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Notas de octubre de 2016 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 1 de octubre de 2016

Algunos aforismos literarios del agridulce Diario de Jules Renard:

—«La verdad no siempre es el arte. El arte no es siempre la verdad, pero la verdad y el arte tienen puntos de contacto: yo los busco».

—«Conozco el punto exacto en que la literatura pierde pie y ya no toca el fondo de la vida».

—«Las palabras no deben ser más que el traje hecho a medida del pensamiento».

—«Para triunfar hay que escribir inmundicias o bien obras maestras. ¿De qué se siente usted más capaz?»

—«Ya puedes escribir pocos libros: la gente persiste en no conocerlos todos».

—«Un escritor solo tiene que ser escritor. Lo demás es literatura».

—«Hombre sin corazón, que sólo ha tenido emociones literarias».

—«Escribir es una forma de hablar sin que te interrumpan».

—«Recientemente una obra suya ha sido prohibida por el público».

—«Me felicitan por no escribir demasiado. Pronto me felicitarán por no escribir nada».

—«Sobre un fondo de hostilidad, todos los detalles adquieren relieve».

—«La justicia no existe: existe nuestro gusto y nuestro humor. Lo que tiene que hacer el crítico es formarse un gusto y controlar su humor».

—«Un crítico es un poco como un soldado que dispara contra su regimiento, o que se pasa al enemigo, el público».

Jules Renard. Diario: 1887-1910 (Journal : 1897-1910, 1925). Barcelona: Grijalbo Mondadori, 1998; 243 pp.; selección y edición de Josep Massot e Ignacio Vidal-Folch; trad. de Ignacio Vidal-Folch; introd. de Josep Massot; ISBN: 84-397-0265-5. Nueva edición en Debolsillo, 2009; 304 pp.; ISBN: 978-8483467084. [Vista del libro en amazon.es]

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DeneviRosaura.jpg
viernes, 30 de septiembre de 2016

Después de La dama de blanco y La piedra lunar, también volví a leer otra novela de intriga estructurada de modo semejante a las de Wilkie Collins: la excelente Rosaura a las diez, del argentino Marco Denevi.

En ella, como si fueran las declaraciones en una investigación policial, cuatro personajes hablan de lo que saben acerca de la muerte de una chica llamada Rosaura. Empieza con un largo monólogo de doña Milagros, la dicharachera patrona de la pensión donde se aloja el supuesto homicida, el pusilánime pintor Camilo Canegato. Continúa con las pedantes observaciones que, a las preguntas que se le han hecho, da el estudiante David Réguel, un huésped de la misma pensión que no puede soportar a Canegato. Viene luego el testimonio de Canegato en forma de diálogo con el inspector Julián Baigorri. El cuarto testimonio es el de otra huésped que no se lleva nada bien con la patrona, la señora Eufrasia Lagarto, pero que viene formulado y resumido por alguien en tercera persona. Y, por último, se ofrece una carta inconclusa de la misma Rosaura.

La estructura tan inteligente de la novela y el atractivo de cada una de las voces narrativas sostienen la trama policial. Al final, tanto el andamiaje constructivo como la singularidad de los personajes —sus puntos de vista tan distintos, acentuados por las rivalidades que mantienen entre sí; y sus modos de hablar, unos coloquiales y otros pedantes—, pesan más en el ánimo del lector que los deseos de saber cómo pudo suceder el asesinato que se investiga.

A quienes conocen el famoso microcuento de Augusto Monterroso —«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí», publicado en 1959— les gustará saber que Canegato, al contar su historia y hablar de que había aparecido el cadáver de Rosaura en su habitación, se pregunta que por qué tal cosa le compromete: «¿Qué culpa tengo yo de que haya aparecido el cadáver? Cuando desperté el cadáver ya estaba allí. Si usted sueña que se robaba cien mil pesos, y cuando despierta ve que hay cien mil pesos debajo de su almohada, ¿qué culpa tiene? ¿Lo van a meter preso por eso? ¿Lo van a condenar por ladrón?».

Marco Denevi. Rosaura a las diez (1955). Madrid: Alianza, 1993; 232 pp.; col. El Libro De Bolsillo; ISBN: 978-8420606361. [Vista del libro en amazon.es]

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LaFontaineFabulas.jpg
jueves, 29 de septiembre de 2016
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PratchettDragones.jpg
miércoles, 28 de septiembre de 2016

Los dragones del castillo ruinoso y otros cuentos alocados, de Terry Pratchett, contiene catorce historias escritas y publicadas por el autor cuando era joven, aunque fueron algo corregidas para esta recopilación. Son relatos más bien infantiles o juveniles y tienen el tono bromista y el humor desenfadado típico del Pratchett más popular.

