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El triunfo de Stephen King - Donde se oculta el miedo


En un debate televisivo que discutiera los méritos de un autor que ha vendido un centenar de millones de sus más de cincuenta libros, alguien diría en su favor que «algo tendrá el agua cuando la bendicen». La respuesta perfecta sería una simpleza más contundente: «come basura, millones de moscas no pueden equivocarse». Pero a esto habría que añadir que la principal razón de su éxito no está en el estiércol sino en las moscas: si yo anunciara que voy a trufar mi artículo con una selección de truculencias y zafiedades de King, (sólo en beneficio del rigor y la claridad, por supuesto), ¿lo leería usted con más interés?

King, profesor de literatura inglesa y experto en música moderna, tiene un gran talento narrativo, notable olfato comercial y enorme pasión por su trabajo —«hago lo que hago por razones muy serias: amor, dinero y obsesión»—. Es muy consciente de sus propias cualidades —«no soy un ganador del Premio Nacional o del Pulitzer, pero soy serio, de eso no cabe duda»—, y de sus limitaciones —«mi particular enfermedad es la elefantiasis literaria»—. Algunos críticos afirman que sus mejores novelas son las primeras y le reprochan ser ahora muy repetitivo; otros piensan que lo único salvable son algunos cuentos cortos; los más serios están de acuerdo en que si no lo lees ganas tiempo y equilibrio mental. Con frecuencia sus protagonistas son escritores y sus personajes están marcados por una infancia triste o por sucesos traumáticos del pasado. Crea familiaridad con el lector al situar muchos relatos en Maine, en la imaginaria ciudad de Castle Rock, y haciendo reaparecer lugares y personas en distintas historias.

King es un maestro en hacer hablar a los personajes y en componer los acontecimientos para inducir en el lector los sentimientos que a él le parecen correctos. Lo hace también en las novelas que, por consejo de su editor ante su exceso de producción, a finales de los setenta firmó con el seudónimo de Richard Bachman, presentado en las solapas como «un Stephen King sin conciencia». Los malos tratos a los niños, a las mujeres y a los inocentes le indignan tanto que puede montar una trama para poner al lector del lado de una mujer maltratada que asesina a un marido violento, como en Dolores Claiborne. Paradójicamente, cuando en El pasillo de la muerte el guardián ve a un condenado en la silla eléctrica cuenta que «en aquel momento, el hecho de que hubiera matado a media docena de personas no parecía importante. No digo esto con la intención de pronunciarme sobre el bien y el mal; me limito a contar lo que sentí». Moralismo instintivo se podría llamar esto.

Herencia literaria

En los orígenes de los clásicos de terror están los cuentos populares, tanto en sus versiones mágicas —aparecidos y fantasmas, alquimistas y brujas, hombres-lobo y toda clase de metamorfosis entre hombres y animales—, como en sus versiones realistas —raras coincidencias que alteran la normalidad de la vida cotidiana, sucesos crueles hasta lo espeluznante—. En esas fuentes bebieron las primeras novelas góticas ambientadas en castillos tenebrosos y en bosques nocturnos o paisajes desolados donde se suceden signos extraños como cánticos inesperados o rastros sangrientos. Esas escenografías fúnebres, típicas también de las posteriores novelas victorianas y románticas sobre fantasmas y vampiros, las empleará King en sus novelas más representativas, pero colocándolas en ciudades provincianas de los EE.UU., como en El misterio de Salem´s Lot, un tributo de King al Drácula de Stoker. O en la sanguinolenta La mitad oscura, donde un escritor y su seudónimo se desdoblan al modo del Jekyll y Hyde de Stevenson.

Que se puede crear terror y provocar tensión hasta límites insospechados sin necesidad de recurrir a «sucesos sobrenaturales», lo probaron Poe y sus seguidores en la línea del misterio y el suspense. También King tiene novelas donde lo terrorífico nace de un comportamiento psicopático: la fanática seguidora del escritor de fama en Misery, el marido sádico de una pobre mujer en Dolores Claiborne. Pero su marca de la casa son los sucesos y poderes paranormales: un extraño cuadro en Rose Madder, la niña con poderes psíquicos de Ojos de fuego, el tipo que puede ver el futuro en La zona muerta, un comerciante diabólico en La tienda.

