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Dios y lo religioso en los relatos infantiles y juveniles


Más de una vez he observado las dificultades de algunos educadores para entender las referencias a Dios y lo religioso en relatos de literatura infantil y juvenil (LIJ). Y, paralelamente, también he notado los problemas con que tropiezan algunos autores a la hora de tratar sobre tales cuestiones.

A los primeros les suele ocurrir que, al estar preocupados por la influencia de las ficciones en los lectores jóvenes, olvidan que la misión de las ficciones es educativa sólo secundariamente y entonces encuentran en ellas la confirmación de sus propios temores. A los segundos les puede pasar, por un lado, que se atribuyan un papel educador que no les compete y, por otro, que pierdan de vista que la profesionalidad dicta no saltarse las reglas que la propia disciplina impone y, por supuesto, no ir más lejos de los conocimientos que uno tiene.


ESPEJOS A LO LARGO DEL CAMINO

Para comentar ambas cosas puede ser útil comenzar por la comparación stendhaliana entre la literatura y un espejo a lo largo del camino: se puede observar qué figuras se reflejan en él y, también, prestar atención a las que no aparecen o se ven mal, en unos casos debido al modo en que se le orienta y en otros al mismo tamaño del espejo.

En la primera parte de este artículo centraré mis comentarios en relatos realistas y, salvo este apunte inicial, dejaré de lado aquellos que se podrían comparar con espejos deformantes. Recurrir a ellos haría necesario subdividirlos apropiadamente primero, y hacer muchos matices para una buena interpretación después, y temo que ni aún así la imagen final sería satisfactoria.

Lo anterior queda de manifiesto si advertimos que crear personajes repulsivos para movilizar las antipatías del lector puede ser un recurso aceptable en historias caricaturescas divertidas, pero es manipulador cuando se usa en un relato de tintes realistas (1).

También se ve si pensamos en esas historias en las que todo se ve a través de puntos de vista peculiares. Por ejemplo, he comprobado que algunos lectores se sobresaltan con las explicaciones sobre Dios que da Christopher Boone en El curioso incidente del perro a medianoche, de Mark Haddon, un relato que se distingue por la coherencia en el uso del punto de vista narrativo. A esos lectores se les puede hacer notar que, si no hacen caso de otras opiniones del narrador, tampoco deberían verse afectados por las que se refieren a Dios. También, esos lectores deben preguntarse si han comprendido que toda la novela trata sobre qué ocurre cuando uno actúa conforme a certezas que no son verdad. Al margen, habría que añadir que si esas fueran las ideas del escritor sobre Dios, que no sé cuáles son ni ahora importa, lo más probable es que no se le ocurriría usar un personaje desequilibrado para transmitirlas (2).

Estos ejemplos bastan para indicar que habría necesidad de considerar las diferencias entre relatos bromistas y serios, que sería preciso entrar a valorar los significados concretos de cada uno y la capacidad de comprensión literaria del lector, etc. Por esto creo que, de momento, compensa colocar el foco sobre novelas de calidad reconocida que, básicamente, podemos llamar realistas.

«Para cualquier ser poderoso que pueda oírme»

Una primera imagen la captamos en las novelas que narran momentos de crisis donde se hace patente la indigencia humana y entonces, de modo natural, los protagonistas recurren instintivamente a Dios.

Un ejemplo está en El hacha, de Gary Paulsen, cuando un chico, a punto de que su avioneta se estrelle pues ha muerto el piloto y él se ha quedado solo en la cabina, sólo sabe decir: «—Por favor —dijo Brian. Pero ni siquiera supo qué o a quién pedir—. Por favor...» (3).

Si Brian reza como mejor sabe, no está en mejor situación Ashmol, protagonista de Pobby y Dingan, de Ben Rice, angustiado ante la salud de su hermana pequeña: «Me asomé a la ventana de mi cuarto y recé una especie de oración. Dije algo parecido a esto: “Por favor, que la gente busque a Pobby y Dingan”. Y junté las manos. Cuando acabé aquél rezo, me di cuenta de que no le había puesto dirección, y entonces murmuré: “P.D. Esta oración es para Dios o para cualquier ser poderoso que pueda oírme”» (4).

En estos dos casos, los autores narran las cosas mostrando a unos personajes que se comportan de acuerdo con lo que son y lo que saben.

«Una especie de terror supersticioso»

Una segunda imagen la obtenemos observando a chicos que parecen saber algo más acerca de Dios y que recurren a la oración no sólo en momentos especialmente tensos sino cuando necesitan algo, o creen que lo necesitan.

Así, en La casa de Norham Gardens, de Penelope Lively, la protagonista señala que, siendo niña, ella y su amiga rezaban para que nevase pero, como luego nunca podían determinar si nevaba o no gracias a sus rezos, desconfiaban de la oración y buscaban solucionar sus dudas intentando pruebas científicas. La misma narradora, Clare Mayfield, dice que llegan a una conclusión: por encima de cierto cumplimiento estadístico, «considerábamos que había intervención divina» (5).

