Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Artículo: 'HISTORIA ● El futuro empieza con las ficciones infantiles' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta

El futuro empieza con las ficciones infantiles


Un vistazo a la historia de la Literatura infantil y juvenil (LIJ) —entendida como las instancias que proponen y orientan las lecturas de los niños y los jóvenes, y no como una colección de lecturas— revela cómo en ella se han ido reflejando los cambios sociales que se han producido en el siglo XX y cómo, con frecuencia, ella misma los ha propiciado. Además, observar su nacimiento, debido a varias iniciativas que se produjeron en Estados Unidos en torno a 1920; su consolidación, durante los cambios sociales y culturales de los años sesenta y setenta; y la situación presente, donde todos los indicadores de final de ciclo están encendidos, muestra cómo se han dirigido las lecturas de los niños y los jóvenes en el último siglo y habla un poco de qué oportunidades se abren ahora mismo.

El mundo de los premios

Uno de los hitos iniciales de la LIJ se puso en 1922, cuando la A.L.A. (American Library Asociation) decidió conceder el primer premio anual de literatura infantil: la Newbery Medal. A estas alturas sabemos bien que los premios no significan calidad pero entonces las cosas parecían más claras: aquel premio lo recibía el mejor libro del año anterior y lo votaban los bibliotecarios, que se veían a sí mismos y eran considerados socialmente como los defensores de los libros infantiles frente al bajo nivel que se suponían a la literatura barata y al cómic. Sin duda, existía el peligro de un cierto didactismo pedante, pero también era cierto que la categoría del libro y el bien del niño eran objetivos indiscutibles. Por eso, el hecho de que algunos premios Newbery no acabaran recayendo en quien lo merecía más, no borran la realidad de que la LIJ norteamericana quedó vinculada para siempre con ellos, y con sus premios gemelos, los Caldecott de ilustración, que comenzaron en 1938.

Unos datos más pueden dar idea de cómo los demás países fueron siguiendo esas huellas. En Inglaterra se estableció el premio Carnegie en 1936, y su equivalente de ilustración, el Kate Greenaway, se concedió por vez primera en 1956. Con la fundación del International Board on Books for Young People (IBBY) en Zurich, en 1954, Jella Lepman creó el primer premio internacional, el Andersen, que se duplicaría pocos años después para un escritor y un ilustrador. Luego, con la puesta en marcha de secciones nacionales del IBBY y con la intervención en muchos casos de instituciones públicas, surgieron toda clase de galardones: en España, el primer premio institucional fue el Lazarillo, que se inició en 1958; y el premio comercial más dotado, el Barco de Vapor de la editorial SM, comenzó en 1978. Entre premios de otro tipo se puede citar el Coretta King, que se da en Estados Unidos a escritores e ilustradores afroamericanos desde 1970, con la intención obvia de subrayar determinados valores (con el no inesperado efecto perverso de contribuir parcialmente a perpetuar la situación que se pretende corregir). Y el último gran premio internacional es el Astrid Lindgren, establecido por el gobierno sueco el año 2003 con el propósito de ser un equivalente al Nobel (pues su dotación es muy superior al Premio Andersen). Esta historia, que podemos leer como una demostración de la vitalidad de la LIJ y de su creciente atractivo para quienes tienen en ella intereses políticos, comerciales o ideológicos, también revela que autores muy leídos por los niños, como fue Roald Dahl, nunca ganaron un premio concedido por adultos y, más todavía, que muchos autores premiados (con frecuencia por los propios colegas) fueron y son poco leídos entre los niños.

