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RELATOS ACERCA DEL CUIDADO DE LOS ANIMALES


Un aspecto positivo del tiempo en el que vivimos es la sensibilidad mayor que todos tenemos hoy hacia los animales, aunque no falten excesos. Son muchos los factores que nos han llevado hasta esa situación pero uno importante, sin duda, es el impacto que los mejores libros infantiles y juveniles sobre animales han tenido en muchas generaciones de niños y niñas.


En los libros clásicos de aventuras con animales como protagonistas de un modo u otro se habla bien de respeto a los animales y a la naturaleza. Por más que sus autores estuvieran lejos de algunos enfoques actuales en estas cuestiones, tenían un conocimiento cercano del mundo animal que les hacía ser, a la vez, realistas y compasivos.

En la relación que puse aquí con una selección de los mejores libros del género no hablé de El oso (1940), de William Faulkner, una narración que no sé hasta qué punto puede ser deudora —no en su estilo, claro, pero sí parcialmente en su contenido— de El oso (1916), de James Oliver Curwood, un libro que supuso una ruptura porque su resolución es inesperada y por la intención que manifiesta el autor de reparar por los excesos que había cometido en su vida pasada como cazador.

Otro libro rupturista que sí mencioné allí fue Julie y los lobos (1972), de Jean Craighead George, un relato con un planteamiento riguroso propio de una naturalista experta. Pero, del mismo modo que dije arriba, no sé hasta qué punto ese relato fue deudor del famoso Los lobos tambien lloran (1963), de Farley Mowat, a quien cité a propósito de Más que un perro (1957): las investigaciones de campo y publicaciones de Mowat estuvieron en el origen del cambio de actitud hacia los lobos que se produjo a partir de los sesenta.

No mencioné, pero podría haberlo hecho, el sensacional Mi familia y otros animales (1956), de Gerald Durrell, un relato autobiográfico muy divertido sobre la vida familiar de Durrell cuando era niño en la isla griega de Corfú, y sus relaciones, y las de su madre y hermanos, con animales de todo tipo. (Viene a cuento también citar este libro porque uno de los elementos que propiciaron la confección de este artículo fue, precisamente, haber leído este reportaje acerca del zoo que puso en marcha el autor).

Y, aunque también son relatos de tipo realista, no dije nada en la relación citada, porque su núcleo argumental es otro, de dos relatos que hablan de los cuidados de un animal herido: La gansa blanca (1941), de Paul Gallico, sobre un pintor que ayuda a una niña a curar una gansa herida; o El faro de Hammerhead (1973), del australiano Colin Thiele, en el que un viejo farero ayuda a la niña protagonista a curar también a un ave herida.


Además, hay otros libros que, históricamente, han contribuido mucho a fomentar en la sociedad una preocupación mayor por el trato que los hombres damos a los animales, con el sensato planteamiento de que, en realidad, no es tanto que los animales tengan derechos como que los hombres tenemos obligaciones hacia ellos. Se puede poner en el haber de las teorías educativas de John Locke, que subrayaba que la bondad o la crueldad de los niños hacia los animales podía verse como un test moral, el hecho de que llegaran los primeros relatos donde se mostraba el comportamiento humano desde la supuesta perspectiva de un animal.

Así, de forma un tanto pesada por sus acentos pedagógicos, pero también con imaginación y aciertos descriptivos, Dorothy Kilner firmó The Life and Perambulation of a Mouse (1784): un ratoncillo que habla de su vida y de lo brutos que son algunos chicos con los que trata.

No sé si debido a la influencia de Locke o no, pero en la misma línea se han de colocar, tiempo después, las Memorias de un burro (1860), de la Condesa de Segur, que sigue los sucesivos cambios de fortuna del protagonista para concluir que «los burros son burros porque se les trata como a burros».

Parecida en su planteamiento —esta vez sí que debido a las propuestas de Locke—, y con mucha información práctica acerca de cómo deberían ser cuidados los caballos, fue un éxito duradero Belleza negra (1877), el único libro de su autora, la inglesa Anna Sewell. Su narrador, Belleza Negra, explicará que «para nosotros, los caballos, trabajar duro es soportable con tal de que nos traten razonablemente».

Con la misma perspectiva del animal que observa e incluso juzga el comportamiento humano, un ejemplo parecido a los anteriores (del que no conozco traducción al castellano) es Smoky, the Cow Horse (1926), del canadiense Will James, un libro que cuenta la vida de un caballo, desde su nacimiento en libertad hasta su decadencia, pero en el Oeste norteamericano.

