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Ficha del autor 'TARKINGTON, Booth' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
TARKINGTON, Booth
Escritor norteamericano. 1869-1946. Nació y murió en Indianápolis. Escritor de fama: sus libros estuvieron con frecuencia entre los más vendidos, ganó dos veces el Premio Pulitzer. Fue diputado un breve tiempo.

De la piel del diablo
(Penrod, 1914)
Valladolid: Miñón, 1986; 283 pp.; col. Rumbos; prólogo y notas de Juan M. San Miguel; trad. de E. Martínez Amador, revisada por Juan M. San Miguel; ISBN: 84-355-0782-3; agotado. Este libro tiene 28 capítulos y los originales, de 31 y 24 respectivamente, son los dos primeros de una trilogía compuesta por Penrod (1914), Penrod and Sam (1916) y Penrod Jashber (1929). Está disponible en la red la edición original de Penrod y de Penrod y Sam.
12 años: lectores adolescentes.
Narrativa: Vida diaria.
Pequeña ciudad estadounidense, a comienzos de siglo. Episodios de vida cotidiana protagonizados por Penrod Schofield, un chico entre once y doce años, imprevisible e impulsivo, tímido y audaz; y su amigo Sam Williams, que normalmente se deja llevar pero que a veces se irrita y pelea, dialéctica y físicamente, con Penrod. El narrador nos dirá que «los padres, tutores, tías, tíos, institutrices, doncellas, cocineras, mecánicos, y cocheros de los alumnos [...] compartían ciertas teorías comunes, entre las más firmes y arraigadas de las cuales figuraba la que declaraba a Jorgito Basset “el Mejor Muchacho de la Ciudad”. Por el contrario, el desdichado Penrod [...] había obtenido definitivamente el título de “el Peor Muchacho de la Ciudad”. Es imposible calcular hasta qué punto su reputación era producto de sus propias energías».
Los libros de Penrod se sitúan en la tradición de relatos protagonizados por «niños malos», cuyo principal representante y modelo fue Tom Sawyer, de Mark TWAIN, en la literatura norteamericana, y cuyo descendiente más famoso, en la literatura inglesa, fue Guillermo, de Richmal CROMPTON.

Con estilo fácil y un humor irónico con referencias cultas dirigidas al lector maduro, Tarkington dibuja un chico travieso propio de la época y que, aunque tenga una mente y viva en unos ambientes tan distintos a los de hoy, tiene un mundo interior y unas inquietudes que se pueden considerar universales. Tal vez una de las mejores cosas sean las disquisiciones que a veces hace el narrador acerca de las ansiedades y los resortes mentales propios de los chicos. Cada uno de los episodios se cuenta en varios capítulos sucesivos. Unos tienen que ver con la atractiva Marjorie Jones, con quien Penrod desea ir a las fiestas de cumpleaños o a los bailes que organiza el colegio pero que siempre parece optar por otros chicos. Otros tienen que ver con las interferencias de Penrod en los noviazgos de su hermana. Varios tienen como personajes secundarios a distintos amigos o compañeros de Penrod y de Sam, que comparten juegos con ellos o que son objeto de sus bromas. Algunos hablan de aficiones pasajeras de Penrod, como su deseo de tener una pistola o sus ansias de tocar en una banda de música. Con frecuencia, como es habitual en estas historias, las cosas acaban resolviéndose de forma inesperada para sus protagonistas. En un tiempo en que los niños eran obligados a comportarse como adultitos, las travesuras que se cuentan se dirigían a romper moldes educativos muy rígidos.

Estos relatos fueron muy populares durante décadas pero, a pesar de su fuerte carga de crítica social y de su nivel literario, muy superiores a lo habitual en el género, y a pesar también de ser relatos que provocan la carcajada no pocas veces, hoy son rechazados debido a su fuerte incorrección política para los estándares educativos actuales, y debido, sobre todo, a los comentarios y escenas que parecen reflejar un racismo subyacente (a mí me parece que normalmente no es así, aunque algunas veces sí). Por un lado, el sentido del humor puede irritar a quien no comprenda que es el propio de su tiempo, es decir, muy masculino: el narrador presenta bien la forma de ser de los niños, frente a las formas de actuar más formales y más delicadas de las niñas y de las mujeres que rodean a Penrod. En lo que se refiere al racismo, el narrador usa términos que hoy se consideran ofensivos —como nigger o coloured—; hace comentarios al paso, propios del lugar y de la época, donde se nota la desconfianza de la gente hacia los negros o donde se trasluce una cierta condescendencia; y en los episodios donde aparecen dos chicos negros amigos de los protagonistas, que juegan a escondidas con ellos sin saberlo los padres de ninguno, también hay referencias que intentan ser elogiosas pero suenan insultantes —por ejemplo, un chico grande y abusón que tiene intimidados a Penrod y a Sam, sin embargo no causa ningún temor a los dos chicos pequeños negros, que pelean con él y lo vencen, como era de esperar, nos indica el narrador, de unos remotos descendientes de «Congo man-eaters»—.
Otra novela: La edad ingrata.

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