Los sueños y temores futuristas que comenzó Mary Shelley con Frankestein, también están presentes en obras de King sobre máquinas que se rebelan y científicos locos que siembran el pánico. Pero si un experto como Miquel Barceló afirma que más del 90 por cien de la ciencia-ficción que se publica es basura, y en su selección de lo restante no incluye y ni aun alude a King, hay que concluir que la ciencia-ficción no es lo suyo. Aún así, firma novelas como Christine sobre coches que se rebelan, o el larguísimo relato poscatástrofe Apocalipsis (también traducido como La danza de la muerte) sobre virus descontrolados que diezman la población. Tampoco es lo más característico de King el miedo por presencia sugerida, como proponía Lovecraft, aunque tiene algunos relatos cortos con ese tono y, sin duda, la influencia de Lovecraft es muy grande en la kilométrica y turbia It, pero mil doscientas páginas no se pueden sostener a base de sutilezas. También ha probado King mezclas medievales-futuristas y recreaciones de cuentos con acentos de fantasía del pasado, como Los ojos del dragón, una de sus novelas más llevaderas.

Conexión popular

Los relatos de terror siempre tuvieron un público adicto, incrementado a lo largo del siglo XX por las distintas versiones cinematográficas de monstruos clásicos, la creciente difusión de cómic y novelas de segundo nivel, y revistas más literarias como Weird Tales en los EE.UU. Con King se produce un salto cuantitativo debido a su sobresaliente capacidad para presentar de modo atractivo la vida cotidiana, para dibujar con acierto a los personajes ordinarios que pueblan sus relatos, en especial a los niños. Más aún: si King limpiase de basura sus libros, quedaría manifiesto su talento como escritor y, sin duda, podría conseguir relatos equivalentes, por ejemplo, a una novela optimista de vida de niños tan mágica como El vino del estío, de Ray Bradbury. Quien lo dude puede leer, por ejemplo, Baja la cabeza (en la recopilación Pesadillas y alucinaciones 2), un relato de no-ficción que King publicó en The New Yorker y que narra un campeonato de béisbol de chicos que ganó el equipo de Bangor, la ciudad de Maine donde vive King con su esposa y sus tres hijos, el menor de los cuales pertenecía entonces a ese equipo.

Otra de las causas de la popularidad de King está en el éxito que tuvieron las películas que filmó Brian de Palma sobre su primera novela, Carrie, y Stanley Kubrick de la tercera, El resplandor. Desde entonces, al ritmo de más o menos una por año, se han sucedido adaptaciones cinematográficas y televisivas de sus novelas largas y de muchos relatos cortos, con intervenciones mayores o menores del mismo King en la confección de los guiones o en la producción. Todas han ido teniendo éxito de público y, algunas, han resultado excelentes películas. A las ya citadas hay que añadir quizá las mejores junto con Misery: Cadena perpetua y Cuenta Conmigo, basadas en los relatos cortos Rita Hayworth y la redención de Shawsank y El cuerpo.

En cuanto al modo de contar sus historias, King es hábil para dar el tono de voz apropiado a cada una. Sus arranques están muy pulidos y atrapan al lector, maneja bien el diálogo y el registro coloquial. En algún sitio he leído que su escritura es tan imparable como un vómito, frase gráfica que podría firmar él mismo. Añade toques de actualidad, menciona personajes famosos, incluye textos de canciones populares y de letras rock. Y no necesita páginas para subir el voltaje sexual: sus personajes tienen ese aspecto de la vida metido entre ceja y ceja y a él le basta sazonar la narración con pocas frases subidas y directas para sacudir al lector con potentes calambrazos eróticos.

