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DA ROSA, Julio C.
Escritor uruguayo. 1920-2001. Nació en el departamento de Treinta y Tres. Fue diputado, director de una emisora de radio, funcionario. Escritor, Premio Nacional de Literatura de su país, académico. Falleció en Montevideo.

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Buscabichos
(1971)
Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental, 1992; 63 pp.; col. Hornero; ISBN: 9974100992.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Vida diaria.
«Hablaré aquí —afirma el autor en el primer capítulo— de los muchos bichos que, en una u otra forma, estuvieron vinculados a mí entre los cinco y diez años. Unos, apenas pasaron cerca de mí. Otros, formaron parte entrañable de mi personalidad infantil. Todos ellos continúan poblando el mundo de mi niñez. Lejano mundo aquél. Se habrían perdido en el mar de la vida, si no fuera por esos islotes de la memoria». Y desfilarán por sus páginas ratones, zorros, lagartos, un petiso, un perro... y muchos otros animales.
Con un lenguaje cuidado (que a los lectores españoles les exigirá usar el diccionario), una capacidad descriptiva muy afinada, ironía y sentido del humor, discurren escenas que recrean la relación del narrador con animales de distinta clase. A lo largo de las páginas se manifiestan su talante afectuoso hacia los animales y su sentido crítico hacia quienes les enseñan bobadas, no para lucir el animal sino para presumir ellos. A veces hace descripciones muy visuales: cuando le regalan tres charaboncitos o pichones de ñandú, cuenta que, durante un largo mes, «me trataba con ellos como con hermanos menores. Unos hermanos puro pescuezo y canillas. Con las camisas sueltas sobre los pantaloncitos rabones. Con fama creciente por sus travesuras de pico y gañote». En otras ocasiones analiza con agudeza los sentimientos del niño: el sentido de fiesta total con el que vivía algunos acontecimientos, «el alma se me transformaba en un pozo de alegría cosquilleante»; la compañía y amistad que puede suponer un animal para un niño, «los amigos regalan amigos», le dice quien le da la «pequeña bolita que salió ladrando a los brincos»; la decepción y el dolor cuando, después de que lo asustaban con el cuco diciéndole que era un zorrillo «peludo, dientudo, coludo», y ve al zorrillo muerto, se derrumba la imagen de ogro que tenía, le inunda la lástima y dice a su tío:

«—Lo matan porque se come unas cabezas de gallina.

—Sí...

—Y ustedes se comen las gallinas enteras.

Lo dejé sin asunto, al viejo».
Todo lo vivo sobre la tierra

En el arranque, el autor explica el origen algo burlón de su mote: su permanente búsqueda de animales a los que adoptar como suyos. Y es que, afirma el narrador, «yo me crié entre multitudes de animales de las más variadas especies. Mi padre tenía potreros repletos de vacas, ovejas, chivos y caballos. Mi madre tenía rodeos de gallinas, patos, pavos y otros plumíferos. Mi casa era el centro geográfico de un archipiélago de patios, corrales, mangueras, chiqueros, quintas y piquetes, por donde campeaba una pintoresca población: aquí un par de perros barullentos; allí una media docena de marranos escandalosos; enfrente un matungo nochero, masticando ruidosamente su ración; cerca, un coloquio de vacas lecheras con sus hijos encerrados. Todo esto, sin contar el trajín habitual de tropas y tropillas, bajo cuyas tormentas de polvo, patas, cuernos, chirlazos, balidos y gritos, solían sepultarse durante horas, las poblaciones de mi casa paterna.

Pero por encima de esta enorme masa viviente —terrícola, propiamente dicha— estaba la inmensa muchedumbre alada. Miles y miles de pájaros de todos los tamaños, formas, trinos y plumajes. Fondo permanente de rumor y zumbido, canto y color. Ruidos y vaivén que, en los días apacibles, prestaban a las arboledas apariencias de gigantescos colmenares.

Todavía más allá de todo esto, que podría ser algo así como la capital de aquel populoso país de mi infancia, quedaba el misterioso mundo rural y silvestre. El de los ganados chúcaros y los pájaros rapiñeros; el de los carnívoros, melívoros y ovíparos nocturnos; el de los condenados por su carne, su piel, su pelo y su hambre, a vivir huyendo del hombre.

Y para que nada faltara allí de cuánto hay de vivo sobre la tierra, abundaban roedores, víboras e insectos para todos los gustos y disgustos».

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