En resumen se puede afirmar, primero, que, con el avance del siglo, fue cambiando el centro de gravedad de la LIJ debido al nacimiento de instituciones específicamente dedicadas a ella, oficiales y privadas, nacionales e internacionales, y debido al aumento de personas que, sin estar vinculadas con instituciones directa o indirectamente educativas, se convirtieron en mediadores entre los niños y los libros. Segundo, que aunque han abundado y abundan los esfuerzos reales y sinceros por elevar el nivel de los libros en todos los sentidos, los intereses económicos han ido en aumento y, por tanto, muchos premios están centrados en atraer el interés de los medios para conseguir la mayor publicidad posible. Tercero, que del moralismo propio de una parte de los libros infantiles del pasado se ha evolucionado hacia un moralismo de signo contrario: los premios se guían sobre todo por buscar que los libros coincidan con «el espíritu del tiempo», por ejemplo buscar la integración social en una sociedad multicultural, lo cual implica que hay determinados libros que, ahora, nunca se premiarán.

El negocio editorial

Un segundo hito estuvo en que, durante los años veinte, comenzó a verse la LIJ como parte del negocio editorial. Se pueden fijar dos momentos: uno, cuando los editores y bibliotecarios norteamericanos pusieron en marcha la primera Semana del Libro; otro, cuando una editorial importante tomó la decisión de dedicar una división de su negocio a los libros para niños y abrió ese camino a más empresas del sector.

Aquí tuvieron un gran protagonismo un puñado de mujeres editoras a las que sus empresas les encomendaron la parcela de los libros infantiles. Esas mujeres, con frecuencia rivales entre sí, impusieron respeto para la LIJ en ambientes donde antes no se la tenía en cuenta, ganaron un merecido prestigio pues obtuvieron para sus empresas unos beneficios impensables, y pelearon para marcar las tendencias que les parecían correctas a la hora de publicar unos libros sí y otros no. En Estados Unidos las más relevantes fueron la pionera Louise Seaman Bechtel, editora de MacMillan entre 1919 y 1934; Margaret McElderry, primero en Harcourt Brace y luego en Macmillan y Simon and Schuster; y Ursula Nordstrom que, en HarperCollins desde los años 40, durante casi cuatro décadas promovió y tuteló las carreras de muchos autores, se arriesgó con la publicación de libros controvertidos que ampliarían los contenidos propios de la LIJ, e hizo célebre su lema de «libros buenos para niños malos».

En paralelo con quienes procuraban aumentar la calidad de los libros infantiles, la industria también puso los medios para ensanchar su alcance. Simon Schuster lanzó, en 1942, la primera serie de libros baratos para niños, los Golden Books, que valían 25 céntimos de dólar y presentaban versiones adaptadas de relatos clásicos con imágenes de buenos ilustradores: en una década vendió trescientos millones de ejemplares. Con los años se fueron dando más pasos como el de los autores que se lanzaron a giras de promoción por todo el país. Luego, igual que se habían publicado en los años cuarenta libros para contribuir al esfuerzo bélico y avivar el sentimiento patriótico, en los cincuenta se prepararon colecciones para responder a cuestiones del momento: por ejemplo, proliferaron los libros de ciencias con ocasión de la carrera espacial. En esta dirección, una iniciativa importante que surgió cuando se levantaron voces sobre la gran amenaza que suponía la televisión para la lectura de los niños, fue que se promovieron colecciones que marcarían estándares en todo el mundo: los «Beginner Books», de Random House, que se abrió en 1957 con The Cat in the Hat del Doctor Seuss; o la colección «I Can Read», que comenzó el mismo año con los libros de Osito, de Else Minarik y Maurice Sendak.

Además, se incrementó la fusión entre literatura de masas y literatura de calidad, entre libros populares como los cómics y libros apropiados para la enseñanza. Si en los años cuarenta las películas de Disney y los cómic de Superman fueron descalificadas por una parte del establishment bibliotecario-educativo de la época, las cosas fueron cambiando con la llegada de nuevos lectores que habían disfrutado esos productos siendo niños, y con la constatación de que no todos ellos eran, ni mucho menos, basura. Este paso del rechazo al reconocimiento primero, y a la integración después, que fue forzado por la realidad social y por las necesidades económicas, puede leerse parcialmente como la entrada de la LIJ en la posmodernidad o, al revés, como que una parte de la posmodernidad llegó por medio de los libros infantiles.