En la misma tradición, pero acentuando sobre todo el mensaje pacifista, está Caballo de batalla (1982), de Michael Morpurgo, que muchos recordarán por el musical al que dio lugar y por la película posterior de hace pocos años. El narrador es Joey, un caballo de granja de buena presencia, primero caballo de trabajo y luego montura en las últimas batallas de la primera Guerra Mundial donde intervinieron caballos.

Por el tipo de narrador se puede citar aquí, aunque la intención del relato no es hablar del trato que los hombres dan a los animales sino de observar a los humanos a través de los ojos de un animal, Memorias de una vaca (1992), de Bernardo Atxaga. En el País Vasco, en los años 40, una vaca llamada Mo se fija en y opina sobre la conducta de los hombres y los acontecimientos que vive.


Los relatos anteriores tienen tono realista que, obviamente, resulta de lo más fantasioso a poco que uno piense bien las cosas. Pero en relatos con tono decididamente fantástico también se apuesta por presentar claros mensajes de respeto a los animales que se vinculan también, a veces exageradamente, con actitudes humanas de búsqueda de paz.

Uno de los mensajes fuertes de La historia del Doctor Dolittle (serie de novelas publicadas a partir de 1923), del inglés Hugh Lofting, es el cuidado de los animales y la crítica de los zoos, las tiendas de animales, la fiesta de los toros, la caza del zorro... Se dice seriamente que a los animales no se les puede llamar irracionales…, pero es que los relatos de Lofting, muy influido por lo que vivió durante la primera Guerra Mundial, en el fondo revelan una gran desconfianza en la naturaleza humana.

Un relato que ha quedado como una bandera de los antitaurinos es El toro Ferdinando (1936), del norteamericano Munro Leaf, un relato que, llevado al cine, ganó el Oscar al mejor corto de animación en 1939. En una línea pacifista se publicó, poco después de la segunda guerra Mundial, La conferencia de los animales (1948), del alemán Erich Kästner. Ambas historias tienen la buena intención de construir un mundo mejor y precedieron a muchas otras semejantes. No está de más indicar, sin embargo, que ambas son bastante simplistas.

La piedad hacia los animales que sufren es un elemento de muchos relatos infantiles. El famoso La telaraña de Carlota (1952), de un gran escritor como E. B. White, comienza con el gesto de compasión de una niña cuando sabe que un cerdo de su granja está destinado al matadero… Del mismo autor es La trompeta del cisne (1970), sobre un cisne incapaz de articular sonidos al que un chico le enseña a tocar la trompeta…, que concluye con una defensa de los zoológicos.
 

Si ahora nos fijamos en los álbumes ilustrados que, de un modo u otro, hablan de los animales, podemos atender a distintas cuestiones.

En relación a las mascotas, un álbum ilustrado conmovedor, y con acentos críticos hacia los comportamientos humanos, es Un día, un perro (1974), de la ilustradora belga Gabrielle Vincent: por medio de dibujos sucesivos vemos a un perro abandonado en una carretera, al perro persiguiendo al coche pero perdiéndolo, luego cruzándose cuando pasa otro coche y provocando un accidente… Otros relatos, en este caso con el deseo de indicar que algunas mascotas es mejor dejarlas vivir en su lugar natural, son El pez que sonreía, (1998), del taiwanés Jimmy Liao: en él se habla de un personaje que compra un pez al que instala en su pecera; y el magnífico Tom y el pájaro (2007), del suizo Patrick Lenz, sobre un niño al que su padre le compra un pájaro pero, aunque lo cuida bien, comprueba que, según pasan los días, no tiene buen aspecto...

Entre los compuestos con la intención crítica de hacer conscientes a los niños de algunos abusos hacia ciertos animales, uno poético de maravillosas ilustraciones es El canto de las ballenas (1993), de Gary Blythe y Dyan Sheldon, sobre una niña entusiasmada con las ballenas frente a su tío que sólo las ve como importantes por su carne y su grasa; otro valioso es Hey! Get Off Our Train (1999), de John Burningham: el elefante se lamenta de los cazadores que buscan sus colmillos; la morsa, de la contaminación del agua y también de los cazadores; la cigüeña, de que desaparecen pantanos; el tigre, de que desaparecen los bosques; el oso, de que hay quienes buscan sus pieles para hacer abrigos…; otro más es el minimalista El Elefante y el árbol (2009), de la ilustradora de Singapur Jin Pyn Lee, que cuenta la historia de un elefante cuyo mejor amigo en el bosque es un árbol, cómo ambos crecen juntos y pasan los años hasta que, un día, sus vidas cambian.

Por supuesto, son bastantes los álbumes de tipo más bien informativo que presentan con mucho acierto la vida en la naturaleza. Entre los que presentan su belleza pero sin sentimentalismos que deforman la visión de la realidad, unos hablan del ciclo de la vida, como, por ejemplo, Historias sin fin (1969-1980) de la italiana Iela Mari, Ha llegado la primavera (1989), del japonés Taro Gomi, o ¿Quién come a quién? (2010), de los polacos Aleksandra Mizielińska y Daniel Mizieliński. Otros dan información real que desea evitar equívocos a la hora de relacionarse con los animales, como Nunca sonrías a un mono (2009), de Steve Jenkins.

También hay no pocos álbumes informativos que hablan de animales en peligro de extinción, como Salvemos a los animales (2010), de la inglesa Frances Barry, muy bien hecho pero que, igual que ocurre con muchos libros infantiles, deja las distinciones para los educadores: los motivos de preocupación por unos u otros animales tienen distinta categoría (este tipo de libros nunca indica que es incoherente inquietarse mucho por unos animales vistosos y nada por otros…). Del mismo modo, en el álbum para pequeños titulado Rescate animal (2015), del inglés Patrick George, que presenta cómo, al pasar las sucesivas páginas transparentes, quedan «liberados» el tigre de la alfombra, el elefante del circo, el oso del zoo, la tortuga de la red del pescador, etc.; y le corresponde al lector maduro reflexionar y hacer reflexionar acerca de que no todas las «liberaciones» son iguales…
 

Un punto en el que se ve la diferente percepción que, respecto al pasado, ahora tenemos de algunas cosas, y también que a veces falta equilibrio a la hora de presentarles a los niños algunas cosas, es el del tratamiento de los zoológicos en los libros infantiles.

En el pasado no había discusión, según se aprecia en álbumes como Bruno Munari’s Zoo (1963), que simplemente es una forma de presentar distintos animales con magníficas ilustraciones, o Querido Zoo (1982), de Rod Campbell, en donde a un niño le mandan sucesivas posibles mascotas desde un zoo… En cambio, una forma de plantear amablemente si los animales no estarían mejor en otro lugar es, por ejemplo, Zoo (2004), de Suzy Lee: una niña pequeña que va con sus padres, según va viendo a los animales se los imagina en otros escenarios.

Sin embargo, los hay que hacen planteamientos simplistas, como el humorístico ¡Tarzana! (1991), de Babette Cole, en el que llevan a una niña al zoo que, como lo que ve no le gusta, simplemente libera los animales; o como el agresivo Zoológico (1992), de Anthony Browne, un álbum gráficamente magnífico, como todos los que firma el ilustrador inglés, pero muy descompensado en su argumento con un protagonista energúmeno y en la explícita moraleja final.


Así que, para terminar, se puede recordar la novela Vida de Pi (2001), del canadiense Yann Martel. Su protagonista y narrador, hijo del director de un zoo cuyos animales terminan en el fondo del mar, con la excepción de unos pocos que acaban compartiendo con él una barcaza de salvamento, hace a veces interesantes digresiones, como esta:

«He oído casi tantas tonterías acerca de los zoológicos como acerca de Dios y de la religión. Hay gente bienintencionada pero mal informada que piensa que los animales en libertad son “felices” porque son “libres”. Esas personas suelen tener en mente un predador grande y majestuoso, un león o un guepardo (rara vez se exalta la vida de los ñúes o de los osos hormigueros). Se imaginan a un animal salvaje deambulando por la sabana, tomándose paseos digestivos tras comerse una presa que ha aceptado su suerte sin rechistar, haciendo calistenia para mantenerse en forma tras algún exceso. Se imaginan a un animal supervisando a sus crías con orgullo y ternura, a la familia entera mirando a la puesta de sol desde las ramas de un árbol y suspirando de placer. La vida del animal salvaje es sencilla, noble y trascendental, se imaginan. De repente, aparecen unos hombres malvados para cazarlo y encerrarlo en una jaula. Le trunca la “felicidad”. Anhela volver a la “libertad” y hace todo lo posible por escapar. Privado de su “libertad”, el animal se vuelve una sombra de lo que era, con el espíritu quebrantado. Al menos es lo que algunos se imaginan. Pero no es así».

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