Las ilustraciones de Shulevitz son acuarelas realistas y sugerentes, aparentemente sencillas pero siempre sutiles: dicen más de lo que a primera vista se ve. En los tres casos están muy bien resueltas las secuencias de imágenes con las que se cuentan los argumentos: el autor sostiene que los álbumes deben pensarse a partir de las imágenes y no a partir de la narración con palabras.
La historia de
El tesoro, que tiene visualmente unos inequívocos aires judío-centroeuropeos, está basada en un viejo cuento popular inglés que recuerda que con frecuencia los mejores tesoros los tenemos tan cerca que no los vemos. Las ilustraciones van recuadradas y los textos van con frecuencia en medio de la página en blanco.
Snow transmite la magia y el sentido de maravilla que hay en la mirada de un niño, al modo en que lo hacen los primeros álbumes de
Sendak o
Un día de nieve, de
Ezra Jack Keats. Además, el triunfo final del niño sobre las profecías adultas le da una gran conexión con el lector pequeño. Las ilustraciones buscan y consiguen transmitir la transformación silenciosa de un mundo que va pasando del gris al blanco.
Cómo aprendí geografía está dentro de la tendencia de no pocos ilustradores actuales a convertir sus vidas en historias autobiográficas pero, dentro de su seriedad y en contraste con muchas, esta tiene una decidida orientación hacia el lector niño. Si para el niño protagonista el mapa fue como una forma de viajar a otros mundos, y eso se revela en que los marcos de algunas ilustraciones desaparecen, para el niño lector el álbum puede ser también como una llave que le abra puertas a mundos desconocidos. Al final hay una explicación del autor sobre lo que se cuenta en el álbum.