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MANZONI, Alessandro
Escritor italiano. 1785-1873. Nació y falleció en Milán. Poeta, novelista. Después de unos años alejado de la fe católica, volvió a ella en 1810: sus obras estarán impregnadas de fuerte sentido religioso desde aquella fecha.

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Los novios
(I promessi sposi, 1827)
Madrid: Alfaguara, 2004; 400 pp.; col. Clásicos Alfaguara; prólogo, trad. y notas de Esther Benítez; ISBN: 84-204-0213-3.
Hay otras ediciones en:
—Madrid: Rialp, 2001; 537 pp.; col. Narraciones y novelas; versión castellana de Juan Nicasio Gallego: ISBN: 84-321-3341-8.
—Madrid: Akal, 2015; 624 pp.; col. Clásicos de la Literatura; trad. de Itziar Hernández Rodilla; ISBN: 978-8446041610. [Vista del libro en amazon.es]
—Madrid: Cátedra, 2015; 776 pp.; col. Letras Universales; edición y traducción de María Nieves Muñiz; ISBN: 978-8437634463. [Vista del libro en amazon.es]
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
Entre 1628 y 1630. Lombardía, bajo el dominio español cuando reina Felipe IV. Renzo y Lucía desean casarse pero el párroco don Abbondio, presionado por don Rodrigo, no se atreve a oficiar la boda. Falla la intervención del prudente fray Cristóforo y Renzo tiene que huir a Milán, donde se propaga la peste y, a consecuencia de la revuelta posterior del hambre en la que se ve implicado, debe marcharse a Bérgamo. Lucía se refugia en Monza, pero allí es secuestrada por un misterioso personaje: el Innominado. Más tarde, Renzo encuentra que Lucía está en Milán, pero contagiada por la peste.
Después de varios años de mejoras y correcciones, Manzoni consiguió con Los novios la obra cumbre del romanticismo italiano. No era su intención confeccionar una novela histórica al modo de Walter SCOTT, sino un gran tapiz realista sobre las duras condiciones de vida de la gente sencilla. Por eso, contrariamente a lo habitual en las novelas de la época, sus protagonistas son dos jóvenes de condición humilde: un tejedor y una campesina. El transcurso de la historia, parece decir Manzoni, está en sus manos y no sólo en las de los poderosos.

El poder novelístico de Los novios se basa en unos personajes creíbles y de atractivo perdurable, unos episodios en los que se combinan emotividad y humor, una prodigiosa descripción ambiental en la que son extraordinariamente intensas las páginas que narran la peste y sus efectos, «una miseria que superaba, no sólo las posibilidades de socorro, sino casi diría que las fuerzas de la compasión».

Contribuyen a su encanto y su valor, las observaciones profundas y certeras que se suceden a lo largo de la narración para comentar algunas acciones:
—explicativas de algunos comportamientos: «Entre el primer pensamiento de una empresa terrible, y su ejecución (dijo un bárbaro que no carecía de ingenio), el intervalo es un sueño, lleno de fantasmas y de miedos»;
—comprensivas hacia los que sufren: «Los hombres en general somos así: nos rebelamos airados y furiosos contra los males mediocres, y nos doblegamos en silencio bajo los extremados; soportamos, no resignados sino atónitos, el colmo de lo que al principio habíamos llamado insoportable»;
—irónicas hacia el comportamiento de los poderosos: «Incluso en las mayores estrecheces siempre se encuentran caudales del público, para emplearlos en disparates»;
—exhortativas para el lector: «En los errores, y máxime en los errores de muchos, lo más interesante y más útil de observar me parece que es justamente el camino que han recorrido las apariencias, los modos en que han podido entrar en las mentes y dominarlas».
La fortaleza del amor

Toda la novela de Manzoni es un canto a la fortaleza del amor de Renzo y Lucía, sostenido en medio de las dificultades por la fe que garantiza la esperanza de los dos, por la inocencia inalterable de Lucía y por la madurez humana que Renzo adquiere progresivamente. Ésta llega, en unos casos, por la misma fuerza de los hechos, como cuando en medio de la multitud, es consciente de que «entre tantas caras no había una a la que pudiera decir: hermano, si fallo, corrígeme, que te lo agradeceré»; y en otros casos llega del aprendizaje de los errores personales: «Advirtió entonces que las palabras hacen un efecto en la boca, y otro en los oídos, y cogió un poco más de costumbre de escuchar por dentro las suyas, antes de proferirlas».