En El hombre sin rostro, de Isabelle Holland, el despierto Chuck pide perdón y dice «lo siento» a un personaje que le cae particularmente mal, pero, nos cuenta, «mintiendo entre dientes con los dedos cruzados a la espalda. “Espero que te dé el tétanos y te mueras”, pensaba para mis adentros. Aunque entonces me asaltaba una especie de terror supersticioso. “No lo decía en serio, Dios”, pensaba rápidamente. “Bórralo, por favor”. No quería aquél peso sobre mi conciencia» (6).

También aquí las escritoras muestran la forma en que sus protagonistas comprenden qué significa rezar.

«Nadie puede pensar en castigos tan terribles»

En otras ficciones podemos ver a chicos que se hacen una idea de Dios que, fundamentalmente, procede de lo que captan en su entorno.

En La feria de las tinieblas, de Ray Bradbury, el narrador señala que los protagonistas oyen una conversación de sus padres acerca del modo «en general tan poco concluyente con que Dios maneja el mundo». El mismo autor, en El vino del estío, cuenta una conversación entre los dos pequeños Spalding:
«—Confía en mí (dice Tom, el mayor).
—No me preocupas tú —dijo Douglas—, sino el modo como Dios gobierna el mundo.
Tom pensó un momento.
—Bueno, Doug —dijo—, hace lo que puede» (7).

En Elvis Karlsson, Maria Gripe muestra un niño que, a consecuencia de los desafortunados comentarios de su madre, ve a Dios como un ser incomprensible: «Una vez mamá le dijo algo. Le dijo que había sido Dios el que había enviado a Elvis. Entonces sí que se asustó, porque nadie puede pensar en castigos tan terribles como Dios. Lo había visto en televisión. Guerras, accidentes y toda clase de cosas terribles las piensa Dios. Cada vez que se ven cosas así, dice mamá que son castigos que Dios manda a los hombres. La abuela dice lo mismo. O sea, que si fue Dios el que ideó a Elvis, la cosa no resulta demasiado agradable» (8).

En estas dos novelas quizá los autores nos están contando sus propias conclusiones acerca de Dios: Bradbury lo presenta como un ser bondadoso e impotente; Gripe condena el modelo de dios-espantapájaros al que recurre la madre de Elvis y, de paso, critica ferozmente su estilo educativo. En cualquier caso, y si juzgamos los relatos en sí mismos, lo que se cuenta es que así es como piensan los protagonistas, aunque, ciertamente, sus autores buscan y consiguen una fuerte identificación del lector con ellos.

«El cielo sería un infierno»

Las ficciones citadas hasta el momento dejan de manifiesto lo que los chicos han aprendido en sus casas: a unos, como Brian y como Ashmol, nadie parece haberles hablado de Dios; a otros, como Clare y como Chuck, y como los protagonistas de Bradbury y de Gripe, se ve que sí les han hablado, aunque no diríamos que afortunadamente.

Pero la endeblez de algunas explicaciones adultas a los niños que, dicho sea de paso, es uno de los contenidos más interesantes de mucha LIJ y lo que hace su lectura tan recomendable para los educadores, es algo patente cuando salen a relucir cuestiones como el cielo y el infierno.

Es clásico el primer capítulo de Las aventuras de Huck Finn, de Mark Twain, cuando el mismo Huck nos cuenta que la señora Watson «me explicó que toda la ocupación que allí (en el cielo) tenía la gente era pasearse todo el día con un arpa y estarse cantando por siempre jamás. No me pareció que esto fuese una gran cosa pero me guardé de decirlo. Le pregunté si ella creía que Tom Sawyer iría al cielo, y me dijo que ni muchísimo menos. Esto me produjo alegría, porque mi deseo era que estuviésemos los dos juntos» (9).

Acentos parecidos tiene una escena de Muerte al alba, de Robert McCammon, un siglo después. A Cory Mackenzie no le bastan las explicaciones del pastor Lovoy cuando muere su mejor amigo, Davy Ray: «¿El cielo? ¿Cómo va a ser bueno un sitio si no tiene las cosas que a uno le gustan? Si no había tebeos, ni películas de monstruos, ni bicicletas, ni piscinas, ni helados, ni verano.... Ni tormentas ni porches donde sentarse a contemplarlas. El cielo me parecía una biblioteca que contenía libros de un sólo tema para que uno se pasara toda la eternidad leyendo. El cielo sería un infierno» (10).

