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Ficha del autor 'DAHL, Roald' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
DAHL, Roald
Escritor británico. 1916-1990. Nació en Llandaff, Gales, en una familia de origen noruego. Huérfano de padre desde los tres años. Piloto en la segunda Guerra Mundial. Se hizo famoso como autor de relatos cortos, de los que algunos fueron llevados por Hitchkock al cine. A partir de los que contaba a sus hijos comenzó en los años 60 a escribir libros infantiles y juveniles. Desde entonces publicó varias decenas, obtuvo éxitos arrolladores y duraderos con algunos títulos y un gran reconocimiento por la calidad de toda su producción. Falleció en Oxford.

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Charlie y la fábrica de chocolate
(Charlie and the Chocolate Factory, 1964)
Madrid: Alfaguara, 2004; 248 pp.; cartoné; col. Biblioteca Roald Dahl; ilust. de Quentin BLAKE; trad. de Verónica Head; ISBN: 84-204-0144-7. Nueva edición en Madrid: Santillana educación, 2016; 240 pp.; ISBN: 978-8491221166. [Vista de esta edición en amazon.es]
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Fantasía.
Charlie, cuya familia tiene graves dificultades económicas, gana un premio para visitar la enigmática fábrica de chocolates WONKA. Lo acompañan otros cuatro niños que han ganado el mismo premio: el glotón Augustus Gloop; la mimada Veruca Salt; una chica que masca chicle todo el día llamada Violet Beauregarde; y Mike Teve, un niño que no hace más que mirar la televisión continuamente.
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Danny, campeón del mundo
(Danny, the Champion of the World, 1975)
Madrid: Alfaguara, 2004; 200 pp.; cartoné; col. Biblioteca Roald Dahl; ilust. de Quentin BLAKE; trad. de Leopoldo Rodríguez y Maribel de Juan. ISBN: 84-204-0136-6. Nueva edición, titulada Danny el campeón del mundo, en Madrid: Santillana, 2016; 272 pp.; trad. de Maribel de Juan; ISBN: 978-8491221289. [Vista en amazon.es]
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Vida diaria.
Danny cuenta su historia: es huérfano de madre y vive, con su padre, en una caravana. Ayuda en la gasolinera y el taller mecánico de su padre. Cuando tiene nueve años descubre que su padre tiene una gran pasión por la caza furtiva de faisanes, actividad que considera un arte, en el bosque del odioso señor Hazell. Cuando su padre piensa en cómo frustrar una gran cacería que ha organizado el señor Hazell, a Danny se le ocurre un sistema original, llamado «La bella durmiente» para cazar centenares de faisanes de golpe y que los invitados del señor Hazell no encuentren ninguno.
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El gran gigante bonachón
(The BFG, 1982)
Madrid: Alfaguara, 2004; 176 pp.; cartoné; col. Biblioteca Roald Dahl; ilust. de Quentin BLAKE; trad. de Herminia Dauer. ISBN: 84-204-0143-9.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Fantasía.
Una niña llamada Sofía ve una noche a un ser terrible a través de su ventana y, para su espanto, el gigante la captura y se la lleva. Descubre así un país en el que viven gigantes a los que les gusta comer niños por las noches, pero el que la ha cogido a ella no quiere hacerlo, aunque no puede permitirle que vuelva porque le ha visto. El GGB resulta ser un buenazo y, con su ayuda y la de la Reina de Inglaterra, Sofía hace que capturen a los demás horribles gigantes.
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Las brujas
(The Witches, 1983)
Madrid: Alfaguara, 2003, 3ª ed., 6ª imp.; 208 pp.; col. Próxima parada Alfaguara. Naranja; ilust. de Quentin BLAKE; trad. de Maribel de Juan. ISBN: 84-204-4864-8. Otra edición en 2005; 232 pp.; col. Biblioteca Roald Dahl; ISBN: 978-8420466835.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Fantasía.
El narrador es un chico de ocho años que, gracias a las explicaciones de su abuela noruega, es capaz de reconocer a una bruja debajo de sus disfraces habituales. Cuando él y su abuela están pasando unos días en un hotel resulta que, al mismo tiempo, las brujas están ocultamente celebrando allí su Congreso Anual para organizar la forma de borrar a los niños de la faz de la tierra. El chico acaba siendo descubierto y convertido en ratón, pero logra escaparse y, junto con su abuela, prepara un plan para frenar los planes de las brujas.
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Matilda
(1988)
Madrid: Alfaguara, 2004; 248 pp.; cartoné; col. Biblioteca Roald Dahl; ilust. de Quentin BLAKE; trad. de Pedro Barbadillo. ISBN: 84-204-0131-5. Otra edición en 2002; 232 pp.; ISBN: 978-8420464541 [Vista en amazon.es]
12 años: lectores adolescentes.
Álbumes ilustrados.
Matilda es una chica sensible y brillante a la que sus padres no prestan atención. Es una gran lectora desde muy pequeña: «Los libros la transportaban a nuevos mundos y le mostraban personajes extraordinarios que vivían unas vidas excitantes». En un momento crítico descubre que tiene ciertos poderes extraordinarios con los que puede ajustar cuentas con su odiosa profesora y sus repelentes padres.
Dahl tiene una prosa espontánea y chispeante: pinta unos personajes vivísimos, es ingenioso y logra interesar con muy pocos trazos, al modo en que lo hacen también los dibujos abocetados de Quentin Blake que acompañan sus libros. Es además un gran narrador que sabe unir lo cotidiano con lo fantástico o lo absurdo con gran naturalidad, que recurre a un cierto humor negro y a desenlaces imprevistos en sus relatos para mayores, y a la ironía unida con finales previsibles en sus relatos infantiles. Tiene una enorme habilidad para jugar de modo inteligente y divertido con el lenguaje, un aspecto en el que quizá logra su máximo nivel en El Gran Gigante Bonachón, una obra sobre los miedos nocturnos de los niños, menos conocida en España que otras y que, sin embargo, es una de las más apreciadas entre los lectores de su país. Eso en parte se debe a que contiene referencias literarias familiares sobre todo en el mundo anglosajón y, además, a que tienen más riqueza y frescura en inglés las equivocaciones continuas del gigante: «¿tengo zarrón o no?». Aún así, debe decirse que la traducción castellana es igualmente divertida y enigmática: estimula la imaginación y la capacidad del lector pequeño, para quien son todo un desafío las mezclas y confusiones de palabras, pues el gigante puede decir que revienta de «irancundicólera», o hablar de que los «pepinásperos» son «cochinibundos».

