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WREN, Percival Christopher
Escritor británico. 1885-1941. Nació en Devonshire. Estudió en Oxford. Estuvo alistado en la Legión extranjera, fue funcionario en la India, cazador de fieras, periodista... Desde 1917 vivió en Inglaterra y se hizo famoso con novelas sobre los ambientes en los que había vivido. Falleció en Londres.

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Beau Geste
(1924)
Barcelona: Juventud, 1994; 416 pp.; col. Universal; trad. de José Fernández; ISBN: 84-261-2819-X.
Nueva edición en Madrid: Valdemar, 2007; 658 pp.; col. El Club Diógenes; trad. de León Arsenal; ISBN: 978-8477025627. [Vista del libro en amazon.es]
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Aventura.
La misteriosa desaparición del zafiro «Agua Azul», propiedad de Patricia Brandon, conduce a que sus tres sobrinos, Miguel, Digby y Juan Geste, se alisten en la Legión francesa. Los tres serán destinados a Zinderneuf, un puesto avanzado al norte de Nigeria. Allí deberán evitar «“le cafard”, la locura del desierto, que, a causa de la monotonía, del aburrimiento, de la tristeza y de las penalidades, ataca a los soldados europeos en aquellos puestos avanzados». Y estarán bajo las órdenes del sargento Lejaune, «el único hombre que a primera vista me ha parecido malo, completamente malo, sin una sola virtud ni buena condición, a excepción del valor», según afirma el narrador, Juan Geste.
En la primera parte de la novela, un oficial cuenta un extraño episodio a un colega: al acudir en socorro de Zinderneuf, encontró a todos sus hombres en sus puestos... pero muertos. Realiza todas las conjeturas posibles sobre la posible explicación, pero no encuentra la solución. En la segunda parte, uno de los protagonistas de aquellos sucesos, cuenta toda la historia desde el principio. Esta estructura y el pulso de Wren dan a la novela un clima de intriga tensa que se puede calificar como excepcional. Beau Geste es una de esas novelas en las que, como el Benito Cereno de MELVILLE, nada es lo que parece. Y cuyo atractivo es superior al de los modelos que más influyeron en su autor: MARRYAT, BALLANTYNE, HAGGARD.

Sería interesante saber cuánto han contribuido al aura de valentía y caballerosidad de la Legión Extranjera novelas como Beau Geste. Aunque ya existía, pues cuando Juan Geste habla de su alistamiento y del de sus hermanos, comenta: «¡Tres tontos románticos! Ahora puedo sonreírme de ellos. Tontos sin duda alguna y de lo más tonto que existe; pero, sin embargo, con la imaginación y el alma suficientes para ser, a Dios gracias, unos tontos románticos». Pero Juan Geste se centra pronto en su hermano Miguel Geste, conocido de modo general como Beau Geste, «a causa de su notable belleza física, la brillantez de su inteligencia y su distinción. Era un muchacho extraordinario, que tenía un encanto irresistible y que a mí me parecía mayor por el hecho de ser tan enigmático, incalculable e incomprensible como vigoroso. Era romántico de modo incurable y a esta condición añadía la inesperada cualidad de ser tan tenaz como un bull-dog». La fascinación del personaje es una de las causas del éxito que obtuvo Beau Geste. Y su ausencia en las otras dos novelas que continúan la historia, Beau Sabreur y Beau Ideal, aparte de que sean mucho más flojas y folletinescas, es uno de los motivos de su gran diferencia de intensidad e interés con la primera.
El sargento Lejaune

Toda novela de aventuras que se precie ha de tener algún o algunos malvados con una personalidad definida e inolvidable. Wren consigue casi la perfección con el sargento Lejaune: «Un hombre terrible y aterrador, [...] un hombre duro, meticuloso, amigo de la disciplina, maestro violento de los reclutas, aficionado a los castigos y dotado de una energía tremenda, de extraordinaria habilidad y del mayor valor que pueda demostrar un ser humano. Para sus superiores, que le admiraban, era un hombre que no tenía precio y para sus desesperados subordinados constituía una obsesión. Era una reencarnación y un descendiente directo de los capataces que azotaban a los moribundos galeotes de los trirremes romanos y tan diferente de los oficiales como aquellos mismos capataces lo eran de los centuriones romanos. Habría sido un magnífico domador de fieras porque tenía para ello el valor, la fuerza y la personalidad necesarios, así como, también, su convicción de superioridad y la brutalidad desalmada que se necesita en aquella atrevida e innoble profesión».

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