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MONASTERIO, Enrique
Escritor español. 1941-. Nació en Bilbao. Licenciado en Derecho. Sacerdote, doctor en Teología.

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El Belén que puso Dios
(1995)
Madrid: Palabra, 1995; 127 pp.; col. Tiempo libre; ISBN: 84-8239-055-4.
9 años: lectores niños.
Narrativa: Fantasía.
«Al principio Dios quiso poner un belén y creó el universo para adornar la cuna». Así comienzan estos cuentos sobre la Navidad, tiempo que, según el autor, «no es un aniversario, ni un recuerdo. Tampoco es un sentimiento. Es el día en que Dios pone un belén en cada alma». Desfilan por estas páginas los arcángeles Gabriel y Rafael, estrellas de nombre Oriente, pastores como Zabulón, lavanderas como Salomé, borricos como Moreno...
Cuentos que se integran, y ocupan un lugar destacado, en la caudalosa tradición de relatos sobre la Navidad. Aclarando, como lo haría C. S. LEWIS, que «la mejor forma de explicar las cosas es decir a qué se parecen», el autor emplea distintos géneros —simple narración, cuento tradicional, parábola, fábula, recreación histórico-imaginativa...—, y pulsa distintos resortes —sentido del humor, intensidad poética en algunos momentos, fuerza descriptiva en otros, y una cualidad distintiva como es la profundidad teológica—, para conseguir una obra con una infrecuente densidad que ahonda en el misterio y en la «magia» que tantos detectan pero cuya fuente y motivos desconocen.
El modelo deportivo de camello

El humor tierno y socarrón del autor se percibe, por ejemplo, en estos párrafos: «El primer camello fue diseñado por un comité de ángeles; y salió tan feo, con su mirada miope, sus jorobas grotescas y sus zancos enormes y descoordinados que a nadie se le pasó por la mente que Yavé aprobara aquel extraño proyecto. Sin embargo, a Dios le gustó su aire desgarbado, su depósito de combustible a la vista y la suspensión independiente en las cuatro patas. Y creó el camello de dos jorobas, y el modelo deportivo con una sola, al que llamaron dromedario». Otra muestra: «Dios va haciendo muchas cosas, primero inventó el tiempo [...]. Después llamó a la más pequeña de todas las estrellas (apenas tenía 6 millones de hipermegavatios) y la llevó hasta la otra punta del universo. Allí, con mucho cuidado, le dio un empujoncito con el dedo, con la fuerza justa para que, miles de siglos más tarde, parpadeara sobre las playas de Arabia a la vista de los Magos de Oriente».

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