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Ficha del autor 'MARTEL, Yann' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
MARTEL, Yann
Escritor canadiense. 1963-. Nació en Salamanca, España. Hijo de diplomáticos, pasó su infancia y juventud en muchos países. Estudió Filosofía. Ha publicado un libro de relatos y otra novela antes de Vida de Pi.

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Vida de Pi
(Life of Pi, 2001)
Barcelona: Destino, 2004; 416 pp.; col. Áncora y Delfín; trad. de Bianca Southwood; ISBN: 84-233-3586-0. Nueva edición en Austral, 2013; 416 pp.; ISBN: 978-8423347308.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
Pi Patel es el hijo del director del zoo de Pondicherry, India. Cuando toda la familia emigra rumbo a Canadá y llevan consigo buena parte de los animales del zoo, el barco se hunde y los únicos supervivientes son Pi, una cebra, un orangután, una hiena... ¡y un tigre de Bengala!, que acaban juntos en una barcaza de salvamento a la deriva en el Pacífico. A partir de ahí, el narrador contará qué ocurrió en los 227 días, desde el 2 de julio de 1977 al 14 de febrero de 1978, que duró su travesía, en especial cómo se las arregló para convivir con el tigre Richard Parker.
Algunos críticos han alineado Vida de Pi con obras marineras clásicas, en especial con el Robinson Crusoe, de DEFOE: Pi Patel es un náufrago laborioso como lo fue Robinson, y Martel emplea el mismo recurso que usó Defoe de acumular multitud de detalles realistas y certeros que contribuyen a dar solidez y verosimilitud a un relato en sí mismo inverosímil. De todos modos, si atendemos a que el propio autor define su novela como «una mezcla de filosofía y aventura, teología y zoología», podemos suponer que algo más hay. Y, en efecto, es la suya una narración original: por el argumento en sí mismo; por presentar un personaje que dice ser católico, musulmán e hindú a la vez; por el modo en que le saca partido a la situación, máxime cuando la vida en un bote salvavidas, nos dice Pi, «se parece al final de una partida de ajedrez, cuando sólo quedan unas cuantas piezas».

Es además un relato inteligente por el tono provocativo y convincente con el que aborda ciertas cuestiones: «Voy a ser franco. Los que me sacan de quicio no son los ateos, sino los agnósticos. La duda es útil durante un tiempo. [...] El hecho de escoger la duda como filosofía de la vida es como elegir la inmovilidad como forma de transporte». O esta otra: «Soy consciente de que los zoológicos ya no están bien vistos. La religión tiene que hacer frente al mismo problema. Los dos están plagados de ciertas ilusiones referentes a la libertad».

Es un gran relato también por su amenidad y buen humor —es un acierto que sea una novela oral: Pi cuenta lo sucedido al autor—, porque abundan las reflexiones inteligentes que hacen pensar, porque integra mucha información sobre la conducta de los animales sin que suene postiza, por las magníficas descripciones ambientales —entre muchas, la de una gigantesca tormenta en el mar—, por algunas escenas de lucha memorables —sobre todo, la de una extraña pelea entre Richard Parker y un tiburón—.

Quizá el punto más débil sean los dos episodios que podrían calificarse de oníricos o fantásticos: el encuentro y el combate con otro náufrago ciego, y sobre todo la estancia en una extraña isla carnívora de algas poblada por unos curiosos roedores. Tienen gracia en sí mismos pero, después de un relato completamente realista tan pacientemente armado para ganarse al lector, esos sucesos son como un salto de género injustificado que rompen la confianza en la veracidad de la narración, que por otra parte se refuerza luego con el hilarante interrogatorio al que someten a Pi los japoneses que representan la propiedad del barco, cuando hacen la investigación sobre las causas de lo sucedido.
Los animales son reaccionarios

He aquí uno de los abundantes, y siempre interesantes, textos explicativos que jalonan el relato.

«He oído casi tantas tonterías acerca de los zoológicos como acerca de Dios y de la religión. Hay gente bienintencionada pero mal informada que piensa que los animales en libertad son “felices” porque son “libres”. Esas personas suelen tener en mente un predador grande y majestuoso, un león o un guepardo (rara vez se exalta la vida de los ñúes o de los osos hormigueros). Se imaginan a un animal salvaje deambulando por la sabana, tomándose paseos digestivos tras comerse una presa que ha aceptado su suerte sin rechistar, haciendo calistenia para mantenerse en forma tras algún exceso. Se imaginan a un animal supervisando a sus crías con orgullo y ternura, a la familia entera mirando a la puesta de sol desde las ramas de un árbol y suspirando de placer. La vida del animal salvaje es sencilla, noble y trascendental, se imaginan. De repente, aparecen unos hombres malvados para cazarlo y encerrarlo en una jaula. Le trunca la “felicidad”. Anhela volver a la “libertad” y hace todo lo posible por escapar. Privado de su “libertad”, el animal se vuelve una sombra de lo que era, con el espíritu quebrantado. Al menos es lo que algunos se imaginan.

Pero no es así.

Los animales en libertad llevan una vida de compulsión y necesidad dentro de una jerarquía social implacable en un medio en el que abunda la provisión de miedo y escasea la provisión de comida, en el que hay que defender constantemente el territorio y aguantar los parásitos durante toda la vida. ¿Qué sentido tiene la vida en semejante contexto? Los animales en libertad, a efectos prácticos, no tienen libertad ni en el espacio ni en el tiempo ni en sus relaciones personales. En teoría, es decir, como simple posibilidad física, un animal podría recoger sus cosas y marcharse, desdeñando todas las convenciones sociales y los límites propios de su especie. Pero es menos probable que ocurra un acontecimiento como éste a que un miembro de nuestra propia especie, digamos, un comerciante con todos los vínculos habituales (la familia, los amigos, la sociedad), lo deje todo y se aleje de su vida provisto únicamente del cambio suelto que lleva en los bolsillos y con lo puesto. Si un hombre, el más valiente e inteligente de las criaturas, no se ve capaz de deambular de lugar en lugar, un extraño para todos, sin deber nada a nadie, ¿por qué lo iba a hacer un animal, que tiene un temperamento mucho más conservador? Pues así son los animales: conservadores, incluso reaccionarios. El cambio más insignificante puede disgustarlos. Quieren que las cosas estén justamente como ellos quieren, día tras día, mes tras mes. Las sorpresas les resultan muy desagradables».
Otro libro: Beatriz y Virgilio.

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