Relato importante, dentro del género policiaco, por ser uno de los mejores en su especie: un crimen que tiene lugar en un recinto cerrado de forma que parece imposible que nadie haya podido entrar o salir del lugar donde se produjo. El narrador dice, al principio, que ningún relato de
POE o de
Conan DOYLE se puede comparar, «en cuanto al misterio, con el misterio natural del “Cuarto Amarillo”» y, en otro momento, señala la diferencia entre este caso y
Los crímenes de la calle Morgue. El mismo autor, en una nota al pie, apunta otro caso del mismo tipo, «La banda de lunares», contenido en
Las aventuras de Sherlock Holmes; y a ellos se podría añadir «La sombra del tiburón», un relato de 1929 de
CHESTERTON en
El poeta y los lunáticos.
La historia se caracteriza por la excelente disposición de toda la información para dosificar la resolución del gran misterio y de otros pequeños misterios que van añadiéndose al primero. El narrador, un joven abogado amigo del héroe, cuenta las cosas en pasado pero, además, usa recortes de prensa y documentos policiales y judiciales de las fechas correspondientes, y recurre a veces a notas del diario de Rouletabille. Afirma que su intención es, sencillamente, relatar lo sucedido y poner el acontecimiento en su marco: esto facilita la claridad narrativa y contrarresta las derivaciones melodramáticas de la historia, y que tan propias eran del género folletinesco y de los gustos de aquel momento.
Otro punto de interés es la intención del autor de atacar el tipo de relatos policiales predominantes entonces. Rouletabille reprocha a Larsan que intente «doblegar la lógica a las necesidades de sus concepciones», repite que «ese método que consiste en llegar hasta el criminal siguiendo las huellas de sus pasos es completamente primitivo», y teoriza un poco enfáticamente sobre la necesidad de seguir «el lado bueno de la razón».