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Firma del escritor norteamericano Edward Irving Wortis o Avi Wortis. 1937-. Nació en Nueva York. Licenciado en Teatro e Historia. Fue bibliotecario y escribió dramas antes de llegar a ser un respetado autor de novelas juveniles. Desde su primer libro, en 1970, ha escrito muchos, para públicos de diferentes edades y de muy distinta clase: novelas históricas, de misterios, de aventuras, fantasías, relatos de humor.

Crispín: la cruz de plomo
(Crispin: The Cross of Lead, 2002)
Madrid: SM, 2003; 252 pp.; col. El barco de vapor; trad. de José Calvo; ISBN: 84-348-9601-X.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Aventura.
1377, Inglaterra, aldea de Stronford. Crispín, un chico de trece años que vivía pobremente con su madre se queda huérfano. Por razones que ignora es perseguido por John Aycliffe, el representante del señor feudal ausente, Lord Furnival. Huye y, en el camino, tropieza con Oso, un juglar, a cuyo servicio entra. Con él aprende habilidades y cambia su visión de la vida. Las cosas se complican cuando llegan a la ciudad de Great Wexly: la persecución se aviva y Oso es capturado.
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Sin principio ni fin: las aventuras de un pequeño caracol (y una hormiga aún más pequeña)
(The End of the Beginning: Being the Adventures of a Small Snail (and an Even Smaller Ant), 2004)
Barcelona: Ediciones B, 2009; 144 pp.; col. La escritura desatada; ilust. de Tricia Tusa; trad. de Marc Barrobés; ISBN: 978-84-666-4024-4.
6 años: primeros lectores.
Narrativa: Fantasía.
Un caracol llamado Carlos desea correr aventuras y sale a buscarlas con la hormiga Eduardo. En su camino encuentran otros animales: una salamandra, un ratón (al que toman por un dragón disfrazado), otro caracol, una oruga, un grillo, un gusano, un tritón...
Crispín: la cruz de plomo, la novela número cincuenta de su autor, es representativa de sus cualidades como narrador, y a la vez una excelente muestra de algunas tendencias y rasgos de mucha novela juvenil actual.

En esta, como en otras novelas de Avi, se nota su formación como dramaturgo: un comienzo que captura el interés, estructura en escenas cortas y tensas, diálogos vivos, personajes principales bien definidos. Los misterios del origen de Crispín y de su persecución están bien planteados. Es tópica la personalidad del juglar aunque funcione bien. Está mejor conseguida la presentación de Crispín como un chico analfabeto, tímido, con pocos recursos y con vacilaciones interiores a lo Huck Finn al ver cómo chocan las palabras y conducta de Oso con las cosas que siempre ha tenido por correctas; sin embargo es dudoso que su asimilación de tantas cosas pudiera suceder tan rápido. La novela también destaca por lo bien que se integran en la trama la información histórica con las descripciones de distintos ambientes: no en exceso, sí con suficiente detalle.

Los defectos de la novela son característicos: se simplifica la presentación de la Edad Media, se incluyen frases habituales en películas y ficciones de hoy, se dan mensajes que parecen sacados de la guerra de Secesión norteamericana. Así, es improbable que un personaje de la época sentencie, con toda solemnidad, «te aseguro, por Jesús, que ni las iglesias ni los curas son necesarios». O, como dice Oso a Crispín, que «pretender vivir de respuestas es una forma de morir. Son tan sólo las preguntas las que nos mantienen vivos». O que predique un lema del tipo «que ningún hombre, ninguna mujer, será esclavo de otro hombre, sino que todos serán libres e iguales entre sí».
Sin principio ni fin es una especie de larga fábula, con un humor aparentemente ingenuo y abundantes juegos de palabras, algunos basados en los significados de «fin» y «principio» y otros que tienen algo de acertijos lógicos. En distintos pasajes resuenan historias conocidas, como la de Alicia y el Gato de Cheshire cuando Eduardo le pregunta a la salamandra si van por el buen camino y la salamandra replica «creo que eso depende del lugar en concreto al que queráis ir». La idea de plantear el regreso a casa como una gran aventura está también en ¡Qué bonito es Panamá!, de JANOSCH, por citar un ejemplo de un libro infantil muy conocido. No faltan tampoco alusiones con aires más intelectuales: Eduardo explica que «Perderse es muy fácil; eso pasa a cada momento. Lo más difícil de todo es encontrarse». Las ilustraciones, a lápiz, acompañan bien la historia.

Los mismos personajes continúan sus andanzas, con menos gracia, en Principio, Lío y Fin.

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