervantes y en amazon.es]

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jueves, 30 de julio de 2020

Me interesa siempre lo que David Mamet cuenta sobre su oficio como dramaturgo y como cineasta. He leído recientemente un libro publicado en México hace años, con varios ensayos o diálogos, titulado Dirigir cine, y he vuelto a pensar en que uno de los motivos por los que me gusta Mamet es que prescinde toda palabrería solemne y explica las cosas con sencillez que todos comprenden. Otro es su concepción del cine —y esto se puede aplicar a la literatura y a la literatura infantil y juvenil también—, como un trabajo en el que uno tiene que desaparecer al servicio de la historia que desea contar: «El hecho mismo de abjurar del Culto a Uno Mismo por un pequeño rato —el culto de cuán interesantes son uno y su conciencia— será percibido y apreciado en grado extremo por el público».

Sobre la confección de guiones para cine dice:

«Casi todos los guiones han sido escritos no para el público, sino para los ejecutivos de los estudios de cine, quienes son analfabetos en lo que a leer guiones se refiere. Todos. Ninguno sabe leer un guión. Un guión de cine debe contener una yuxtaposición de tomas inintencionadas que cuentan la historia».

«No es nuestra tarea [como guionistas o como directores] hacer interesante la historia. Sólo podrá serlo si la trayectoria, el progreso del protagonista es interesante. Es el objetivo del protagonista el que nos mantiene atados a nuestros asientos.

«Nunca tienes que establecer al personaje. Para empezar, no existe tal cosa: el personaje separado de su acción inherente, como ya nos dijo el señor Aristóteles hace dos mil años. No hay tal, punto».

«¿De qué modo nos damos cuenta de si un concepto es o no es esencial? Intentando contar la historia sin él. Se le deja fuera y se ve si hace falta: si no resulta esencial hay que arrojarlo a la basura. Sea una escena, sea una toma, si no son esenciales hay que deshacerse de ellas».

Sobre la forma en que tiene que hacer su trabajo un director de cine dice:

«El trabajo del director (…) es contar la historia a través de la yuxtaposición de imágenes inintencionadas, esto no por un capricho, sino porque está en la naturaleza esencial del medio utilizar yuxtaposiciones, es así como mejor opera, ya que está en la naturaleza de la percepción humana advertir dos eventos, determinar una progresión y desear saber qué va a pasar a continuación».

«Eisenstein afirma que las mejores imágenes son aquellas que no están cargadas de intencionalidad alguna. Una toma de una taza. Una toma de una cuchara. Una toma de un tenedor. Una toma de una puerta. Que sea el corte el que cuente la historia, porque de otro modo no hay acción dramática, hay narrativa (si no es el corte el que cuenta la historia, si la contamos nosotros a través de tomas que quieren "decirlo todo", tomas que cargamos de una intencionalidad cualquiera, entonces lo que hay es narrativa y no acción dramática). Si resbalamos hacia la narrativa, estamos sugiriendo que se están diciendo cosas importantes y la gente tendrá que estar adivinando por qué son importantes para la historia. Y eso no es importante. Sólo importa que la historia avance y que el público se sorprenda con ella».

«El trabajo del director es el de armar la lista de tomas a partir del guión. (…) Todo lo que hay que hacer es mantenerse despierto, seguir el plan, ayudar a los actores a no ser intensos ni enigmáticos, sino simples, inafectados, y conservar el sentido del humor. (…) Más tarde, todo se reducirá a registrar lo que se decidió debía ser registrado. Es el plan el que hace la película».

