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WHITE, Elwyn Brooks
Escritor norteamericano. 1899-1989. Nació en Mount Vernon, Nueva York. Se licenció en la Cornell University. Profesor en Harvard y en Yale. Editor en The New Yorker. Falleció en North Brooklin, Maine.

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Stuart Little
(1945)
Madrid: Alfaguara, 1997, 4ª impr.; 142 pp.; col. Juvenil Alfaguara; ilust. de Garth WILLIAMS; trad. de Héctor Silva; ISBN: 84-204-4669-6. Nueva edición en 2008; 144 pp.; ilust. de Fernando Vicente; ISBN: 9788420446691.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Fantasía.
El segundo hijo de los señores Little resulta ser un ratón, algo aceptado con naturalidad por sus padres y hermano mayor pero no por el gato Snowbell. En la vida de Stuart irán sucediendo toda clase de incidentes, primero en la vida familiar y luego cuando sale a recorrer mundo.
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Las telarañas de Carlota
(Charlotte´s Web, 1952)
Barcelona: Noguer, 2001, 10ª impr.; 154 pp.; col. Mundo Mágico; ilust. de Garth WILLIAMS; trad. de Guillermo Solana; ISBN: 84-279-3388-6.
Nueva edición, titulada La telaraña de Carlota, en la misma editorial, 2006; col. Noguer histórico; con las mismas ilust. pero en color; ISBN: 84-279-5016-0. Nueva edición en Barcelona: Destino, 2017; 160 pp.; ISBN: 978-8408166108. [Vista del libro en amazon.es]
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Fantasía.
Cuando nace Wilbur, un cerdo muy pequeño, el granjero Arable decide matarlo. Su hija Fern se rebela contra esa decisión y su padre acepta dejarlo vivir si ella se compromete a cuidarlo. Fern así lo hace y Wilbur crece y se hace amigo de los restantes animales de la granja, en especial de la araña Carlota, que, «bajo una apariencia descarada y cruel, tenía un corazón tierno y demostraría hasta el final su lealtad y su sinceridad». La inteligencia y las habilidades de Carlota convierten a Wilbur en un cerdo famoso, lo que lo salva de ser sacrificado cuando llega su hora.
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La trompeta del cisne
(The Trumpet of the Swan, 1970)
Barcelona: Noguer, 2001, 3ª impr.; 176 pp.; col. Cuatro Vientos; ilust. de Edward Frascino; trad. de Guillermo Solana; ISBN: 84-279-3214-6. Nueva edición en 2012; 192 pp.; col. Noguer juvenil; ISBN: 978-84-279-0142-1. [Vista del libro en amazon.es]
12 años: lectores adolescentes.
Álbumes ilustrados.
Sam Beaver es un chico que asiste, asombrado, al nacimiento de una camada de cisnes trompeteros y se hace su amigo. Uno de ellos, Louis, no es capaz de articular sonidos: con ayuda de Sam, aprenderá a leer y a escribir... y a tocar la trompeta, con lo que puede resolver el problema de declarar su amor a una joven cisne.
El autor sólo escribió tres relatos para chicos.

Con Stuart Little fue criticado pues a muchos lectores les resultaba repulsiva la situación, aunque ese mismo rechazo refuerza su valor como metáfora satírica: a fin de cuentas, «el veneno es perjudicial desde el punto de vista de las ratas», afirma el mismo Stuart desde su tarima de profesor.

Su máximo nivel lo alcanzó con el segundo, Las telarañas de Carlota, considerada por muchos como una de las mejores historias contemporáneas de animales: por la calidad y variedad de su estilo, en el que se mezcla con maestría el discurso directo con parodias de los animales, y en donde la simplicidad en la construcción de las frases se hace compatible con descripciones poéticas; por la exactitud con la que se presenta el comportamiento de los animales y la verosimilitud mágica con que se engarzan, sin cruzarse, los diálogos de los animales y los hombres; por su tono realista tanto en la evolución del relato como en el final, amable pero no complaciente; y, también, por su elogio de la amistad y la lealtad. Por otra parte, las ilustraciones de Garth WILLIAMS visualizan las psicologías de unos personajes excelentemente caracterizados. Por ejemplo, la rata Templeton, que «no tenía moral ni conciencia, ni escrúpulos, ni consideración, ni decencia. Ignoraba lo que eran la amabilidad, el remordimiento, la amistad y los buenos sentimientos».