Las reacciones de Huck y de Cory son coherentes con las explicaciones que reciben. Las ficciones de Twain y McCammon ayudan a comprender los pensamientos de sus protagonistas y a simpatizar con ellos, aunque un lector hará suyas o no esas conclusiones dependiendo de cuál haya sido y sea su entorno y su formación, aclaración de interés para quienes estén tentados de atribuir a los libros la culpa de que algún chico piense así.

Reflejos borrosos

En cuanto a las cosas que no se ven en la LIJ, o que se ven borrosamente, normalmente son aquellas a las que les ocurre algo parecido en la literatura general, pues ambas están afectadas por las mismas tendencias de pensamiento y pedagógicas que, respecto a estos temas, dominan nuestro contexto cultural.

También en la LIJ, por tanto, hay ficciones que llevan el silencio acerca de Dios al punto de lo antinatural, como cuando se presentan situaciones duras de gran sufrimiento que se sobrellevan sin ninguna reacción o que se intentan resolver cogiendo una térmica en plan poético. Y tampoco en ella faltan las que minusvaloran o muestran una clara incomprensión de lo religioso y, como corresponde a la sociedad en la que vivimos, de lo cristiano.

De todos modos, las ficciones que no presentan de modo positivo a Dios o a la religión no cabe calificarlas tanto de ataques a Dios o a la religión como de ataques a la imagen que se han hecho de Dios o de la religión los protagonistas de la historia, con frecuencia personajes interpuestos del autor. Con frecuencia, tienen mucho de arremetidas contra un fantasma.

En particular, esto es obvio en relatos con acentos autobiográficos rencorosos hacia la educación religiosa recibida. Sin duda no es malo recordar los errores del pasado, en especial los cometidos en nombre de Dios o de la religión, que quizá sean los más graves. A la vez, se ha de decir que para poder abordar algunas cuestiones con madurez, en su contexto y sin generalizaciones injustas, se requiere no estar afectado de ciertas «enfermedades biográficas». Por ejemplo, la de quien fue mordido por un perro siendo pequeño y sostiene que todos los perros son iguales y además pretende imponer unas restricciones excesivas a quien desea tenerlos. O, más aún, la de quien tiene un trauma de infancia no real sino reconstruido, una especie de sufrimiento a posteriori sobre cosas que nunca fueron un verdadero problema (11).

Dimensiones insuficientes

De todas maneras, conviene no perder de vista que la LIJ es, normalmente, un espejo de dimensiones reducidas y, por tanto, hay panoramas que no puede ni pretende abarcar pues para ello se requieren unos medios literarios sofisticados, y se pide una madurez humana y una experiencia lectora propias de quien ha dejado tiempo atrás los años jóvenes.

De modo general se puede afirmar que no todas las cuestiones se pueden abordar por medio de una novela, y que no todos los posibles temas novelescos se pueden enfocar con la perspectiva y el lenguaje de la LIJ pues el fondo del mensaje está irremediablemente ligado a la forma que se emplea. Por eso, decir que las ficciones son insuficientes para dar cuenta de toda la realidad no es un desprestigio para las ficciones, y decir que la LIJ nunca podrá llegar a donde llegan Los Buddenbrook o Guerra y Paz no es un desdoro para la LIJ. Del mismo modo que hay cuestiones y contenidos que han de ser buscados en ámbitos distintos a las ficciones, hay argumentos y materiales novelescos que deben ser buscados fuera de los relatos infantiles.

Así, es difícil pensar que un relato de LIJ pueda entrar a fondo en la dificultad que muchas personas tienen hoy en ver a Dios como padre, en parte porque no han tenido en sus vidas las referencias apropiadas, e incluso porque ellos mismos han sido malos padres, al modo y con la crudeza que lo hace Russell Banks en Como en otro mundo. En esa novela, por medio de la narración de varias personas, se ofrecen diferentes perspectivas del desgraciado accidente de un autobús escolar y de las consecuencias que tuvo en sus vidas. Uno de los afectados, padre de dos niños fallecidos, no acepta ninguna clase de consuelo religioso, para él «otra solapada negativa de los hechos». Y, al rememorar su propia infancia y su misma irresponsabilidad como padre joven es cuando resulta obvia su incapacidad de comprender: «No disponíamos de los diversos medios que muchos de nuestros vecinos y parientes tenían para amortiguar el golpe. Yo no, al menos. La cháchara de los cristianos sobre la voluntad de Dios y todo eso, no hacía sino enfurecerme». Cuenta que no fue a funerales excepto a uno, y en él se indignó porque quien predicaba «pretendía hacernos creer que Dios era como un padre que se había llevado consigo a nuestros hijos. Menudo padre. El único padre que yo conocía era el que había abandonado a otros el cuidado de sus hijos» (12).

