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SALARRUÉ
Seudónimo del escritor salvadoreño Salvador Salazar Arrué. 1899-1975. Nació en Sonsonate. Periodista, poeta, autor de numerosos relatos cortos sobre costumbres y modos de vida campesinos. Falleció en San Salvador.

Cuentos de cipotes
(1945)
San Salvador: Uca Editores, 1982, 4ª ed.; 148 pp.; col. Gavidia, serie Narrativa; ISBN: 84-8405-017-3. Existe otra edición, que incluye estos cuentos: Cuentos de barros, de cipotes y otras prosas; Madrid: Agencia Española de Cooperación Internacional, Ediciones de Cultura Hispánica, 1998; 432 pp.; ISBN: 84-7232-817-1.
18 años: lectores expertos.
Narrativa: Fantasía.
Singular colección de relatos, cuya extensión oscila entre quince líneas y página y media, que se considera hoy como un clásico de la literatura «sobre niños» («cipote» es un salvadoreñismo para niño). Su contenido es normalmente una anécdota, normalmente trivial y a veces humorística, que puede reflejar alguna preocupación del autor. El narrador es siempre un niño que mantiene una especie de monólogo consigo mismo, pues está convencido de que los adultos no tienen interés en lo que pueda contar y, por tanto, a la vez que usa modismos y resortes imaginativos propios de niño, no cuenta su historia según una estructura clara: hace digresiones contando cosas superfluas, hay redundancias innecesarias, a veces los finales son abruptos. A ese registro infantil oral propio de chico casi analfabeto, el autor le suma en ocasiones el de una persona culta, y funde las perspectivas del adulto que se hace niño y del niño que intenta comprender a los adultos.
Salarrué, un precursor del género del microcuento por sus textos breves irónicos y paródicos, comenzó a publicar estos relatos en 1928, los agrupó por primera vez en 1945, y los editó en su versión definitiva en 1961. No son cuentos, por tanto, que puedan encuadrarse ni en la literatura infantil ni en la indigenista, sino que se dirigen a un público adulto minoritario: Salarrué aborda el mundo del niño de un modo tierno y algo cómico; trata de poner por escrito una literatura oral pues sus relatos son apropiados para ser leídos en voz alta y con una entonación particular; intenta poner en claro una gramática de la fantasía infantil; usa juegos de palabras, vulgarismos, neologismos, cultismos y marcos de conocimiento que no se pueden atribuir al niño; y el uso recurrente de «Puesiesque» y «seacabuche» para comenzar y concluir el microcuento indica su voluntad de poner por escrito unos textos orales y de colocarlos en la tradición del género cuentístico.
Explica el chileno Fernando ALEGRÍA que «los Cuentos de cipotes son historias de niños para que las oiga el hombre, para que se maraville, sonría y piense. Nadie ha captado tan esencialmente el alma de los niños de su pueblo como Salarrué. La captó en el barro tosco de la palabra criolla. Quien no conoce el habla salvadoreña se queda a medio camino en estos cuentos. De nada sirven los glosarios. Es una obra maestra destinada a permanecer secreta. Salarrué sabe que su mejor obra vive en el sol, en la arcilla y la montaña de su patria. Y en ninguna parte. Allí florece y allí hay que ir a buscarla».
El cuento del cuento que contaron

He aquí un ejemplo del particularísimo lenguaje de Salarrué, para el que cualquier lector, incluso de su propio país, puede necesitar un glosario.
«Puesiesque Mulín, Cofia, Chepete y la Culachita se sentaron y dijeron: "Contemos cuentos debajo desta carreta". "Sí", dijeron, "contemos". Y entonce Chepete dijo: "Yo se uno bien arrechito". "Contalo, pué", le dijeron. Y él entonces lo contó y dijo: "Puesiesque un día, ya bien de noche, venía un tren y al yegar a una sombra de un palón, siasustó la máquina y se descarriló sin sentir a quioras, y se jue caminando por un montarral hasta que ya nuguantó, porquiba descalza, y se paró debajo de unos palencos de la montaña. Y los maquinistas dijeron: "¡Dejemos aquí esta papada vieja, que tanto que pesa!" Y la dejaron, y creció el monte con el tiempo. Y un día la hayaron ayí los micos y se encaramaron en ella y pensaron: "¿Qué será?" Y un mico jaló la pita de la campana y ¡talán, glán, glán! sonó. Y salieron virados por los palos y diay regresaron y la golvieron a sonar hasta que ya no les dio miedo. Entonce con unos martiyos se pusieron a sonar la campana y toda la máquina, hasta que le sacaron chispas y se golvió a prender la leña y empezó a calentarse: ¡fruca, fruca, fruca!... Y un mico jaló el pito y ¡pú-pú!, pitó y salió a toda virazón otragüelta, hasta que se les quitó el miedo y se pusieron a meterle leña y leña, pero como la máquina no tenía ya agua, cuando le jalaron la palanca, se tiró corcoviando por un camino y reventó ¡¡pom!! y todos los micos volaron por el aigre y se quedaron prendidos de las colas en las ramas más altas de los palos". Entonce la Culachita le dijo: "Golvelo a decir". Y Chepete le dijo: "Güeno". Y golvió a comenzar y siacabuche».
Bibliografía:
Javier de Navascués. El microcuento en Salarrué. Revista RILCE 16.3, 2000.

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