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Atractivo e influencia de las novelas de aventuras


Algunos educadores se plantean cómo transmitir a los jóvenes que hay aventuras igual de absorbentes, con personajes tan o más atractivos, con propuestas vitales tan o más luminosas que los libros de Harry Potter. A conseguirlo ayuda conocer qué teclas pulsan los libros que despiertan su entusiasmo y qué clase de protagonistas ganan su admiración, tanto en el pasado como en las últimas décadas. Ayuda también pararse a pensar cómo en cada época los héroes son distintos, y a calibrar cuánto y de qué modo influyen estas historias.

Parece claro que los chicos de hoy alcanzan la edad adulta con un bagaje de ficciones diferente al de los chicos de antes, y que la cuestión no se reduce a decir que las aventuras fueron ayer de un signo y hoy son de otro. Para ver que una generación se moldea según las ficciones que han llenado su imaginación en la juventud basta recordar a los protagonistas de la decimonónica La isla de coral complicándose la vida por salvar a una chica indígena pues, indica uno, «todos los héroes de todas las historias que he leído consideraban como una desgracia dejar sin terminar semejantes empresas».

Identificaciones posibles

Fijarse con atención en las historias que gustan al público joven revela que triunfan las que consiguen lo que ha dado en llamarse «identificación»: un libro atrapa en la medida en que logra involucrar personalmente al lector en las cosas qué cuenta y en cómo las cuenta. Ciertamente, resulta fundamental la calidad narrativa: la intriga con qué pasará luego y cómo se resolverá todo. Sin duda, es importante lo literario: estilo, estructura, punto de vista, etc. Pero ambos aspectos, y más aún en alguien joven, vienen después: si hay identificación, el éxito puede ser grande si el relato no tiene sobresalientes cualidades narrativas y literarias, y es enorme si las tiene; si no hay identificación, el impacto del relato depende de su fuerza narrativa pero los jóvenes nunca lo harán suyo con pasión.

Entre las posibles identificaciones la más superficial es la que se da con ambientes e intereses: un argumento centrado en la propia ciudad o en el ajedrez, por ejemplo. Existe luego una identificación intelectual con las ideas de fondo: el mensaje acerca de cómo el ansia de poder puede corromper engancha de lleno a cualquier lector actual de El Señor de los anillos. Hay también una doble identificación emocional. Por un lado están los libros que conectan con lo que los hombres sueñan. Por otro están los que se apoyan en personajes bien definidos cuyas vidas e ideales —conflictos que afrontan, decisiones que toman, aspiraciones que tienen— coinciden con las de los lectores. Tanto los libros de Harry Potter como El Señor de los anillos pulsan esos dos resortes excepcionalmente bien. Los chicos tienen dificultades cotidianas parecidas a las de Harry y compañeros, cualquiera puede verse reflejado en los dilemas que han de afrontar los hobbits. A la vez, quién no envidia la varita mágica y la capa invisible de Harry, o la destreza con el arco y con el hacha de Legolas y Gimli.

Se puede afirmar, por tanto, que si hay héroes que ganan la imaginación con sueños que cabría llamar físicos, viajar por las copas de los árboles como Tarzán o de cornisa en cornisa como Spiderman, los héroes duraderos son los que ganan el corazón, como Jim Hawkins o Frodo, quizá los más universales y representativos de todos. A su modo lo comentó Hergé: cuando le indicaron que Tintín estaba siendo desplazado por Astérix en las preferencias del público dijo que no le preocupaba: «uno se puede identificar con Tintín, no con Astérix», afirmó. Con esta perspectiva es cierto: Tintín es un chico normal que, sin embargo, sale indemne de toda clase de aventuras. Además, su trabajo como reportero lo hace más próximo aún: muchos héroes de ficciones del siglo XX son periodistas inquisitivos y viajeros, como Verne adelantara ya en algunas novelas.

Cada héroe tiene su época

A lo largo de la historia se han propuesto modelos heroicos de acuerdo con los ideales predominantes en el espíritu de cada tiempo. Podemos recordar los héroes homéricos y los bíblicos, los que poblaron los cantares de gesta medievales y el ciclo artúrico, los náufragos de Defoe y los viajeros de Swift, los marinos de Marryat y los caballeros de Walter Scott, los tramperos de Fenimore Cooper y los espadachines de Dumas y Féval, los piratas de Salgari y los científicos de Verne y Wells, los exploradores africanos de Rider Haggard y el sagaz Sherlock Holmes entre otros detectives decimonónicos. Sin grandes dibujos, se puede añadir que, a finales del siglo XIX, autores como Stephen Crane, Melville y Conrad dibujan aventureros más reflexivos que abren otro cauce para el género.

