Algunos críticos han alineado
Vida de Pi con obras marineras clásicas, en especial con el
Robinson Crusoe, de
DEFOE: Pi Patel es un náufrago laborioso como lo fue Robinson, y Martel emplea el mismo recurso que usó Defoe de acumular multitud de detalles realistas y certeros que contribuyen a dar solidez y verosimilitud a un relato en sí mismo inverosímil. De todos modos, si atendemos a que el propio autor define su novela como «una mezcla de filosofía y aventura, teología y zoología», podemos suponer que algo más hay. Y, en efecto, es la suya una narración original: por el argumento en sí mismo; por presentar un personaje que dice ser católico, musulmán e hindú a la vez; por el modo en que le saca partido a la situación, máxime cuando la vida en un bote salvavidas, nos dice Pi, «se parece al final de una partida de ajedrez, cuando sólo quedan unas cuantas piezas».
Es además un relato inteligente por el tono provocativo y convincente con el que aborda ciertas cuestiones: «Voy a ser franco. Los que me sacan de quicio no son los ateos, sino los agnósticos. La duda es útil durante un tiempo. [...] El hecho de escoger la duda como filosofía de la vida es como elegir la inmovilidad como forma de transporte». O esta otra: «Soy consciente de que los zoológicos ya no están bien vistos. La religión tiene que hacer frente al mismo problema. Los dos están plagados de ciertas ilusiones referentes a la libertad».
Es un gran relato también por su amenidad y buen humor —es un acierto que sea una novela oral: Pi cuenta lo sucedido al autor—, porque abundan las reflexiones inteligentes que hacen pensar, porque integra mucha información sobre la conducta de los animales sin que suene postiza, por las magníficas descripciones ambientales —entre muchas, la de una gigantesca tormenta en el mar—, por algunas escenas de lucha memorables —sobre todo, la de una extraña pelea entre Richard Parker y un tiburón—.
Quizá el punto más débil sean los dos episodios que podrían calificarse de oníricos o fantásticos: el encuentro y el combate con otro náufrago ciego, y sobre todo la estancia en una extraña isla carnívora de algas poblada por unos curiosos roedores. Tienen gracia en sí mismos pero, después de un relato completamente realista tan pacientemente armado para ganarse al lector, esos sucesos son como un salto de género injustificado que rompen la confianza en la veracidad de la narración, que por otra parte se refuerza luego con el hilarante interrogatorio al que someten a Pi los japoneses que representan la propiedad del barco, cuando hacen la investigación sobre las causas de lo sucedido.