Opiniones educativas y literarias

Dahl tiene unas preocupaciones educativas que comienzan por su fuerte rechazo a toda violencia y autoritarismo en la educación: figuras como la del profesor Lancaster en Danny, o las de los padres y la profesora de Matilda, la señorita Trunchbull, son personajes dickensianos que Dahl caricaturiza sin piedad hasta convertirlos en repulsivos. Por otra parte, tampoco le gusta cualquier clase de niños ni cualquier talante a la hora de tratarlos: ataca vicios como la glotonería en Charlie y la fábrica de chocolate y Las brujas, como el mal uso de la televisión en Charlie y en Matilda, obra esta última en la que reivindica la lectura frente a la televisión y en la que arremete ferozmente contra los padres que se desinteresan de sus hijos. Y en Mi Año, un libro autobiográfico que redactó al final de su vida, critica en el mismo párrafo la pasividad de los niños y la sobreprotección de los padres de la siguiente manera: «Suele ser cierto que cuantos más riesgos dejas asumir a los niños, mejor aprenden a cuidar de sí mismos. Creo que se hacen propensos a los accidentes si nunca les dejas arriesgarse. A los niños se les debería permitir subir a los árboles, andar por el borde de las tapias y tirarse al mar desde las rocas más altas. Es mejor dejarles hacer tales cosas que repetirles constantemente: “No, Johnny, no. No hagas eso. Es peligroso”. Lo mismo sucede con las niñas. Me gustan los niños que se arriesgan. Mucho más que los que nunca lo hacen».

Ese talante independiente que Dahl propone para los niños en parte se revela en esa especie de mini-versión de Gulliver entre los liliputienses que resulta ser Los Mimpins, un relato publicado póstumamente. Aquí Dahl no es sarcástico como acostumbra, pero son obvias las connotaciones del nombre «Bosque del Pecado», al que la madre de Billy le prohíbe ir y al que sin embargo Billy va, para descubrir un mundo que resulta ser peligroso, en efecto, pero también atractivo. Pero si se llamara el «Bosque de la Libertad», el relato funcionaría igual y el explícito mensaje final sería el mismo: «Mirad con ojos siempre muy atentos el mundo que os rodea, porque los más grandes secretos están siempre escondidos en los lugares más insospechados y aquellos que no creen en lo mágico nunca descubrirán las cosas mágicas».

