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Ficha del autor 'BURNETT, Frances Eliza Hodgson' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
BURNETT, Frances Eliza Hodgson
Escritora británica. 1849-1924. Nació en Manchester. Su padre falleció cuando ella tenía cuatro años. Con 16 años emigró, con su madre y sus hermanas, a Knoxville, Tennessee, EE.UU. Al fallecer su madre, para mantener a su familia, comenzó a publicar cuentos e historias sentimentales. Se casó después con Swan Burnett, un médico con el que tuvo dos hijos. El matrimonio se rompió poco más tarde, debido al estilo de vida y al agotador ritmo de trabajo que quiso mantener ella. Falleció en Plandome, Nueva York.

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El pequeño lord Fauntleroy
(Little Lord Fauntleroy, 1885)
Madrid: Altea, 1984; 235 pp.; col. Altea Junior; ilust. de Reginald Birch; trad. de Pablo Valero Buenechea; ISBN: 84-372-2048-3.
Otra edición en Sevilla: Espuela de plata, 2015; 184 pp.; col. Fábula de Literatura Infantil; trad. de Jorge Subirá y revisión de César de Bordons; ISBN: 978-8416034314. [Vista del libro en amazon.es]
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Vida diaria.
Cedric Errol, un niño nacido en Norteamérica, es llamado a Inglaterra por su abuelo, el Conde de Dorincourt, para ser educado allí. La sencillez de Cedric romperá con todos los convencionalismos y ablandará el corazón de su abuelo.
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El jardín secreto
(The Secret Garden, 1910)
Madrid: Siruela, 2005, 9ª impr.; 304 pp.; col. Las Tres Edades; trad. de Isabel del Río Sukan; ISBN: 84-7844-226-X. Nueva edición en 2015; 312 pp.; ISBN: 978-8416396887 [Vista del libro en amazon.es]
Otras ediciones:
—Madrid: Belvedere, 2012; 302 pp.; trad. de Ricardo Bestué; ISBN: 978-84-937947-2-9.
—León: Everest, 2014, 2ª ed.; 424 pp.; col. Clásicos de Bolsillo; ilust. de Juan Cáneva; trad. de Roberto Gómez; ISBN: 978-8444111087. [Vista de esta edición en amazon.es]
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Vida diaria.
Yorkshire, Inglaterra. La vida enfermiza de Colin, el primogénito de lord Craven, se altera con la llegada de Mary Lennox, una malcriada prima de su misma edad que había vivido en la India hasta que se quedó huérfana. Mary mejorará su talante gracias a la bondad de Ben, el jardinero, de Marta, la doncella, y de su hermano Dickon. Con el descubrimiento de un jardín cerrado hace años, que Mary hace suyo, la recuperación de Colin es total y todos los secretos encerrados en la vieja mansión son descubiertos.
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La princesita
(A Little Princess, 1905)
Barcelona: Ediciones B, 1996; 175 pp.; col. Hora Cero; traducción de Ana López; ISBN: 84-406-6196-7.
Nueva edición en Barcelona: Ediciones B, 2007; 149 pp.; col. Zeta bolsillo; traducción de Ana López; ISBN: 978-84-96778-36-8. [Vista del libro en amazon.es]
9 años: lectores niños.
Narrativa: Vida diaria.
Sara Crewe, hija de un rico militar de la India, es internada en el colegio de Londres de la señorita Minchin cuando tiene siete años. Los medios económicos de su padre le permiten llevar un alto tren de vida y le salvan de la inquina que le coge la directora. Sara se hace muy popular entre sus compañeras por su bondad y por su don para contar historias. Pero cuando llega la noticia de que su padre está enfermo y arruinado, es convertida en una sirvienta más del colegio. En esas condiciones, Sara conserva su presencia de ánimo y, como el lector desea y espera, encuentra el final feliz que merece.
En los orígenes de su actividad como escritora, Burnett escribió varias novelas al estilo de Henry JAMES, pero éste le hizo notar que su estilo sería bueno para cuentos infantiles. Escribió, por eso, primero para sus propios hijos, El pequeño Lord Fauntleroy y, en 1888, Sara Crewe, que sería rehecho, como obra teatral en 1902 y como novela tres años más tarde, con el título La princesita.

Con El pequeño Lord Fauntleroy, utilizando a su propio hijo Vivian como modelo, la autora compuso una historia que refleja un poco del choque entre Inglaterra y los Estados Unidos y que, aunque recibió muchas críticas por el tono dulzón al que contribuyeron las ilustraciones que daban a Cedric aires afeminados, fue su primer gran éxito y aún hoy es un relato eficaz.

