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WISEMAN, Nicholas Patrick
Escritor irlandés. 1802-1865. Nació en Sevilla, de padres irlandeses. Fue ordenado sacerdote en 1825. Fue profesor de lenguas orientales en Roma hasta 1835, año en que regresó a Inglaterra. Fue nombrado Obispo en 1840 y, más tarde, Cardenal. Murió en Londres.

Fabiola
(Fabiola, or the Church of the Catacombs, 1856)
Madrid: Gaviota, 1989; 366 pp.; col. Clásicos Jóvenes Gaviota; trad. de Julio Herrero de Ch.; ISBN: 84-392-8238-9.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
Reconstrucción de la vida en Roma durante los años de reinado de Maximiano, pocos años antes del edicto de Milán, año 313. La conversión al cristianismo de una noble romana, Fabiola, es el eje alrededor del que se recrea la vida y la persecución de algunos mártires: Pancracio, Sebastián, Cecilia, Inés...
El autor escribió su novela por motivos religiosos: pretendía conmover y convencer a sus lectores. A este objetivo declarado contribuye no sólo el desarrollo de la trama sino cada uno de los adjetivos que utiliza, y la inclusión de capítulos íntegramente históricos. Uno de los méritos de la novela, superior a otras semejantes, está en la exactitud: el autor acude a las voces más autorizadas de su tiempo para explicar cómo eran las cosas en aquellos momentos; y se apoya en los documentos históricos para integrar distintos episodios en el hilo de la narración. Con este fin, no le importará retroceder para contarnos hechos que «tuvieron lugar algún tiempo antes del comienzo de nuestra historia»; o detener el relato: «Roma se halla de vacaciones. Aprovecharemos esta circunstancia para aleccionar a nuestros lectores acerca de algunas noticias, que podrán sin duda aclarar cuanto llevamos escrito y tal vez los prepare para lo que seguirá». Por otra parte, la novela tiene calidad literaria, un humor delicado —«hasta su mismo corazón se sonrojaba»—, y su construcción es clara, sin que lo impidan las explicaciones doctrinales. El lenguaje es a veces poético y vivo; en otras ocasiones, sin embargo, es enfático y, lógicamente, anticuado.
Lectora de novedades

Fabiola es un personaje singular, bastante distinto a las figuras femeninas de las novelas al uso. En la descripción que nos la presenta ya queda claro: «Había leído mucho y de forma reflexiva y profunda, se convirtió en una completa filósofa, partidaria acérrima del refinado epicureísmo intelectual». Cuando se va de vacaciones, «solía llevar consigo gran cantidad de libros [...]. Unos porque eran sus preferidos y otros, novedades del momento y de los que normalmente se procuraba una primera copia, aunque tuviera que pagar un elevado precio por tal capricho».
Los vomitorios del Coliseo

Un ejemplo de las cuidadas descripciones ambientales y, a la vez, de la intención del autor la tenemos aquí: «Todos se dirigían al anfiteatro Flaviano, hoy conocido con el nombre de Coliseo, y una vez allí buscaban el arco indicado con el número de su billete. Poco a poco, el inmenso monstruo iba absorbiendo aquel torrente de vida, hasta que todo él estuvo tapizado de rostros vivientes, y sus paredes se cubrieron con las ondulaciones de aquella multitud itinerante. Una vez que el populacho se haya saciado de sangre y excitado de cólera se precipitará por las diferentes puertas por donde entró, que con razón merecerán el nombre de vomitorios, ya que de allí, convertido en un asqueroso charco cruzado por inmundos canales, el corrompido torrente de peste de la humanidad, saciada con la sangre de los mártires, se abrirá paso por entre los poros de aquel magnífico anfiteatro».
Para mondar los huesos

Y la dureza del relato, que todos los elogios de las virtudes de los mártires no pueden borrar, queda patente cuando se hace la enumeración de los instrumentos de tortura: «El potro, unas parrillas inmensas, una silla de hierro con un horno para calentarla, grandes calderas para los baños de agua y aceite hirviendo, cucharones para derretir el plomo e introducirlo en seguida en la boca del reo, tenazas, garfios y peines de diferentes dimensiones para dejar descarnados y mondar los huesos, escorpiones, es decir, látigos con puntas de hierro, llamados así por su figura, collares de hierro, esposas y grilletes de las más crueles formas, espadas, cuchillas, hachas de todas clases»...

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