Pero, si temas como el anterior es difícil atacarlos en relatos sencillos, sí hay otros en los que algunos autores se pronuncian con rotundidad contraproducente. Es el caso de aquellos en los que se asegura que el infierno no existe, tal vez porque, debido a experiencias tristes del pasado, se desea evitar cualquier pedagogía basada en la intimidación. Dejo de lado ahora que, al decir eso, se sostiene que ningún crimen en la tierra merece tanto castigo; y que, así, con el buen deseo de no asustar innecesariamente a los niños, se olvida la verdad básica de que algunos errores vitales no se arreglan con un leñador que pasaba por allí (13). Lo que sí es de interés subrayar aquí es que una cosa es no atemorizar a los niños con el infierno y otra que un adulto no sepa, y por tanto no transmita, la razón por la cual los cristianos sostenemos su existencia: porque lo ha dicho Jesucristo y porque creemos que Jesucristo es Dios. Independientemente de que nos parezca bien o mal, esa es la razón, la misma por la que creemos en el cielo, dicho sea para los relatos buenistas de signo contrario.

En relación a esto, y para subrayar de nuevo que tratar con profundidad algunas cuestiones desborda los límites de comprensión que normalmente asignamos a la LIJ, es luminoso el relato de Flannery O’Connor titulado Los lisiados serán los primeros. En él se muestra qué trágico resulta, no tanto eludir los interrogantes de los chicos acerca de la otra vida, como que un adulto se atribuya respuestas supuestamente salvadoras a la hora de su formación. La escritora norteamericana viene a decir que, ante un tema tan decisivo, es necesaria una gran sinceridad personal y, si alguien no cree ni en el cielo ni en el infierno no debe cerrar la puerta a otros y actuar como quien derriba la escalera por la que él no puede subir (14).


REFERENCIAS RELIGIOSAS FOSILIZADAS

Llegados a este punto habrá quien sospeche que se podrían buscar e hilar ejemplos distintos para conseguir otra especie de cuadro impresionista. Sin embargo, pienso que, se haga como se haga, cuantos más ejemplos se pongan algunas conclusiones serán siempre las mismas.

La primera es que la literatura muestra que vivimos en una sociedad en la que, para muchos, sólo quedan restos inconexos de conocimientos cristianos, una idea que menciona Douglas Coupland en La vida después de Dios, cuando su narrador se plantea por qué grietas circula el impulso religioso en un mundo sin religión, o cuando señala cómo sus protagonistas, que perciben la necesidad que los hombres tienen de Dios, no encuentran sentido en las referencias religiosas que permanecen fosilizadas en su cultura (15).

La segunda es que la misión de una ficción no es dar explicaciones respecto a nada sino narrar una historia en la que se vean comportamientos y hechos concretos y, por tanto, en ella no debe haber más lecciones que las que puedan desprenderse legítimamente de lo que se cuenta. En el pasado hubo novelas que, indirectamente, mostraban una educación cristiana consistente, al menos en relación con la coherencia de vida de los adultos que las encarnan (16). Así, en La casa de la pradera, de Laura Ingalls Wilder, se muestra como amable la práctica religiosa cotidiana, aunque su estrecha mezcla con el sentimiento patriótico norteamericano cause sorpresa en otros ambientes (17). Lo mismo se puede decir de las novelas de vida familiar de Astrid Lindgren que, más o menos, responden a sus propios recuerdos de infancia, tal como ella misma cuenta cuando habla de sus padres en su autobiografía Mi mundo perdido (18). Esto parece más difícil hoy pero el resultado sigue siendo que los relatos deben hablar o no de Dios según lo requieran el argumento y la personalidad de los protagonistas, y que «lo religioso» no tiene por qué verse ni mucho ni poco sino lo necesario. Por tanto, a la hora de mostrar conceptos sobre Dios y formas de práctica religiosa, en las novelas aparecerán enfoques tan distintos como tengan los personajes, los de ayer como se tenían ayer, los de hoy como se tienen hoy.

Un marco más amplio

Si a lo anterior alguien objeta que un relato determinado puede ser poco conveniente para un lector concreto, se le puede indicar que un flan puede ser malo para un diabético pero tal cosa no dice nada en contra del flan, sino que tanto el enfermo como su entorno han de actuar con precaución. O, dicho de otro modo, las ficciones influirán de una u otra manera dependiendo de las bases formativas, literarias y humanas, que previamente posean los receptores y la misión de los educadores es, justamente, proporcionárselas. Las primeras les permitirán leer literariamente o, lo que es lo mismo, entender bien lo que leen; y las humanas les darán un marco de comprensión más amplio. Respecto a esto es oportuno traer aquí el comentario de un catedrático de literatura, Victor Klemperer, cuando analizaba el lenguaje usado por el Tercer Reich y decía: «No confío en las consideraciones puramente estéticas en los ámbitos de la historia de las ideas, de la literatura, del arte, de la lengua. Es preciso partir de posturas humanas básicas; los medios de expresión sensibles pueden ser los mismos, aún siendo los objetivos totalmente opuestos» (19).