La versión indicada más arriba de La princesita, la única en castellano de los últimos años, además de mostrar cómo algunas obras del diecinueve pueden seguir enganchando mucho cuando se las aligera, presenta la que quizá sea la niña-protagonista más atractiva y conmovedora de tantas novelas semejantes, y eso a pesar del que podríamos llamar «clasismo inconsciente» de fondo.

Pero de todos sus relatos, se considera el mejor y más duradero a El jardín secreto, una novela repleta de buenos sentimientos e ingenua fantasía, que Burnett redactó cuando estaba construyéndose un jardín para una nueva casa. Aunque la curación de Colin recuerda mucho la de Clara en la segunda parte de Heidi, la sencilla simpatía de Dickon, el joven hermano de Marta, y la evolución del carácter de Mary Lennox, acaban ganando al lector. Dejando al margen unas descripciones de la naturaleza algo barrocas y que pueden sonar exageradas, la historia lanza unas puntadas a la torpeza y los convencionalismos de los adultos, da un envoltorio sugerente al sueño de los niños de tener un lugar privado, y sobre todo acentúa cómo un entorno de amistad y de contacto con la naturaleza son decisivos para la madurez y el equilibrio de los chicos.
Una música lejana, unos ojos que nos miran

En medio del mar de ternura sentimental de El jardín secreto, se pueden encontrar párrafos como este: «Solo muy de vez en cuando se puede estar seguro de que se va a vivir para siempre jamás, y ésa es una de las curiosidades de la vida. A veces sucede cuando uno se levanta al amanecer, ese momento de meliflua solemnidad, y se sale al jardín y se queda uno allí quieto y solo; y se levanta mucho la mirada, más y más arriba, y se observa como muda de color el pálido cielo azul, sonrojándose, cómo va sucediendo lo insólito y lo maravilloso, hasta que el Oriente casi le hace a uno clamar, y el corazón parece que le cesara de latir ante la inexplicable, imperturbable majestad del sol naciente. Desde hace miles y miles de años, esto es lo que acontece cada mañana, y es entonces cuando durante un instante uno sabe que va a vivir siempre. Y también se sabe a veces cuando uno está solo en un bosque, a la hora del crepúsculo; y la misteriosa quietud de oro intenso que desciende inclinándose entre las ramas y bajo ellas, parece que nos dijera muy despacio, una y otra vez, algo que no se termina de entender, por más que se escuche. Y luego a veces nos lo confirma el inmenso sosiego de la oscuridad azul de la noche, en la que nos aguardan y observan millones de estrellas; y a veces nos lo dice una música lejana; y otras está escrito en unos ojos que nos miran».
Si fueras una princesa...

Cuando Sara es todavía la privilegiada del colegio, sufre la envidia de su compañera Lavinia, que una vez le dice públicamente:

«—Oh, sí, Su Alteza Real —dijo—. Somos princesas, ¿no es así? Al menos, una de nosotras dos lo es. El colegio va a hacerse famoso. La señorita Minchin tiene como alumna a una princesa.

Sara la miró como si fuera a pegarle. Sus ilusiones eran lo más importante de su vida y nunca hablaba de ellas a nadie, excepto a sus amigas. Aquello era un secreto y Lavinia lo estaba contando delante de toda la escuela. Sintió cómo le subía la sangre y sus mejillas enrojecían. “Si fueras una princesa no te enfadarías”, se dijo, y se quedó quieta unos segundos. Cuando empezó a hablar, su voz era serena.

—Es verdad —dijo—. A veces imagino que soy una princesa e intento comportarme como tal».

Y cuando Sara, ya caída en desgracia, es ridiculizada y maltratada, intenta conservar el mismo estilo:

«—Pase lo que pase —dijo—, si me comporto como una princesa lo seré en mi interior. Es fácil ser una princesa si voy vestida con ropas de oro, pero es un triunfo serlo si nadie lo sabe.

Este pensamiento la había consolado en un día amargo, y así vagó por la casa con una expresión en la cara que la señorita Minchin no podía entender. Eso provocó en la directora un estado de furia. Parecía que la niña viviera en su cabeza una vida que estaba por encima del resto del mundo. Era como si no oyera las cosas desagradables que le decían y, si las oía, no hacía caso.

“Una princesa debe ser amable”, se repetía Sara».

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