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Ficha del autor 'GREY, Zane' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
GREY, Zane
Escritor norteamericano. 1872-1939. Nació en Zanesville, Ohio. Fue periodista, cazador, pescador, acompañante de caravanas. Su primera novela fue La heroína de Fort-Henry (Betty Zane, 1904). La segunda fue El espíritu de la frontera: con ella obtuvo un gran éxito que le animó a dedicarse por entero a escribir. Falleció en Altadena, California.

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El espíritu de la frontera
(The Spirit of the Border, 1908)
Barcelona: Juventud, 1996; 364 pp.; col. Universal; trad. de José Fernández; ISBN: 84-261-2923-4.
A la derecha, portada de una edición en inglés, de 2009, de la Trilogía de la frontera, ISBN-13: 978-0765320117. Como de otros libros del autor, de este también hay edición en la red, en inglés.
15 años: lectores jóvenes.
Narrativa: Aventura.
1777. Una caravana se dirige hacia la Villa de la Paz, una misión evangelizadora en medio de una región habitada por indios delawares, shawnis y hurones, «a pocas millas de los enormes montes Apalaches». Los peligros no terminan cuando alcanzan su destino. Joe Downs, un joven expedicionario, se une a Wetzel, el cazador, «amado por los colonizadores, respetado y temido por los indios y odiado por los renegados». Sin hombres así, nos explica el autor en el prólogo, los colonizadores «hubiesen necesitado muchos más años para civilizar aquellas regiones».
Sin la originalidad de Fenimore COOPER, Zane Grey es un gran cantor de la conquista del Oeste y del asentamiento de los colonizadores. En tramas normalmente sencillas, sus héroes son buscadores de oro, cazadores, exploradores, hombres de las praderas, aventureros que salvan jovencitas en peligro. Son siempre leales, generosos, veraces, sacrificados, nobles, luchadores incansables por la justicia. Y se suelen mover en grandes escenarios, densas selvas, territorios inmensos atravesados por caravanas repletas de gente de buena voluntad... Grey emplea un tono épico para elogiar sin restricciones «el espíritu del colonizador». Cuando un colono ve construir una nueva cabaña reflexiona que aquél era «un nuevo hogar, otro paso hacia la conquista de las selvas, en holocausto de lo cual esos hombres y mujeres valientes sacrificaban sus vidas. En las miradas alegres de los niños, que batían palmas cada vez que se colocaba un tronco, Joe vio el progreso, la marcha de la civilización».

Hay que decir en favor de Grey que, por más que hable continuamente de los «salvajes» a los que hay que «domar y civilizar», o por más que presente de modo positivo a un personaje tan terrible como el cazador de indios, también reconoce la realidad: «Los indios tenían, en efecto, sobrados motivos para odiar a los colonizadores. Raras veces los blancos habían pensado en los derechos del piel roja. Los colonizadores avanzaban constantemente, arando los campos con el fusil en la mano, considerando al indio poco menos que como animal, al que era más fácil matar que civilizar [...]. De ser dueños absolutos de los bosques y de las ilimitadas llanuras, pasaron a ser fugitivos en su propio país. No era pues de extrañar que se convirtiesen en enemigos crueles los que antes habían sido todo bondad y honradez».

El valor costumbrista de las obras de Grey se resiente del romanticismo azucarado de las historias amorosas. Pero algunas veces sí expresa con brío la dureza de aquella vida. Así, John Christy, cuya novia mataron los chippewas en una incursión, no deja de aleccionar al joven misionero: «El que vive en la frontera tiene que elegir entre sucumbir o abrirse paso matando. Verter sangre es inevitable; si no es la de usted es la del enemigo. El colonizador va del arado a la lucha [...]. Esta generación, si sobrevive, jamás verá la prosperidad ni la dicha».
El instinto de los bosques

El personaje central de El espíritu de la frontera es Wetzel, el cazador de indios, a quien se describe «recto como un roble», «para poder entrar por aquella puerta tendría que entrar de lado, tan anchos son sus hombros; pero es veloz y ligero como un corzo. En cuanto a sus ojos... casi no es posible resistir su mirada». El narrador señala que «era muy cuidadoso con su rifle, muy limpio en su persona; cepillaba siempre su traje de piel de ante, pulía con atención su cuchillo y el hacha, pero la mayor atención la dedicaba a su cabello [...]. Si se hubiese cortado el pelo hubiese parecido que temía a los indios, porque aquella cabellera abundante la habían codiciado los salvajes desde hacía mucho tiempo [...] y era tema favorito de las proezas que se prometían realizar los salvajes con él». Wetzel posee «el instinto de los bosques», esa cualidad «que hace que el indio se halle tan en su casa en la selva como en su tienda, [...] una visión de máxima grandeza, perfectamente familiar, aguda, con todas las criaturas, árboles, rocas, arbustos y demás cosas que eran parte integrante de la selva; una vista rápida para poder advertir instantáneamente el más leve cambio [...] y descubrir todo lo que no era natural del ambiente». Como si adivinara el futuro, Grey compondrá escenas cinematográficas de su héroe: algunas noches tardará en dormir y continuará «fumando lentamente en la oscuridad cada vez más profunda. La noche era muy quieta; los pájaros habían cesado de cantar; el viento se había calmado; aún era demasiado temprano para percibir los aullidos del lobo, el quejido de la pantera, el ulular del búho».

Wetzel es el perfecto maestro para su joven acompañante en el comportamiento correcto de un genuino cazador: «Muchacho, no mates por el placer de matar. Tenemos suficiente carne de venado y no nos hace falta más». Pero añade (el narrador no nos dice si con una sonrisa o con total ingenuidad), «vamos a ver si logramos cazar un búfalo, porque tengo ganas de comer un buen bistec». Le indica cómo actuar cuando hay peligro: «Nunca debes darte prisa si el asunto no lo requiere, pero si hace falta rapidez debes proceder con la celeridad de un relámpago». Porque conocemos al verdadero Wetzel cuando entra en acción: entonces «no produce más ruido que una pantera», es capaz de «avanzar con paso suave como un gato» y, a la vez, es «rápido como el águila, fuerte como el roble, astuto como el zorro y no conoce el cansancio». Cuando se ve descubierto por algún error ajeno, obra «con el juicio infalible y la rapidez del que está familiarizado con situaciones peligrosas». Alguna vez comete un fallo: un resbalón inoportuno facilitará que lo capturen y lo lleven al poblado indio. Allí «el cazador fue atado a un árbol y dejado allí para que todo el mundo pudiese contemplarlo. Los niños pasaban temerosos, los jóvenes indios miraban largamente al gran enemigo de su raza, los guerreros pasaban en silencio»...

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