Las teorías pedagógicas

Otro hito de los años veinte fue la incidencia en la LIJ de las nuevas corrientes pedagógicas. En Estados Unidos esto lo representó Lucy Sprague Mitchell y la institución fundada por ella en 1916, el Bank Street College of Education, con el fin de estudiar la educación y el desarrollo del niño. Mitchell y las personas que formó extendieron la conciencia de que se necesitaban libros para niños que tratasen acerca de sus vidas cotidianas y no tanto cuentos que comenzaran con el «érase una vez...». Para ejemplificarlo, publicó un libro en 1921 titulado «Here and Now Story Book» con «historias experimentales» que se distribuían, creo que por primera vez, por edades.

Esta idea, una revolución entonces para quienes estaban muy apegados a los relatos clásicos, llevaba implícita la necesidad de ofrecer a los niños libros de calidad en todos los sentidos: los textos podían e incluso debían ser sencillos, pero tenían que ser capaces de soportar lecturas repetidas a lo largo del tiempo, y las ilustraciones que los acompañaban habían de ser apropiadas, pero sin renunciar a un buen nivel artístico. Es conveniente señalar aquí que, aunque todas las teorías pedagógicas acaban teniendo influencia de un tipo u otro en la LIJ, la escuela de Mitchell se propuso actuar desde los comienzos en el interior de la LIJ, y discípulas suyas como Margaret Wise Brown publicaron libros de gran calidad en los años cuarenta que ahora seguimos considerando clásicos como Buenas noches, luna.

En igual dirección, también en los años 30, trabajó en Francia el editor Père Castor, seudónimo de Paul Faucher, al promover colecciones de libros con imágenes que deseaban aunar sentido educativo, calidad y precios asequibles. Luego, con la publicación de álbumes memorables en Estados Unidos en esa década, y en Francia con motivo de la edición de las historias de Babar a partir de 1931, se pusieron las bases para la futura eclosión de los álbumes ilustrados. Pero aún pasarían décadas hasta que las teorías de Jean Piaget acerca de cómo interpretan los niños las historias y las introducen en su experiencia personal, calaran en el mundo de la LIJ y, entre otras cosas, sirvieran para popularizar la clasificación de los libros por edades y para el auge de los relatos de psicoliteratura.

Los ámbitos periodístico y académico


A los tres aspectos mencionados se ha de sumar la presencia cada vez mayor de la LIJ en los medios de comunicación social y, más tarde, su progresiva integración en el mundo literario-académico.

En la primera dirección fueron hitos significativos el nacimiento en Boston, en 1924, de la primera revista dedicada específicamente a la literatura infantil, The Horn Book Magazine; y el hecho de que, a partir de 1930, el New York Times Book Review comenzó a dedicar una página quincenal a libros infantiles, aunque no fue hasta 1949 que apareció The Children´s Books Supplement, una parte de The Times Literary Suplement. Y, como es sabido, sólo muy recientemente, a partir del fenómeno Harry Potter, el New York Times comenzó a incluir una lista específica de libros infantiles más vendidos.

En la segunda se puede apuntar que los primeros trabajos académicos dedicados a teorizar sobre la LIJ comenzaron en los años sesenta y setenta cuando en las aulas se sentaban quienes, siendo niños, habían disfrutado con Disney, los cómics y la primera oleada de libros específicamente infantiles. Esto fue unido a que, en esas décadas, con motivo de libros de impacto social, se abrieron debates a propósito de la conveniencia o no de algunos libros infantiles. Así, la discusión sobre si, en la formación de los niños y los jóvenes son más adecuados los libros de fantasía o los libros realistas, se avivó con la publicación, en 1975, de Psicoanálisis de los cuentos de hadas, de Bruno Bettelheim. Este libro, valioso pero tan justamente criticado por sus excesos interpretativos freudianos, se unió a estudios que reivindicaban los méritos estéticos y pedagógicos del folclore para promover una revalorización de los relatos de fantasía. Como es lógico, no estaríamos hablando de lo anterior sin el éxito contemporáneo de las obras de autores como Tolkien y, en la LIJ, de Roald Dahl y Michael Ende; además, libros como El Señor de los anillos y La historia interminable, una obra mayor que pasó a ser lectura juvenil y una obra de LIJ que fue leída por adultos, abrieron el camino a los crossover books, los libros que desbordan las fronteras de edades.

