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Ficha del autor 'LAIRD, Elizabeth' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
LAIRD, Elizabeth
Escritora británica. 1943-. Nació en Nueva Zelanda. Dos años después su familia se estableció en Inglaterra. Estudió Magisterio y, más tarde, Lingúistica. Vivió y trabajó en Malasia, en Etiopía, en India, en Irak y Líbano. Vivió en Etiopía unos años a partir de 1996, época en la que preparó una recopilación de cuentos populares de ese país y, más tarde, de otros lugares de África. Autora de relatos infantiles y de varias novelas históricas.

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El chico más veloz del mundo
(The Fastest Boy in the World, 2014)
Barcelona: Bambú, 2016; 148 pp.; trad. de Celia Filipetto; ilust. de Rafa Castañer; ISBN: 978-84-8343-404-8. [Vista del libro en amazon.es]
9 años: lectores niños.
Narrativa: Vida diaria.
Solomon empieza su narración cuando era niño, tenía once años, y vivía en su pueblo de Kidame, con sus padres, su hermana y su abuelo. Su abuelo, ya bastante mayor, decide que lo acompañe a Adís Abeba pues tiene que hacer una gestión por cuyo contenido nadie le pregunta, pues la autoridad del abuelo es muy grande y, además, no es una persona de trato fácil. Hacen los dos el viaje y, con ayuda de unos y otros, logran llegar a su destino, pero el abuelo no se encuentra bien. Después de distintos incidentes Solomon tendrá que volver a su pueblo en busca de su padre y, como tiene problemas con el autobús, irá corriendo los casi cuarenta kilómetros.
Excelente relato: por su contenido, por su tono divertido pero con un punto de solemnidad, por lo bien que retrata tanto el mundo interior de Solomon como los ambientes y usos locales. Los obstáculos se suceden uno tras otro y el lector ve cómo el héroe les hace frente con entereza, pero también con temor, y cómo, de capítulo en capítulo, van desvelándose cosas del pasado del abuelo que sus más allegados desconocían (y por muy buenas razones, como se verá). Quedan claros los modos de ser de los personajes igual que la forma que adoptan las relaciones familiares y sociales en el país: respeto hacia los ancianos, valor que se da a la buena educación, comprensión ante las travesuras de los chicos, admiración de todo el país hacia los grandes corredores como Haile Gebrselassie o Derartu Tulu.
Temor, respeto, amor

Una de las mejores cosas de la novela es cómo pone de manifiesto, por un lado, lo poco y, por otro, lo bien que Solomon conoce a su abuelo, y la mezcla de sentimientos de temor, respeto y afecto por él.

Cuando Solomon se entera de algo que había hecho su abuelo en el pasado dice: «La mandíbula se me cayó al suelo. Primera noticia que tenía. Jamás hubiera podido imaginar algo semejante». En otro momento comenta: «sabía que [el abuelo] tenía mal genio. En casa siempre pierde los estribos por tonterías. A mí también me sacude a menudo cuando considera que he sido un descarado». Pero, continúa luego, «jamás se me había pasado por la cabeza que el abuelo pudiera tener esos sentimientos».

Sin embargo, hay ocasiones en las que sabe prever los pensamientos y reacciones de su abuelo. Así, cuando ve que está muy enfermo comenta lo siguiente: «Quería decirle: “No te preocupes, te pondrás bien”, pero no lo hice porque sabía que me diría: “No seas tonto, niño. Solo Dios sabe lo que pasará, porque tú no tienes ni idea”». Del mismo modo, cuando se pone a correr precipitadamente, sabe cuáles serían los comentarios de su abuelo: «Dentro de mi cabeza yo no estaba solo, me acompañaba el abuelo. —Cálmate —lo oía decir—. Ni te ha picado una abeja ni te pisa los talones un león. Mantén el mismo ritmo. Firme y pausado».

Al final, dice: «Mi abuelo siempre había sido para mí un gigante. No me refiero a que fuera muy alto ni nada por el estilo. Siempre había sido el cabeza de familia. La persona que nos inspiraba más respeto. Y también temor. El abuelo siempre sabía lo que había que hacer. Le indicaba a Abba cuando había llegado el momento de recoger la cosecha. Sabía como tratar a Suerte [el burro] cuando cojeaba. Había insistido en mandarme al colegio, incluso cuando para pagarlo había que ahorrar en comida. Nadie le había llevado nunca la contraria al abuelo. En las últimas veinticuatro horas me había enterado de más cosas sobre él que en toda mi vida. Lo que más me hubiera gustado es haber podido saber más».

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