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Ficha del autor 'BAUM, Lyman Frank' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
BAUM, Lyman Frank
Escritor norteamericano. 1856-1919. Nació en Chittnenango, estado de Nueva York. De niño tuvo muy mala salud, con dolencias de corazón, lo que le obligó a una infancia tranquila, llena de lecturas. Fue actor, director y empresario teatral; fotógrafo y periodista. Escribió los cuentos con que entretenía a sus hijos y, debido al éxito de El Mago de Oz, se dedicó a la literatura infantil. Murió en Hollywood.

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El maravilloso Mago de Oz
(The Wonderful Wizard of Oz, 1900)
Madrid: Alfaguara, 1997, 15ª impr.; 254 pp.; col. Juvenil Alfaguara; ilust. de William Wallace DENSLOW; trad. de Gerardo Espinosa; epílogo de Martin Gardner; ISBN: 84-204-3509-0.
Otra edición en Madrid: Anaya, 2000; 320 pp.; col. Tus libros; ilust. de William Wallace DENSLOW; trad. apéndice y notas de Ana María Beaven; ISBN: 84-207-0027-4.
9 años: lectores niños.
Narrativa: Fantasía.
Dorotea es arrastrada por una tromba de viento hacia el país de Oz. En compañía del Espantapájaros, el Leñador de Hojalata, y el León cobarde, viaja hasta la Ciudad Esmeralda, en busca del mago de Oz, el único que puede hacerla regresar a Kansas, conceder un cerebro al Espantapájaros, un corazón al Leñador, y valentía al León.
El maravilloso Mago de Oz es un cuento de hadas protagonizado por una niña normal, curiosa e ingenua, paciente y apresurada. Sin pretensiones didácticas explícitas, con lenguaje sencillo y directo, con rapidez y escasas descripciones, Baum emplea todos los tópicos del género para expresar, de una forma novedosa, el sueño americano de la confianza en uno mismo y su lado inquietante del embaucador que basa su poder y su fortuna en la mentira. Si su escritura no es excelente, la definición de sus personajes sí resulta memorable y de ahí el impacto de su obra. Las ilustraciones de Denslow, un conocido pintor «Art Nouveau» amigo de Baum, han llegado a ser tan inseparables de El Mago de Oz como las de TENNIEL de los libros de Alicia.

Dice Martin Gardner en el epílogo de la edición utilizada, que El Mago de Oz es «una fantasía espléndida, hábilmente escrita, chispeante de color y emociones, rebosante de humor y tranquila sabiduría. Quizá un niño no llegue a entender los ataques satíricos y los niveles más profundos de significado del relato, pero ahí están y constituyen una de las razones por las que El Mago... se ha convertido en un clásico. Cuando T. S. ELIOT escribió “somos los hombres huecos. Somos los hombres rellenos”, ¿no estaría pensando vagamente en el Leñador de Hojalata y en el Espantapájaros (entre otras cosas)? ¿son los respetados Magos de nuestras Ciudades de Esmeralda auténticos magos o sólo amables charlatanes de feria que nos cubren los ojos con cristales de colores para hacernos creer que la vida es más agradable de lo que realmente es? Todos nosotros somos niños pequeños que caminan por una carretera de ladrillos amarillos en un mundo loco, extravagante, oziano. Sabemos que la sabiduría, el amor, el valor, son virtudes esenciales, pero al igual que Dorotea, somos incapaces de decidir si es mejor buscar cerebros más inteligentes [...] o corazones más sensibles y cariñosos».
La Ciudad Esmeralda

El primer título que Baum puso a su manuscrito fue «La Ciudad Esmeralda». Pero su editor se negó a publicar un libro con el nombre de una piedra preciosa en el título: según él, era una garantía de fracaso. Éste es el pasaje en el que Dorotea y sus amigos llegan a la Ciudad Esmeralda, y comprueban que «en las calles se alzaban hermosas casas, todas construidas de verde mármol y tachonadas por doquier de deslumbrantes esmeraldas. Caminaban sobre un pavimento del mismo mármol verde, y donde se juntaban los bloques había hileras de esmeraldas, engastadas una junto a otra y destellando con el resplandor del sol. Los cristales de las ventanas eran de vidrio verde. Hasta el cielo sobre la Ciudad tenía un tono verde, y los rayos del sol eran verdes. Había mucha gente —hombres, mujeres y niños— deambulando y todos ellos vestían ropas verdes y tenían una piel verdosa. [...] En la calle había muchas tiendas y Dorotea vio que en ellas todo era verde. Caramelos verdes y verdes palomitas de maíz se ofrecían a la venta, como también zapatos verdes, sombreros verdes y ropa verde de todo tipo. En un lugar había un hombre vendiendo limonada verde, y cuando los niños la compraron, Dorotea pudo ver que la pagaban con moneditas verdes».

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