Ese marco más amplio supone tener claro, por ejemplo, que, igual que la ley de la gravedad no es una realidad que afecta sólo a los estudiosos de la Física sino algo que ahí está y a todos nos concierne, si Dios existe no estamos ante un hecho religioso sino ante un hecho. No hay por tanto que creer en la ley de la gravedad o en Dios porque sea más o menos conveniente para uno mismo y para el buen orden social, sino porque la ley de la gravedad actúa lo queramos o no, y porque la existencia de Dios lo cambia todo, nos parezca bien o no.

Supone, también, que hablar de Dios sólo en los contextos reducidos de la práctica religiosa, como si la presencia de Dios en la vida de los hombres se limitase a determinados momentos, no responde a la realidad pues ignora que Dios desborda cualquier religión. Y de ahí que se pueda decir que una educación de las que Dios esté ausente equivale a meter a una persona en un coche sin darle ninguna instrucción de cómo funciona y dejarle que lo aprenda todo a base de tanteos y golpes. Que una mínima comprensión de quien es Dios resulta un factor básico para entender y manejar la realidad se hace patente cuando llega la hora de intentar «leer» el sufrimiento y la muerte, aunque sea limitadamente. Se veía en la novela citada más atrás, Como en otro mundo, pero más claro queda en la significativa diferencia de acentos entre las narraciones de Viktor Frankl y Primo Levi acerca de sus respectivas estancias en campos de concentración, El hombre en busca de sentido y Si esto es un hombre (20).

También es cierto que, si el silencio sobre Dios es un error, algunas explicaciones equivocadas pueden causar peores resultados todavía. Existen patologías de la religión que demuestran que la otra cara de algo maravilloso puede ser verdaderamente horrible, que si una religión bien vivida humaniza la vida y contribuye a un verdadero progreso, una religión mal comprendida y vivida es un factor de regresión. Como, por otra parte, sucede con muchas realidades humanas.

El trabajo de los autores

Si ahora colocamos el foco sobre los escritores podemos obtener otra conclusión: cuando un autor desea mostrar con honradez lo que piensan o hacen sus seres de ficción se preocupa de documentarse bien acerca de los ambientes y vidas que refleja, de modo que nadie identifique la ignorancia que dejan al descubierto los comentarios y las vidas de sus personajes con la suya propia. Así, que alguno no sepa lo que significa rezar no tendría por qué dejar patente, a un lector informado, que tampoco el escritor tiene mucha idea de qué habla.

Nadie duda que si una novela sobre agentes de bolsa es imprecisa en sus descripciones de los mercados de valores, merece ser calificada como mala por más que tenga otras cualidades. Y, por tanto, el mismo juicio merecerán las ficciones que traten sobre Dios y lo religioso sin tener en cuenta datos históricos y culturales básicos. Esto sucede hoy con frecuencia en relatos fantásticos cuyos autores no parecen ser conscientes, por la razón que sea, que introducir esas cuestiones en un relato así fácilmente deja su profesionalidad en entredicho.

Una cosa es que un personaje piense que, básicamente, todos hablamos de lo mismo cuando nos referimos a Dios, y otra bien distinta es que un escritor de nuestro entorno cultural no sepa que Dios, para los cristianos, no tiene nada que ver con las figuras humano–sobrehumanas de los dioses griegos, ni se parece al Alá de los musulmanes, ni es el «Ser Supremo» del que hablan los filósofos, ni tampoco el «Ser–que–es–todo–vida» propio de las religiones de la India, ni la «Sabiduría del acontecer» descrita por el taoísmo (21) . Tampoco dice mucho de un autor que, a través de su sensato protagonista, nos diga que todas las religiones son iguales, algo que la historia y la realidad desmienten a poco que uno piense (22).

Además, no debería ignorar que lo que los cristianos conocemos acerca de quién y cómo es Dios, nos viene a través de las palabras y la persona de Jesucristo, y que Jesucristo no predica una religión entre otras pues no se presenta como un mensajero más sino como Dios mismo encarnado (23). Eso tiene unas consecuencias que no se pueden ignorar: que «el cristianismo no es, en último término, ni una doctrina de la verdad ni una interpretación de la vida. Es esto también, pero nada de ello constituye su esencia nuclear. Su esencia está constituida por Jesús de Nazaret, por su existencia, su obra y su destino concretos; es decir, por una personalidad histórica» (24).

De igual modo, un personaje puede considerar lo religioso como algo irracional o como algo que depende del sentimiento, pero un autor debería tener claro, en concreto, que la religión católica no se apoya ni en afirmaciones gratuitas ni sobre los sentimientos sino sobre la razón. Merece crédito porque se sustenta sobre unos acontecimientos históricos y porque su cuerpo de doctrina es razonable, y de ahí que los sentimientos de tipo religioso que puede tener un católico no son autónomos ni válidos por sí mismos (25).

