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HOPE, Anthony
Escritor británico. 1863-1933. Nació en Londres. Estudió en Oxford. Primo de Kenneth GRAHAME. Abogado, funcionario, dejó sus actividades para dedicarse a escribir novelas de aventuras, como consecuencia del éxito que obtuvo con El prisionero de Zenda. Murió en Walton-on-the-Hill, Surrey.

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El prisionero de Zenda
(The Prisoner of Zenda, 1894)
Madrid: Anaya, 1998, 2ª ed.; 221 pp.; col. Tus libros; ilust. de Antonio Hernández; trad. de Alberto Jiménez y Elena Giménez; apéndice de Juan Manuel Ibeas; ISBN: 84-207-4262-7. Se puede leer la edición en inglés en la red. Nueva edición en Barcelona: Debolsillo, 2016; 208 pp.; col. Diversos; trad. de Miguel Temprano; prólogo de Arturo Pérez Reverte; ISBN: 978-8466336567. [Vista del libro en amazon.es]
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
El hermano del futuro rey de Ruritania desea evitar su coronación y lo encierra en el castillo de Zenda. Pero es reemplazado por Rudolf Rassendill, un desconocido idéntico al rey, que, como quien dice, pasaba por allí. Rasendill confiesa sin rubor su frivolidad, su vagancia y su falta de honradez, pero presume de su apostura, de guardar lealtad a los hombres y honor a las mujeres, y tiene sentido del sacrificio para dar prioridad a su deber sobre sus sentimientos. Por otra parte, sus vacilaciones son escasas, su miedo inexistente, su brillantez en la lucha física equiparable a su destreza dialéctica; y es monárquico hasta la médula, sea quien sea el rey, de ahí su perfecta idoneidad para llevar a feliz término su misión.
Las novelas de Hope se vendían bien, pero él mismo era consciente de su limitado valor y contemplaba su actividad con distanciamiento irónico. La popularidad de El prisionero de Zenda se basa en su argumento de acción trepidante y en el romanticismo del conflicto amoroso en el que acaba envuelto el protagonista. A esto hay que añadir el contexto de la época victoriana: Hope conecta plenamente con el alto concepto que de sí mismos tenían entonces los ingleses. Además, un mérito indudable de Hope es que opone a Rasendill unos malvados a los que merece la pena enfrentarse y vencer: «De Gautet, un muchacho alto y delgado, el pelo cortado a cepillo y un bigote engomado. Bersonin, el belga, un hombre fornido de estatura mediana, calvo (pese a no sobrepasar mucho los treinta). El inglés Detchard, un tipo de cara larga y afilada, de pelo rubio muy corto y de tez bronceada. Era hombre bien formado, con hombros anchos y caderas estrechas. Buen luchador pero tortuoso y poco honrado, según me pareció». Y, sobre todos ellos, Rupert de Hentzau, «que no temía a hombre ni a demonio», «osado y cauteloso, arrogante y malvado, agraciado, cruel e invicto».
Su bala zumbó junto a mi oreja...

Rudolf Rasendill es un presumido normalmente simpático aunque puede resultar algo insufrible. Estas son algunas de sus baladronadas.

Ambiente: «Habíamos llegado a palacio. Disparaban salvas y tañían trompetas. Hileras de lacayos aguardaban inmóviles. Ofrecí mi mano a la princesa para subir la amplia escalera y tomé formalmente posesión, como rey coronado, de la casa de mis ancestros».

Vanidad: «Iba vestido enteramente de blanco, excepto las botas. Me cubría un casco de plata con adornos dorados y la ancha banda de la Rosa hacía muy buen efecto cruzando mi pecho. Pobre honor haría al rey si no admitiera, dando la modestia de lado, que componía una atractiva estampa».

Competitividad: «Yo era un hombre joven, amaba la acción y me estaban ofreciendo participar en una clase de juego que quizá ningún otro hombre había jugado».

Combatividad: «De un tajo, abrí la cabeza a un individuo derribándolo del caballo al suelo. Me encontré entonces frente a un tipo corpulento, percibiendo a medias que había otro a mi derecha. Como las cosas se me estaban poniendo demasiado feas para quedarme donde estaba, hundí las espuelas en los ijares de mi montura y la espada en el pecho del sicario corpulento simultáneamente. Su bala zumbó junto a mi oreja... podría jurar que la rozó».

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