En el siglo XX todos estos personajes siguen teniendo vida propia y seguidores más o menos afortunados: entre los primeros, los que pintan Sabatini, P. C. Wren o Agatha Christie con sus serenos investigadores; entre los segundos, los que retratan Traven, Joseph Roth, Buzzati o los cultivadores de subgéneros con protagonistas «problematizados» o «perdedores». A la vez, héroes y argumentos van siendo asimilados y metamorfoseados por el cómic y el cine, medios donde nacen príncipes medievales, fulgurantes superhéroes, pistoleros del Oeste, policías íntegros, agentes intrépidos, arqueólogos audaces, viajeros espaciales, etc.

En consecuencia, si hace varias décadas la inamovible referencia visual de muchos era John Wayne, las imaginaciones de hoy están saturadas de aventureros. Esta es la primera explicación de por qué no es posible volver sin más a la frescura y linealidad de Miguel Strogoff o Beau Geste, y por qué proliferan los héroes cínicos y hastiados por un lado, y los fanfarrones y patéticos por otro. Y aunque tales sujetos no son nuevos, basta pensar en los pícaros medievales y en Munchausen y Tartarín, parece que su aceptación es hoy mayor que antes. Si cada libro busca su lector, cada héroe busca su época.

Pesimistas escépticos

Fijándonos sólo en habitantes de la literatura popular, y dejando de lado a los héroes paródicos, ahí están figuras del cómic como Blueberry o Corto Maltés, personajes en los límites de la legalidad o al margen de las convenciones sociales en tanto cine de acción, protagonistas literarios de la última década como Alatriste o Kurt Wallander. En un mundo crepuscular como el nuestro abundan estos personajes arrastrados a luchar con una cierta conciencia de la inutilidad final de sus esfuerzos, de que sus victorias son siempre pasajeras y comparten no pocos rasgos con la derrota. No se ha de olvidar, sin embargo, que sus antecedentes novelescos, como algunos ya citados u otros como el vanidoso Rasendill (El prisionero de Zenda) o el escéptico comisario Lecocq (El expediente 113), no han durado en el afecto del público joven, por más que algunos hayan pervivido debido a que tienen cierta gracia o a que tienen cierto valor literario y sociológico.

Una razón es que, aunque tales héroes seducen a un público en el que prende ya una visión desencantada de la vida, y esto sucede hoy a menor edad que antes, basta que pase un poco el tiempo para que la realidad se imponga: el escepticismo cínico es una cárcel. De hecho, las novelas de Robert Louis Stevenson tienen un fuerte carácter de reacción contra el pesimismo escéptico de su tiempo: al respecto se puede contrastar la biografía que dedicó  Chesterton al escritor escocés.

Otra es que muchas tramas como estas colocan a sus héroes ante retos complejos del estilo salvar al mundo de malos malísimos a los que sólo pueden vencer, o así se presenta, usando sus mismas o parecidas armas. Tal modo de ver las cosas, muchas veces inconsciente (pero es que ni los héroes ni el público mayoritario de las ficciones «de grado cero» se paran a pensar mucho), es tratado seriamente por Tolkien en El Señor de los anillos: quien intenta vencer al enemigo usando el anillo del enemigo acaba siendo él mismo el enemigo.

Desde luego, los tipos humanos habituales en estas ficciones atraen porque su valentía es innegable. Con todo, acaba decepcionando pues se ciñe sólo a lo que Chesterton describió como «un intenso anhelo de vivir, resuelto en la disposición de morir. “El que pierda su alma la salvará”, no es una fantasía mística para los santos y los héroes, sino un precepto de uso cotidiano para los marinos y montañeses. En esta paradoja se ve de qué hablamos cuando hablamos de valor, aun del valor demasiado terreno o brutal».