Dahl expone algunas opiniones literarias por boca de Matilda, admiradora de DICKENS y HEMINGWAY, a la que gusta El jardín secreto, «un libro lleno de misterio. El misterio de la habitación tras la puerta cerrada y el misterio del jardín tras el alto muro»; a la que divierte El león, la bruja y el armario, aunque dirá que «C. S. LEWIS es un escritor muy bueno, pero tiene un defecto. En sus libros no hay pasajes cómicos. [...] Tampoco hay pasajes cómicos en los de TOLKIEN»; y que, cuando su profesora le pregunta si cree que todos los libros para niños deben tener pasajes cómicos, responde que sí, pues «los niños no son tan serios como las personas mayores y les gusta reírse». Habría que preguntar a Matilda qué entiende por pasajes cómicos, pero, desde luego, pocos autores logran provocar la carcajada o la sorpresa como Dahl.
Críticas poco fundadas

Dahl fue siempre aplaudido por los críticos a los que lo transgresor siempre les parece un avance, y no muy bien visto por algunos educadores preocupados por la corrección de los contenidos que deben tener los libros infantiles. Dejando al margen la desconfianza que algunos pueden sentir debido a que varios de sus cuentos para mayores y de sus relatos en verso para chicos tienen una buena carga erótica, y si nos centramos en sus libros infantiles más conocidos debe decirse que, ciertamente, Dahl no se preocupó nunca mucho de componer sus relatos de acuerdo con esquemas que hoy son habituales, y que, ciertamente también, tal despreocupación sumada con su talante rompedor le llevó en ocasiones algo lejos.

Es un reproche menor y con escaso fundamento, a mi juicio, el de que a veces se le deslizaran comentarios que pueden sonar racistas, como el tratamiento de los pigmeos Oompa-Lompas en Charlie y la fábrica de chocolate —algo que parece haberse suavizado en ediciones posteriores inglesas pero no en la española—. No he comprobado que, como en algún sitio he leído, haya cierta misoginia en sus primeras obras, aunque quizá por eso al comienzo de Las brujas insiste socarronamente: «No quiero hablar mal de las mujeres. La mayoría de ellas son encantadoras. Pero es un hecho que todas las brujas son mujeres. No existen brujos»; o en Mi Año, haga la siguiente puntualización: «sólo los mosquitos hembra pican a la gente. Merece la pena que grabéis en vuestra memoria un dato como éste, curioso y poco conocido».

Tampoco me parece importante que, llevado por su deseo de «conspirar contra los adultos» con los chicos, cargara la mano en los rasgos molestos y exasperantes de los personajes criticables, que frecuentemente son familiares y profesores tan autoritarios como estúpidos. Por un lado, las caricaturas funcionan así y, por otro, cualquier cuento clásico hace lo mismo con las madrastras o las hermanas envidiosas. Además, cualquier lector de sus relatos sabe que Dahl no es cómplice de los niños a cualquier precio: toma partido por ellos frente a los adultos odiosos pero también fustiga sin piedad a los que caen en los vicios que detesta: suciedad, glotonería, televisión, etc.
El reproche más justificado

Sí podría tener más peso la observación de que Dahl, después de predisponer mucho al lector contra los malvados, parece justificar o pasar por alto fácilmente las actuaciones menos elogiables de sus protagonistas. Pero aquí se pueden distinguir varios niveles. El más bajo, aunque hay a quienes les parece horrible, está en hechos como el de que la sensacional abuela del protagonista de Las brujas no solo fume puros sino que se los ofrezca a su nieto: «sólo tengo siete años, abuela», dice el chico; «me da igual la edad que tengas —dijo—. Nunca te cogerás un catarro si fumas puros». Tiene más entidad que Danny y su padre sean cazadores furtivos dentro de la finca de un terrateniente imbécil, que el Gran Gigante Bonachón comience secuestrando a la niña protagonista, que el Superzorro robe a los granjeros, que el protagonista de Agu-Trot mienta para conseguir sus objetivos… Eso sí, es algo más fuerte que algunos de sus héroes se irriten demasiado: lo que comienza siendo una travesura vengativa en La maravillosa medicina de Jorge acaba con la desaparición de la abuela sin que a los padres de Jorge les parezca mal; Matilda aprovecha sus capacidades mágicas para tomarse la justicia por su mano con su profesora y sus padres.