La confusión respecto a lo anterior se aprecia, por ejemplo, en tantos relatos blandos sobre la Navidad, una fecha que si es la fiesta de los regalos, es justo porque se conmemora la venida de Jesucristo al mundo, el mayor regalo que ha recibido la humanidad. Es decir, hay unas realidades sobrenaturales ciertas, y unas realidades sobrenaturales folklóricas o literarias, tradiciones cristianas de las que ahora, para muchos, sólo queda la cáscara: y la cuestión es que si un personaje tiene una cáscara entre las manos, su autor al menos debe saberlo.

Profesionalidad y respeto

Se podría decir, por tanto, que la profesionalidad con la que deben trabajar tanto educadores como escritores comienza por el sensato consejo que daba Stevenson de «guardar silencio cuando uno sospecha que no comprende algo cabalmente» (26). Para los primeros eso incluye saber distinguir y enseñar a distinguir entre lo que una novela cuenta y lo que una novela enseña. Y para los segundos, ser cuidadosos con el material novelesco que manejan implica, en este caso, no perder de vista que un Dios que verdaderamente lo sea no entra dentro de ninguna fantasía humana (27).

Además, quienes, como yo, crean que profesionalidad significa sentido de responsabilidad y respeto hacia la inteligencia y la libertad del lector joven, pedirán a educadores y escritores que huyan de cualquier maniqueísmo a la hora de presentar a las personas concretas (28), y que se propongan ayudar a los lectores niños y jóvenes a encontrar su propio camino, sin dogmatismos ni dirigismos fuera de lugar (29).

Y esto tiene también mucho que ver con el deber de tomar en serio los interrogantes que formulan los niños y los jóvenes. Sin duda, un adulto puede mantener un cierto silencio sobre Dios y sobre lo religioso que se corresponda con su propia situación vital, pero a la vez se ha de decir que no es honrado responder con el silencio, y mucho menos con la frivolidad, acerca de las preguntas básicas de la vida. Calvin tiene razón cuando dice, con su acostumbrada contundencia, que «si no van a recompensarme eternamente por mi conducta, quiero saberlo AHORA» (30).

NOTAS

Artículo publicado en Hipertexto Online Journal, n. 7, Invierno 2008.

