Este sitio emplea cookies de Google para prestar sus servicios, para personalizar anuncios y para analizar el tráfico. Google recibe información sobre su uso de este sitio web. Si utiliza este sitio web, se sobreentiende que acepta el uso de cookies. Entendido | Más información
Ficha del autor 'BRYCE ECHENIQUE, Alfredo' :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
BRYCE ECHENIQUE, Alfredo
Escritor peruano. 1939-. Nació en Lima. Después de obtener los títulos de abogado y doctor en Letras, se trasladó a París. Fue profesor de Literatura en Montpellier. Se trasladó a España en 1984. Regresó a Perú en 1999.

BryceJulius.JPG
Un mundo para Julius
(1970)
Barcelona: Anagrama, 2003, 2ª impr.; 480 pp.; col. Compactos; ISBN: 84-339-6695-2. Otra edición en Madrid: Cátedra, 1993; 640 pp.; col. Letras hispánicas; ISBN: 978-8437611914.
18 años: lectores expertos.
Narrativa: Vida diaria.
Varios años de la vida de Julius, el hijo pequeño de una familia muy adinerada de Lima. Al comienzo muere su padre, y poco después muere Cinthia, su hermana un año mayor, a la que Julius estaba muy unido. Su madre se casa de nuevo con Juan Lucas, un millonario golfista (en los dos sentidos), y, cuando deciden abandonar su palacio y construirse una casa nueva, despiden a parte de la servidumbre, los únicos por los que Julius siente verdadero afecto. Julius empieza entonces la escuela, su hermano mayor Santiago se marcha a una universidad de Estados Unidos, su hermano Bobby se desmadra completamente. La novela termina cuando Julius tiene once años y han sucedido ya las suficientes cosas para poder afirmar que la inocencia de su infancia ha llegado a su fin.
Novela dividida en cuatro grandes secciones: El palacio original, El colegio, Country Club, Los grandes retornos. Cada una de ellas tiene varios epígrafes también muy amplios. Y, dentro de cada uno, larguísimos párrafos sin puntos donde todo se yuxtapone y mezcla, que producen la impresión de cercanía propia de una narración oral impregnada de ironía, que facilitan descripciones en las que tiempos y espacios se condensan, y que permiten la transición fluida a escenas en las que la imaginación de Julius inunda la realidad. La perspectiva más habitual del narrador es la de Julius, que se subraya nombrando las cosas con los diminutivos de los niños —edificiotes, camota...—; pero a veces se añaden escenas o momentos desde la visión de otros personajes: su madre Susan, su «tío» Juan Lucas, su hermano Bobby, algunos sirvientes...

Las situaciones, que se describen con acentos irónico-compasivos al referirse a Julius o sarcásticos sin aspereza excesiva para personajes como Juan Lucas, componen un retrato demoledor de la enorme diferencia de clases en la sociedad limeña y de la penosa educación sentimental del inteligente y sensible Julius. El lenguaje emplea muchas palabras de jerga local junto con expresiones inglesas esnobs de clase alta, recurre a los apodos con los que son conocidos los personajes o que han sido asignados por el narrador, y contiene muchas expresiones coloquiales directas de gran eficacia expresiva (a unos obreros de la construcción sus mujeres les llevan el almuerzo en «atados conteniendo comida seguro pésima»).

Aunque, a mi juicio, el estilo del autor no es el más apropiado para describir el dolor y la tragedia de un niño, no hay duda de su eficacia. Véase la descripción externa de Bryce para mostrar qué trágica resulta una educación frívola: «Es tan bonito que el hijo menor toque el piano o sea pintor y lo vistes elegantísimo y le da un inmenso encanto a la casa, mira Juan lo bonito que es ver a Julius sentado en su piano, ya poco a poco le irá pasando pero por ahora es graciosísimo, no lo puedes negar, darling», palabras de su madre, poco más que una muñeca tonta. Y estando en sus manos y en las de su chulesco y clasista padrastro, y viendo a su alocado hermano Bobby de burdel en burdel e incapaz de controlarse, y faltándole la referencia-barrera que era su hermanita muerta Cinthia (como la Phoebe de Holden Cauldfield en El guardián entre el centeno), ¿qué se podrá esperar de Julius? El narrador termina señalando que Julius supera los instantes de intenso sufrimiento que se producen cuando intuye lo que no quiere saber: «Pero el momento en que Julius le ganó la partida al momento se parecía más bien a una situación en la que, por ejemplo, un hombre que no tarda en cortarse las venas te entrega el cortaplumas diciéndote: “ténmelo un ratito, por favor, ahorita vuelvo por él”».
Incomodísima la situación