«Una vez, en el río Volga, Stanislavsky cenaba con el capitán de un barco de vapor y le dijo: "¿Cómo es que entre todos los derroteros del río, mayores y menores, tantos y tan peligrosos, usted se las arregla para maniobrar el barco con seguridad?" Y el capitán contestó: "Me apego al canal, está señalado." Y lo mismo es verdad aquí. ¿Cómo es que, dadas las muchas, muchas maneras en que una película puede ser dirigida, uno puede siempre ser capaz, con cierta economía y tal vez cierta cuota de gracia, de contar la historia? La respuesta es: "Apégate al canal, está señalado." El canal es el superobjetivo del héroe, y las boyas señaladoras son los pequeños objetivos de cada escena y los aún más pequeños objetivos de cada golpe o compás dramático, y la más reducida de todas las unidades: la toma. Sólo se cuenta con las tomas. No hay más. Sólo se cuenta con la elección que se haga de las tomas. De eso estará hecha la película. Una vez en el cuarto de edición no será posible hacerla más interesante. Y tampoco se puede confiar en que los actores salvarán las fallas. No se puede confiar en ellos para "hacerla más interesante". Ni es su trabajo. Se espera que ellos sean tan simples como el director en su elección de las tomas».

Sobre el trabajo de los actores:

«Así como la toma no tiene que ser intencionada, tampoco la actuación tiene que serlo, ni debiera serlo. La actuación debe ser la ejecución de una simple acción física. Punto. Ve a la puerta, manipula la perilla, siéntate. No tiene que caminar por el pasillo en actitud respetuosa. Ésta es la mayor lección que puede ser enseñada respecto a la actuación: ejecutar los movimientos físicos que pide el guión de la manera más simple posible. No hace falta andar "ayudando a la obra"».

«Los actores hacen muchas preguntas. "¿Qué pasa por mi cabeza en este momento?" "¿Cuál es mi motivación?" "¿De dónde acabo de llegar?" La respuesta en todos estos casos es: no importa. Y no importa porque todas esas cosas no pueden ser actuadas. Reto a cualquiera a que actúe "de dónde acaba de llegar". Si no es posible actuarlo, ¿para qué pensar en ello? En vez de perder el tiempo, la mejor apuesta será pedir al actor que lleve a cabo sus simples acciones físicas del modo más simple posible.

«La totalidad de los actores de este país están mal preparados. Han sido entrenados para cargar con la responsabilidad de la escena, para abusar de sus emociones y utilizar sus personajes para ganarse a como dé lugar su siguiente papel. Desperdician cada pequeño y precioso momento en el escenario o la pantalla buscando tanto "entregar" la obra entera como exhibir sus talentos; actúan, en efecto, como si su eterna línea fuese: "Pueden sentarse, yo soy el rey de Francia".»

«Lo que el actor tiene que hacer es ejecutar una acción física simple durante un lapso de diez segundos. No se requiere que pretenda hacerse cargo de la "ejecución del filme" en su totalidad. Los actores hablan "del arco —de principio a fin— de la película" o "del arco de la actuación". Eso no existe en el escenario, no está ahí. La representación misma se encarga de todo lo que tiene que suceder. No hay un "arco de la actuación", un acto de controlar las emociones —ir soltando aquí, conteniendo acá—. Es como un pasajero que sacara su brazo por la ventana del avión y lo agitara para propulsar o dirigir a la nave; es innecesario».

David Mamet. Dirigir cine (On Directing Film, 1991). México: El Milagro. Instituto Mexicano de Cinematografía, 1997; 135 pp.; trad. e introducción de Otto Minera; ISBN: 968-6773-40-1.

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miércoles, 29 de julio de 2020

Zoolibro. Curiosidades animales, de la ilustradora Marije Tolman y con textos de Jesse Goosens (aunque la ficha del libro en amazon cambia de papel a escritora e ilustradora), es un vistoso álbum que podríamos llamar de conocimientos, con comentarios en líneas bromista o pintoresca. En las tres cuartas partes, en vertical, de cada doble página se ve la ilustración de un animal, hasta 27, y en la franja blanca se dice alguna pecularidad que tiene, con querencia hacia los datos que pueden provocar las risitas de los más pícaros.

