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SAROYAN, William
Escritor norteamericano. 1908-1981. Nació y falleció en Fresno, California. Sus padres eran armenios. Fue vendedor de periódicos, jefe de una oficina de correos y telégrafos. Comenzó a escribir cuentos hacia 1930 y, en la época de la Gran Depresión, su voz optimista y animosa fue muy escuchada. También escribió obras de teatro y novelas.

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El joven audaz sobre el trapecio volante
(The Daring Young Man on the Flying Trapeze and other stories, 1934-1964)
Barcelona: Acantilado, 2004; 233 pp.; col. Narrativa del Acantilado; trad. de J. Martín Lloret; ISBN 84-96136-81-7.
18 años: lectores expertos.
Narrativa: Vida diaria.
Varios relatos cortos. Escrito en 1934, el relato que da título al libro es el primero de la carrera de Saroyan. En el que abre el volumen, Setenta mil asirios, el narrador aclara sus objetivos: «si algún deseo albergo es mostrar la confraternidad humana», aunque dicho así suene a gran afirmación algo afectada y provoque la risa de la gente sofisticada, «lo que quiero es precisamente que la gente sofisticada se ría». Otras excelentes historias son Amor, muerte, sacrificio, etcétera, sobre la diferencia entre un suicidio visto en el cine y otro visto en la realidad; y Harry, un relato irónico sobre «un auténtico norteamericano que conseguía lo que proponía».
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La comedia humana
(The Human Comedy, 1943)
Barcelona: Orbis, 1985; 160 pp.; col. Biblioteca Grandes Éxitos; trad. de Joaquín M. Senties; ISBN: 84-7634-042-7; agotado. Nueva edición en Barcelona: El Acantilado, 2004; 216 pp.; col. Narrativa del Acantilado; trad. de Javier Calvo; ISBN: 84-96136-82-5. [Vista del libro en amazon.es]
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Vida diaria.
La familia Macauley, compuesta por la madre, la hija Bess y los dos hermanos Homero y Ulises, son habitantes de Ithaca, población de California. El hermano mayor, Marcos, ha sido movilizado. Homero, catorce años, descubre con dolor las pesadumbres de la vida con su trabajo de llevar telegramas.
La mayoría de los relatos cortos contenidos en El joven audaz... están narrados en primera persona, tienen protagonistas niños y jóvenes, varios son sobre un aprendiz de escritor como el mismo autor, y se desarrollan en iguales ambientes que La comedia humana, un libro que Saroyan dedica a su madre. Él mismo dice que «la novela en sí, no es bastante buena, lo sé»..., pero en ella se muestran sus cualidades: la transparencia del lenguaje, el talento del buen narrador, el optimismo tierno que sitúa el mal y el dolor en un contexto positivo: «El mundo extraño, infestado por la cizaña, ajado, maravilloso y absurdo, pero maravilloso mundo».

Los personajes son todos alegres y sabios, quizá demasiado, pero resultan simpáticos y cercanos. Sobre todo, tanto el pequeño Ulises como el desenvuelto Homero son auténticamente inolvidables. Son muchos los episodios fascinantes, como la trampa en la que cae Ulises, la carrera de Homero, el negro que saluda desde el tren... Y también hay otros más artificiales, en los que Saroyan busca con descaro lo políticamente correcto de aquel tiempo, como el conmovedor regreso del soldado.
Lo bueno nunca muere

En La comedia humana, el viejo telegrafista Míster Grogan, responde a Homero, cuando éste le pregunta si tanta gente muere para nada: «Tanto en la guerra como en la paz, nada es para nada, y menos aún morir. Nadie muere por nada. Se muere en busca de la gracia, en busca de la inmortalidad, en busca de la verdad y de la justicia». Y el viejo tendero, emigrante de origen armenio, exclamará: «El mundo se ha vuelto loco. Sólo en Rusia, tan cerca de nuestra pequeña y hermosa patria, millones de personas, millares de niños, sufren hambre cada día. Viven helados, miserables, descalzos, andan vacilantes, sin tener donde dormir, claman por un trozo de pan seco, por algún sitio donde echarse y descansar, por una noche de sueño reposado. ¿Y qué pasa con nosotros? Aquí, en Ithaca, en California, en este gran país, los Estados Unidos de América. ¿Qué hacemos? Llevamos buenas ropas. Nos calzamos buenos zapatos cada mañana [...]. Andamos por las calles sin que nadie se nos acerque con armas, o nos queme nuestras casas, o asesine a nuestros hijos o hermanos o padres. Hacemos excursiones en automóvil [...]. Comemos los mejores alimentos. Cada noche, cuando nos vamos a la cama, dormimos y luego, ¿cómo nos sentimos? Nos sentimos descontentos. Nos sentimos todavía descontentos».

Y la madre aconsejará repetidamente a sus hijos: «Espero que recordéis esto: que lo bueno nunca muere... Debes dar a cualquiera que entre en tu vida. Entonces nadie podrá engañarte, porque si das a un ladrón ya no podrá robarte, y él mismo dejará de ser ladrón. No sé qué pasa en el mundo ni por qué pasa, pero, pase lo que pase, no dejes que nada te haga daño». [...] «Siempre existirá dolor en las cosas. [...] El hombre malo debe ser perdonado cada día. Debe ser amado, porque algo de cada uno de nosotros existe en el hombre más malo del mundo y algo de él existe en cada uno de nosotros. La oración del aldeano es mi oración, y el crimen del asesino es mi crimen. Anoche tú lloraste porque empezaste a descubrir estas cosas».

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