Véase un ejemplo del estilo de la novela, de la clase de educación que recibe Julius, y del humor mordaz que gasta el narrador. Cuando regresan de un viaje a Madrid, Juan Lucas y Susan encuentran que Bobby ha estrellado la furgoneta y le había vaciado los frenos al Mercedes. Carlos, el chofer, va a buscarles al aeropuerto en el Jaguar, y como éste es pequeño, ellos vuelven a casa en el Jaguar y Carlos en un taxi con las maletas. Ya en casa, Juan Lucas «le preguntó (a Julius) si tenía alguna queja que darle sobre la conducta de su hermano Bobby. Julius le dijo que ninguna y el golfista celebró eso porque sólo los mariconcitos, los tontos pollas y los cipotes se quejaban de sus hermanos o de sus amigos. “Acusar es de gilipollas”, agregó, encantado con las expresiones tan españolas que había recuperado para su vocabulario. Carlos apareció en ese instante cargando algunas maletas que se había traído en el taxi, y Juan Lucas le dijo que cómo así le había dado las llaves del Mercedes a Bobby, que si no había tenido suficiente con estrellar la camioneta. Carlos se arrancó con tremenda explicación: que al niño quién lo va a parar cuando quiere algo, que él sólo se había quedado con las llaves de la camioneta, que seguro las del Mercedes las encontró el niño en la suite, etc. Julius, que seguía la escena con gran atención, le dijo que parara ya de acusar porque tío Juan les llamaba maricones y tontos pollas a los que acusan. Juan Lucas maldijo la hora en que conoció a Julius, y Carlos, que era muy criollo y algo sabía del derecho de huelga y eso, se debatió entre el señor aceptará mi renuncia, una mentada de madre, vamos afuera y aquí está usted en lo suyo pero vamos respetando. Incomodísima la situación, felizmente Carlos miró a Julius y sintió respeto por el padrastro del niño y se tragó su amargura, pero desde ahora en adelante él era el chofer de la señora y punto, yo no le aguanto pulgas a nadie, vamos respetando. Dejó las maletas en el lugar que Juan Lucas le ordenó y se marchó a fumar donde la atmósfera esté menos cargada. Lo malo es que Juan Lucas hacía rato que se estaba cagando en él, aunque no en Julius: tal vez no hayas salido mariconcito, felizmente, pero te pareces a la lora de los cuentos, todo tienes que repetirlo...»
Cuando te ibas sobradísimo

Bryce ofrece memorables descripciones de vida escolar. Una de ellas es cuando Julius comienza un nuevo curso: «Al entrar al colegio, Julius tuvo la sensación de que sus pies pisaban más abajo. Primero pensó que a lo mejor se iba a desmayar, pero luego, al detenerse en esa sensación, empezó a comprender que había crecido. Estaba en tercero de primaria, era un grande en el colegio, por eso el cemento del piso estaba ahora más lejos de su vista y el local le parecía más pequeño, soy un grande. Era siempre un enorme local pero todo parecía estar como más al alcance de su mano, todo era más fácil este año y aunque las ventanas seguían siendo inmensas, tal vez las más grandes que había visto en su vida, ya nunca podrían tragárselo, ya nunca serían tan grandes como antes. Extraña sensación, más extraña ahora que miraba a todos los chicos y a todos los conocía o eran los bebitos esos que llegan por primera vez, ya ni aprendería sus nombres y los demás no lograrían nunca asustarlo».

Otra descripción, relativa a las rivalidades entre chicos a causa de un chico nuevo: «La vida se complicaba por culpa de Fernandito, antes la cosa era más sencilla: chócala pa´la salida, pisa la salivita, a ver métete pues mariconcito, y luego tremendo catchascán y el asunto terminaba cuando tú decías me rindo o te quedabas triste por un par de días para toda la vida o, cuando con más suerte, escuchabas al acogotado de abajo decir suelta ya o me rindo y te ibas sobradísimo, te quedabas así por varios días hasta que venía Espejo Roto a comunicarte que en el pueblo vecino había uno que disparaba más rápido que tú y el proceso se repetía con los mismos riesgos y ventajas. Con Fernandito la cosa era definitivamente más complicada».

Enviar Imprimir

publicidad   política de privacidad   aviso legal   desarrollo