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Algunas consideraciones sobre la crítica de libros infantiles y juveniles

Prólogo a Buenos Libros para tus Hijos: Guía de libros, de Toñi Hueso, María Lourdes Castro y Almudena Paz.


Los críticos literarios saben que, teóricamente al menos, los libros han de ser juzgados de acuerdo con el valor que tienen en sí mismos —si están bien escritos, si están bien construidos, etc.—, pero sin olvidar el valor que tienen en los contextos propios de su autor, de su época y de la historia —pues un libro puede ser un gran paso en la trayectoria del escritor, o ser claramente mejor que los semejantes de su tiempo, o ser el primero en tratar alguna cuestión o en enfocarla de determinada manera—. En la práctica, sin embargo, casi nunca es posible hacer juicios tan completos pues nadie puede leer tanto y los libros no nos llegan ordenadamente. Además, a la inmensa mayoría de los lectores el libro se le presentará también aislado y las referencias comparativas muchas veces le dirán poco.

En un plano teórico también, una parte de los críticos mira con recelo cualquier acercamiento de tipo ético a las ficciones y sostiene que han de ser valoradas al margen de su valor educativo, e incluso hay quienes consideran un lastre rechazable que tengan cualquier intención pedagógica. Dejando de lado lo raro que resulta que alguien que ama y conoce los libros cierre los ojos a su capacidad de influir en quien los lee, lo cierto es que, cuando llega el momento, nadie puede obviar un juicio ético de los libros —basta pensar en cómo reaccionarían muchos críticos puristas si les pusiéramos delante un libro racista o misógino, por ejemplo—. Por otro lado, y si hablamos de libros infantiles y juveniles, no es posible olvidar que se dirigen a personas en formación.

Entre los teóricos tampoco faltan quienes, implícita o explícitamente, minusvaloran la capacidad de los padres y los educadores a la hora de opinar sobre los libros infantiles y juveniles. No es difícil encontrar declaraciones de autores, editores y críticos, de las que parece desprenderse que se ven a sí mismos como guías que conocen mejor que nadie lo que conviene a los lectores jóvenes; o de las que parece deducirse que desean buscar la complicidad de los jóvenes al margen de lo que opinen sus educadores naturales. Sin embargo, lo que casi nunca tienen otras personas y casi siempre tienen los padres, o las personas más cercanas a los chicos y chicas, es justo lo más importante para opinar acerca de los libros: un conocimiento de las necesidades inmediatas y un interés real por las vidas futuras de sus posibles lectores.

Las ideas de los párrafos anteriores tienen que ver con el comentario de Chesterton de que hay algunos trabajos tan importantes que tiene que hacerlos uno mismo aunque los haga mal: entre ellos está el de leer los libros que leen los hijos o los alumnos, o ver las ficciones que ven. Es decir, que los educadores no han de temer hacer su trabajo en este terreno como mejor sepan: a un escritor no le corresponde predicar pero de un padre o de un profesor sí esperamos que diga lo que crea oportuno acerca de un libro; y ni el desconocimiento de otros libros ni la conciencia de tener poca preparación literaria, es una razón suficiente para que un padre o una madre o un profesor dejen de decir lo que les parezca la lectura de un libro concreto, aquí y ahora, para unos destinatarios a los que conocen bien. Viene bien pensar que algunas críticas pueden equivocarse sobre un libro pero no sobre los efectos que puede tener ese libro en algunos lectores.

Ahora bien, muchos padres y madres, y otros educadores, que tienen unos conocimientos lectores y vitales suficientes para opinar con sensatez acerca de un libro, saben que, a veces, es necesario buscar otras opiniones y contrastarlas con las suyas. Y en este punto es donde ya entra en juego lo que tengan que decir los críticos acerca del libro: al menos parcialmente, a ellos les corresponde aclarar qué ocurre con esos libros que pueden no gustar al adulto por distintos motivos, pero sí gustar mucho al niño o al joven; les corresponde señalar el talento con el que algunos autores saben tratar con tino alguna dificultad o cómo, gracias a la maestría de la narración o a la definición de personajes, saben atrapar el interés de los lectores jóvenes; les corresponde advertir y señalar otras perspectivas que pueden escaparse a quienes están demasiado cerca de los problemas, etc.

Un trabajo como el de este libro es especialmente útil en esta tarea de orientación. Tiene la solidez que dan muchos años enseñando literatura: esto es una garantía de que hay conocimientos, de que se han descartado muchos otros libros para realizar esta selección, de que han confirmado el eco de los libros en sus alumnos. Tiene la honradez de que sus intenciones están claras: sus autoras no sólo desean hacer un juicio literario sino que, también, pretenden opinar acerca de los valores que contienen los libros. Tiene además el acierto de incluir una reflexión competente sobre las cubiertas y las ilustraciones que acompañan las ediciones que se comentan: hoy podemos y debemos pedir a los libros infantiles cuidado y seriedad en todos los aspectos de la edición para que ayuden en la educación estética de sus lectores. Y, como corresponde a educadores expertos, es un libro práctico pues todos los libros que se comentan han sido editados en los últimos años y, por tanto, están disponibles.

Personalmente agradezco mucho este tipo de libros porque siempre descubro en ellos novelas que no conocía o que no conocía bien, porque a veces apuntan aspectos que no había visto antes en libros que sí había leído, e, incluso, porque me obligan a releer algún libro que, por la razón que fuera, no me causó en su momento una buena primera impresión y ahora veo que tenía más valor del que yo le había dado. Esto también dice algo interesante a la hora de opinar sobre libros: a los libros, como a las personas, llegamos a veces directamente y a veces gracias a comentarios que otros nos hacen; pero llegamos después a comprenderlos mejor «tratándolos» con más calma y escuchando lo que otros tienen que decir sobre ellos.

En particular, conviene pensar que la opinión absolutamente necesaria sobre un libro infantil o juvenil es siempre la del lector a quien va dirigido el libro, pues de nada vale que un libro guste mucho al adulto si al lector joven no le gusta. En esa dirección, así como a través de los libros que han gustado a lectores jóvenes de distintas épocas y ambientes, conocemos mejor a los jóvenes en general, a través de los libros que les gustan aquí y ahora conocemos mejor a los chicos y chicas que tratamos y podemos comprender mejor sus mundos interiores. Y, más aún, con frecuencia ocurre que al escuchar las formulaciones de cuestiones importantes en los libros infantiles, que podemos suponer que son más sencillas y más ingenuas, llegamos a una forma de comprender las cosas menos resabiada y podemos renovar nuestra forma de mirar alrededor.

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