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Caminos hacia la mejor educación literaria


El marco y el cuadro


La enorme superioridad de la Literatura infantil y juvenil (LIJ) de origen anglosajón frente a cualquier otra y, en particular, frente a la escrita en castellano, resulta patente incluso cuando se desea componer una selección de los mejores libros de la historia con la voluntad explícita de no usar un criterio «anglocéntrico». Basta ver la enciclopedia de clásicos de todo el mundo preparada con esa intención por Bettina Kümmerling-Meibauer para comprobar que la primacía inglesa y norteamericana es abrumadora: en una selección de 534 libros que proceden de 65 países, figuran 79 libros británicos y 57 de los EE.UU., seguidos de Rusia con 42 y Alemania con 29; y, bastante más atrás, 12 españoles y 34 hispanoamericanos escritos en castellano.

Entre las condiciones-marco que han facilitado o impedido que la LIJ de un país o una lengua sea más o menos rica, una es la diferente consideración de los niños y los jóvenes, junto con la misma idea de qué debe ser la escuela y cómo se debe actuar en ella, según ambientes y épocas. Otra es la historia del libro: los avances desde la invención de la imprenta; la transformación de la industria editorial hasta llegar a la estrecha relación que hoy tiene con empresas de comunicación y educativas; el largo camino hasta la red actual de bibliotecas públicas que hay hoy en muchos países y que, además, suelen desempeñar una función de impulso hacia la lectura. Y una tercera es la misma LIJ: hoy constatamos qué decisiva fue la creación de algunos premios literarios y la puesta en marcha de instituciones dedicadas al libro infantil y juvenil; hasta qué punto algunas revistas infantiles o ciertas tradiciones locales como los teatros de títeres dinamizaron la LIJ y cómo su desarrollo se ha entretejido inseparablemente con la difusión del cómic y del cine a lo largo del siglo XX...

En una comparación entre la LIJ de distintas áreas geográficas y lingüísticas que tenga en cuenta la evolución de todos estos procesos, encontramos razones que justifican por qué unos países tienen una producción grande y de más calidad, y otros, sin embargo, una más pequeña y de inferior nivel. Las diferencias de hace un siglo y medio entre la potencia económica y cultural de Inglaterra y la del mundo de habla hispana explican algunas cosas, la centralidad que desde su fundación como país han tenido las bibliotecas en los EE.UU. explica otras, y esos y otros factores tienen mucho que ver con la temprana pujanza de la LIJ en Inglaterra y EE.UU.


Sin embargo, la explicación más importante la encontramos en el interior del cuadro pues, a fin de cuentas, lo que determina el crecimiento y consolidación de la LIJ son los autores y libros que van marcando un antes y un después. Está claro que, algunas veces y al menos en parte, los libros nacen debido a la existencia de unas necesidades previas. Así ocurrió con algunos que se prepararon para la escuela como fueron Corazón, de Edmundo d´Amicis, o El maravilloso viaje de Nils Holgersson..., de Selma Lagerloff. También otros surgieron gracias al impulso y la visión de un editor que supo hacerse cargo de una carencia y se propuso llenar un hueco: al respecto hay, en la Norteamérica de los años cincuenta del pasado siglo, ejemplos tan sintomáticos como The Cat in the Hat, del Dr. Seuss, o la serie Frog and Toad, de Arnold Lobel.

Con todo, y sin ignorar que todos los sumandos contribuyen al resultado final, parece claro que lo más decisivo es siempre la irrupción en el escenario de una obra clave, y no tanto por la popularidad que logra en su momento como porque su vigencia se mantiene a lo largo del tiempo. Ahora bien, ninguna obra escrita en castellano ha tenido un alcance y una perdurabilidad universal como, por ejemplo, Mujercitas o Alicia en el país de las maravillas o La isla del tesoro. Y en el terreno de la literatura popular no hay autores hispanohablantes con una fama mundial comparable a la de un Verne o un Salgari. Avanzado el siglo XX, tampoco existe ningún relato en español equivalente a El principito o El Señor de los anillos. Incluso si llegamos hasta los años sesenta y setenta, no se ve a ningún autor con una producción y un impacto comparables a los de Roald Dahl o Michael Ende.

