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ROTH, Henry
Escritor norteamericano. 1906-1995. Nació en Tysmenitz, Galitzia, imperio austro-húngaro. Siendo muy pequeño emigró con sus padres a los EE.UU. Publicó en 1934 Llámalo sueño, novela que, desde su reedición en 1964, está considerada una de las grandes novelas del siglo, un eslabón decisivo para autores como SALINGER, Bellow (judíos como Roth) y otros. Hasta esa fecha desempeñó muchos trabajos variados —ayudante de fontanero, profesor de matemáticas, enfermero de psiquiátrico, cuidador de patos—. Después del éxito se retiró a Alburquerque, Nuevo México, donde con casi ochenta años escribió una nueva novela autobiográfica. Falleció en Nueva York.

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Llámalo sueño
(Call it Sleep, 1934)
Madrid: Alfaguara, 2004; 552 pp.; trad. de Miguel Sáenz; ISBN: 84-204-6689-1.
18 años: lectores expertos.
Narrativa: Vida diaria.
Narración con acentos autobiográficos. El protagonista es David Schearl, un niño judío e hijo único. El prólogo narra su llegada en 1907 a Nueva York, junto con su madre, y el recibimiento áspero de su padre. El relato cuenta un año de su vida, cuando tiene seis años, en los barrios obreros de Nueva York: vida vecinal, asistencia al colegio, y, sobre todo, las relaciones con una madre dulce y paciente y con un padre violentísimo que hace de su vida una pesadilla.
Historia densa y muy elaborada. Roth reproduce las peculiaridades fonéticas de la mezcla de inglés y yídish, lo que puede hacer difícil la lectura, y describe muchas escenas con un sentido poético que le sirve para iluminar una realidad dura. Su interés principal es, además de reflejar la vida de los emigrantes europeos, efectuar un análisis psicológico del pequeño David e, indirectamente, mostrar cómo el choque cultural produce víctimas inocentes. El modo en el que Roth dibuja las figuras de la madre, paciente y resignada, del padre, violento e irascible hasta la locura, y cómo narra el desconcierto y la enorme angustia de David ante su padre son un ejemplo de gran categoría literaria.

Aunque tiene párrafos y páginas auténticamente mágicas, de una intensidad deslumbrante, lo que va puntuando la narración son los sucesos que van dejando huellas en un chico que «no podía expulsar aquellas imágenes temibles, que se aferraban a su mente como si estuvieran soldadas a ella». Y así, después de sorprender comentarios de unos compañeros de trabajo de su padre, cuenta el narrador, «David nunca dijo nada a nadie de lo que había descubierto, ni siquiera a su madre... Era demasiado aterrador, demasiado irreal para compartirlo con nadie». Y, cuando su madre muestra compasión hacia una pobre niña paralítica que había incitado a David a juegos eróticos que desconocía y que le habían provocado una fortísima reacción de rechazo, el narrador indica que su madre «no sabía, como sabía él, que el mundo entero podía romperse en miles de pequeños fragmentos, todos zumbando, todos gimiendo, sin que nadie los oyera ni nadie los viera, salvo él».
Como una criatura acorralada

Tienen una fuerza tremenda las descripciones de los estallidos de ira del padre de David. En una ocasión, después de una queja de su amigo Yussie, el señor Schearl se dirige a David y le grita:

«—¡Respóndeme!

Respóndeme, resonaron sus palabras. Respóndeme, pero querían decir: ¡pierde toda esperanza! ¿Quién podía responder a su padre? Con aquél requerimiento espantoso, la sentencia había sido ya dictada. Como una criatura acorralada, se encogió de hombros sobre sí mismo, embotando su mente porque no podía embotar su cuerpo, y esperó. Nada existía ya salvo la mano derecha de su padre..., la mano que colgaba en el círculo eléctrico de su vista. Se le concedía una claridad aterradora. [...] Paralizado, fuera del tiempo, estudiaba aquéllos dedos encorvados que se crispaban espasmódicamente. [...] Aterradora concentración. [...]

De repente se contrajo. Sus párpados borraron la luz como un postigo. Aquella mano abierta le golpeó de lleno en la mejilla y la sien, astillándole el cerebro en fragmentos de luz. Esferas, mercúricas, salpicaron, se condensaron y rugieron. Cayó al suelo. Un momento después, su padre había agarrado la percha y, en aquella pausa horrible antes de que descendiera sobre sus espaldas, vio, con aquella acelerada visión agónica, lo mudo y boquiabierto que estaba ahora Yussie y lo inútil que era su propio silencio».
Aquella luz que se desmoronaba...

Y, en contraste con lo anterior, he aquí un texto que puede orientar sobre el tono y la calidad del relato de Roth, y de la traducción de Miguel Sáenz: «Crepúsculo. La luz de las tiendas y la luz de los faroles se condensaba... demasiado pronto para afirmarse. La agitación y el gruñido, ocasionales y eliminados, de la distancia. Y, en las aceras, hombres y mujeres caminando con paso demasiado seguro, y en la calzada, niños que cruzaban y se llamaban, sin aceptar todavía el dominio de la oscuridad. El mundo se presentaba amortiguado en aquella luz que se desmoronaba, flotando, en múltiples facetas y dimensiones. Por un momento, el trillado salvaje de voces y cuerpos, los gritos, la furia en la cocina encerrada y encogida rompieron las ligaduras en su cerebro y volaron hacia el oscurecido oriente, hacia el poniente lánguido más allá de la elevada y abrupta inmensidad del crepúsculo que teñía el aire por encima de los tejados. Por un instante, la rara frescura de una tarde de junio disolvió toda la agonía en un viento tan suave como el paso de una varita mágica».

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