También en la Europa de los años 70 se publicaron narraciones fantásticas no conformistas que, además de reivindicar la creatividad y la imaginación, difundieron los valores en alza y renovaron las técnicas literarias en la LIJ. En la efervescencia ideológica de los años setenta, escritores como Gianni Rodari alteraron los cuentos populares con intenciones ideológicas y abrieron el camino a los relatos que se dieron en llamar «antiautoritarios». Las reivindicaciones feministas y pacifistas se manifestaron por medio de la inversión de los estereotipos habituales hasta entonces: los cuentos no terminarán en un matrimonio feliz, las princesas no serán pasivas, los lobos no serán malvados, y cosas así. En definitiva, otra vez se alcanzó el resultado de sustituir el antiguo didactismo por uno nuevo.

La intervención gubernamental

A partir de los años sesenta, un factor para la consolidación de la LIJ como un mundo propio fue la creciente intervención gubernamental en forma de diversas políticas educativas o culturales. De nuevo hay que volver a Estados Unidos, donde la imagen de Jacqueline Kennedy fotografiada con libros infantiles para sus hijos fue una forma de hacer notar la sensibilidad de las autoridades hacia la cuestión. Eso se tradujo en que los gobiernos de la década abrieron por primera vez el grifo de las subvenciones para que se dotasen con generosidad las bibliotecas escolares y como, al mismo tiempo, comenzó a ser habitual que se recomendasen libros (no de texto) en muchos colegios, empezó la edición de libros con precios asequibles para los propios alumnos.

Los vaivenes económicos de las décadas posteriores obligaron a cambios en el negocio editorial, tanto en la producción como en la búsqueda de caminos para que los libros llegasen a más destinatarios. Los procesos de reajuste dentro de las editoriales grandes unas veces condujeron a la creación de sellos editoriales con el nombre y el aval de autores o editores reconocidos, otras provocaron la marcha de personas expertas y capaces, y esto en ocasiones facilitó que nacieran editoriales independientes que supieron encontrar un hueco propio. También se diversificaron los canales de distribución y venta, pues subió el número de las grandes superficies dedicadas a los libros pero, frente a su anonimato, nacieron librerías especializadas que buscaban dar una orientación de más calidad. Otros cambios fueron una consecuencia natural y a veces inesperada de algunas modificaciones legislativas: en Estados Unidos, cuando por motivos fiscales dejó de compensar tener stocks de libros, desaparecieron muchos libros valiosos de los catálogos y de la circulación, con la consecuencia, en la LIJ, de una pérdida de continuidad en el paso de libros de una generación a otra; o cuando, en 1982, las nuevas leyes del copyright permitieron imprimir cualquier libro en cualquier lugar del mundo, se pudo recurrir a las imprentas a todo color más baratas de cualquier lugar del mundo, lo que facilitó el auge de los álbumes ilustrados.

