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Antes y ahora de la literatura infantil


Comparar la literatura infantil y juvenil (LIJ) actual con la del pasado tropieza con la dificultad de que la de hoy contiene y ha filtrado ya la de ayer: por un lado sólo nos quedan los mejores libros del pasado y no muchos otros que se publicaron al mismo tiempo, y por otro los autores de hoy han absorbido modelos y recursos de la LIJ anterior.

Además, lo peculiar de la cuestión es que, cuando hablamos de libros infantiles y juveniles no hablamos sólo de alta literatura sino también de si cumplen o no cumplen funciones de muy distinta clase. Como se trata de dar a los niños de aquí y ahora los libros que, a la vez, sean los más apropiados para sus gustos y sus necesidades, el paso del tiempo hace incomparable la LIJ de distintas épocas.


Con todo, algunos contrastes sí nos pueden indicar que las cosas ya no son lo que fueron.


Antes había más tiempo, menos libros y se podría decir que un único itinerario de lecturas. Ahora los niños tienen muchas más opciones para la ocupación del tiempo; tienen a su disposición un exceso abrumador de libros, de los buenos y de los prescindibles; y tienen una facilidad de acceso a ellos como nunca ha existido, en librerías, en la red de bibliotecas públicas, en las bibliotecas escolares que funcionan en bastantes casos.

Tener tantas posibilidades es fantástico pero también significa tener más opciones de confundirse y que, para desarrollar la capacidad de saber elegir en cada bifurcación del camino, se requiere más cercanía de los educadores. O, dicho de otro modo, los niños no leen más y mejor sólo por tener más libros a su alcance sino en función de la dedicación de tiempo y de la «sabiduría» de los adultos que tengan cerca.


En ambientes sociales de antes podía ser dominante el peso de los padres en la configuración de los gustos de los hijos. En la vida de ahora hay muchos otros canales de influencia sobre los chicos que, con frecuencia, son muy determinantes.

Si en el pasado podía durar varias décadas la vigencia de obras como las de Enid Blyton, los plazos de relevo de los relatos de moda son hoy mucho más cortos, y también dependen de su vinculación con series de televisión, películas, juegos, etc. Si hace décadas estaba claro que la literatura de quiosco era subliteratura y, aunque no toda lo fuera, en su mayoría lo era, en las librerías más sofisticadas de hoy se publicitan y venden muchos relatos peores que los peores de quiosco del pasado, eso sí, mejor editados. De nuevo, como dije arriba, la «sabiduría» de los adultos cercanos al niño para enseñarle a discriminar entre los mensajes que le llegan, es el punto clave.


Lo anterior tiene que ver con que, antes, los educadores tenían un mapa de lo mejor, quizá deficiente pero un mapa. Ahora muchos no lo tienen, otros lo conocieron u oyeron hablar de él pero no lo usan, y algunos incluso piensan que no hay mapa.

Explicando la educación que había recibido, decía Ernst Gombrich que, con todos sus defectos, tenía una orientación: sus padres sabían qué autores había qué leer, qué pintores y artistas había que conocer, qué música era bueno escuchar... Y, cuando narra que llevaron adelante sus enseñanzas con ese convencimiento, viene a decir que no importa tanto que los hombres perdamos el rumbo, pues eso nos pasa desde que el mundo es mundo, como que si no hay mapa no hay rumbo que perder ni que corregir. A quien replique que el mapa ha de ser correcto hay que darle la razón y, de ahí que, puesto que hablamos de niños y jóvenes, es necesario apostar por autores y obras de calidad contrastada (pues de las otras tendrá noticia incluso aunque no quiera).

Si esto muchas veces no es así se debe a que la literatura es cada vez más un mercado, y la LIJ especialmente. Entre otras manifestaciones, esto se refleja en que las editoriales cortejan a los colegios pues si consiguen que den prioridad a sus libros, las ventas crecen no de uno en uno sino de cien en cien. Algunos colegios y profesores se dejan querer pues, piensan, así consiguen libros para ellos a más bajo precio y tienen solucionadas algunas actividades con sus alumnos. Esto, tan útil, puede ser corruptor, y lo es, en no pocos casos, cuando la consecuencia es recomendar libros de baja calidad y no se intenta seriamente darle al niño siempre lo mejor, venga de donde venga.


En cuanto a los cambios de forma y de fondo entre la LIJ de antes y de ahora, cualquiera ve que ya no hay libros de descubrimientos geográficos y que sí abundan las aventuras suceden en un marco fantástico, que no hay novelitas de internados y sí relatos con problemas familiares.