Todas las facetas del valor

Más temprano que tarde queda claro que un verdadero valor tiene más hondura y, por supuesto, más consistencia que la vistosa «elegancia bajo presión» que preconizaba Hemingway y que tanto se idolatra hoy en el mundo del deporte. Será Tolkien, un hombre profundamente afectado por las dos guerras mundiales que había vivido y disgustado con los héroes de pacotilla que veía en tantas historias, quien reformule de modo completo las cualidades que componen la verdadera valentía.

Explica Tom Shippey, de quien tomo parte de las observaciones que siguen, que Tolkien perseguía dramatizar una «teoría del coraje» pues, desde muy joven, admiraba en las antiguas baladas nórdicas la idea de que un héroe no cambia de bando aunque las perspectivas de victoria sean nulas, que la derrota no hace malo lo que es bueno, que morir con valor no es nunca una derrota. En su obra quiso mostrar un coraje así, precristiano y plenamente humano, no corrompido por la rabia y la desesperación, no diluido tampoco por la confianza en que habrá una recompensa en otra vida, apoyado sólo en la satisfacción de haber hecho lo correcto. Tolkien hizo vivir a sus personajes de acuerdo con esa norma y, por tanto, procuró quitarles cualquier esperanza fácil y hacerles muy conscientes del final que les sobrevendría: «combatimos perpetuamente la larga derrota», dice Galadriel.

Opuesto a ese valor presenta el coraje de los hobbits, tan significativamente distinto del ímpetu combativo de sus compañeros y enemigos. El de los hobbits es un coraje sin espectáculo, interno y vacilante, muchas veces en soledad y en la oscuridad: justo el que ha de poner en juego cualquier persona normal en no pocos momentos de su vida. Los hobbits, seres que desean tranquilidad y disfrutar de las aventuras contadas sin sufrir ninguno de sus inconvenientes reales, se ven empujados al centro de los conflictos pero no intervienen en las grandes batallas salvo en acciones aisladas y bajo la presión de los acontecimientos. Eso sí, sus actuaciones acaban resultando decisivas y los héroes clásicos con los que comparten el escenario lo reconocerán con admiración.

Así, perfilando a Bilbo y Frodo como modélicos «héroes a su pesar», presentando el talante con el que los personajes tan diferentes que les rodean reaccionan ante las dificultades, Tolkien despliega las distintas facetas del valor. El resultado a la vista está: unas novelas que fijan el estándar con el que deberán medirse las demás ficciones de aventuras, y que redefinen unos modelos de comportamiento heroico cuya idoneidad para nuestro tiempo viene avalada por haber logrado una poderosísima identificación con los sueños y con la vida real de millones de lectores.

Aventuras en la vida diaria

Si, como también formuló teóricamente Tolkien, una de las finalidades de una gran obra de fantasía es renovar y elevar las perspectivas con las que vivimos la vida cotidiana, en el caso de su obra esto significa, entre otras cosas, reforzar el sentido de aventura propio de la gente común en la vida diaria. Podemos conectar esto con el hecho, importante aunque no en el sentido en el que lo ven muchos, de que ninguno de los héroes clásicos de las novelas de aventuras, y por tanto ninguno de los citados en este mismo artículo, es mujer.

Aunque nadie ignorase que hay conductas calladas mucho más heroicas, como la vida prueba y mucha literatura subraya, lo cierto es que desde siempre se ha denominado héroe a quien emprende determinada clase de acciones. De ahí que algunos autores busquen equilibrar la balanza revalorizando lo primero con inteligencia. Y de ahí también que cierto feminismo reivindicativo esté obsesionado con rechazar las aventuras del pasado y con fabricar otras nuevas donde las chicas desempeñen papeles activos equiparables a los de los chicos, aplicando decididamente la doctrina Nixon: si con un error no tienes suficiente, prueba con dos.

Encontramos una percepción neta de cuál es y dónde se manifiesta el verdadero heroísmo en la excelente novelita Sauce azul, de la norteamericana Doris Gates. El padre de la protagonista le dice a su hija Janey, embebida en la lectura de las hazañas del rey Arturo y sus caballeros, que «todos los días que vivimos hemos de entenderlos como aventuras, que pueden ser peligrosas porque no sabemos qué esperar de ellas. Tal vez me equivoque, pero creo que se necesita más valor para vivir como nosotros vivimos sin perder el ánimo, que para ponerte una armadura y marcharte a luchar con alguien que tiene algo contra ti». Y, continúa el narrador, «Janey escuchó atentamente, meditó las palabras de su padre y las encontró algo extrañas; su idea de la aventura era muy distinta de la que tenía papá. Le miró con ojos escrutadores, intentando ver en su rostro bronceado y curtido el aspecto de un héroe, pero no lo consiguió».