Manzoni acentúa los mensajes que los mismos hechos transmiten: los malvados de su novela descubrirán por sí mismos que «el camino de la iniquidad [...] es ancho, pero esto no significa que sea cómodo: tiene sus buenos obstáculos, sus pasajes escabrosos; es enojoso en parte, y trabajoso, aunque sea cuesta abajo». Y sus protagonistas Renzo y Lucía «llegaron a la conclusión de que los problemas llegan a menudo porque se les ha dado motivos; pero que la conducta más cauta e inocente no basta para mantenerlos alejados: y cuando llegan, por culpa o sin ella, la confianza en Dios los dulcifica y los vuelve útiles para una vida mejor. Esta conclusión [...] es [...] la sustancia de nuestra historia».
Llamadas a los lectores

Dice Umberto Eco que, al comienzo de la historia, cuando don Abbondio vuelve a casa rezando el breviario y ve a dos bravos esperándole, «otro autor querría satisfacer inmediatamente nuestra impaciencia de lectores y nos diría inmediatamente qué sucede (...). No así Manzoni. Este hace algo que al lector le parece inconcebible. Emplea unas cuantas páginas, ricas en detalles históricos, para explicarnos quiénes eran en aquellos tiempos los bravos. Y luego, cuando nos lo ha dicho, vuelve a poner en escena a don Abbondio, pero no hace que se encuentre con los bravos. Sigue demorándose», y nos cuenta los pensamientos de don Abbondio que terminan con una pregunta: ¿Qué hacer? Y continúa Eco: «noten que esta pregunta está dirigida directamente no sólo a don Abbondio, sino al lector. Manzoni es maestro en mezclar su narración con repentinas, socarronas llamadas a sus lectores, y esta se cuenta entre las menos socarronas. ¿Qué habrían hecho ustedes en lugar de don Abbondio?».

Este es un ejemplo de cómo, al dilatar el texto, el autor no está diciéndole al lector que se pregunte por las vías de escape que tiene don Abbondio, pues no tiene ninguna, sino que está impulsándole a mirar hacia delante, «al desarrollo de la historia: se le invita a que se pregunte qué querrán los bravos de ese hombre tranquilo e inofensivo». Además, sigue diciendo Eco, es un ejemplo de cómo «el autor no está sugiriendo sólo al lector que hechos como los que cuenta han acaecido de verdad, sino que le dice también hasta qué punto esa pequeña historia está arraigada en la gran historia».
El argumento principal de Los novios

Es también Umberto Eco quien responde a «una de las preguntas que siempre ha intrigado a los lectores italianos» de Los novios: por qué Manzoni pierde tanto tiempo, al principio, para describir el lago Como.

«Si intentáramos leer este fragmento con la vista puesta en un mapa veríamos que la descripción avanza asociando dos técnicas cinematográficas, zoom y cámara lenta. No me digan que un autor del siglo XIX no conocía la técnica cinematográfica: lo que ocurre es que los directores de cine conocen las técnicas narrativas del siglo XIX. Es como si la toma hubiese sido realizada desde un helicóptero que está aterrizando lentamente (o reprodujera la manera en que Dios mueve su mirada desde lo alto de los cielos para localizar a un ser humano en la corteza terrestre). Este primer movimiento continuo de arriba abajo abre a una dimensión “geográfica” (...).

Luego, la visión abandona la dimensión geográfica para entrar lentamente en una dimensión topográfica, allá donde puede empezarse a localizar un puente y distinguir las orillas (...).

Tanto la visión geográfica como la topográfica proceden de norte a sur, siguiendo precisamente el curso de generación del río; y por consiguiente, el movimiento descriptivo parte de lo amplio hacia lo estrecho, del lago al río. Y en cuanto ello sucede, la página lleva a cabo otro movimiento, esta vez no de descenso desde el arriba geográfico hacia el abajo topográfico, sino de la profundidad a la lateralidad: en este punto la óptica se invierte, los montes se ven de perfil, como si por fin los mirara un ser humano (...).

Ahora, alcanzada una escala humana, el lector puede distinguir los torrentes, las laderas y los valles, incluso el mobiliario mínimo de los caminos y de las sendas, gravilla y guijarros, descritos como si se los “anduviera”, con sugestiones no sólo visuales sino también táctiles (...).

Y aquí Manzoni lleva a cabo otra elección: de la geografía pasa a la historia, empieza a narrar la historia del lugar recién descrito geográficamente. Después de la historia vendrá la crónica, y por fin encontramos, en uno de esos caminos, a don Abbondio que se dirige al fatal encuentro con los bravos.

Manzoni empieza a describir adoptando el punto de vista de Dios, el Gran Geógrafo, y poco a poco adopta el punto de vista del hombre, que vive en el paisaje. Pero el hecho de que abandone el punto de vista de Dios no debe engañarnos. Al final de la novela —cuando no durante— el lector deberá darse cuenta de que nos está relatando una historia que no es sólo la historia de los hombres, sino la historia de la Providencia Divina, que dirige, corrige, salva y resuelve. El principio de Los novios no es un ejercicio de descripción del paisaje: es una manera de preparar inmediatamente al lector a que lea un libro cuyo principal argumento es alguien que mira desde arriba las cosas del mundo».

Nota:
Las citas de Umberto Eco están tomadas de Seis paseos por los bosques narrativos (Six walks in the fictional woods, 1994). Harvard University, Norton Lectures, 1992-1993. Barcelona: Lumen, 1996; 160 pp.; col. Palabra en el tiempo; trad. de Helena Lozano Miralles; ISBN: 84-264-1241-6.

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