Y, aunque se podría sostener la conveniencia de suavizar estos finales, también interesa observar algunas cosas. Una, que justamente aquí está parte del atractivo de los relatos de Dahl sobre los chicos: por un lado les resultan más cercanos unos protagonistas que no son perfectitos, y por otro les encanta presenciar la victoria e incluso la revancha de unos chicos sobre un adulto insufrible (algo que raras veces pueden ver en la vida ordinaria ni siquiera en los casos en los que tal cosa parece que sería justa). Otra, que los libros que nos engañan de verdad no son los que, desde su planteamiento inicial, ya nos sitúan en un mundo irreal y caricaturesco tal como hacen los de Dahl. Y una tercera, que los posibles mensajes que nos deja un relato no dependen tanto del texto mismo como del contexto social en el que uno vive y de las experiencias personales que uno ya tiene: sólo deben sentirse amenazados quienes teman ser identificados con uno de los nefastos personajes-adultos de Dahl.

Ríos de chocolate

Una de las armas clásicas de un autor de libros infantiles es la capacidad de describir de modo sugerente toda clase de comidas apetitosas y Dahl la usa con toda su potencia cuando nos mete dentro de la fábrica de chocolate WONKA. El narrador nos cuenta que tenía inmensos portones de hierro y estaba rodeada de un altísimo muro, que sus altísimas chimeneas despedían humo y desde sus profundidades podían oírse extraños sonidos sibilantes. ¡Y fuera de los muros, a lo largo de media milla en derredor, en todas direcciones, el aire estaba perfumado con el denso y delicioso aroma de chocolate derretido! Nadie podía dejar de pensar en los caramelos que se fabricaban dentro: en los que saben a violetas, o en los que cambian de color cada diez segundos a medida que se van chupando, o en los pequeños dulces ligeros como una pluma que se derriten deliciosamente en el momento en que te los pones en los labios, o en el chicle que no pierde nunca su sabor, o en los globos de caramelo que puedes hinchar hasta hacerlos enormes antes de reventarlos con un alfiler y comértelos, o en los hermosos huevos de azulejos con manchas negras que, cuando te los pones en la boca, se hacen cada vez más pequeños hasta que de pronto no queda nada de ellos excepto un minúsculo pajarillo de azúcar posado en la punta de tu lengua. No es de extrañar que Charlie desease conocer por dentro la fábrica y pasearse a través de sus túneles blancos en un barco color de rosa por ríos de chocolate.

Un trasto abominable

Los mensajes anti-glotonería y anti-televisión los escucha Charlie al oír cantar a los Oompa Loompas magníficas canciones: «No hay nada que más repulsión pueda dar / que un niño que masca chicle sin cesar. / Esta horrible costumbre os hará acabar mal / enviándoos a un pegajoso final». O aquella otra que dice: «Hemos aprendido algo primordial. / Algo que a los niños les hace mucho mal. / Y es que en el mundo no hay nada peor / que sentarles frente a un televisor. / De hecho sería muy recomendable / suprimir ese trasto abominable. / En todas las casas que hemos visitado / así a los pequeños hemos encontrado: / Absortos, dormidos, casi idiotizados, / mirando la tele como hipnotizados. / Oh, sí, ya sabemos que les entretiene. / Y que por lo menos quietos les mantiene. / No gritan, no lloran, no brincan, no juegan. / No saltan, ni corren, tampoco se pegan. / A usted eso le da mucha tranquilidad. / Es libre de hacer muchas cosas, ¿verdad? / Mas yo le pregunto, ¿ha pensado un momento / para qué le sirve a su hijo este invento? / Le pudre todas las ideas. / Mata su imaginación. / Su pobre mente se transforma en un inútil reflector. / Con ver figuras se conforma, / no sueña, ni evoca, ni piensa, señor».
Más libros

—James y el melocotón gigante (James and the Giant Peach, 1961). Madrid: Alfaguara, 2004; 184 pp.; cartoné; col. Biblioteca Roald Dahl; ilust. de Quentin Blake; trad. de Leopoldo Rodríguez; ISBN: 84-204-0130-7.

—Charlie y el gran ascensor de cristal (Charlie and the Great Glass Elevator, 1973). Madrid: Alfaguara, 2004; 248 pp.; cartoné; col. Biblioteca Roald Dahl; ilust. de Quentin Blake; trad. de Verónica Head; ISBN: 84-204-0142-0.

Relatos en la misma línea de fantasía que ya citados pero tienen menos solidez argumental: aunque son ingeniosos y tienen personajes divertidos, lo que importa en ellos sobre todo es lo que va sucediendo a cada momento.

—El superzorro (Fantastic Mr. Fox, 1970). Madrid: Alfaguara, 2003, 3ª ed., 6ª imp.; 160 pp.; col. Próxima parada Alfaguara. Morada; ilust. de Horacio Elena; trad. de Ramón Buckey; ISBN: 84-204-4896-6.