La trompeta del cisne persigue, entre otras cosas, inculcar cariño y asombro hacia la naturaleza. Sam, que disfruta contemplándola, se hace preguntas constantemente: ¿por qué aúlla un zorro?, ¿cómo saben las aves hacer un nido?, ¿cómo saben ir desde dónde están hasta dónde quieren llegar?... Es francamente divertido el retórico cisne-padre, que cuando nace su retoño, exclama: «¡Un cisne! Y yo soy su padre con todas las agradables obligaciones y con las terribles responsabilidades de la paternidad». Y una conclusión de la historia es una defensa de los zoológicos: Sam, emocionado al conocer el zoo de Filadelfia, compone un pequeño poema: «Construido y conservado con destreza, / el zoo te hará conocer la Naturaleza».
Milagros que nadie ve

Uno de los objetivos de White es transmitir una actitud de asombro reverente ante los prodigios habituales de la naturaleza. Y así, cuando aparecen palabras en la telaraña de Carlota, la gente se sorprende y los Arable preguntan al médico:

«—¿Usted lo entiende?

—¿Entender qué?

—Entender como pueden aparecer esas palabras en una telaraña.

—Oh, no, no lo entiendo —dijo el doctor Dorian—. Pero tampoco he entendido nunca cómo las arañas saben tejer redes. Cuando aparecieron las palabras todo el mundo dijo que era un milagro. Pero nadie señaló que la propia telaraña en sí misma constituye un milagro».
El granero donde vivían Wilbur y Carlota

«El granero era muy grande. También era muy viejo. Olía a heno y a estiércol. Olía al sudor de caballos fatigados y al maravilloso aliento dulzón de las pacientes vacas. Era un olor que daba paz, como si nada malo pudiera volver a suceder en el mundo. Olía a grano y al cuero de los arneses y a la grasa de los ejes de los carros y a la goma de las botas y al cáñamo de las cuerdas. Y siempre que le daban a un gato una cabeza de pescado, todo el granero olía a pescado. Pero sobre todo olía a heno, porque siempre había mucho en el desván de la parte superior del granero. Y siempre había que bajar de allí heno para las vacas, para los caballos y para las ovejas.

El granero tenía un calorcillo agradable en invierno, cuando los animales pasaban la mayor parte del tiempo bajo techado, y un fresco agradable en verano cuando las grandes puertas, abiertas de par en par, dejaban entrar la brisa. En su planta principal, el granero tenía pesebres para los caballos de tiro y argollas para atar las vacas. Más abajo se encerraban las ovejas y había una pocilga para Wilbur, y estaba lleno de todas esas cosas que hay en los graneros: escaleras de mano, piedras de afilar, llaves inglesas, cortacéspedes, palas para quitar la nieve, hachas de mano, cántaros de leche, cubos para el agua, sacos de grano ya vacíos y ratoneras enmohecidas. Era esa clase de granero que se traga todo como si todo le sirviera. Era esa clase de granero en donde a los niños les gusta jugar».
Un día normal de Wilbur

Más o menos, un día normal de Wilbur, tal como él lo planeaba el día anterior, iba a ser así:

«Desayuno a las seis y media. Nata, mendrugos, salvado, pedazos de torta de harina que todavía conservaban gotas de miel de arce, las sobras de un bollo, mondas de patatas, lo que había quedado de un pastel de pasas y copos de cereal.

El desayuno terminaría a las siete.

De siete a ocho Wilbur pensaba tener una charla con Templeton, la rata que vivía bajo su artesa. Hablar con Templeton no resultaba la cosa más interesante del mundo, pero era algo mejor que nada.

De ocho a nueve, Wilbur proyectaba echar un sueñecito al sol.

De nueve a once pensaba excavar un agujero en el suelo o abrir una trinchera y posiblemente hallar enterrado algo que resultara comestible.

De once a doce pensaba permanecer quieto y observar las moscas en las tablas, las abejas sobre los tréboles y las golondrinas en el aire.

A las doce llegaba la hora de comer. Pienso, agua caliente, mondas de manzana, roeduras de zanahoria, pedazos de carne con salsa, maíz molido y cortezas de queso. La comida terminaría a la una.

De una a dos Wilbur pensaba dormir.

De dos a tres proyectaba rascarse donde le picara, frotándose contra la cerca.

De tres a cuatro pensaba quedarse perfectamente quieto, reflexionar acerca de lo que significaba estar vivo y aguardar a Fern.

A las cuatro llegaría la cena. Nata, forraje, las sobras de la comida de Lurvy, mondas de ciruelas, un pedazo de aquí y otro de allá, patatas fritas, gotas de mermelada, un poco más de esto y de aquello, manzana cocida y las migas de un pastel.

Wilbur se fue a dormir pensando en esos planes. Se despertó a las seis, vio la lluvia y le pareció que no podría resistirlo.

—Todo estaba magníficamente planeado y ahora tiene que llover».

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