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MOROSOLI, Juan José
Escritor uruguayo. 1899-1957. Nació y falleció en Minas. Tuvo distintos trabajos y negocios a lo largo de su vida. Gran lector. En su faceta como escritor fue autodidacta. Periodista. Escribió poesías y relatos.

Muchachos
(1950)
Santiago de Chile: Andrés Bello, 1990; 141 pp.; ilust. de Carlos Rojas Maffioletti; comentario de Juan Antonio Massone; ISBN: 956-13-0904-0.
18 años: lectores expertos.
Narrativa: Vida diaria.
Años 1910 a 1914. Perico, un chico pobre que vive con su madre viuda, doña Manuela, va conociendo la dureza de la vida según va desempeñando distintos trabajos, y también acaba encontrando a la que será su mujer en una chica que, cuando eran niños, había salvado de morir ahogada.
Única novela del autor con claros rasgos autobiográficos. Él mismo la describió como «aquel libro que deseamos escribir para asir un tiempo que se nos fue en los amigos que murieron, las costumbres que cambiaron, y que puede morir totalmente para nosotros mismos si no cumplimos el deseo de escribirlo. No he escrito una obra de arte, sino que he mirado hacia mi niñez natural y melancólicamente». Y, en efecto, lo más destacado del libro es lo bien que refleja el sentimiento de orfandad del protagonista, un chico bien perfilado: tímido, silencioso, que poco a poco afianza su personalidad. La principal intención de la novela es mostrar el proceso de maduración del chico: al final, cuando han ocurrido ya sucesos que le marcan para siempre, ve que «ya la vida de él no sería como la de antes, cuando iba como un arroyo con ruidosa alegría sin conciencia, hacia un punto que no conocía. Ahora no. Tenía la necesidad de hacer algo, de estar haciendo algo. Era un desasosiego [...], una especie de inconformismo, un como ver recién que la vida era de otra manera de la que tenía que ser».
El matadero

Entre las frecuentes y vivas descripciones de oficios y de ambientes, en las que se usa el lenguaje propio del lugar, se puede destacar la del matadero.
«Hormigueaban por los aledaños del matadero, holgando y trajinando, una multitud de gentes de toda laya. Triperas y juntadoras de sangre, achureros y lavadores de cuajos e intestinos y tripas, con las que hacían los chotos. Muchachos golpeadores de vejigas, que azotaban en losas chatas, inflándolas de a poco, a trompa limpia, estirándolas para que luego sirvieran a los graseros, de envase de la grasa derretida. Curanderos que iban a buscar “yel” y sebo para hacer remedios. Acopiadores de lenguas y sesos, que iban poniendo en cajones para remitir luego a Montevideo. Pasteleros y torteros, vendedores de fruta y bizcochos, iban y venían entre aquella multitud llena de pringue y sangre. Escurriéndose para eludir policianos o revisadores, el vendetragos con su botella de caña escondida bajo las ropas, vendiendo tragos a ojo. El bebedor pagaba el trago y el vendedor, con la mano pronta y el ojo vivo, calculaba de acuerdo con el dinero recibido la duración de “el beso”.»

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