Como esto es lo que hay, lo primero que pide la honradez es reconocerlo sin adoptar los aires del ratón que siente como un insulto el tamaño del elefante. Y el siguiente paso, reivindicar los libros valiosos de nuestro idioma que son menos conocidos universalmente, tal vez porque ciertas condiciones han propiciado más reconocimiento de otros, ha de darse con cautela. Además de ser contraproducente alabar en exceso obras o autores circunstanciales cuyo mérito básico y único es ser pioneros en el propio pueblo, las excepciones que pueden encontrarse no cambian la validez general de lo dicho.


Los mejores libros españoles


Un intento de aclarar cuál ha sido la mejor LIJ publicada en España tuvo lugar cuando hace unos años la Fundación Germán Sánchez Ruipérez convocó una reunión de cuarenta expertos para confeccionar la relación de los mejores cien libros infantiles españoles del siglo XX. La iniciativa fue oportuna y elogiable pero, en mi opinión, su resultado no fue satisfactorio: quizá porque cien son demasiados libros y cuarenta expertos juntos son demasiados, y tal vez porque los procedimientos de trabajo y los criterios de selección podrían haberse afinado mejor. Sin embargo, con todos los defectos que pueda tener esa lista, como sigue siendo la única preparada y difundida con pretensiones de ser una especie de canon, es necesario referirse a ella y tomarla como punto de partida.

En aquella relación figuraban treinta álbumes ilustrados que no trataré ahora porque serían necesarios otros instrumentos de análisis y porque, aunque hubo ilustradores españoles muy valiosos en la primera mitad del siglo, ninguno ha dejado detrás grandes libros infantiles, aunque hay una excepción que luego mencionaré. Además, entre los álbumes ilustrados españoles de las últimas décadas, creo que ninguno está en condiciones de ser alineado con los mejores de Maurice Sendak, Leo Lionni, Eric Carle, John Burningham, etc. A pesar de que se hayan editado excelentes álbumes como es el caso de la serie de Munia de Asun Balzola y algunos de Carme Solé y Arcadio Lobato, entre otros, en este apartado es más patente aún el desfase respecto al mundo anglosajón.

Entre los setenta textos literarios que había se incluían obras de teatro, de poesía infantil, y relatos para primeros lectores, que tampoco voy a considerar. El teatro porque requiere unas categorías distintas para juzgarlo que otros géneros literarios. La poesía infantil porque por su propia naturaleza es más intraducible aún que cualquier otra poesía: no adelantamos mucho versionando Mother Goose al castellano, como se puede comprobar consultando los intentos que se han hecho. Y en cuanto a los libros para primeros lectores porque pienso que, del mismo modo que si un libro es excelente pero no atrae al público infantil o juvenil nos salimos de la LIJ, si un libro está dirigido a quienes no son lectores (bien porque aún están en formación o bien porque, siendo adultos, leen poco y mal) nos acercamos pero no entramos al territorio de la Literatura. En esta clase de libros juzgamos si son pasos en la dirección correcta: si aumentan la destreza lectora, si dan conocimientos necesarios o valiosos, si son buenas introducciones para obras mayores, cosas así. Y, con todo, también podría indicarse que ningún relato español de esta clase tiene una relevancia universal equivalente, por ejemplo, a la de los cuentos de Beatrix Potter: aunque haya relatos parecidos muy bien escritos, sin duda han venido mucho después y en este campo, como en otros aspectos de la vida, ser el primero es decisivo.


Si ahora pasamos a los textos de narrativa que podemos calificar como literarios sin apurar el significado del término, de los libros seleccionados en aquella lista yo sólo concedería un puesto en la primera (e incluso en la segunda) división de la LIJ universal a dos. Uno es la serie completa —y no sólo uno de los episodios— protagonizada por Pinocho y Chapete, de Salvador Bartolozzi, única por su singularidad y por su gracia, inseparablemente unidas a una calidad excepcional en las ilustraciones (igual que sucede con los cuentos de Beatrix Potter), aunque su origen y título derivados del Pinocho de Carlo Collodi sea una limitación, y al margen de que algunos aspectos hoy levanten pequeñas ronchas en los inquisidores de lo políticamente correcto. Otro es El polizón del Ulises, el único libro elegido de Ana María Matute debido a que se había establecido la restricción de optar por un único relato de cada escritor, aunque una lista de interés universal podría contener otros relatos suyos como El saltamontes verde, Paulina y Sólo un pie descalzo, que son parecidos entre sí en temática y que a mi juicio son de más nivel que los otros títulos elegidos.

A esas dos obras yo añadiría otras que fueron ignoradas.

