Con su primera novela, basada en una popular serie televisiva infantil alemana, el dibujante de cómic Walter Moers obtuvo un gran éxito y cosechó grandes elogios, que no se debieron esa vez al estilo zafio y provocador de sus anteriores cómics.
A primera vista, esa obra podía incluirse dentro de la literatura infantil y juvenil: por sus protagonistas, por su carácter episódico, por los detallados mapas que aparecen en sus guardas (uno sobre «Zamonia y sus alrededores inmediatos», y otro sobre «Zamonia y sus alrededores lejanos»), por los dibujos humorístico-descriptivos que ayudan al lector a situar los sucesos y personajes que se describen. Pero debe inmediatamente decirse que no es la suya una novelita ingeniosa más: es inusualmente larga y francamente inteligente, se coloca en una tradición que sólo es literatura infantil o juvenil secundariamente. Con un humor intelectual posmoderno que asoma desde la bromista cita inicial —«la vida es demasiado preciosa para confiársela al destino», firmada por Deus X. Machina—, a lo largo de las extravagantes aventuras de su protagonista se satirizan con talento muchos géneros literarios. Así, al igual que obras como
El barón de Munchausen, basa una parte de su eficacia en una exageración que siempre se formula con seriedad. Del mismo modo que libros de viajes como
Los viajes de Gulliver, aunque su primer objetivo no sea la crítica política como era el de
SWIFT, se apoya mucho en la descripción de seres y comportamientos que recuerdan diversas actitudes vitales. Como
Terry PRATCHETT en su serie del
MUNDODISCO, aunque la novela de Moers sea más coherente que las de Pratchett, hace continuas bromas en cualquier dirección y logra comentarios y escenas de auténtica comicidad.
Su siguiente novela sobre Zamonia tiene parecidas características pero está más contenida (aunque sigue siendo larga) y apunta en una dirección que resultará más clara para muchos: ridiculizar el devocionarismo literario y satirizar, de modo inteligente y un tanto barroco, la parafernalia y tantos personajes habituales en el mundo de los libros. Así, entre muchos otros encuentros, Mythenmetz sentirá escalofríos al llegar al Callejón Venenoso, donde viven los críticos a sueldo, la verdadera escoria de Bibliópolis; al pasar por la Avenida de los Correctores de Estilo, escuchará los gemidos y pestes de los correctores cuando leen gazapos; el agente literario Arco de Arpa, una especie de jabalí gordo, le abrirá nuevas perspectivas: «¿Qué me importa, como agente, un genio literario que sólo será descubierto el próximo siglo? Estaré muerto yo también. Lo que necesito son nulidades con éxito». No están nada mal algunos consejos para escritores: «Si una de tus frases te recuerda la trompa de un elefante que trata de recoger del suelo un cacahuete, piénsala mejor». O esta, que también podría volverse contra Moers: «Los libros gordos son gordos porque su autor no supo expresarse concisamente».
Debe añadirse también que tanto narrativa como literariamente ambas tienen calidad, y que la traducción al castellano es excelente. De todas formas, no todos los lectores conectarán igual: esta clase de relatos pueden hacerse pesados, además de que narradores sabelotodo como son Osoazul y Mythenmetz no siempre resultan simpáticos, porque la sobreabundancia de ingenio y los alardes de capacidad imaginativa y descriptiva, cuya finalidad tantas veces no se ve, puede llegar a cansar.