Lo que importa subrayar es que todos los cambios tuvieron repercusiones no sólo en el negocio. Unos, en la extensión, el estilo, y las cuestiones que trataban los relatos infantiles y juveniles, que sufrieron modificaciones significativas con la intención de acomodarlos a los grados de formación de las distintas edades y ambientes y, naturalmente, con el propósito de conseguir entrar dentro de las lecturas recomendadas por las instancias educativas. Otros, porque fueron creciendo la serie de celebraciones tipo Días del Libro, Salones del Libro, Ferias del Libro, etc., donde los objetivos comerciales se disfrazan de trascendentes proyectos culturales o educativos. En fin, de nuevo irónicamente, se fue llegando a un doble resultado: mientras por un lado se pretendía dar un protagonismo mayor a los niños y los jóvenes frente a quienes antes dictaban sus lecturas, por el otro su dependencia de los mensajes publicitarios y comerciales se volvía mucho mayor (y las prescripciones escolares no son inmunes a esa presión, ni mucho menos); y mientras por un lado la LIJ se intentaba sacudir su vinculación con lo educativo, algunas editoriales vinculadas con redes de colegios iniciaron sus colecciones de LIJ y, por la vía de los hechos, aumentaba esa vinculación (y, por ejemplo, los educadores saben bien que la presencia de autores en los colegios, tan interesante por algunos motivos, muchas veces tiene que ver con la venta de sus libros...).

Los niños y los jóvenes como objetivo comercial

Después de una época muy centrada en el niño como fueron los años cincuenta, en las décadas posteriores aumentó el protagonismo social y el poder adquisitivo de los jóvenes y se extendió un estilo educativo cada vez más permisivo.

El éxito de novelas adultas sobre jóvenes de los cincuenta —El guardián entre el centeno, El señor de las moscas o Una paz solo nuestra— preparó el camino al nuevo género de libros sobre problemas juveniles. Este se disparó con el éxito de Rebeldes, una novela de pandilleros escrita por Susan Hinton, entonces una chica de 17 años (a todo esto, recordemos, era el tiempo de West Side Story). El llamado nuevo realismo en las novelas juveniles ganó terreno con el paso de los años, estimulado también por las sinergias cada vez más fuertes entre los libros y otros canales como la televisión y el cine. Así, las dos primeras novelas de Susan Hinton —Rebeldes y La ley de la calle— serían películas de moda entre adolescentes pocos años después. Uno de los aspectos de todo esto fue que, más allá de los buenos resultados económicos que rendían los autores con presencia mediática, o que se conseguían si los libros se recomendaban en programas de televisión por motivos pedagógicos, y no digamos nada si se convertían en películas o en series de televisión, entre quienes fabricaban libros se descubrieron nuevos modos de conseguir buenos resultados dirigiéndose directamente al público joven por encima de las cabezas de padres y educadores. Se podría decir que, desde aquellos años, la industria intenta sacar el máximo partido a los circuitos educativos y literarios habituales pero, al mismo tiempo, intenta saltárselos para llegar de otros modos a quienes no van o no desean ir por ellos.

El otro gran cambio de los años setenta y ochenta se dio en los libros dirigidos a las franjas de edad más bajas. Por una parte, hubo un gran progreso técnico: la reproducción en cuatricromía empezó a ser común, crecieron mucho los tebeos y tiras dibujadas en los periódicos y los dominicales, aumentaron las producciones de cine y televisión... Por otra, al crecer mucho la educación preescolar y al buscar fórmulas para responder al desafío educativo que planteaban los medios audiovisuales, adquirieron protagonismo toda clase de libros y álbumes ilustrados. Aparecieron libros para chicos confeccionados con lenguaje medido y una construcción pensada para facilitar la lectura —personaje atractivo, una sola línea argumental, escasas descripciones y pensamientos de los protagonistas...; y márgenes amplios, letra de tamaño generoso, diseño de cubierta cuidado...—, preparados también para convertirse luego en series y en productos de toda clase. Surgieron formatos preparados específicamente para niños más pequeños: libros resistentes en cartoné con esquinas redondeadas, libros de tamaño enorme para ser leídos en el suelo en las guarderías, espectaculares libros de conocimientos y tridimensionales, etc. Entre otras razones, el auge que con el paso de los años cogió la feria internacional de Bolonia sobre libros infantiles, que comenzó en 1964, propició colaboraciones editoriales internacionales de todo tipo para que la impresión de libros ilustrados fuese más asequible. Esto facilitó que, poco a poco, los libros de cualquier parte del mundo pudieron llegar a cualquier otro lugar, y permitió el auge de los álbumes ilustrados, la gran innovación de la LIJ en las últimas décadas, aunque tantas veces en ellos se apueste por una espectacularidad desproporcionada con su valor educativo y artístico.