En primer lugar, Marcelino pan y vino, un cuento que ocuparía uno de los primeros puestos en cualquier lista, cualquiera que fuese el criterio que se usase: interés histórico, éxito comercial, calidad literaria, valor permanente, profundidad de significados...; y sobre cuyo argumento, además, está calcado en negativo el ya citado El polizón del Ulises (lo cual hace más sorprendente, por cierto, la no elección de Marcelino). Por otra parte, su autor, José María Sánchez Silva, es el único escritor español que ha recibido el Premio Andersen.

En segundo lugar, varias novelas que no se consideraron debido a que se suponía que las escogidas habían de ser para menores de catorce años, aun cuando luego en la relación sí que aparecieron otras tan o más complicadas temática o literariamente. Así, tanto El camino (Miguel Delibes), como La vida nueva de Pedrito de Andía (Rafael Sánchez Mazas), como El otro árbol de Guernica (Luis de Castresana), son relatos de maduración que, dentro de cualquier historia de la literatura española, serían siempre considerados como los mejores de vida cotidiana con niños en el centro de la trama. Y dentro de las historias de fantasía con carga poética tampoco aparecían en aquella lista Platero y yo (Juan Ramón Jiménez) y El bosque animado (Wenceslao Fernández Flórez), que son dos obras clave y, en su género, lo mejor que se ha escrito nunca en España, y que también están al alcance de un lector infantil o juvenil formado.

Esas obras son los libros españoles que, a mi juicio, podrían entrar en una selección de la mejor LIJ universal. Sí, ciertamente algunos no han sido escritos para chicos, pero si son acogidas con entusiasmo por ellos deben ser consideradas LIJ: en ese sentido El Señor de los anillos es un ejemplo paradigmático. Sí, también es cierto que los acentos de algunos pueden verse como anticuados, pero esto sucede también con La Iliada y La Odisea y con todo lo que han escrito Shakespeare y Cervantes... Y sí, soy consciente de que los acentos localistas y nostálgicos, en algunos casos, pueden dificultar su reconocimiento universal, pero por supuesto no más que las referencias al Misisipí de Las aventuras de Huckleberry Finn, entre las obras de vida diaria, o que las evocaciones poéticas de la finlandesa Tove Jansson para La familia Mumin, entre las de fantasía.

En otro nivel, sí, sin duda ocurre que muchos destinatarios niños y jóvenes parece que aceptan mejor unas obras más actuales, pero no creo que los colegios o las universidades deban promover los libros de moda. No propongo que los rechacen, claro está, pero además de que los libros del momento ya tienen canales propios para llegar a los lectores, de las instituciones educativas esperamos que transmitan de modo convincente lo más valioso. Y sí, desde luego un libro infantil puede cumplir muy bien su función aún cuando no sea de calidad excepcional, pues para darle a un niño los alimentos que necesita no necesitamos buscar platos muy sofisticados, pero, como ya dije, no hablo de libros que son convenientes pasos adelante sino de literatura, un terreno en el que se debe aspirar a lo mejor, a dar a los niños y los jóvenes lo mejor.


La educación literaria


En descargo de los especialistas españoles que prepararon aquella lista debe decirse que actuaron como parece lo habitual en el sector en todas partes del mundo. Así, no eligieron algunas obras como las citadas por la misma razón que no se les ocurriría considerar nunca la primera serie de los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós, cuando cada una de sus diez novelas y las diez en su conjunto son las mejores ficciones de aventuras jamás escritas en castellano. Y del mismo modo actuarían sus colegas ingleses de ahora, que no mencionarían obras de Dickens en la literatura juvenil, por más que la primera encuesta de preferencias de lectura que se hizo entre jóvenes a finales del XIX les dio el primer puesto, y cuando es seguro que, igual que yo mismo, las leyeron siendo poco más que niños con igual fervor que a Stevenson y a Dumas, y con mucha más pasión que la mayoría de los libros modernos.

La omisión de los clásicos, o de obras importantes, en favor de obras menores, algo para lo que podemos encontrar motivos muy comprensibles, tiene una inesperada conclusión que, aunque no tiene una gran relevancia en este análisis, sí conviene mencionar por si sirve para despertar alguna conciencia dormida: y es que, al actuar así, los especialistas están tirando sólidas piedras contra su propio tejado y dando un buen argumento a quienes consideran la LIJ una segunda división de la literatura.