Es específico de King la intención de sumar el tirón del terror con el del horror morboso. Al miedo, un sentimiento que nace de una amenaza sentida, real o imaginada, lo llamamos terror cuando es muy intenso. Pero hablamos de horror cuando se produce una reacción interior de aversión, que puede o no proceder del miedo, pues algo asqueroso o algo muy feo nos puede horrorizar, pero no atemorizarnos. Pues bien, King se siente atraído por lo nauseabundo y no duda en explotar el asco: describe situaciones con detallismo repulsivo y no le importa acumular vísceras y sangre. Cuando dice de sí mismo «soy la versión literaria de los McDonald», emplea una metáfora más amplia de lo que seguramente pretende: productos representativos de los EE.UU.; muy vendidos, pero también malsanos y de los que parece preferible no saber de qué ni cómo están hechos; toneladas de ketchup encima...


Lo real es sólo la base...

Pero, más allá de los aspectos formales habría que intentar ahondar en el significado y consecuencias del éxito de novelas como las que King escribe. Pues si los escritores de «best-seller» suelen saquear los libros del pasado y una parte de su éxito se debe a la ignorancia literaria, el de King y otros como él se basa también en una ignorancia más profunda que, unida a la morbosidad de sus relatos, crea un inquietante bucle entre ficciones y realidad.

La imaginación debería servirnos para salvar las dificultades que tenemos para comprender algunas realidades invisibles. Al menos para esto nacieron los monstruos clásicos de la literatura fantástica. A costa de simplificar, podríamos decir que los fantasmas representan llamadas de la conciencia, las Cosas-sin-nombre simbolizan angustias y ansiedades internas, los vampiros hacen referencia a la fuerza posesiva de los impusos sexuales, los hombres-lobo y toda clase de transformaciones de un hombre en algo monstruoso señalan la lucha interior del hombre contra sí mismo... Pero con el paso del tiempo, a muchos de esos seres extraños la literatura y el cine les han dado un lugar en la imaginación de la gente sin estricta necesidad de que representen nada. Hay quien acepta un relato sobre un hombre-lobo igual que un niño al pato Donald. A veces, el único interés del escritor es reproducirlos visualmente del modo más efectista posible con vistas a los geniales efectos especiales que aterrorizarán en el cine. En estas condiciones, el aforismo que Wallace Stevens aplicaba a la poesía «lo real es sólo la base, pero es la base» nos hace ver que andamos muy cerca de la estupidez.

En paralelo con lo anterior, los relatos del pasado nacieron en entornos donde se difundían unas enseñanzas cristianas mejor o peor asimiladas: que existen Cielo, Infierno, Purgatorio; que los habitan ángeles, demonios, y almas en muy distinta situación; que somos, por tanto, observados por testigos invisibles que, además, pueden influir en nosotros; que tenemos dentro de nosotros mismos una raíz del mal que nos dificulta obrar conforme a los mandamientos; que el único mal verdadero es ofender a Dios e ir al Infierno... El deseo que autores y público tenían de cumplir o de atacar tales doctrinas, dio lugar a narraciones de toda clase: respetuosas y extravagantes, ortodoxas y sacrílegas. Pero en una sociedad cada vez más descristianizada, para muchos que sólo conocen fragmentos inconexos de aquellas enseñanzas, las posesiones diabólicas de los Evangelios y la tradición de que los vampiros viven en los Cárpatos son cuestiones folclóricas con un peso similar.

Límites para los hechizos

En ese clima llegan a muchos unos relatos que, al igual que las demás ficciones, van labrando en el interior como surcos por donde fluirán, llegado el momento, sentimientos, emociones, impulsos afectivos determinados. No es fácil reconocer las huellas que dejan las ficciones que banalizan la maldad. Pero parece que cuando los sentimientos de miedo no son educados correctamente, será más difícil distinguir entre los miedos que hay que desterrar y los que hay que fomentar, entre los que son tontos y los que son un deber ético. Y también se puede deducir que, si una mayoría de personas tienen recursos que les permitirán ir corrigiendo los errores educativos que hayan sufrido, hay otras que no encontrarán modos de orientar sus miedos de un modo positivo.