Imitación y aprendizaje

El ejemplo muestra cómo, por medio de una observación paralela de la realidad y de las ficciones, se van fijando en nuestro interior los modelos que luego seguiremos con más o menos fortuna. La «identificación» funciona porque los hombres somos seres imitativos: los hijos miran a sus padres, los alumnos observan a sus maestros, unos nos fijamos en otros y, en los momentos de la vida en los que no nos sirve —o nos parece que no nos sirve— lo que vemos alrededor, buscamos referencias ilusionantes en los relatos.

Esa mímesis de aprendizaje y formación, más intensa en las primeras décadas de vida, puede derivar en una mímesis conflictiva, como desarrolla detalladamente Jean Girard con unas miras mucho más altas que las mías aquí. Como ejemplo del poder mimético-destructor de las ficciones, él menciona el pasaje de la Divina Comedia en el que Dante descubre a Paolo y Francesca en el Infierno, y ambos le confiesan que han llegado allí debido a la lectura de los amores entre Ginebra y Lanzarote: Francesca califica el libro de diabólico intermediario y maldice tanto a la historia como a su autor.

Sin ir tan lejos y con otra intención, del efecto engañoso de la literatura de aventuras en un chico joven trata Ernst Jünger en Juegos africanos. El autor alemán narra su alistamiento en la Legión a los 17 años, empujado por la fascinación que le habían producido algunas novelas y por la falta de alicientes en su vida ordinaria. Cuando entra en «la aventura real» sufre un choque: encuentra un mundo diferente al que le habían hecho soñar sus lecturas, comprende que sus ideas acerca de las aventuras estaban equivocadas.

Una primera conclusión es que, frente a las ficciones que proponen la nivelación de todos los momentos de la vida y que, por tanto, borran del horizonte unos objetivos no ya trascendentes sino incluso humanamente valiosos, las novelas de aventuras enseñan que hay metas que merecen la pena, por las que se puede y a veces se debe arriesgarlo todo. La segunda es que, como estas historias proponen estilos de comportamiento y, por tanto, ayudan a fijar criterios morales para el futuro, conviene asegurar que, con ellas, se arraigan actitudes como la caballerosidad y el compromiso con los débiles, y como la magnanimidad de afrontar grandes empresas sobreponiéndose a la comodidad.

En definitiva, y como muestran los paradigmas de Stevenson y Tolkien, a estas novelas debemos pedirles que nos emocionen y atraigan pero que no nos traicionen ni engañen, que nos hablen de que podemos ser mejores y que nos dejen como poso no sólo la posibilidad sino también la obligatoriedad del heroísmo en algunas ocasiones.


NOTAS

Este artículo fue publicado en ACEPRENSA, el 1 de septiembre de 2004, y ha sido releído en septiembre de 2007.

G. K. Chesterton. Robert Louis Stevenson (1902). Valencia: Pre-Textos, y Madrid: Fundación Once, 2001; 148 pp.; col. Letras diferentes; trad. de Aquilino Duque; ISBN:
84-8191-397-9.

La observación de Chesterton acerca del valor está en el capítulo VI, «Las paradojas del cristianismo», de Ortodoxia (Orthodoxy, 1908); Barcelona: Alta Fulla, 2000, 2ª ed.; 187 pp.; col. Ad litteram; trad. de Alfonso Reyes; ISBN: 84-7900-123-2.

Tom Shippey. J.R.R. Tolkien: autor del siglo (J.R.R.Tolkien, Author of the Century, 2000). Barcelona: Minotauro, 2003; 372 pp.; trad. de Estela Gutiérrez;
ISBN 84-450-7353-2.

La cita de Jean Girard está en «El deseo mimético de Paolo y Francesca», en Literatura, mímesis y antropología (To Double Business Bound, 1978). Barcelona: Gedisa, 1997; 230 pp.; col. Antropología; trad. de Alberto L. Bixio; ISBN: 84-7432-198-0.

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