De todas formas, la consecuencia de más interés es que tal actitud, ¡en expertos!, revela un talante derrotista que se alimenta de una doble desconfianza de fondo: en el poder de los mejores libros y en la capacidad de los buenos lectores jóvenes. No entraré ahora en la cuestión de cómo el éxito de libros como los de Harry Potter o El Señor de los anillos desmiente tales suposiciones e indica que una buena historia tiene un atractivo insuperable y permanente, no importa lo larga y compleja que sea. Sí quiero subrayar la necesidad de no hacer enfoques acomodaticios en la educación literaria y, dicho en negativo, en la importancia de no poner tanto el acento en la lectura libre en la escuela, una tendencia extendida en las últimas décadas. Tal como vienen afirmando los mejores especialistas, con este planteamiento se ha ido ahondando la distancia entre textos accesibles y textos complejos, y los problemas se han agravado más aún con la paulatina desaparición de la verdadera literatura en la enseñanza secundaria.


Es luminoso pensar que la mayoría de los libros de LIJ que hoy consideramos clásicos nacieron de un padre para sus hijos, o de un adulto para unos niños concretos con los que se sentía especialmente vinculado: la clave de su éxito estuvo y está en que lo único que buscaban sus autores cuando los confeccionaron era dar lo mejor a los destinatarios inmediatos de su obra. Podemos pensar con fundamento que, del mismo modo, el éxito real y duradero de quien enseña literatura depende de que no se guíe por consideraciones tácticas de corto alcance: que no pierda en ningún momento de vista que su objetivo ha de ser que los niños y los jóvenes comprendan y asimilen y disfruten los mejores libros, sean de quienes sean y vengan de donde vengan.

Esto significa que ha de ser capaz de razonar la excelencia de lo mejor, por supuesto sin actuar como el que desde su altura olímpica increpa despectivamente a quienes están abajo y además rompe los escalones por los que podrían subir. Significa que no debe menospreciar las cualidades de los chicos proponiéndoles metas reducidas, como si las nuevas circunstancias sociales hicieran difícil exigirles más, cuando es justo al revés, pues hoy existen más posibilidades que nunca. Y significa que no debe ser tampoco injusto con ellos ofreciéndoles libros inferiores a los de más calidad, error que cometen quienes actúan animados por el espíritu de confrontación de quien piensa que la propia lengua o herencia cultural son superiores o de quien vive «a la contra» de aquellos a los que ve como «los otros».

Ejemplos tan relevantes como los de Jorge Luis Borges o la también argentina María Elena Walsh, quizá la mejor poeta infantil en castellano, nos hacen ver con claridad de qué se trata cuando hablamos de una formación literaria que abarque de modo completo lo mejor de varias tradiciones culturales, hispana y anglosajona en esos casos. Y, en nuestros tiempos y en muchos lugares, impartirla es un objetivo no solo posible sino exigible.


NOTAS

Artículo publicado en la revista Hipertexto en verano de 2005, y ha sido revisado en junio de 2007.

La obra citada de Bettina Kümmerling-Meibauer es Klassiker der Kinder- und Jugendliteratur: ein internationales Lexikon (1999). Stuttgart: J.B.Metzler, 2004, edición en rústica; 3 volúmenes; XXXVI y 1.236 pp.; ISBN: 3-476-02021-5.

Se puede consultar la lista de los cien mejores libros y una reseña sobre el VI Simposio sobre literatura infantil y lectura convocado por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez y la Dirección General del Libro, en un artículo firmado por Victoria Fernández: 100 0bras de literatura infantil del siglo XX: VI Simposio sobre Literatura Infantil y Lectura. Madrid 2000. Revista CLIJ. Cuadernos de literatura infantil y juvenil. Barcelona, 2000. Número 130, pp. 56-60. Está disponible en: http://www.fundaciongsr.org/documentos/5851.pdf. En ese documento se adjunta la lista completa de los libros y la lista de participantes en el simposio así como el sistema de propuesta de títulos, debate y selección.

En relación al valor de Salvador Bartolozzi puede consultarse: Jaime García Padrino. Formas y colores: la ilustración infantil en España. Cuenca: Universidad de Castilla-La Mancha. Servicio de Publicaciones, 2004; 416 pp.; col. Arcadia; ISBN: 84-8427-298-2.

Respecto a la enseñanza literaria la voz más autorizada en España es Teresa Colomer. Un artículo suyo, reciente cuando escribí este artículo, es: Las dificultades escolares ante la lectura de textos. Diario La Vanguardia, 13.2.2005.

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