La satisfacción de combatir al malvado
Chesterton piensa que
Oliver Twist no tiene tanto valor como otros libros de Dickens, pues es depresivo e incluso irritante que hasta lo humorístico resulte doloroso, pero, a cambio, lo considera un libro honesto que dice mucho del sentido moral de su autor. En particular, subraya cómo, en
Oliver Twist, se nota que a Dickens le ponen enfermo las caras de los hombres que miran con desprecio, y que tratan mal, a otros hombres. Con ese libro comienzan sus ataques a ciertas esclavitudes modernas, unos ataques que realiza con la inspirada simplicidad del héroe de los cuentos de hadas que hace frente a los ogros con la espada en la mano, y que, como él, no emprende por motivos y con argumentos políticos sino, sencillamente, porque la maldad le causa indignación y porque siente satisfacción al combatirla.
Momentos de inconsciencia
Para comprender a Dickens conviene caer en la cuenta de que sus libros desbordan vitalidad: puede que su escritura no nos divierta, y que incluso haya momentos en que nos canse, pero a él siempre le divierte y casi nunca parece cansado. El «casi» está en
David Copperfield, una novela en la que intenta contar la verdad de su propia vida y en la que parece que su impulso inicial se diluye pues, al final, echa fuera del escenario a ciertos personajes para que no estorben la felicidad del héroe. Esto se aprecia en la forma en que su protagonista enviuda de la guapa pero tonta Dora, y en que la tragedia humana de Pegotty y Micawber la resuelve mandándolos a Australia, como si aquello fuera un paraíso donde las almas pudieran curarse de sus heridas: esta vez Dickens se deja llevar por el sentimentalismo imperialista inglés que prefiere los bordes del imperio, de los que no conoce nada, al corazón del imperio cuya enfermedad conoce de sobra. Con todo, si hay que señalar los defectos de Dickens por ecuanimidad y por lealtad con él, conviene advertir que uno de sus puntos más fuertes está en su capacidad para lograr que sus lectores terminen siendo amigos de personajes como Micawber o Dora, que son una molestia colosal pero, también, una gran aventura que no nos podemos perder. Por eso, sigue Chesterton, al hablar de defectos como los citados, no estamos hablando de Dickens sino sólo de sus ausencias, de sus momentos de sueño y de inconsciencia.
Un mundo nostálgico y familiar
En el prólogo a una vieja edición de
Cuento de Navidad, dice
Miguel DELIBES que la sola mención de Dickens ya «despierta en el lector iniciado escenas de niebla y nieve, niños harapientos aplastando sus naricillas contra una vitrina repleta de juguetes, el viejo avaro junto a la chimenea de leños crepitantes, velas encendidas, cajitas de música, el cochero en el pescante de una berlina, con el tapabocas hasta los ojos, una calle de Londres flanqueada de árboles agarrotados por la escarcha... Todo un mundo, en fin, transido de nostalgia, envuelto en un halo de candor y sencillez, honestamente moralizador, donde un niño inocente y desvalido topa a menudo con la incomprensión y el egoísmo de los adultos».