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Ficha del autor 'FOURNIER, Alain' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
FOURNIER, Alain
Seudónimo del escritor francés Henri Alban Fournier. 1886-1914. Nació en La Chapelle-d´Angillon. Vivió en Sologne y en el bajo Berry, un paisaje de lagunas y bosques semejante al que describirá luego en El gran Meaulnes. Falleció en combate en la primera Guerra Mundial, en las cercanías del río Mosa, sin que su cuerpo pudiera ser encontrado y sin llegar a conocer el éxito de su libro.

El gran Meaulnes
(Le Grand Meaulnes, 1913)
Madrid: Anaya, 1988, 4ª ed.; 255 pp.; col. Tus libros; ilust. de Mario Lacoma; introd. de Silvia Tubert; apéndice de Claudio Galindo y Concha López; trad. de Claudio Galindo; ISBN: 84-207-3411-X. Nueva edición en Barcelona: Mondadori, 2004; 304 pp.; col. Grandes Clásicos; ilust. de Emilio Grau Sala; trad. de Pilar Gefaell; ISBN: 8439710593.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Vida diaria.
Sainte-Agathe, un pueblo francés, finales del siglo XIX. Francois Seurel rememora su juventud y la huella que le dejó su amistad con Augustin Meaulnes, una personalidad idealista e impulsiva, líder de los chicos de la escuela, «hombre lento en empezar a hablar, como lo son los solitarios, los cazadores y los aventureros». Seurel centra su narración en el encuentro fortuito entre Meaulnes e Ivonne de Galais, y en la posterior búsqueda infructuosa que Meaulnes emprende para reencontrarla y para volver al Dominio, el lugar donde vio a Ivonne.
Novela romántica, en la que se mezclan fantasía y realidad y que intenta reflejar un mundo que desaparece y que, quizá, no existió nunca... La pequeña dosis de intriga pesa poco: lo que importa es la prosa elegante y refinada, vehículo del autor para pintar unos paisajes misteriosos y, sobre todo, un clima cargado de añoranza y emotividad que deja en el lector el hechizo de la búsqueda de un paraíso que quizá también él intuyó en su juventud y que nunca volvió a encontrar. Destaca también la fuerza con la que se subrayan el valor de la amistad, el sentido del cumplimiento del deber, y, sobre todo, las confusas ansias de felicidad que todo joven experimenta: «Apoyados contra el muro bajo de la callejuela, hablábamos con las manos en los bolsillos y la cabeza descubierta, y el viento tan pronto nos hacía tiritar de frío como, con bocanadas tibias, despertaba en nosotros no sé qué viejo y profundo entusiasmo. ¡Ah, hermano, compañero, viajero, qué convencidos estábamos los dos de que la felicidad estaba cerca y que bastaba ponerse en camino para alcanzarla!»
Un ser encantador y novelesco

Una pequeña muestra de cómo la realidad y el sueño se mezclan, de la enorme nostalgia que rezuma El Gran Meaulnes, se puede apreciar en la escena en la que Meaulnes pasea por los jardines de la mansión a la que ha llegado: el narrador cuenta que «se inclinó sobre la vacilante barrera de madera que rodeaba el vivero; en los bordes quedaba un poco de hielo fino y rizado como espuma. Se vio a sí mismo reflejado en el agua, como inclinado sobre el cielo con su traje de estudiante romántico. Y creyó ver otro Meaulnes; tampoco el escolar que se había escapado en una carreta de campesino, sino un ser encantador y novelesco, en medio de un hermoso libro caro».

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