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LEROUX, Gaston
Escritor francés. 1868-1927. Nació en París. Estudió Derecho. Fue periodista. Viajó a Rusia en 1904 y 1905 como corresponsal. Después de publicar El misterio del cuarto amarillo empezó a vivir del folletín y se convirtió en un escritor muy popular. Falleció en Niza.

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El misterio del Cuarto Amarillo
(Le Mystère de la Chambre Jaune, 1907)
Madrid: Anaya, 1989, 8ª ed.; col. Tus Libros; ilust. de Loewy, F. Auer y Maurice Toussaint; trad. de Joëlle Eyheramonno; apéndice de Juan José Millás; ISBN: 84-207-3395-4. Nueva edición en Madrid: Anaya, 2000; 319 pp.; col. Tus libros selección; ilust. de Enrique Flores; ISBN: 84-207-1264-7. Nueva edición en Madrid: Alianza, 2017; 344 pp.; col. El libro de bolsillo; trad. de Joëlle Eyheramonno; ISBN: 978-8491048039. [Vista de esta edición en amazon.es]
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Intriga y misterio.
Año 1892. Se produce un intento de asesinato, en el castillo del Glandier, de la hija y estrecha colaboradora del famoso científico Stagerson. Los hechos no parecen tener explicación pues nadie pudo entrar ni salir de la habitación donde dormía la chica. Pero el gran detective Frédéric Larsan está investigándolo y, además, el menudo reportero de sólo dieciocho años, Joseph Rouletabille, acude al lugar.
Relato importante, dentro del género policiaco, por ser uno de los mejores en su especie: un crimen que tiene lugar en un recinto cerrado de forma que parece imposible que nadie haya podido entrar o salir del lugar donde se produjo. El narrador dice, al principio, que ningún relato de POE o de Conan DOYLE se puede comparar, «en cuanto al misterio, con el misterio natural del “Cuarto Amarillo”» y, en otro momento, señala la diferencia entre este caso y Los crímenes de la calle Morgue. El mismo autor, en una nota al pie, apunta otro caso del mismo tipo, «La banda de lunares», contenido en Las aventuras de Sherlock Holmes; y a ellos se podría añadir «La sombra del tiburón», un relato de 1929 de CHESTERTON en El poeta y los lunáticos.

La historia se caracteriza por la excelente disposición de toda la información para dosificar la resolución del gran misterio y de otros pequeños misterios que van añadiéndose al primero. El narrador, un joven abogado amigo del héroe, cuenta las cosas en pasado pero, además, usa recortes de prensa y documentos policiales y judiciales de las fechas correspondientes, y recurre a veces a notas del diario de Rouletabille. Afirma que su intención es, sencillamente, relatar lo sucedido y poner el acontecimiento en su marco: esto facilita la claridad narrativa y contrarresta las derivaciones melodramáticas de la historia, y que tan propias eran del género folletinesco y de los gustos de aquel momento.

Otro punto de interés es la intención del autor de atacar el tipo de relatos policiales predominantes entonces. Rouletabille reprocha a Larsan que intente «doblegar la lógica a las necesidades de sus concepciones», repite que «ese método que consiste en llegar hasta el criminal siguiendo las huellas de sus pasos es completamente primitivo», y teoriza un poco enfáticamente sobre la necesidad de seguir «el lado bueno de la razón».
Cómo empiezan los buenos razonamientos

Decía Chesterton de El misterio del Cuarto amarillo que era un libro grande porque se basa en un principio intelectual importante. El detective arregla el caso debido a lo que llama «taking the reason by the right end» (seguir el lado bueno de la razón). Esto significa que el mundo está lleno de verdades, medias-verdades, probabilidades y posibilidades de distinto orden de validez y que apuntan en distintas direcciones. Pero hay algunos hechos que son ciertos de un modo especial y si otros hechos los contradicen, no debemos malgastar el tiempo volviendo a cuestionar aquellos que son ciertos del todo. Esta es la idea esencial: que todo buen razonamiento empieza con aquello que es indiscutible y que todo lo discutible ha de verse a esa luz. Primero, debemos dejar de lado los elementos sobrenaturales y confiar en los naturales pues se nos ha enseñado a poner nuestra fe en los milagros pero no nuestra confianza en ellos; debemos también descartar los elementos de locura. Y, hecho eso, debemos confiar en aquello que hemos experimentado como verdadero, diga lo que diga nadie: hay hechos evidentes y hay hechos cuya evidencia es secundaria, si mi tía está delante de mí y tengo pruebas documentales de que mi tía ha fallecido, debo confiar en lo que ven mis ojos, en el hecho primario. («Taking Reason by the Right End», Illustrated London News, artículo del 7 de noviembre de 1908, en Collected Works, volume XXVIII)

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