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SNICKET, Lemony
Seudónimo de Daniel Handler, escritor norteamericano. 1970-. Nació en San Francisco. Ha escrito poesía y comedias. Crítico de cine y libros.

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UNA SERIE DE CATASTRÓFICAS DESDICHAS
(A Series of Unfortunate Events, 2000-2005)
Los primeros seis libros son: Un mal principio (A Bad Beginning, 2000), La habitación de los reptiles (The Reptile Room, 2000), El ventanal (The Wide Window, 2000), El aserradero lúgubre (The Miserable Mill, 2000), Una academia muy austera (The Austere Academy, 2000), El ascensor artificioso (The Ersatz Elevator, 2000). Barcelona: Montena - Lumen, 2003; 165, 193, 221, 195, 244 y 280 pp.; col. Una serie de catastróficas desdichas (A Series of Unfortunate Events); ilust. de Brett Helquist; trad. de Néstor Busquets los cuatro primeros y de Verónica Canales Medina los dos últimos; ISBN: 84-8441-216-4, 84-8441-217-2, 84-8441-218-0, 84-8441-219-9, 84-8441-214-8 y 84-8441-215-6.
Nuevas ediciones, en Barcelona: Montena, 2017, de Un mal principio, 192 pp.; ISBN: 978-8490437261; [vista del libro en amazon.es]; de La habitación de los reptiles, 224 pp.; ISBN: 978-8490437254 [vista del libro en amzon.es].
9 años: lectores niños.
Narrativa: Intriga y misterio.
Los hermanos Baudelaire —Violet, una chica de 14 años con un gran espíritu ingenieril, Klaus, un entusiasta lector de 12, y Sunny, de cuatro años y unos dientes poderosísimos—, se quedan huérfanos y herederos de una inmensa fortuna en el primer capítulo de Un mal principio. En esa novela, su tutor, el señor Poe, los pone al cuidado del malvado Conde Olaf, —«un primo tercero sobrino cuarto o un primo cuarto sobrino tercero», les dice Poe, aclarándoles que «no es vuestro pariente más cercano en el árbol familiar, pero sí geográficamente hablando»—. Olaf, un malvado siniestro con un extraño tatuaje de un ojo abierto en el tobillo izquierdo, hace planes para quedarse con la fortuna de los Baudelaire. El esquema se repetirá en las novelas sucesivas: siempre reaparecerá Olaf, y siempre los Baudelaire le harán frente unidos por su indestructible amor fraternal y con unos recursos en aumento. El conjunto de las historias juega también con una intriga no desvelada: ¿quién es el narrador?, ¿a qué y a quién se refiere cuando habla de su amada Beatrice, desgraciadamente muerta, y a la que dedica sus libros?

En La habitación de los reptiles, son conducidos a vivir con el Dr. Montgomery. Después de un inicio tranquilizador, en el que aprenden muchas cosas sobre reptiles y preparan una expedición científica, Olaf se presenta disfrazado de ayudante del doctor Montgomery. Los Baudelaire se dan cuenta e intentan advertir al doctor y al señor Poe, pero no lo consiguen y el narrador nos lo comenta: «Es muy desconcertante que te demuestren que estás equivocado, especialmente cuando en realidad tienes razón y la persona que está equivocada es la que te está demostrando que estás equivocado y demostrando equivocadamente que tienes razón. ¿Verdad?».

En El ventanal, los Baudelaire son llevados con Tía Josephine, una mujer muy miedosa y obsesionada con la gramática. Su casa está en las riberas del Lago Lacrimógeno, en el que los Baudelaire deberán enfrentarse a una terrible tormenta y a la presencia terrorífica de unas Sanguijuelas espantosas.

En la siguiente historia los huérfanos han de trabajar en El aserradero lúgubre. Olaf se disfraza esta vez de recepcionista de la extraña doctora Orwell, que hipnotiza y reprograma por dos veces a Klaus. El carácter «libroadicto» de los chicos les ayudará, esta vez más que otras, a salir del paso.

El señor Poe deja a los Baudelaire internos en Una academia muy austera, la Academia Preparatoria Prufrock, dirigida por el subdirector Nerón. Pero el Conde Olaf se infiltra disfrazado esta vez de profesor de gimnasia y con el nombre de Gengis. Los Baudelaire conocen y se hacen amigos de los trillizos Quagmire, que son en realidad dos porque uno ha fallecido, y que al final son secuestrados por Olaf en lugar de los Baudelaire.