Para intentar pensar lo anterior pueden servir dos explicaciones de la literatura de fantasía sobre la naturaleza de la magia y el poder de los magos. La primera se describe diciendo que como la piel del mundo no tiene igual grosor en todas partes, la magia estriba en conocer esos lugares donde la realidad es delgadísima para poder presionar en ellos, idea tomada de Imágenes en acción, de Terry Pratchett. La segunda se refiere a que, antes que cualquier otra cosa, un nuevo mago debe estudiar «Límites» para que sepa contener los efectos de los hechizos: «Si uno llama a la lluvia, debe especificar una cierta cantidad para no inundar la región. Si uno hace un hechizo de destrucción para alguien o algo, tiene que poner un Límite para que esa destrucción no termine en una catástrofe generalizada que barra todo a su alrededor, incluyendo la casa y los bienes del Mago», se afirma en Vencer al dragón, de Barbara Hambly.

Agujeros en la realidad

Pues del mismo modo se puede decir que tampoco el sentido común tiene igual grosor en todos los niños, en todos los adultos y en todos los ambientes: a veces basta presionar un poco y se produce un agujero donde lo real y lo irreal se confunden. Y del mismo modo que los magos incompetentes o malvados de algunas novelas de fantasía, hay creadores de ficciones que o no han estudiado o no quieren aplicar «Límites» y van provocando desgarrones en las mentes de algunas personas y en el tejido social.

Por eso, ante relatos que sobrepasan con mucho cualquier barrera mínima de buen gusto y sentido cívico, como sucede con prácticamente todas las novelas largas de King, resultan tan sospechosos los parecidos entre las crueldades que se relatan en las ficciones y las que nos cuentan los telediarios. No es sólo que unos planteamientos morales sentimentales son incapaces de captar la realidad completa y de darle una respuesta coherente, sino que presentar lo morboso en un contexto cotidiano y darle un carácter de normalidad agudiza los problemas personales y colectivos.

Es cierto que King muestra los valores profundos de la sociedad norteamericana, si profundos quiere decir más bajos. Incluso no sólo de la norteamericana, sino de todas partes pues su éxito es mundial y en definitiva trata sobre los instintos que todos los hombres tenemos en común: su mercado potencial somos todos y con esa complicidad del lector cuentan él y sus editores. Pero si entrar al juego es cuestión de responsabilidad personal, las deudas las acabamos pagando todos, porque lo morboso atrae a los menos equilibrados y hace más posible lo que antes era menos probable, además de que crea desconfianza social y fomenta el aislamiento. ¿No ha pensado usted nunca que quizá su vecino no es el anodino agente de seguros que dice ser y que a lo peor va por ahí matando viejecitas?

Quizá, conocer la mejor literatura del pasado pondría en condiciones de juzgar cuál es el mérito y cuál es la trampa de tantos best-seller, además de aportar la estabilidad de un necesario contrapeso. Es probable que tomar contacto real con las personas que sufren, con las que tienen o podrían tener motivos serios para estar asustadas, frenaría la tentación de frivolizar con el dolor y la maldad, además de que serviría para ocupar el tiempo con cosas más útiles. Seguramente, remediar la ignorancia religiosa evitaría el comportamiento bufonesco que Chesterton describía diciendo que cuando los hombres no creen en Dios no es que no crean en nada sino que acaban creyendo cualquier cosa. Y sin duda, todas estas cosas juntas servirían para colocar los miedos en su sitio: «Lo que a todos nos asusta más —dice el Padre Brown en La cabeza del César— es un laberinto que no tenga centro. Por eso el ateísmo no es más que una pesadilla».


NOTAS

Este artículo fue publicado en ACEPRENSA n. 48/00, 5 de abril del 2000 y ha sido revisado en junio de 2007.

Aparte de las obras de King, otras obras citadas en el texto son:
—Terry Pratchett. Imágenes en acción (Moving Pictures, 1990). Barcelona: Martínez Roca, 1993; 330 pp.; col. Gran Fantasy; trad. de Cristina Macía; ISBN: 84-270-1794-4.
—Barbara Hambly. Vencer al dragón (Dragonsbane, 1985).
Barcelona: Ediciones B, 1990; 328 pp.; col. Nova Fantasía; trad. de Margara Auberbach; ISBN: 84-406-1267-2.

La cabeza del César, el relato de Chesterton mencionado al final está contenido en La sabiduría del Padre Brown.

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