Si
Aventuras de Pickwick viene a ser una prolongación de los
Sketches más luminosos y
Oliver Twist de los más oscuros,
Dickens abandonó esa fórmula con
Nicholas Nickleby, una novela sobre un héroe joven y valiente, irreprochable y triunfante.
Nicholas Nickleby es un chico joven que, a la muerte de su padre, ha de sostener a su madre y a su hermana: el narrador dice que eran una familia «absolutamente desconocedora de lo que se da en llamar el mundo —frase convencional que significa todos los bribones que en él existen—». Su rico tío Ralph, que tiene una baja opinión de Nicholas, le manda primero como tutor a una escuela de Yorkshire, Dotheboys Hall, dirigida por un personaje siniestro, Wackford Squeers —admirado por la odiosa profesora de
Matilda—, contra el que Nicholas se acaba rebelando. Luego son multitud los incidentes que ocurren: primero Nicholas y su compañero Smike se unen a unos cómicos, luego encuentra empleo en una empresa de Londres, va en aumento su enfrentamiento con su tío Ralph, aparecen muchos personajes y una y otra vez vuelven a escena Squeers y su extraña familia.
Esta novela se desarrolla en escenarios en los que Dickens había vivido y, para todo lo relativo a Dotheboys Hall, parece ser que se inspiró en un colegio y un director real. Como siempre, contiene personajes cómicos magníficos y escenas conseguidas, y una trama verdaderamente imaginativa. Además, destaca
Chesterton la figura del cómico al que se une Nicholas, Mr. Crummles, un artista sin éxito pero un artista serio: pues Dickens fue siempre particularmente bueno al mostrar los tesoros que pertenecen a quienes no triunfan en el mundo. Con todo, su tono de sátira social, y de dolor por las injusticias que sufren los más necesitados, no es del todo eficaz para el lector de hoy por sus acentos tan melodramáticos, sus continuas coincidencias asombrosas, y, sobre todo, porque sus personajes principales tienen poca consistencia.
A esto se refería Chesterton cuando destacaba que las novelas de aventuras tienen dos elementos inseparables, de amor y de lucha, y tres personajes que se podrían llamar san Jorge, el Dragón y la Princesa: la Princesa ha de ser amada, el Dragón debe ser combatido, y san Jorge a la vez ama a la primera y lucha contra el segundo. No se puede pedir a un hombre, como hacía Nietzsche, que luche sin amar, ni, como decía
Tolstoi, que ame sin combatir: no amas una cosa si no deseas luchar por ella, no puedes luchar por algo si no tienes un motivo por el que hacerlo. Una señal de las novelas románticas de aventuras es que san Jorge mata al dragón con rapidez y simplicidad, y otra —una de las debilidades de
Nicholas Nickleby—, es que miran a la heroína como alguien que sólo debe ser conquistado, como alguien que sólo debe ser salvado del Dragón. Aquí está un punto en el que las novelas victorianas son inferiores a los dramas isabelinos: Shakespeare hacía siempre a sus heroínas tan heroicas como a sus héroes.
Charles Dickens. Nicholas Nickleby (1838-1839). Edición española en Barcelona: Montesinos, 2004; 647 pp.; trad. de David González; ISBN: 84-96356-12-4.