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THIELE, Colin
Escritor australiano. 1920-2006. Nació en Eudunda, al sur de Australia. Combatió en las fuerzas aéreas durante la segunda Guerra Mundial. Fue profesor durante años. Escribió novelas, teatro, poesía, guiones, y numerosas colaboraciones periodísticas. Falleció en Queensland.

El faro de Hammerhead
(The Hamerhead Light, 1973)
Madrid: Espasa, 1991; 186 pp.; col. Austral juvenil; ilust. de Julia Díaz; trad. de Inocencio Chico; ISBN: 84-239-7141-4.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Vida diaria.
Debido a su estado ruinoso, las autoridades planean derribar el faro centenario de Hammerhead, situado en la entrada de Snapper Bay. La gente del pueblo se opone y, con motivo de una terrible tormenta, el viejo farero Axel Jorgensen, y su amiga la pequeña Tessa Noble, lo vuelven a poner en marcha para orientar la entrada del barco del padre de Tessa.
Un relato semejante a éste pero firmado veinte años más tarde por alguien con menos talento que Thiele, acentuaría los rasgos negativos de los hombres dispuestos a derribar el faro, haría que Tessa fuese militante de Greenpeace y resolvería la cuestión declarando al faro patrimonio de la Humanidad. Por suerte no es así. El faro de Hammerhead es un relato excelente con acentos poéticos y un punto de sentimentalismo que, finalmente, no sobrepasa el sentido común y, por el contrario, facilita una comprensión más profunda de algunos aspectos de la vida y de las relaciones humanas. Al hilo de la historia del faro se cuentan otros episodios: el cuidado de Axel hacia los animales, como su uombat Rump y el zarapito cojo Willie al que le prepara una pata ortopédica, dos chicos gamberros que matan por diversión una garceta y son castigados... En tercera persona pero desde dentro de Tessa, el narrador habla, sobre todo, de su aprendizaje de la vida, en ocasiones con párrafos conmovedores. Cuando, al final del relato, Tessa acepta que Axel ha de ser atendido en una residencia de ancianos, el narrador cuenta que Tessa llora sentada al lado del mar y dice:

«Veía sin ver, veía cosas más sutiles que el conocimiento y más profundas que la vista. No veía la furia del viento, ni el rugido del mar, ni el faro destrozado, ni todos los signos externos del trabajo de los hombres destruidos para siempre. Tampoco veía los fragmentos rotos de cosas consideradas, en otro tiempo, tan permanentes. [...] Veía cosas más profundas, el conocimiento de un hombre fuerte que había envejecido, el significado de las lágrimas en sus ojos, el desamparo de hombres y mujeres para detener el tiempo, para impedir la enfermedad y el dolor en la bahía, incluso para ayudarse unos a otros cuando llegaban los días de la separación. El conocimiento de la alegría de compartir, de los tiempos en que las mañanas transcurrían con risas, de los días en que la luz del sol caía sobre la región como oro caliente. Y de cierta pérdida de estas cosas, que ahora seguían viviendo como un daño producido en su corazón, como una soledad que era suya solamente».

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