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MASON, Alfred Edouard Woodley
Escritor inglés. 1865-1948. Nació y falleció en Londres. Estudió en Oxford. Escribió numerosas novelas de aventuras y obras de teatro. Muy amigo de BARRIE, éste le caracterizó como uno de los piratas a las órdenes del capitán Garfio en Peter Pan. Fue diputado.

Las cuatro plumas
(The Four Feathers, 1902)
Barcelona: Plaza & Janés, 1986; col. El Ave Fénix; 482 pp.; trad. de Guillermo López Hipkiss; ISBN: 84-01-42177-2; agotado.
Nueva edición en Barcelona: Edhasa, 2004; 384 pp.; trad. de Miguel Antón Rodríguez; ISBN: 84-350-5550-7.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
La historia comienza en 1882 y se prolonga durante los años posteriores a la caída del general Gordon en Kartum. Los escenarios son Inglaterra, Egipto y Sudán. Enrique Feversham, joven oficial inglés, es acusado de cobardía por tres compañeros suyos, que le mandan tres plumas blancas. Por ese motivo, su prometida rompe su compromiso con él y añade una cuarta pluma. Y es que, cuenta el narrador, «el temor a la cobardía le había minado incesantemente el corazón». Un amigo, el teniente Sutch, le dice que «muchas cosas son irrevocables [...] pero uno nunca sabe si lo son o no hasta que lo ha averiguado. Siempre vale la pena averiguarlo».
Novela llena de colorido y de romanticismo a la que no ha restado fuerza el tiempo. Los mundos interiores de los personajes están pintados detalladamente: desde las dudas hamletianas del protagonista, hasta la incomprensión rígida del general Feversham, o los celos y la olisconería de la señora Adair. El narrador enriquece con variados matices cada uno de los gestos y del comportamiento de cada personaje. Puede sacar conclusiones de los rasgos del rostro —«la angulosa cara, la elevada y estrecha frente y los inexpresivos ojos de acerado azul, sugerían esterilidad mental»—; hacernos ver que no concluiríamos con acierto si nos dejáramos llevar por una primera impresión —«un extraño hubiera creído que guiñaba el ojo pero era que siempre llevaba caído el párpado izquierdo»—; adelantarnos la importancia futura de un detalle o una escena —«en los años que siguieron [...] habían de evocar, una y otra vez, aquel momento [...], un cuadro cuyos colores no habían de desvanecerse por mucho tiempo que transcurriera aún cuando su significado no fuese comprendido en el momento en que sucedió»—; explicar un hecho con benévola ironía —«aunque no era supersticiosa, cuando de supersticiones se trataba prefería no correr riesgos»—... Y son muy expresivas las páginas en las que se describe la vida en la prisión de Omdurman: «En aquella pestilente cerca sólo los millones de piojos llevaban una existencia cómoda. No lograban filtrarse hasta allí noticias del mundo exterior. Vivían de sus propios pensamientos de suerte que, hasta el ver una lagartija en el muro resultaba motivo de entretenimiento».
Un hombre sereno que hacía su trabajo sin ruido

Uno de los amigos de Enrique Feversham, es Juan Durrance, un militar con un credo sencillo: «Que el morir honrosamente valía más que muchos años de vida». El autor lo retrata del siguiente modo: «Era un tipo de soldado que no escasea tanto como quieren hacer creer a sus lectores los que cuentan historias de guerra. Descendía de Héctor de Troya; ni era histérico al hablar ni vengativo en sus actos; no era un colegial de edad madura, amante de hablar jactanciosamente, sino un hombre sereno que hacía su trabajo sin ruido; que sabía ser severo cuando lo exigían las circunstancias, y de severidad implacable. Lo que no impedía que fuese también dulce y compasivo por naturaleza».

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