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Ficha del autor 'IDRIS, Yúsuf' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
IDRIS, Yúsuf
Escritor egipcio. 1927-1991. Nació en El Bairum, aldea del oriente del Delta del Nilo. Licenciado en Medicina, ejerció su profesión unos años. En su faceta como autor de novelas, ensayos, obras teatrales, cuentos cortos, está considerado el otro gran escritor egipcio de la segunda mitad del siglo XX junto con Naguib MAHFUZ. Falleció en Londres.

La mano suprema
(1950)
Relato incluido en Una cuestión de honor (Hadizat sharaf). Madrid: Ediciones del oriente y del mediterráneo, 2003; 15 de 187 pp.; trad. por Pilar y Jorge Lirola Delgado; ISBN: 84-87198-76-7.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Vida diaria.
El narrador, un hombre joven que vuelve de la ciudad al pueblo, habla de sus deseos de volver a ver a su padre a la vez que recuerda su infancia y cómo su amor por su padre ha ido creciendo a lo largo de los años. Pero cuando va paseando hacia su casa ve que las cosas no son como siempre...
Este cuento fue publicado por primera vez en la década de los cincuenta y, al igual que los demás de la recopilación donde se contiene, aparecen en él elementos autobiográficos del autor, en este caso de las personas y de los ambientes que conoció en su infancia. Es un relato conmovedor e inusual por su enfoque y por su fuerza. Es difícil contar mejor, con tanta intensidad emocional y de un modo tan equilibrado, el amor y la nostalgia de un hijo por su padre, y la mezcla torrencial de sentimientos de alegría y agradecimiento con los de dolor y pérdida cuando llega el momento de su muerte. Así, el narrador señala cómo «siempre sentía nostalgia de mi padre, de mi niñez, de deshacerme de la ropa propia de los hombres para volver a ser un niño o como un niño, de modo que pareciera un hijo y me sintiera como tal». Más adelante habla de cómo, cuando en la gran ciudad sentía soledad y angustia, le reconfortaba pensar que en su pueblo le aguardaba su hogar y allí «era un hombre que tenía padre y que encontraba sus verdaderos orígenes y la tierra en la que había crecido». Recuerda cómo, de niño, él y sus hermanos reconocían de lejos la voz de su padre, «la podíamos distinguir entre mil voces, nos gustaba más que cualquier otra y nos alegrábamos al oírla, pues eso quería decir que nuestro padre estaba próximo, que se estaba acercando y que dentro de poco estaríamos a su alrededor, en su regazo, próximos a sus ojos, a sus relatos y al vello de su pecho». Evoca cuánto disfrutaban con sus relatos, que siempre contaba «con una sonrisa que perduraba durante todo el tiempo que se prolongara la narración de la historia».

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