Llevaría tiempo hablar de los modelos de vida familiar que presenta la LIJ, antes con frecuencia tan irreales, hoy con tantos problemas y con una nada sorprendente presencia de abuelos como adultos de referencia, como muestra la recientemente fallecida Maria Gripe en Elvis, o Susanna Tamaro en Tobías y el ángel. De modo general se puede resaltar que hay nuevos protagonistas, que hoy son niñas activas o niños sensibles, y enemigos distintos, que hoy son especuladores sin escrúpulos o nazis supervivientes disfrazados (que duran y duran...). Antes había niñas encantadoras tipo Heidi o chicos varoniles tipo Stas (A través del desierto y de la selva); paradigmas de hoy pueden ser la sufridora Miyak (Julie y los lobos) o el inseguro Bastian (La historia interminable), ambos con padres en dificultades. Antes los enemigos eran tribus indígenas como las de Las minas del Rey Salomón o animales salvajes como los que derrotaba Tarzán, y hoy son poderosas compañías comerciales que ponen en marcha un Parque Jurásico o ejecutivos grises como los que persiguen a Momo. (La descripción puede caricaturizarse y decir que, la literaturita pedagógica que antes presentaba una niña buenecita, hoy pone como modelo a una chica concienciada que pertenece a Greenpeace; y el puesto del malvado pirata con parche hoy está ocupado por el empresario al que no le importa nada la extinción de las ballenas o por el constructor que asola un paraíso para los búhos.)


Antes leíamos a Emilio Salgari y, del mismo modo, ahora los jóvenes leen mucha subliteratura (aunque a favor de Salgari hay que poner las dificultades de su trabajo y su condición de pionero, excusa y mérito que no tienen los autores de ahora).

Esto indica que a nadie debería sorprenderle que un lector joven lea y disfrute obras que, con criterios puramente literarios, valen poco. La cuestión tiene que ver con el «quidquid recipitur ad modum recipientis recipitur»: con que hay un tipo de libros que alguien joven lee siempre con interés y con que si alguien disfruta con libros pobres es que ha recibido una formación literaria deficiente. Ahora bien, tampoco hay que descartar que algunos lectores, incluso aunque alguien les haya puesto en contacto con las mejores obras y les haya enseñado a distinguir por qué unos libros son mejores y otros peores, sigan leyendo relatos flojos con entusiasmo. Por un lado, las adicciones son así. Por otro, también hay muchos adultos que sólo leen «thrillers» o ven películas de ínfima calidad (y yo mismo prefiero escuchar «country» o «rock» que es incomparable con la gran música clásica).

Además, interesa recordar una observación de Chesterton: a la mayoría de la gente, incluyendo los jóvenes, les gusta la literatura de cierto género y la prefieren, aunque sea mala, a la literatura de otros géneros, aun cuando sea buena. Pero, puestos a preferir, prefieren que la primera sea buena. Por eso, cuando coinciden gustos mayoritarios y calidad, como en El Señor de los anillos o (a otro nivel) en Harry Potter, el éxito es arrollador.


Una lección del pasado la tenemos en que, si repasamos los libros que con el paso de las décadas han sobrevivido como clásicos, descubrimos que la inmensa mayoría los han escrito un padre o una madre para su hijo —La isla del tesoro, El viento en los sauces, Winnie the Pooh, Pippi Calzaslargas...—, o un adulto para unos niños concretos a los que apreciaba muchísimo —Alicia en el país de las maravillas, los cuentos de Beatrix Potter...—. Es decir, son obras nacidas sin tener en cuenta para nada las reglas del mercado, ni los gustos de un editor, ni los intereses escolares. Sus autores sólo querían agradar al niño e, inseparablemente, sólo buscaban para él lo mejor y no se les ocurría caer en ninguna clase de halago cómplice, ni al niño que leerá el libro ni a los padres que lo comprarán.

Una lección del presente, bien cercana, la da el éxito que han tenido los libros de Harry Potter, tan a la contra de opiniones como que los chicos no leen, que hay que darles libros sencillos de vocabulario limitado, etc. Y es que, cuando se les pone delante una buena historia, los chicos leen y se saltan cualquier barrera de lenguaje o longitud. Si en un caso así alguien piensa que la publicidad es la que lo mueve todo, que se desengañe: no hay ninguna publicidad en el mundo capaz de hacer que un niño lea página tras página durante varios miles de páginas; puede engañarlo para que compre el libro pero jamás para que lo lea. El lector joven puede no caracterizarse por su especial perspicacia o por su particular talento pero sí por su sinceridad: si algo no le gusta lo deja y ya está.

Y, si hubiera que hacerlo, se podrían sacar más conclusiones. Una, que si está claro que las lecturas de la infancia nos afectan, también lo está que no tenemos mucha idea de cómo lo hacen y que su influencia se amalgama con y es inseparable de muchas otras influencias. Otra, que para saber cuál es la mejor LIJ actual viene bastante bien conocer aquellos libros que han alcanzado los máximos estándares de calidad y de permanencia en distintos ambientes y épocas. Otra, que quien confíe en la inteligencia de los jóvenes sólo ha de temer su propia falta de capacidad para mostrarles la potencia de los buenos libros.


NOTAS

Este artículo fue publicado en NUESTRO TIEMPO, octubre de 2007, número 240, con el título «Más posibilidades que nunca, más necesidad de orientación que antes».

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