Círculos que se cierran

Finalmente, ya en las dos últimas décadas, se han acelerado los cambios que parecen indicar el final de una época.

Un círculo que se cierra está en el mismo ambiente que rodea la lectura. Ahora hay una multitud de historias que llegan a los niños a través de muchos medios y una interacción entre ficciones de todo tipo que, para una gran mayoría de lectores, cambia la experiencia de la lectura respecto a cómo era en el pasado. Esto va unido con que muchas noticias o informaciones sobre libros, que también son películas o juegos, no son más que publicidad encubierta, igual que lo es el barullo internético que montan algunos clubs de fans de autores y libros (estrategia de promoción de algunos éxitos en los últimos tiempos). Esta situación, que nos habla de la importancia permanente de las ficciones y de que todos los jóvenes buscan en ellas pautas y modelos, también indica que ya no es posible dirigir u orientar por completo la lectura y las lecturas de muchos recurriendo sólo a instancias educativas cercanas, como la clase o la familia.

Otro círculo que parece cerrarse está en las ficciones de más éxito de los últimos años. Uno, los relatos de Harry Potter, no es que hayan traído la LIJ a primer plano, como piensan muchos, sino que han podido triunfar gracias a que la LIJ estaba previamente allí: el terreno estaba bien abonado. Lo mismo se puede decir de películas como Shrek o Los invisibles, con multitud de referencias a relatos anteriores que tantísimos niños no conocen pero muchos adultos sí, y también de ahí su triunfo entre un público de todas las edades. Lo que interesa resaltar es que ninguno de esos éxitos, ni como relato particular ni como moda global, desde un punto de vista narrativo tienen la originalidad de una obra que abre un territorio nuevo sino todas las características de unos éxitos crepusculares. Y, por tanto, aunque otros intenten imitarlos y seguir la estela de su éxito, se puede decir que son el final: no hay forma de crear nuevas obras a base de guiños y bromas que los lectores naturales ya no saben, y cada vez sabrán menos, cuál es su origen y su sentido.

Otro círculo que también se cierra es el de los mediadores entre los niños y los libros. Globalmente se puede afirmar que hemos pasado del didactismo formalista de muchos adultos antiguos al elitismo esnob de quienes se tienen a sí mismos como los nuevos guías culturales; que la reglamentación social esclerotizada del pasado ha dejado paso al dirigismo de lo políticamente correcto y a la estandarización que impone la publicidad de los omnipresentes productos de masas. En este aspecto no sólo los libros como tales sino la LIJ como un mundo propio ha perdido la frescura que un tiempo tuvo. Y, aunque en el ámbito educativo y académico, se ha ido produciendo una cierta convergencia de perspectivas —psicológicas, histórico-bibliográficas, pedagógicas, socio-culturales— que defiende una educación literaria del niño que sea completa y no parcial, lo cierto es que los marcos sociales y educativos no dan facilidades para poder impartirla.

Oportunidades que se abren

Una comparación puede aclarar la gran diferencia entre la situación actual y la de antes: frente a los pocos niños privilegiados del pasado que podían acceder a una gran biblioteca familiar y, gracias a eso, podían llegar a ser buenos lectores y hombres cultos, muchos niños de hoy —y sus educadores— tienen a su alcance todos los libros históricamente importantes, unos en la red, otros en las bibliotecas públicas y en las librerías, y pronto en aparatos como Kindle y similares. Esta revolución es de consecuencias aún inimaginables también debido a las perspectivas que abren los cambios en la recepción personal y colectiva de los libros: los lectores de ahora pueden compartir y contrastar las noticias y las opiniones sobre libros con muchas más personas. Ahora bien, si la biblioteca ideal del pasado proporcionaba por sí misma una cierta orientación, pues había sido pacientemente decantada, la biblioteca ideal de ahora no está clara.

