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Ficha del autor 'DODGE, Mary Mapes' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
DODGE, Mary Mapes
Escritora norteamericana. 1831–1905. Nació en Nueva York. Enviudó joven y, para sostener a sus hijos, empezó a escribir relatos infantiles con gran aceptación popular. Su consagración fue Los patines de plata, novela que aún hoy sigue siendo publicada y leída con gusto. Desde 1873 hasta su muerte fue directora de Saint Nicholas, una revista mensual para chicos. Gracias a que logró para ella colaboraciones de autores como ALCOTT, H. BURNETT, TWAIN, STEVENSON, KIPLING, LONDON y otros escritores famosos, elevó el listón de calidad de la literatura infantil norteamericana de su tiempo y puso buena parte de las bases para su desarrollo futuro. Falleció en Nueva York.

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Los patines de plata
(Hans Brinker or The Silver Skates, 1865)
Madrid: Gaviota, 1991; 235 pp.; col. Clásicos jóvenes Gaviota; trad. de Tradutex; ISBN: 84-392-8236-2.
Los datos de una edición en la red, a la que pertenece la ilustración de la derecha, son: Philadelphia: David McKay, 1918; ilust. de Maginet Wright Enright.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Vida diaria.
Holanda, finales del siglo XIX. La familia Brinker vive muy pobremente desde que, a raíz de un accidente, el padre quedó imposibilitado. Hans y Gretel, de quince y doce años, que ayudan todo lo que pueden a su madre, se ilusionan con ganar una carrera de patinaje cuyo premio son unos patines de plata, y en la que participarán unos chicos ricos, vecinos suyos, entre los cuales unos los miran bien y otros mal. Todo el grupo de chicos hace una larga excursión, patinando por canales helados, hasta llegar a casa de la hermana de uno de ellos. Entretanto, Hans logra que un famoso doctor, secretamente angustiado con la desaparición de su hijo años atrás según averiguaremos después, examine a su padre para intentar su curación.
Para combinar lo didáctico y lo atractivo, la autora se documentó con exactitud y logró amenas descripciones de muchos aspectos de la vida holandesa. Dibuja bien a los personajes, en especial a Hans y Gretel, de modo que los lectores se puedan identificar con ellos y se sientan estimulados por su comportamiento noble. Despierta y mantiene bien el interés de saber cómo se resolverá la carrera y qué ocurrirá con la enfermedad del padre de Hans y Gretel, aspecto este último en el que acaba cayendo en los recursos melodramáticos al uso.

Para los gustos de ahora resulta lento el tramo intermedio de la larga excursión por canales helados visitando diversas ciudades holandesas. Sin duda suceden cosas interesantes en esa expedición, pues los chicos pierden el dinero y lo recuperan, son asaltados por un ladrón al que acaban cogiendo, etc., pero es patente que se nos pretenden contar sucesos de la historia del país y mostrarnos lugares y costumbres. Y de ahí que, desde su primera edición, muchas veces se hayan hecho versiones abreviadas resumiendo esta parte del libro. De todos modos, Los patines de plata tiene altura literaria que asoma en aciertos descriptivos: «Los grandes molinos de viento que se ven por todo el país parecen manadas de enormes pájaros marinos que acaban de tomar tierra en medio de grandes aleteos». O que se aprecia en oportunas observaciones llenas de sentido: «Los lujos nos incapacitan para volver a las penalidades que hemos sabido sobrellevar tan bien en otras épocas». Por supuesto, sería de agradecer y facilitaría las cosas una edición con ilustraciones, por ejemplo de grabados de la época, que metiesen al lector en los ambientes por donde discurren las andanzas de los protagonistas.
No hay holandés sin pipa

No decepciona el esperado capítulo «La carrera». En él, después de situar al lector en el lugar donde se desarrollará, «un llano perfecto de hielo situado muy cerca de Ámsterdam, en un brazo inmenso del Zuider Zee», y antes de hacer vibrar al lector con las sucesivas carreras de niñas y niños, el narrador se fija en el público, en quiénes son y en cómo van vestidos hombres, mujeres y niños, aristócratas, ciudadanos, criados y campesinos... Y señala cómo «por todas partes podían verse mujeres altas y hombres achaparrados, niñas de rostros vivaces y jóvenes cuya expresión jamás se ensombrecía. Había como mínimo un representante de cada ciudad conocida de Holanda: vendedores de agua de Utrech, queseros de Gouda, alfareros de Delft, destiladores de Schiedam, cortadores de diamantes de Ámsterdam, comerciantes de Rotterdam, embaladores de arenques secos y dos pastores de Texel con los ojos somnolientos. Cada uno de los hombres llevaba su pipa y su bolsa de tabaco. Algunos llevaban lo que podríamos llamar como el instrumental completo del fumador, consistente en una pipa, tabaco, un punzón para limpiar el tubo, una redecilla de plata para proteger la cazoleta y una caja con los más resistentes fósforos de azufre vivo. Debéis recordar que un verdadero holandés rara vez prescinde de su pipa. Puede llegar a dejar de respirar por un instante, pero si ha olvidado su pipa es porque se está muriendo».

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