La ilustradora combina técnicas pictóricas con dibujos de línea, que a veces siluetean la figura del animal (como el hipopótamo debajo del agua) o presentan alguna comparación de tamaño con otros seres (como el buceador al lado del pulgo gigante). Busca el impacto visual de las imágenes, elegantes y bien compuestas, sin atender mucho a las proporciones, ni en el interior de cada ilustración ni en la representación de los distintos animales —la mariposa morfo azul ocupa casi todo el espacio de la ilustración pero no así la oruga—. Otras veces lo que se busca es un cierto tono cómico, como en el del armadillo, del que se ofrecen varias escenas en las que actúa como animal de compañía. El libro no lleva título en la cubierta, no sé la razón.

Marije Tolman. Zoolibro. Curiosidades animales (Springende pinguins en lachende hyena`s, 2019). Texto de Jesse Goosens. Barcelona: Ekaré, 2019; 60 pp.; col.Narrativa Para Jóvenes; trad. de Cisca Corduwener; ISBN: 978-8494890093. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 28 de julio de 2020

He abierto voz en el diccionario a Ellen Duthie, Daniela Martagón y Carmen Queralt.

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sábado, 25 de julio de 2020

Aprecio mucho los textos de crítica literaria de Umberto Eco (1932-2016) y, en especial, aquellos en los que analiza la literatura popular. En la página, además de que figura como autor del texto de La bomba y el general (1966), álbum ilustrado por Eugenio Carmi, he puesto notas tomadas de distintos libros:

—De «Lo cómico y la regla», La estrategia de la ilusión (1973-1977-1983): Reglas para la conversación.

—De «I Beati Paoli y la ideología de la novela “popular”», El superhombre de masas (1978): textos mencionados en las notas Una novela histórica «popular» y en Novelas históricas exhortatorias.

—De Seis paseos por los bosques narrativos (1994): textos en la voz de Alessandro Manzoni a propósito de Los novios.
 
—De Sobre literatura (2002): Profundo respeto, Lectores de segundo nivel, Una de las funciones principales de la literatura, Derivas interpretativas.

—De Umberto Eco, en conversación con Jean-Claude Carrière. Nadie acabará con los libros (2009): Obras maestras desconocidas (1) y Obras maestras desconocidas (2).

—De la presentación a una edición de Krazy Kat: Terquedad lírica.

—De la presentación a El gran libro de Charlie Brown (1965): texto en la voz de Charles Schulz.

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PerezGChamartin.jpg
viernes, 24 de julio de 2020

Quinta novela de los Episodios Nacionales.

En ella se detalla el cerco de los ejércitos napoleónicos a Madrid, y luego su entrada en la capital. «La población, antes indecisa, cobraba ánimos al verse invadida, y un furor parecido al del 2 de Mayo inflamaba el pecho de sus habitantes. Escenas parciales de encarnizada y cruel lucha se repetían a cada rato en las casas invadidas; batíanse con ferocidad a arma blanca los que no la tenían de fuego, y el Emperador pudo ver muy de cerca aquella enajenación popular, y aquel divino estro de la guerra, que varias veces mostró no comprender en paisanos y menos en mujeres». Todo termina cuando, al fin, José Bonaparte es proclamado rey. Por otro lado, Gabriel está en medio de un maremágnum de personajes, intentando no perder contacto con Inés y siguiendo, sobre todo, las andanzas del insensato don Diego Rumblar, que no hace más que pedirle dinero para las deudas que adquiere: «D. Diego me hizo una pintura horrenda de la plenitud de sus apuros y vaciedad de sus bolsillos; dijo después que se iba a suicidar, y luego me llamó insigne varón, ilustre amigo y el más caballeroso y caritativo de los hombres, siendo de notar que todos estos rodeos, elipsis, metonimias e hipérboles terminaron con pedirme dos reales».