Dejo de lado, pues no me corresponde tratar eso a mí, que antes el niño en la biblioteca sólo tenía libros y que hoy, en el mismo recinto donde se alojan los libros, se le presentan otras opciones mucho más vistosas para que ocupe su tiempo. Pero, en lo que se refiere a los libros, se puede asegurar que, vistas las cosas con una perspectiva general, los libros flojos de gran éxito siempre han existido y nunca han durado: como las opiniones sobre libros se propagan entre gente que lee y habla sobre libros, siempre acaban decantándose del lado correcto; y como los libros valiosos tienen la particularidad de que se defienden bien por sí mismos, a poco que se les empuje hacia delante, acaban ganando su propio público. Pero, vistas las cosas de cerca y en concreto, es obvio que no resulta fácil dar armas a un lector joven para que sepa resistirse a la fascinación de algunas malas ficciones y para que sepa reconocer la calidad en las que la tengan, de forma que luego sepa elegir y pueda terminar llegando por sí mismo a la mejor literatura.

En relación a lo anterior pienso que el camino de cualquier adulto interesado en esto comienza por aprender a orientarse a sí mismo y, para explicarlo, viene a cuento el chiste del tipo que busca las llaves que ha perdido por la noche no donde se le han caído sino bajo una farola..., pues allí es donde hay luz: la inmensa mayoría de los libros mejores no suelen estar en los escaparates sino en el pasado y en las bibliotecas. Continúa por intentar seguir un plan de transmisión —si hablamos de padres a hijos o de profesores a alumnos— más o menos ordenado: para que guste la mejor lectura es necesario entender de qué se habla, para llegar a leer y comprender la literatura occidental se han de conocer bien su Gran Código, la Biblia, y los relatos clásicos y la historia que han dado forma a la sociedad en la que vivimos. Y, tercero, es básica una recepción compartida: un educador ha de conocer y leer los mismos libros que leen los chicos, y ha de charlar sobre ellos, con buenas razones pero sin complejos, porque, al menos en principio, él es quien puede juzgar mejor que nadie si un libro infantil es bueno para sus hijos o alumnos, aunque no sea capaz del todo de juzgar su calidad.

Porque una cosa es cierta: cualquier futuro, personal o social, empieza con las ficciones que llegan a los niños.


NOTAS

Este artículo fue publicado, dividido en dos, en Aceprensa el 8 de septiembre de 2009, y fue revisado en enero de 2010.


Para su redacción no he consultado, aunque lo parezca, las referencias a la Wikipedia que aparecen en el texto: están puestas a posteriori porque pienso que pueden resultar útiles para muchos lectores. Los diccionarios que sí he utilizado son:
—Humphrey Carpenter y Mari Prichard. The Oxford Companion to Children´s literature. Oxford University Press, 1984; 584 pp.; ISBN: 0-19-211582-0.
—Anita Silvey (editor). Children´s Books and Their Creators. New York: Houghton Miffin Company, 1995; 800 pp.; ISBN: 0-927663-37-6.
—Victor Watson (editor). The Cambridge Guide to Children´s Books in English (2001). Cambridge University Press, 2001; 814 pp.; ISBN: 0-521-55064-5.
—Jack Zipes (editor). The Oxford Encyclopedia of Children's Literature (2006). Oxford University Press, 2006; 4 volúmenes, 1952 pp.; ISBN-10: 0195146565.

Y un libro con mucha información sobre la historia de la LIJ norteamericana, que también he tenido en cuenta es:
—Leonard Marcus. Minders of Make Believe (2008). Houghton Mifflin Harcourt, 2008; 416 pp.; ISBN-13: 978-0395674079.

Enviar Imprimir

publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo