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NOVELAS «HISTÓRICAS» (2)


Lo esencial en las novelas históricas es la reconstrucción más o menos fiel de unos ambientes y unos hechos sucedidos en un pasado ya lejano. Por su misma naturaleza es un género que tiende a falsear la psicología de sus personajes pues, casi de modo inevitable, los escritores la suelen modernizar y acomodar. Como se puede suponer, esto es más fácil que ocurra cuando se usa un narrador que habla en primera persona. Luego, en los relatos escritos con mucha distancia respecto al tiempo en el que se desarrolla la narración, a los autores les resulta fácil caer en la tentación de llenar los huecos que hay para las conjeturas con observaciones destinadas a los lectores del momento en el que se publica el relato.

En general, creo que a los relatos de tipo histórico se les ha de pedir
—que estén bien escritos y bien estructurados,
—que no caigan en el didactismo de las explicaciones excesivas,
—que cumplan la doble función de entretener al lector y de introducirle a la época y a los acontecimientos de los que tratan,
—que intenten ser limpios en su presentación de la historia y, por tanto, que usen el lenguaje apropiado en cada caso —sobran las expresiones propias de cómic de superhéroes, por ejemplo— y que huyan tanto los elogios excesivos hacia una época como de los supuestos ejercicios de autocrítica que golpean en el pecho de las generaciones que nos precedieron.

Por el contrario, creo que no se les ha de pedir, sobre todo a los relatos escritos hace tiempo, una objetividad imposible. Corresponde al lector hacer el esfuerzo por entender la mente de quienes los escribieron y de quienes eran sus destinatarios naturales. Por ejemplo: los cantares de gesta medievales fueron relatos de guerreros contados por guerreros para ser escuchados por guerreros y, por eso, aunque tengan exageraciones, no son engañosos y nos dan una información verídica de la mentalidad de la época; ese no es el caso de tantos crédulos relatos actuales que identifican Medievo y esoterismo. O, por ejemplo, los relatos históricos escritos en el siglo XIX suelen estar teñidos del romanticismo y de los nacionalismos propios de aquel tiempo: lo lógico es que seamos los lectores quienes apliquemos el coeficiente de reducción que corresponda.

Estas observaciones generales acerca del género continuarán en la próxima selección.


1927. La muerte llama al arzobispo, Willa Cather. Novela basada en hechos y personas reales que tiene acentos costumbristas por un lado, y algo de aventura del Oeste por otro. Jean Latour y Joseph Vaillant, dos amigos desde la niñez en Francia, llegan a ser obispos en los Estados Unidos, donde atienden y organizan la diócesis de Santa Fe a mitad del siglo XIX. Como en otras novelas suyas, la escritora ofrece una visión dura pero elogiosa de la colonización del Oeste norteamericano y del temple de los hombres y mujeres que la llevaron a cabo. Es una gran narración en la que se cuentan las cosas sin concesiones sentimentales, ciñéndose a los hechos y subrayando las anécdotas significativas.

1939. La maldición de Ra - Keops y la gran pirámide, Naguib Mahfuz. Convencional novela de aventuras firmada por el premio Nobel egipcio (por ser su autor quien es la pongo aquí). Es una narración ágil sobre «la terrible batalla entre Keops y el destino», o la historia de un niño llamado a suceder al Faraón: su interés como novela histórica es relativo pero es entretenida y algo dice de aquella cultura.

1940. Los hermanos negros, Lisa Tetzner. Larga narración, que ocurre a mediados del siglo XIX, sobre chicos comprados a familias pobres en Suiza para ser conducidos a trabajar como deshollinadores en Milán. Es un relato que es, a la vez, un melodrama y una novela de pandilla juvenil que da idea de una situación de miseria social.

1941. La canción de Bernadette, Franz Werfel. Relato que, aunque debe parte de su popularidad a la película del mismo nombre, tiene calidad literaria y el poder conmovedor que le dan la veracidad de los hechos que cuenta y las circunstancias tan especiales a las que se debió su composición.

1948. Mis gloriosos hermanos, Howard Fast. Israel antiguo. Rebelión de los macabeos contra el rey Antioco IV. El narrador es el único superviviente de los cinco hermanos, Simón, un hombre apesadumbrado que centra su relato en Judas Macabeo, a quien siempre admiró y envidió. A la narración de los hechos conocidos, la novela le suma una componente de rivalidad entre los hermanos y las consideraciones que Simón hace para dejar claras a sus interlocutores las peculiaridades del pueblo judío.

1948. Llanto por la tierra amada, Alan Paton. Novela que, cuando se publicó, provocó una oleada de simpatía mundial hacia la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Después de recibir una inquietante carta desde Johannesburgo, el reverendo Stephen Kumalo emprende un viaje allí en busca de su hijo Absalom y de su hermana Gertrude. Ya en la ciudad, encontrará situaciones muy dolorosas. El autor intenta huir de todo maniqueísmo y de cualquier simplificación, y procura que brote de modo natural su mensaje: el de la importancia de desarrollar una capacidad mayor tanto para el perdón y para la convivencia como para luchar de modo valiente y pacífico por la igualdad y la libertad para todos.

1953. El sargento en la nieve, Mario Rigoni. Relato, en primera persona, de la retirada del ejército italiano de Rusia en 1943. El autor, entonces sargento mayor de un regimiento de alpinos, al mando de un pelotón de ametralladoras, narra con sencillez y claridad los hechos tan alborotados de una retirada en la que se suceden los enfrentamientos y las bajas. No faltan toques de buen humor y es encomiable el tono, lleno de respeto y humanidad, con que se narran los momentos más dolorosos.

1954. Cartas de Nicodemo, Jan Dobraczyński. El fariseo Nicodemo escribe cartas a un viejo amigo suyo. Con su particular visión de las cosas, al irle dando noticias de lo que ocurre en Israel, va relatando la vida de Jesucristo. Narración con el punto justo de realismo en el que se conjugan con acierto sobriedad y aliento poético. En boca del culto y perspicaz Nicodemo, el autor va poniendo en cada momento la reflexión oportuna. La reconstrucción imaginativa de «lo que falta» en el Nuevo Testamento, es respetuosa con la realidad histórica: Dobraczynski se ha metido en la piel y en la mente de su narrador, y ante la imposibilidad de abarcar lo que ve, se acerca a Jesucristo y a su doctrina como por aproximación.

1954, 1957, 1959, 1980. El Águila de la novena legión, El usurpador del Imperio, Los guardianes de la luz (o Aquila, el último romano en otra edición) y Los lobos de la frontera, Rosemary Sutcliff. Novelas ambientadas en la Inglaterra de los primeros siglos. Son relatos independientes pero ligados entre sí. Se desarrollan en los mismos escenarios pero la primera tiene lugar en el siglo II, la segunda un siglo después, la tercera ya en el siglo V, y la cuarta, escrita bastantes años después que las anteriores, en el siglo IV. Sus protagonistas pertenecen a la misma familia y hay elementos que dan continuidad y refuerzan el hilo que une las historias. Sutcliff, que veía similitudes entre nuestra época y la de la desintegración del Imperio Romano, demuestra un hondo conocimiento del mundo que recrea y unas notables dotes narrativas para conducir ágilmente la acción, construir unos diálogos precisos, y enriquecer con jugosos matices la personalidad de sus héroes. Además, Sutcliff es cuidadosa en su trabajo de reconstrucción del marco histórico. Son modélicas las escenas de batallas y la forma en que se transmite su violencia sin recrearse en la crudeza de las situaciones.

1956. El último Cruzado, Louis de Wohl. Relato novelado sobre la formación y aprendizaje del joven Juan de Austria. Entre otras novelas históricas del autor, siempre ágiles y construidas con gran habilidad, hay quienes consideran que la mejor es Ciudadelas de Dios (1958), ambientada en la época de san Benito.

1958. El estanque del mirlo, Elizabeth George Speare. Historia de coraje personal, con una chica discapacitada como personaje secundario, en la que hace una cuidada recreación ambiental de la puritana Connecticut del siglo XVIII.

1961. Mañana de abril, Howard Fast. Relato que se desarrolla justo el mismo día de la rebelión norteamericana contra Inglaterra. Como El rojo emblema del valor, se centra en los vaivenes interiores de un chico que ha de participar por primera vez en combates a vida o muerte. Fast es un narrador vigoroso, que sabe construir diálogos vivos, comunicar intensidad a los sucesos que cuenta y verosimilitud a la rápida maduración del joven Adam Cooper.

1961. El juglar del Cid, Miguel Aguirre Bellver. Relato corto que reconstruye la infancia y juventud del posible compositor del Poema del Mío Cid, un buen ejemplo de cómo acercar una obra histórica fundamental a un público joven. Del autor también vale la pena conocer El bordón y la estrella (1962), dos historias sobre una expedición medieval del Camino de Santiago.

1964. Abderramán, El príncipe Omeya, Anthony Fon Eisen. En el siglo VIII, después de los asesinatos de miembros de su familia, el joven Abderramán huye, a través del Norte de África, siempre confiado en su majestuosa yegua Saffana. Con un estilo ágil y ciertos tonos líricos, el autor recrea el establecimiento, en Córdoba, de la dinastía omeya independiente que duraría hasta 1031.

1965. Un muchacho sefardí, Carmen Pérez Avello. Relato de los que hace pensar, que comienza en la España de 1492, y da un salto temporal y espacial, al siglo XX y a Salónica, donde viven los descendientes de aquellos judíos expulsados de España.

1966. Silencio, Shûsaku Endô. Aunque esté muy lejos de ser una novela juvenil al uso, esta es una novela que vale la pena conocer. En el prólogo se cuenta que, en 1587, con el cambio del gobernador de Japón, se inició la persecución del cristianismo; que en 1614 se decretó la expulsión de todos los misioneros aunque quedaron algunos ocultos; y que, en 1637, se aprobó el plan de mandar allí tres sacerdotes jóvenes. Se narran los preparativos de su partida, sus contactos, su llegada, y luego los avatares trágicos de la vida de uno de ellos. Poderosa narración que desea entrar en la piel del protagonista, en sus ideales y esperanzas del comienzo, y en sus crecientes dudas y temores según pasa el tiempo.

1968. La estepa infinita, Esther Hautzig. Muchos años después, la escritora, de origen polaco-judío, recuerda su estancia de cinco años en Siberia durante la segunda Guerra Mundial, cuando era una niña. La irrupción de los soldados en su vivienda, el espantoso viaje con sus padres y su abuela, los trabajos que todos tuvieron que desempeñar, las viviendas que ocuparon, las escuelas a las que asistió, etc. Relato bien escrito, con viveza y buen humor, con acentos positivos que renacen una y otra vez en medio de la dureza de las situaciones que han de vivir tanto Esther y su familia como mucha otra gente.

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