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SPEARE, Elizabeth George
Escritora norteamericana. 1908-1994. Nació en Melrose, Massachusetts. Estudió en la Universidad de Boston. Profesora de inglés. Falleció en Tucson, Arizona.

El estanque del mirlo
(The Witch of Blackbird Pond, 1958)
Barcelona: Noguer, 1997, 2ª ed.; 190 pp.; col. Cuatro Vientos; trad. de Ana Cristina Werring Millet; ISBN: 84-279-3229-4.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Vida diaria.
1687. Kit Tyler, dieciséis años, siempre ha vivido en Barbados con su abuelo. A su muerte, viaja hasta Wetherfield, Connecticut, para establecerse con sus tíos y sus primas. El talante abierto y las costumbres cómodas de Kit chocarán con el rigor puritano y con la pobreza de su nueva familia y de su nuevo pueblo. Su amistad con la anciana solitaria Hannah Tupper, a quien todos tienen por bruja, le servirá de mucho pero también le causará problemas...
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The Bronze Bow
(1961)
New York: Houghton Miffin Company, 1989; 254 pp.; ISBN: 0-395-13719-5.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
Tiempo de Jesucristo. Daniel, un joven judío que odia profundamente a los romanos porque crucificaron a su padre cuando intentaba rescatar a su tío de prisión, pertenece a una banda rebelde que los combate. Pero, cuando su abuela muere, ha de volver a su pueblo para cuidar de su hermana Leah, enferma, y ha de volver a su oficio anterior de herrero. Conoce a Jesucristo pero no sabe qué pensar de él: le desconciertan sus enseñanzas. En cambio, ve cómo su amigo de la infancia, Joel, y su hermana gemela Thacia, sí las aceptan. Rompe con el jefe de su banda cuando no quiere rescatar a su amigo Joel, a quien los romanos han capturado. Y, junto con otros, y con ayuda de un fortísimo esclavo llamado Samson, que le es leal, lo hace. Ve con enorme disgusto que su hermana simpatice con un joven soldado romano, de origen germano, y, cuando la riñe por eso, ella vuelve a recaer en su enfermedad. Tampoco sabe interpretar el comportamiento de Thacia.
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El signo del castor
(The Sign of the Beaver, 1983)
Barcelona: Noguer, 2006, 7ª ed.; 135 pp.; col. Cuatro Vientos; ilust. de Juan Acosta; trad. de Guillermo Solana Alonso; ISBN: 84-279-3188-3. Nueva edición en 2012; 160 pp.; col. Noguer juvenil; ISBN: 978-84-279-0144-5. [Vista del libro en amazon.es]
9 años: lectores niños.
Narrativa: Aventura.
1768. Maine, EE.UU. Mientras su padre va en busca de su madre y su hermana, Matt, trece años, se queda solo en una cabaña, en medio del territorio indio. Al poco tiempo, un hombre le roba su rifle y le deja indefenso. Sale adelante gracias a que hace amistad con Attean, un chico indio de catorce años. Sus padres se retrasan y su intimidad con la tribu india va en aumento.
En las tres novelas los sucesos se observan desde los puntos de vista de los protagonistas, Kit, Daniel y Matt, y las tres tienen en común unas ambientaciones conseguidas, unos diálogos bien construidos, unas descripciones ajustadas y un buen pulso narrativo.

En la primera se refleja un asfixiante ambiente puritano, a lo HAWTHORNE, aunque con menor aspereza: se hace notar cómo, tras la máscara de la rigidez, impera en muchos el sentido común; y cómo Kit, que viene de un lugar más «libre» en muchos aspectos, también madura cuando ve que su prima realiza trabajos que, en su anterior casa, realizaban los esclavos...

La segunda está centrada en un personaje principal con un mundo interior lleno de conflictos, bien dibujado, y por ella desfilan personajes de la época de distinto tipo. Jesucristo aparece dos momentos concretos, en los que dialoga brevemente con Daniel, pero su presencia como telón de fondo de la historia es constante pues Daniel se pregunta continuamente si será él quien guíe a su pueblo a la lucha. El título —tomado de 2 Samuel 22, 35: «el que mis manos para el combate adiestra, y mis brazos para tensar arcos de bronce»— se refiere a que Daniel se pregunta si Jesucristo querrá combatir y tensar el arco de bronce. La historia progresa según va dándose cuenta de cosas: al adquirir más conciencia del valor de la amistad, y de la necesidad de cuidar a otros y de dejarse ayudar; al tener que lidiar con el amor que brota en su interior y al averiguar que no es cierto el comentario que hace al principio a Thacia: «¡una chica no puede entender esas cosas!»; al descubrir finalmente que su verdadero enemigo no es Roma sino su incapacidad para perdonar.

La tercera es una recreación de Robinson: de hecho, ése es el único libro que Matt posee junto con la Biblia. Cuando se hace amigo de Attean, le lee en voz alta textos de Robinson, modificando algunas cosas para que Attean no se ofenda. Transcurrido el tiempo, Matt se da cuenta de que «Attean y él habían dado la vuelta a la historia por completo. Siempre que se alejaban unos pasos de la cabaña, era el salvaje moreno quien iba delante, abriendo camino, sabiendo qué es lo que había que hacer y haciéndolo rápida y diestramente. Y Matt, una versión mezquina de Robinson Crusoe, iba detrás, agradecido al más ligero indicio de que podía hacer algo a derechas».
El eje de la casa

Según Kit se va sintiendo más cómoda en sus nuevas circunstancias, aprende a valorar especialmente a su prima Mercy, una chica coja: «A los pocos días de su estancia en aquella casa, Mercy dejó de advertir la cojera de Mercy. Nadie en la familia hablaba de ello. Incluso la propia Mercy no se consideraba incapacitada. Podía con el trabajo de toda una jornada, y más. Por otra parte, Kit descubrió muy pronto que Mercy era el eje alrededor del cual giraba toda la casa. Conseguía ahuyentar el malhumor de su padre, prestaba apoyo a su madre, temerosa y ansiosa, y templaba cariñosamente a su rebelde hermana e, incluso, había conseguido atraer a un extraño al círculo».
Aprender a vivir en los bosques

Guiado por Attean, Matt amplía sus conocimientos: «El muchacho indio le instruía cada día en algo nuevo: una planta que parecía una cebolla y que arrojada al puchero hacía más sabrosa la comida; una enredadera de florecillas anaranjadas y un jugo lechoso en el tallo que servía de antídoto contra las picaduras de los insectos o contra el zumaque venenoso; una mata de flores pardas y raíces con una sarta de bulbos como nueces que espesaban sus guisos y los hacían más nutritivos. Le indicó plantas que nunca debería comer por hambriento que estuviese. Había mostrado incluso a Matt cómo improvisar una capa impermeable si comenzaba a llover de repente, abriendo rápidamente un agujero en el centro de una ancha faja de corteza de abedul y con una caperuza para la cabeza».

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