(1) Es el caso de Los comefuegos, donde se presenta un profesor salvaje que, después de pegar y humillar a los chicos de clase, termina diciendo «rezaremos el Padrenuestro».
David Almond. Los comefuegos (The Fire-Eaters, 2003). Barcelona: Roca, 2004; trad. de Inés Belaustegui.
(2) Mark Haddon. El curioso incidente del perro a medianoche (The Curious Incident of the Dog in the Night-time, 2003). Barcelona: Salamandra, 2004; trad. de Patricia Antón.
(3) Gary Paulsen. El hacha (Hatchet, 1987). Barcelona: Noguer, 1996, 3ª ed.; trad. de Jesús Mayor Val.
(4) Ben Rice. Pobby y Dingan (Pobby and Dingan, 2000). Barcelona: Planeta, 2000; trad. de Justo Navarro.
(5) Penelope Lively. La Casa de Norham Gardens (The House in Norham Gardens, 1974). Barcelona: Ediciones B, 1990; trad. de Mercedes García Reina.
(6) Isabelle Holland. El hombre sin rostro (The Man Without a Face, 1972). Barcelona: Ediciones B; 1994; trad. de Sonia Tapia.
(7) Ray Bradbury. La feria de las tinieblas (Something Wicked this Way Comes, 1962). Barcelona: Minotauro, 2002; trad. de Joaquín Valdivieso.
—El vino del estío (Dandelion Wine, 1946 a 1957). Barcelona: Minotauro, 1996, 2ª impr.; trad. de Francisco Abelenda.
(8) Maria Gripe. Elvis Karlsson (1972). Madrid: Alfaguara, 2003, 2ª ed., 14ª reimpr.; trad. de Leopoldo Rodríguez.
(9) Mark Twain. Las aventuras de Huckleberry Finn (The Adventures of Huckleberry Finn, 1885). Madrid: Cupsa Editorial, 1982; trad. de Doris Rolfe y Antonio Ferrer.
(10) Robert R. Mccammon. Muerte al alba (Boy´s Life, 1991). Barcelona: Ediciones B, 1993; trad. de Nuria Lago Jaraiz.
(11) Así lo explica Wayne Booth: «Como dice Hume: “Un hombre con fiebre no puede considerar que su paladar es buen criterio para hablar de gustos; y el que tenga ictericia no puede intentar imponer su opinión sobre colores. En toda criatura hay un estado de salud y otro de enfermedad; sólo el primero se puede considerar como criterio de gusto y sentimiento”. Esto significa que tenemos que cultivar también el arriesgado arte de valorar el grado de alerta de otros lectores (como hacemos con otras cualidades). Se trata sencillamente de hacer más caso a los juicios de los que parece que han atendido con más cuidado».
Wayne C. Booth. Retórica de la ironía (A Rethoric of Irony, 1974). Madrid: Taurus, 1989, 2ª ed.; trad. de Jesús Fernández Zulaica y Aurelio Martínez Benito.
(12) Russell Banks. Como en otro mundo (The Sweet Hereafter, 1991). Barcelona: Anagrama, 1994; trad. de Benito Gómez Ibáñez.
(13) Tampoco entro a una consecuencia más que señala Allan Bloom en El cierre de la mente moderna, al final del capítulo titulado Libros: los jóvenes de hoy «no tienen ninguna idea del mal; dudan de su existencia. Hitler es sólo otra abstracción, un concepto con el que llenar una categoría vacía. Aunque viven en un mundo en el que se ejecutan los actos más terribles, y ven brutales crímenes en las calles, ellos apartan la vista. Quizá creen que las malas acciones son realizadas por personas que, si recibiesen la terapia adecuada, no las volverían a cometer…, que hay acciones malas, no personas malas. No hay ningún Infierno en esta comedia. Así, la perspectiva más común del estudiante carece de un conocimiento tanto de los abismos como de las cumbres, y, por ende, carece de gravedad».
Allan Bloom. El cierre de la mente moderna (The Closing of the American Mind, 1987). Barcelona: Plaza & Janés, 1989; trad. de Adolfo Martín.
(14) Flannery O’Connor. Los lisiados serán los primeros (The Lame Shall Enter First, 1962). Relato incluido en Cuentos completos. Barcelona: Lumen, 2005; trad. de Vida Ozores.
(15) Douglas Coupland. La vida después de Dios (Life After God, 1993). Barcelona: Ediciones B, 1997; trad. de Mariano Antolín Rato.
—Esa idea la desarrolla filosóficamente Alasdair Macintyre en Tras la virtud (After virtue, 1981); Barcelona: Crítica, 2004; trad. de Amelia Valcárcel.
(16) Por supuesto no me refiero a las ficciones didácticas del pasado que hablaban de un ejemplar niño piadoso al que todos debían imitar (y que, por cierto, tienen hoy sus herederas de signo contrario en aquellas que desean adoctrinar a los chicos acerca del modo correcto de afrontar cuestiones controvertidas).
(17) Laura Ingalls Wilder. Son ocho libros, el primero de los cuales es La Casa del Bosque (Little House in the Big Woods, 1932). Barcelona: Noguer, 2001, 2ª impr.; trad. de Montserrat Solanas i Mata.
(18) Astrid Lindgren. Mi mundo perdido (Samuel August frán Sevedstorp och Hanna i Hult, 1975). Barcelona: Juventud, 1985; trad. de Herminia Dauer.
(19) Victor Klemperer. LTI – La lengua del Tercer Reich – Apuntes de un filólogo (LTI. Notizbuch eines Philologen, 1947). Barcelona: Minúscula, 2004, 3ª reimpr.; trad. de Adan Kovacsics.
(20) Viktor Frankl. El hombre en busca de sentido (Der Mensch vor dem Frage nach dem sinn, 1945). Barcelona: Herder, 2004, 2ª ed.; trad. de Christine Kopplhuber y Gabriel Insausti.
—Primo Levi. Si esto es un hombre (Se questo è un homo, 1958). Barcelona: El Aleph, 2002; trad. de Pilar Gómez Bedate.
(21) Romano Guardini. El Señor (Der Herr, 1937). Madrid: Cristiandad, 2002; trad. de Dionisio Mínguez.