En El ascensor artificioso, los Baudelaire van a vivir con Jerome y Esmé Miseria, una pareja riquísima que vive en un departamento de lujo de un edificio altísimo, pero sin ascensores porque los ascensores no se llevan. Mientras Jerome es amable y odia discutir, Esmé sólo está preocupada de lo que se lleva y lo que no se lleva, y para preparar una subasta convoca en su casa a Gunther, de nuevo el Conde Olaf disfrazado. Los Baudelaire encuentran a los Quagmire pero, al final, no logran rescatarlos.
Relatos millonarios en ventas, los primeros de una serie de trece. En su éxito inicial influyó su originalidad y que llegaron al mercado justo después de los libros de Harry Potter con la vitola de ser muy diferentes. Transcurrido ya un poco de tiempo, y como suele ocurrir a los escritores con unas extraordinarias dotes para la broma, Snicket se ha pasado un poco de vueltas: los golpes que al principio tenían chispa ya no sorprenden y algunos suenan ya muy autocomplacientes, como si el autor estuviera muy contento de ser tan gracioso. A esto contribuye también el carácter repetitivo de argumentos, estructura, rasgos estilísticos y recursos humorísticos de todos los libros. De todos modos hay que decir que las primeras entregas son excelentes y que, aunque algunos incidentes de las posteriores no hacen sonreír siquiera de puro ridículos, sí que gustarán a quienes conectan especialmente con la guasa del autor.

Si bien existe una conexión obvia con argumentos clásicos sobre niños desgraciados y maltratados por adultos crueles o inconscientes, estas historias son distintas debido a un narrador tan brillante como singular, tan omnisciente como cualquier novelista decimonónico, tan irónicamente inteligente como cualquier escritor posmoderno. Snicket anuncia una y otra vez los acontecimientos futuros, advierte de las desgracias que sobrevendrán a los Baudelaire, y anima repetidamente al lector a que abandone una lectura que, con toda probabilidad, le resultará insoportable porque «la historia sólo va a ir a peor». Llena la narración de guiños que funcionan bien a distintos niveles: pone referencias obvias que se deducen de los ambientes góticos donde se desenvuelve la vida de los Baudelaire, y de los nombres y algunas descripciones —el señor Poe tose continuamente, por ejemplo—; precisa los significados de términos que pueden ser equívocos; es frecuente que juegue con las convenciones literarias.

Y cómo sabe lo que le caerá encima por mencionar que los niños hacen algo peligroso o por usar expresiones conflictivas, inmediatamente pone con toda seriedad un buen parche, o se ríe por lo bajo de algunas moralejas posibles. Así, cuando Violet juega con un enchufe, llena dos páginas de «jamás, jamás, jamás...» para explicar que ningún niño debe hacer algo así. O cuando el malvado Stephano dice una palabrota, se dirige a su lectores para indicarles que «es, como sabéis, muy, muy grosero y a menudo innecesario decir palabrotas, pero los huérfanos Baudelaire estaban demasiado aterrorizados para hacérselo saber a Stephano». O bien, en El ventanal, explica que «robar, claro está, es un delito, y de muy mala educación. Pero como la mayoría de cosas de mala educación, es excusable bajo ciertas circunstancias. Robar no es excusable si, por ejemplo, estás en un museo, decides que cierto cuadro quedaría mejor en tu casa, y sencillamente coges el cuadro y te lo llevas. Pero, si estuvieseis muy, muy hambrientos y no tuvieseis forma de conseguir dinero, podría ser excusable coger el cuadro, llevároslo a vuestra casa y coméroslo».

Por otra parte, son muchos los comentarios que hacen sonreír, como este modo de comenzar el capítulo 3 de Un ascensor artificioso: «Si cogierais una bolsa de plástico y la subierais y la bajarais, podríais usar la expresión “altibajos en la bolsa” para describir el movimiento de lo que tenéis delante, pero no utilizaríais la palabra “altibajos” en el mismo sentido que yo la utilizaré ahora. Aunque “altibajos” algunas veces se utilice para referirse al movimiento de una bolsa de plástico que sube y baja, con mayor frecuencia se utiliza para describir una situación que tiene tanto partes buenas como partes malas».

