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GOLDING, William
Escritor inglés. 1911-1993. Nació en Saint Columb Minor, Cornualles. Estudió en Oxford. Participó en diversas acciones bélicas durante la segunda Guerra Mundial. Profesor hasta 1961. Premio Nobel 1983. Falleció en Perranarworthal, Cornualles.

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El señor de las moscas
(Lord of the Flies, 1954)
Barcelona: Bibliotex, 1999; 200 pp.; trad. de Carles Serrat Mulà; col. Millenium; ISBN: 84-8130-206-6. Otra edición en Madrid: Alianza, 2010; 288 pp.; col. El Libro de Bolsillo, biblioteca Golding; trad. de Carmen Vergara; ISBN: 978-84-206-7417-9. Otra edición en Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2014; 296 pp.; col. Illustrata; ilust. de Jorge González; trad. de Carmen Vergara; epílogo de Ian MCEWAN; ISBN: 978-8494164507. [Vista de esta última edición en amazon.es]
18 años: lectores expertos.
Narrativa: Aventura.
Una treintena de chicos ingleses, únicos supervivientes de un accidente aéreo, deben organizar su vida en una pequeña isla de origen coralino sin ayuda de ningún adulto. Al principio dirán de sí mismos que «no somos salvajes. Somos ingleses, y los ingleses somos siempre los mejores en todo. Así que tenemos que hacer lo que es debido». Cuando llegan las desavenencias y temen a una fiera misteriosa y desconocida, alguno apuntará que quizá la fiera sean ellos mismos. El narrador señala que «el mundo, aquel mundo comprensible y racional, se escapaba sin sentir. Antes se podía distinguir una cosa de otra, pero ahora...». Al final, algunos lloran «la pérdida de la inocencia, las tinieblas del corazón del hombre...».
El Señor de las moscas fue la primera novela que publicó el Premio Nobel inglés y atrajo con ella gran atención por su calidad literaria y porque deja las puertas abiertas a multitud de interpretaciones. Con la diferencia de que, desde un punto de vista puramente formal, tiene unas descripciones magníficas que crean un clima como de alucinación y extrañeza, en un primer nivel algunos la juzgaron simplemente como un negativo de la decimonónica La isla de coral: en el texto se cita varias veces, ambas tienen parecido argumento, se desarrollan en ambientes semejantes, los principales protagonistas se llaman igual. Otros la vieron como un reproche a un tipo de educación que no previene determinados comportamientos de los chicos. No faltaron quienes la entendieron como una presentación de que los hombres volvemos al primitivismo en cuanto se aflojan las ataduras sociales. En el ambiente inmediatamente posterior a la segunda Guerra Mundial, otros insistieron en su carácter de llamada de atención de que los niños están condenados a repetir el comportamiento de los adultos.

Dice mucho de la sabiduría literaria de Golding que su obra deje abiertas tantas puertas pero, por supuesto, muchos captaron como central su desesperanzada tesis de que los hombres producen mal como las abejas fabrican miel, pues si unos niños pueden acabar siendo tan fácilmente unos asesinos se nos está diciendo que todos podemos serlo. Esta tesis de la existencia de un pecado original interior o, si se quiere, de la existencia de una fuerte raíz del mal dentro de los hombres, es clave. Además de que Golding la tratará mucho en sus libros posteriores, se ve aún más claramente si El señor de las moscas se coloca en paralelo con La isla de coral cuyo autor, BALLANTYNE va bastante más allá de lo acostumbrado en su época cuando su protagonista, Ralph, al reflexionar ante las crueldades que ve, piensa que «resultaba espantoso que los hombres pudiesen llegar a tal endurecimiento de corazón y a tal insensibilidad ante la violencia y el derramamiento de sangre. Lo peor, sin embargo, fue que empecé a descubrir que la constante visión de escenas de sangre estaba ejerciendo un ligero efecto en mí. Me hizo estremecer pensar que yo también me estaba haciendo insensible».
De dónde llega el rescate

Si atendemos a los intereses que Golding manifiesta en obras posteriores, y si consideramos que todo en sus libros tiene una fuerte carga simbólica, podemos entender El Señor de las moscas algo más si nos fijamos en Martín el náufrago, publicada poco después. En ella, dejando al margen que un giro final parece indicar que el protagonista se ahogó antes y todo lo vivido no fue real, se presenta un protagonista muy consciente de su inteligencia y capacidad que no logra salvarse debido a la imposibilidad de tenerlo todo bajo control: ni las fuerzas de la naturaleza ni su propio cuerpo enfermo reaccionan como había pensado y previsto. Ni la propia razón ni el talento son suficientes para salvarse, parece decir Golding aquí o, si nos remitimos a El Señor de las moscas, lo que parece afirmar es que el rescate viene de fuera y llega independientemente de lo que hagan los actores del drama. Al menos, nada de la novela nos permite concluir que la salvación llegue al fin debido a la confianza que Ralph dice tener en su padre al principio; tampoco vemos que algún chico rece o tenga un talante piadoso como el Ralph de La isla de coral; y comprobamos con desazón que todo empeora inexorablemente según van muriendo precisamente quienes han ido advirtiendo de las cosas: el chico pequeño que al principio habla oscuramente del miedo y de serpientes, el perspicaz Simon que capta que la fiera está en el interior de ellos mismos, la incómoda voz de la conciencia que acaba siendo Piggy...
¿Quién cuida de los niños?

Otro interesante punto es la conexión entre la tesis central de El guardián entre el centeno y una de las líneas de tensión que atraviesa El Señor de las moscas: reunidos los chicos arriba en la montaña mientras el fuego que han provocado incendia el bosque que hay debajo, Piggy dice: «Esos niños, los pequeños. ¿Quién cuida de ellos? ¿Quién sabe cuántos hay?». Los mayores discuten entre sí, constatan que los críos corrían por donde ahora está el fuego, y se dan cuenta de que ha desaparecido el pequeño de la mancha en la cara: «Los chicos se miraron unos a otros, asustados, incrédulos».

Y otro aspecto que sí se subraya con nitidez es que ninguna clase de nacionalismo mesiánico sirve, pues el oficial que les rescata, cuando les ve, comenta:

«—Me parece a mí que para ser ingleses..., sois todos ingleses, ¿no es así?..., no ofrecéis un espectáculo demasiado brillante que digamos.

—Lo hicimos bien al principio —dijo Ralph—, antes de que las cosas...

Se detuvo.

—Estábamos todos juntos entonces...

El oficial asintió amablemente.

—Ya sé. Como buenos ingleses. Como en La Isla de Coral».

Se ve que Golding quiere dejar claro que la referencia «ser ingleses», idea que aparece también en Martín el náufrago, como la de cualquier clase de autosuficiencia, es un cimiento muy endeble.

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