Galdós escribió esta novela en un mes, cosa que se nota en que se deja llevar por su ímpetu dialéctico y en que hace desfilar por su obra muchos personajes de las clases populares, podríamos decir que innecesarios para el desarrollo de sus hilos argumentales. Dedica espacio a las andanzas de un tal señor de Mañara, «persona de alta posición por aquellos días, (...) a punto de ser nombrado regidor de Madrid». Cuando el narrador cuenta un episodio en el que los españoles fueron engañados se pregunta si fue Mañara el autor de la traición y dice: «Histórica, no hija de nuestra invención, es la persona de Mañara; histórica es también su vida licenciosa, sus hábitos manolescos, sus aventuras y trato con la gente de los barrios bajos; histórica es también la Zaina, y tan históricos como la jura en Santa Gadea y el compromiso de Caspe, son sus amores con el regidor, su abandono, sus celos, su despecho, su ira, su sed de venganza (...). Para saber todo esto basta leer media página de la historia mejor y más conocida que sobre aquellos tiempos se ha escrito. Pero ni en este eminente libro, ni en otro alguno, ni en boca de ningún viejo oiréis razones para contestar categóricamente a la pregunta que antes hice» de si Mañara fue o no el responsable de la traición.

Se suceden las escaramuzas y combates callejeros, siempre con malos resultados para los patriotas. «En resumen: mucha, muchísima gente de última hora; pocas y malas armas; ningún concierto, falta de quien supiese mandar aunque fuese un hato de pavos; mucho mover de lenguas y de piernas; un continuo ir y venir, con la añadidura inseparable de gritos, amenazas y recelos mutuos, y la contera de los gallardetes, escarapelas, banderolas, signos, letreros y emblemas, que tanto emboban al pueblo de Madrid». En otro momento, el narrador se lamentará de que «el pueblo español, que con presteza se inflama, con igual presteza se apaga, y si en una hora es fuego asolador que sube al cielo, en otra es ceniza que el viento arrastra y desparrama por la tierra. Ya desde antes del sitio se preveía un mal resultado por la falta de precaución, la escasez de recursos y la excesiva confianza en las propias fuerzas, hija de recuerdos gloriosos a todas horas evocados, y que suelen ser altamente perjudiciales, porque todo lo que aumenta la petulancia, lo hace quitándoselo al verdadero valor».

También en estas situaciones proliferan los personajes de todo tipo, unos miserables, o simplemente aprovechados, como «el insigne Pujitos, flor y espejo de los entremetidos», y otros dignos sucesores de don Quijote, como el veterano Gran Capitán, cuyos parlamentos asombran y encienden a Gabriel: «Eche Vd. a los moros, descubra y conquiste Vd. toda la América, invente usted las más sabias leyes, extienda Vd. su imperio por todo lo descubierto de la tierra, levante Vd. los primeros templos y monasterios del mundo, someta Vd. pueblos, conquiste ciudades, reparta coronas, humille países, venza naciones, para luego caer a los pies de un miserable Emperadorcillo salido de la nada, tramposo y embustero. Madrid no es Madrid si se rinde. Y no me vengan acá con que es imposible defenderse. Si no es posible defenderse, deber de los madrileños es dejarse morir todos en estas fuertes tapias, y quemar la ciudad entera, como hicieron los numantinos. ¡Ay! todos mis compañeros se han portado cobardemente. España está deshonrada, Madrid está deshonrado. No hay aquí quien sepa morir, y todos prefieren la mísera vida al honor».

Es Inés, con todo, quien sostiene la esperanza de Gabriel con palabras que, aunque se refieren al amor que se tienen, también se aplican a la difícil situación social y política que les rodea: «Tengamos confianza en Dios y esperemos. Lo que parece más difícil, se hace de pronto fácil. Yo sé, sin que nadie me lo haya enseñado, que cuando las cosas deben pasar, pasan, y que la voluntad de los pequeños suele a veces triunfar de la de los grandes». El narrador lo acepta: «al decir estas palabras que indicaban junto con un firme amor, un profundo sentido, Inés me mostraba la superioridad de su alma, bastante fuerte para poner las leyes inmortales del corazón sobre todas las conveniencias, preocupaciones y artificiosas leyes de la sociedad».

