Antes de publicar
El viento en los sauces, el autor había conseguido fama con dos libros de relatos cortos:
The Golden Age, 1895 y
The Dream Days, 1898. En este segundo se contenía
El dragón perezoso, una historia que precede a los cuentos sobre dragones de su contemporánea
Edith NESBIT, de la que beberá
Rosemary WEIR para sus populares libros protagonizados por
El dragón Albert. La naturalidad de la narración está potenciada por las ilustraciones que acompañan esta edición, las que le puso E. H. Shepard en 1928, después de haber ilustrado
Winnie the Pooh dos años antes. El relato no se cuenta con el punto de vista de un chico sino con el de un adulto, que sugiere que la lectura hace a los jóvenes más capaces que a los adultos de buscar soluciones nuevas frente a lo inesperado. Y que también ironiza sobre la pasión por las peleas: el dragón dice a San Jorge cómo, en su opinión, no hay motivo alguno por el que deban pelear, que todo el lío montado le parece absurdo, «fruto de los convencionalismos y el empecinamiento popular».
Años después, Grahame escribió
El viento en los sauces a raíz de haber inventado a sus protagonistas para su hijo pequeño. No se preocupó de hacer verosímil el comportamiento de los animales que describe, al modo propio de
Beatrix POTTER, sino que deseaba mostrar tipos humanos e ironizar amablemente sobre algunos comportamientos. Es algo extraño el capítulo titulado «El flautista en el umbral del alba»: no estaba previsto ni encaja mucho dentro del plan del relato, pero responde a los deseos del autor de propagar una especie de paganismo natural basado en el amor a la naturaleza. En cualquier caso, Grahame consiguió una obra de gran nivel literario que se caracteriza por un estilo y un lenguaje aparentemente simples, pero en realidad muy elaborados. Así, usa recursos gráficos como los guiones o las cursivas o las palabras unidas, para dar sensación de agobio y transmitir el activismo de la Rata o las ansiedades del Sapo. O busca expresamente que sus frases sean sencillas pero tengan una gran musicalidad:
«—¡Escucha el viento, jugando entre los juncos!
—Es como música, música lejana —dijo el Topo, asintiendo soñoliento.
—Eso mismo estaba pensando yo —murmuró la Rata, lánguida y soñadora—. Música para bailar... la clase de ritmo que corre sin pausa, pero además con palabras... A veces tiene letra y otras no».
A eso se añade que Grahame describe con gran riqueza los paisajes, tanto de Inglaterra como de las soleadas tierras del Sur. Y nos hace sentir hasta físicamente el encanto de la naturaleza: «Era una brillante mañana a principios de verano; el río había recuperado su cauce normal y su acostumbrado ritmo, y un sol caliente parecía tirar hacia sí, como con cuerdas, y fuera de la tierra, de todo lo verde, frondoso y puntiagudo».