—Ilustra lo señalado en este párrafo un relato donde hay una escena en la que una chica acude a su ángel de la guarda, mientras que otra lo hace a «Ganesha, el dios con cara de elefante, que protege de los viajes y aparta los obstáculos del camino». El protagonista, Fridolín, no teme arriesgar su prestigio intelectual cuando resuelve la discusión acerca del tema diciéndoles: «No os peleéis, ¿no veis que estáis diciendo lo mismo?».
Andrés Ibáñez. El parque prohibido (2005). Barcelona: Montena, 2005.
(22) Además de la obra citada en la nota previa, en la cual se viene a decir que Dios es a la vez todo y nada, otra es El mar de los trolls, de Nancy Farmer, donde un sabio bardo transmite al espabilado protagonista que las distintas religiones son todas parecidas, aunque a la vez le deja claro que conectarse y fusionarse con la «energía vital» es la religión básica. De todos modos, en esa misma historia se aprecia que la escritora no está de acuerdo con que todas las religiones son parecidas pues bien que procura presentar algunas creencias cristianas como absurdas, según muestra el comportamiento rígidamente fanático y estúpido de un personaje.
Nancy Farmer. El mar de los trolls (The Sea of Trolls, 2004). Barcelona: Destino, 2006; trad. de Gemma Gallart.
(23) Aquí es oportuna la observación que C. S. Lewis formula del siguiente modo: «Un hombre que fue meramente un hombre y que dijo las cosas que dijo Jesús no sería un gran maestro moral. Sería un lunático —en el mismo nivel que un hombre que dice ser un huevo escalfado— o si no sería el mismísimo demonio. Tenéis que escoger. O ese hombre era, y es, el Hijo de Dios, o era un loco o algo mucho peor. Podéis hacerle callar por necio, podéis escupirle y matarle como si fuese un demonio, o podéis caer a sus pies y llamarlo Dios y Señor. Pero no salgamos ahora con insensateces paternalistas acerca de que fue un gran maestro moral. Él no nos dejó abierta esa posibilidad. No quiso hacerlo».
C. S. Lewis. Mero cristianismo (Mere Christianity, 1952). Madrid: Rialp, 1995; trad. de Verónica Fernández Muro.
(24) Cita tomada del libro ya citado de Romano Guardini, El Señor.
(25) Como afirma el Padre Brown, «la razón nos proviene de Dios y cuando las cosas son poco razonables, créame, es que sucede algo».
G. K. Chesterton. La luna roja de Meru (The Red Moon of Meru), en El secreto del Padre Brown (The Secret of Father Brown, 1927); Obras completas, tomo II. Barcelona: Plaza & Janés, 1965, 2ª ed.; trad. de Isabel Abello de Lamarca.
(26) R. L. Stevenson. Ensayos literarios. Madrid: Hiperión, 1988, 2ª ed.; trad. de Beatriz Canals y Juan Ignacio de Laiglesia.
(27) Quien intenta meter en su creación literaria algo que, en la vida real, es sobrenatural y que, como esa misma expresión indica, no se abarca o no se comprende del todo —un ser como Dios o una realidad como la oración—, el resultado es, como mínimo, confuso y, normalmente, ridículo. Pues, ¿qué posición ocupa Dios en una ficción de fantasía? ¿Es el rey de todos los animales mitológicos y de todos los seres de ficción? ¿Tiene algo que ver ese ser con el Dios real? O bien, ¿en qué consiste la oración en ese ambiente?: ¿en invocar a un mago?, ¿en blandir la varita mágica y decir ¡Patronus!? ¿Tienen esas actuaciones algo que ver con la oración comprendida como relación entre Dios y el hombre? ¿Se parecen, siquiera mínimamente, a la oración comprendida como el descubrimiento y la identificación o aceptación de la voluntad de Dios, tal como se reza en el Padrenuestro? Así, en El enigma de Akenatón unos pasajeros que coinciden el mismo avión que John y Philippa, los dos jóvenes «djinns» protagonistas, se asustan y empiezan a rezar para que ocurra el milagro de estar de vuelta en casa, como así sucede gracias a los djinns: supongo que se puede deducir legítimamente que, para el autor, la oración de la vida ordinaria es tan real como los deseos que puede conceder el genio de Aladino, que era un djinn.
P. B. Kerr. El enigma de Akenatón (The Akhenaten Adventure, 2004). Madrid: Alfaguara, 2005; trad. de Mercedes Núñez.
(28) La bondad de las personas no tiene que ver con su pertenencia a una u otra religión: «en todas las religiones hay todo tipo de personas: gente buena en religiones malas y gente mala en religiones buenas», como afirma el Padre Brown.
G. K. Chesterton. El puñal alado (The Dagger with Wings), en La incredulidad del Padre Brown (The Incredulity of Father Brown, 1926). Madrid: Anaya, 1993; trad. y notas de María del Carmen Beaven Villarino.
(29) Aquí viene bien algo que cuenta el entonces cardenal Ratzinger en sus memorias acerca de un profesor que tuvo en el seminario del cual, dice, «nos impresionaban profundamente su entusiasmo y su profunda convicción, pero no parecía ser alguien que se planteara preguntas, sino alguien que defendía con pasión frente a cualquier interrogante lo que había encontrado. Como jóvenes, nosotros éramos precisamente personas que planteaban preguntas».
Joseph Ratzinger. Mi vida - Recuerdos (1927-1977) (Aus meinem Leben Erinnerugen 1927-1977, 1997). Madrid: Encuentro, 2005, 2ª ed.; trad. de Carlos d´Ors Führer.
(30) Bill Watterson. Calvin y Hobbes (Calvin and Hobbes, 1985), en La buena vida, Felino Maníaco Homicida, 1997 (Homicidal Psicho Jungle Cat, 1994); Barcelona: Ediciones B.

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