Pero lo mejor en los primeros libros, sin embargo, son los comentarios acertados en relación a los sentimientos de los niños en situaciones de conflicto. He aquí unos ejemplos: «Seguro que sabéis que cuando uno está en su propia habitación, en su propia cama, una situación triste puede mejorar un poco...»; «yo no sé si os habréis dado cuenta, pero a menudo las primeras impresiones son absolutamente equivocadas»; «los niños sabían, como estoy seguro de que vosotros sabéis, que los peores sitios del mundo se pueden soportar si la gente que allí habita es interesante y amable»; «una de las cosas más difíciles de la vida son los reproches que nos hacemos a nosotros mismos. Te ocurre algo y haces lo equivocado, y en los años siguientes desearías haber hecho algo diferente»; «lo que sucede en cierto lugar puede cambiar tus sentimientos hacia él, como una gota de tinta puede manchar una página en blanco». O este comentario de Violet acerca del dolor por la muerte de sus padres: «Creo que siempre añoraremos a nuestros padres. Pero creo que podemos añorarlos sin ser desgraciados todo el tiempo. A fin de cuentas, ellos no querrían que fuésemos desgraciados».

Hay que añadir, por último, que las ilustraciones, con un cierto parecido en su aire siniestro a las de Edward Gorey, son magníficas y, junto con la encuadernación, contribuyen a dar un atractivo aire antiguo a los libros.
Pruebas duras de la vida

Lemony Snicket suele arrancar capítulos con una consideración general y un caso concreto que la ejemplifica, repite palabras para enfatizar las afirmaciones, añade aclaraciones que matizan el significado exacto de una palabra... Así se ve al comienzo del capítulo siete de Un mal principio: «Hay muchos, muchos tipos de libros en el mundo, lo cual tiene sentido porque hay muchas, muchas clases de personas y todas quieren leer algo diferente. Por ejemplo, la gente que odia las historias en las que ocurren cosas horribles a niños pequeños debería cerrar este libro inmediatamente. Pero un tipo de libro que a casi nadie le gusta leer es un libro sobre leyes. Los libros sobre leyes son muy largos, aburridos y muy difíciles. Es una de las razones por las que muchos abogados ganan tanto dinero. El dinero es un incentivo —la palabra “incentivo” significa aquí “recompensa para que hagas algo que no quieres hacer”— para leer libros largos, aburridos y difíciles».

Pero en cualquier momento del relato puede pararse para introducir ejemplos como estos del capítulo cuatro del segundo libro: «Esperar es una de las pruebas más duras de la vida. Ya es duro esperar la tarta de chocolate cuando todavía tienes rosbif en el plato. Es muy difícil esperar Navidad cuando el aburrido mes de noviembre todavía no ha pasado. Pero esperar a que el tío adoptivo de uno llegue a casa mientras el hombre malvado y violento está en el piso de arriba fue una de las peores esperas que los Baudelaire habían experimentado».
Ironía dramática

El juego con las convenciones literarias es otro de los resortes humorísticos habituales del autor, a veces particularmente brillante.

Así, en El aserradero lúgubre se detiene a explicar que «la frase “consistencia estilística” se utiliza para describir libros que son parecidos desde el principio hasta el final. Por ejemplo, el libro que estáis leyendo tiene consistencia estilística, porque empezó de forma miserable y así seguirá hasta la última página».

O en La habitación de los reptiles dice que «hay una clase de situaciones que ocurre demasiado a menudo, y que en este punto de la historia de los huérfanos Baudelaire está teniendo lugar, llamada “ironía dramática”. En cuatro palabras, tenemos ironía dramática cuando una persona hace una observación inofensiva y otra persona que la oye sabe algo que hace que dicha observación tenga un significado diferente y, por lo general, desagradable. Por ejemplo, si estuvieses en un restaurante y dijeses en voz alta: “Estoy impaciente por comer el filete marsala que he pedido”, y hubiese personas que supiesen que el filete marsala estaba envenenado y que morirías en cuanto probases el primer bocado, tu situación sería de ironía dramática. La ironía dramática es un acontecimiento cruel, inquietante, y siento que aparezca en mi historia, pero Violet, Klaus y Sunny tienen unas vidas tan desgraciadas que sólo era cuestión de tiempo que la ironía dramática mostrase su horrible rostro».
Otro libro: el álbum La oscuridad, con imágenes de Jon Klassen.

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