—La maravillosa medicina de Jorge (George’s Marvellous Medicine, 1981). Madrid: Alfaguara, 2004, 3ª ed., 3ª imp.; 120 pp.; col. Próxima parada Alfaguara, naranja; ilust. de Quentin Blake; trad. de Maribel de Juan; ISBN: 84-204-6488-0.

—¡Qué asco de bichos! y El cocodrilo enorme (Dirty Beasts y Enormous Crocodile, 1978 y 1983). Madrid: Alfaguara, 2003, 2ª ed., 4ª imp.; 112 pp.; col. Próxima parada Alfaguara, morada; ilust. de Quentin Blake; trad. de María Puncel y de Miguel A. Diéguez; ISBN: 84-204-4854-0.

Los dos primeros y El cocodrilo enorme son también relatos de fantasía que se pueden calificar de menores, aunque sólo sea porque su extensión es pequeña.

—Cuentos en verso para niños perversos (Revolting rhymes, 1982). Madrid: Alfaguara, 2004, 1ª. ed., 5ª. imp.; 32 pp.; cartoné; ilust. de Quentin Blake; trad. de Miguel Azaola; ISBN: 84-204-4333-6.

¡Qué asco de bichos! y Cuentos en verso para niños perversos son, seguramente, los dos mejores libros de Dahl en verso. Tienen el inconveniente de que las traducciones en este tipo de obras siempre pierden, y el interés de que revelan una de las derivas habituales hoy a la que Dahl ha contribuido especialmente: la inversión de los papeles clásicos habituales. En estos mini-relatos los animales se comen a los hombres, Blancanieves roba el espejito mágico a su madrastra y lo usa para jugar a las apuestas y hacerse rica, Caperucita saca una pistola y dispara contra el lobo, cosas así.

—Agu-Trot (Esio Trot, 1990). Madrid: Alfaguara, 2003, 3ª ed., 3ª imp.; 72 pp.; col. Próxima parada Alfaguara. Morada; ilust. de Quentin Blake; trad. de Miguel Sáenz; ISBN: 84-204-6478-3.

—Los Mimpins (The Minpins, 1991). Madrid: Altea, 1992; 48 pp.; ilust. de Patrick Benson; trad. de María Puncel; ISBN: 84-37266181.

Al final de su vida Dahl publicó varios libros sin su sarcasmo habitual. Es el caso de Agu-Trot, un relato sencillo que cuenta con cierta ternura el amor entre dos personas mayores. Y de Los Mimpins, un álbum ilustrado en el que a un niño se le prohíbe salir solo al jardín y explorar el mundo que hay más allá: el llamado Bosque del Pecado, donde habitan bestias salvajes como los escupijantes o los lenguavenenos.

—Boy. Relatos de infancia (Boy. Tales of Childhood, 1984). Madrid: Alfaguara, 2004; 240 pp.; col. Juvenil Alfaguara, serie azul; trad. de Salustiano Masó; ISBN: 84-204-6575-5.

—Volando solo (Going Solo, 1984). Madrid: Alfaguara, 1998, 9ª reimpr.; 184 pp.; col. Alfaguara, serie roja; trad. de de Pedro Barbadillo; ISBN: 84-204-4583-5.

—Mi año (My year, 1991). Madrid: SM, 1995; 137 pp.; col. El barco de vapor, serie Oro; ilust. de Quentin Blake; trad. de María José Guitián; ISBN: 84-348-4548-2.

Estos tres libros son autobiográficos: Boy, sobre su infancia; Volando solo, sobre sus años de juventud en África y su participación en la guerra como piloto; y Mi año, algunos recuerdos de niñez con descripciones de cosas que le interesan al autor. Los tres son buena prueba del talento narrativo de Dahl y revelan sucesos que le dejaron huella.

Para los entusiastas del autor hay comentarios a varios libros en el libro de Stella Caldwell titulado Los fantastibulosos mundos de Roald Dahl (The Gloriumptious Worlds of Roald Dahl, 2016).

Bibliografía:
—Monográfico dedicado a Roald Dahl y Quentin Blake. Revista PEONZA, n. 72-73-, IV.2005.
—Diego Gutiérrez del Valle. Roald Dahl: una apuesta por los niños. Revista PEONZA, n. 32, IV.1995.
—Juan José Lage Fernández. Roald Dahl: un volcán de ternura. Revista CLIJ, n. 47, II.1993.


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