[Vista de la novela en la Biblioteca Virtual Cervantes y en amazon.es]

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jueves, 23 de julio de 2020

En La muerte de Iván Ilich, León Tolstoi habla de un importante juez que, con cuarenta y cinco años, enferma de gravedad y, en el tiempo que tarda en morir, adquiere una progresiva lucidez para enjuiciar su vida anterior, compara su vida con la de su bondadoso cuidador, entiende que no había vivido como debía y, aunque trata de justificarse, al fin reconoce que «no había nada que defender».

El mismo esquema sigue, pero dando un paso más, La agonía de Julián Bacaicoa, de Cristián Sahli Lecaros: un prestigioso oncólogo, experto en la leucemia infantil, está muriéndose a los 93 años; mientras el enfermero de la residencia le atiende con gran bondad, a lo largo de unas pocas horas rememora su vida. Recuerda su brillante carrera profesional y su poco interés por su vida familiar, que le supuso la enemistad con su hijo, que su esposa le dejase y se marchase a Argentina, y que su trato con su hija Carmen sea escaso.

Todo está contado con sencillez, con precisión en las referencias médicas, y con fluidez a la hora de llevar la narración del pasado al presente y del presente al pasado. El enfermero intenta serenar los pensamientos angustiosos del paciente, haciéndole ver todas las cosas buenas que hizo en su vida, pero también se plantea la gran dificultad de «confortar a un enfermo que piensa que la muerte es el punto final». El enfermo reflexiona en el empeño de toda su vida por el prestigio profesional, un ídolo al que lo sacrificó todo.

La novela conmueve, sobre todo si a nuestro alrededor conocemos situaciones semejantes, tan difíciles de recomponer, en las que se ve cómo los mayores éxitos profesionales nunca compensan los fracasos personales y familiares. El relato hace pensar al lector en la necesidad de perdonar y de pedir perdón, que puede sentirse al final de la vida con tanta fuerza, y también en el dolor permanente que dejan las oportunidades de reconciliación perdidas, en este caso y en especial, entre padres e hijos.

Cristián Sahli Lecaros. La agonía de Julián Bacaicoa (2019). Madrid: Didaskalos, 2019; 222 pp.; ISBN: 978-8417185305. [Vista del libro en amazon.es]

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CarballidoMaquinaPesadillas.jpg
miércoles, 22 de julio de 2020

La máquina de exterminar pesadillas, de Emilio Carballido, es un divertido relato bien contado y bien armado, ya de hace unos años.

Polo es un chico que tiene pesadillas muy malas y sus padres, informados de que los indios raramuri fabrican unos aparatos que parece ser que acaban con ellas, le compran uno. El narrador describe esos artefactos como «unas ruedas de bejuco muy raras, forradas de piel y cruzadas por un tenue tejido de cuerdas en las que hay cuentitas de cristal, o semillas, o caracoles, o plumas. O varias muestras de todo esto: como telas de araña pero radiantes de alguna fuerza que no conocemos». Pero a Polo también le gustan las películas de momias y de vampiros y le gusta asustarse; y, además, Polo «era de esos niños curiosos que despanzurran al oso de peluche para ver si tiene tripas», así que no resiste la tentación de desmontar el aparato a ver cómo funciona. Y todo se complica.

Dirá luego el narrador que «la magia, generalmente, es natural, sólo que usa tiempos más rápidos. Y así justamente funciona la máquina que descompuso Polo. Llegan las pesadillas, las atrapa y las absorbe muy velozmente; las guarda unos momentos, en que circulan por las cuerditas entretejidas y los diversos elementos que ahí están (cuentas, plumas, semillas); limpia y purifica sus insubsistencias e impulsos, las vuelve sueños deliciosos. Eso es todo, así de sencillo, como la composta» (la basura que «se convierte en un gran abono, una tierra tan negra y tan rica que las plantas se chupan las raíces de gusto alimentándose con ella», un cambio que podríamos llamar mágico pero que es natural...).

Emilio Carballido. La máquina de exterminar pesadillas (2004). México: Editores Mexicanos Unidos, 2004; 94 pp.; col. Tesoros para niños; ISBN: 9789681517441. [Se puede descargar aquí]

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