Por ejemplo, hay dos textos titulados «Relatos del pueblo de la Alfombra» y «Otro relato del Pueblo de la Alfombra», que son como una versión menor de El éxodo de los gnomos: en el primero sus protagonistas son los habitantes del pueblo de la Cerilla Caída y están preparándose para partir, pues «la Alfombra se estaba deshilachando»; en el segundo, un audaz explorador llamado Cristóbal Pilajo propone una expedición hacia el Felpudo.

Hay relatos, también, de caballeros arturianos venidos a menos, como el que da título a la recopilación, o de curiosos príncipes de cuentos de hadas como «Edwo, el caballero pelmazo», un sabelotodo insufrible al que le regalan una bota de tres leguas y media, es decir, la mitad de un par de botas de siete leguas, que lógicamente hay que usar a la pata coja.

Uno de los que me ha hecho más gracia ha sido «Hércules la Tortuga», un animal que siempre piensa y habla en mayúsculas, y al que cuando le preguntan por qué lo hace responde con un simple «Lo Hacemos Todas las Tortugas (…). Es Tradicional. Ya Sabes». Otro es «Dok el cavernícola», un tipo que —como el protagonista de Gruñón y el mamut peludo— va inventando incansablemente todo tipo de cosas: la rueda, la barca, el fuego, la calefacción central…, aunque todos los inventos le salen mal.

Terry Pratchett. Los dragones del castillo ruinoso (Dragons at Crumbling Castle and Other Stories, 2014). Barcelona: Montena, 2016; 319 pp.; trad. de Manuel Viciano; ISBN: 978-84-9043-567-0. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 27 de septiembre de 2016

La versión ilustrada por Roberto Innocenti de Cenicienta, de Charles Perrault, es uno de esos libros ilustrados que no había comentado aquí pero que recomiendo siempre que se me presenta la oportunidad. El ilustrador italiano ambienta sus imágenes en los años veinte y las planifica con cuidado. Abre la historia con varias ilustraciones que actúan como un zoom que nos mete de lleno en los ambientes del relato y nos presenta del modo más natural a los personajes; elige muy bien qué momentos de la historia llevarán imágenes para cubrir todo el arco argumental, y también la amplía más allá de lo que cuentan las palabras: añade personajes, coloca detalles de interés en cada ilustración y prolonga la historia con las imágenes de cierre del libro. Luego, es magistral cómo, en el interior de cada ilustración, cuenta varias cosas, gracias al uso de los fueras de campo internos —las cosas que ocurren al fondo de una imagen donde, al menos en principio, uno no se fija—, y gracias al uso de los fueras de campo externos —las cosas que no se ven pero que originan lo que se ve o impulsan la curiosidad del espectador hacia delante—. En esta reseña de hace tiempo hay algunos comentarios más y varias ilustraciones.

Charles Perrault. Cenicienta (Cendrillon, 1697). Texto de Charles Perrault. Madrid: SM, 2012; 30 pp.; ilust. de Roberto Innocenti en 1983; trad. de Luis Alberto de Cuenca; ISBN: 978-84-675-5720-6. [Vista del libro en amazon.es]

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MelvinCuentaP2.jpg
lunes, 26 de septiembre de 2016

Cuenta los pájaros, de Alice Melvin, es un libro de números, de uno a veinte. En distintas escenas, que a veces van en una doble página y a veces en páginas simples, van apareciendo un gallo, dos loros, tres patos, cuatro crías, cinco pájaros de tela, etc. Cada imagen se presenta con unos pocos versos que, aunque no conozco los originales, se adivina que suenan muy diferente a los originales ingleses. Las ilustraciones tienen calidad, son graciosas y, algunas al menos, recuerdan las de Pat Hutchins.

Alice Melvin. Cuenta los pájaros (Counting birds, 2009). Barcelona: Corimbo, 2016; 32 pp.; trad. de Ana Galán; ISBN: 978-84-8470-539-0. [Vista del álbum en amazon.es]

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ItinerariosLectoresBF2.jpg
sábado, 24 de septiembre de 2016

Acabo de poner en Amazon, de momento solo en Amazon, una segunda edición de Itinerarios lectores.

En ella he rectificado algunas cosas de la primera y he ampliado algunas secciones con libros publicados en los últimos años. Además, he corregido bastantes cosas pequeñas de redacción y he añadido nuevas observaciones y referencias.

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viernes, 23 de septiembre de 2016

Una novela cuyo argumento es deudor de Los europeos es La edad de la inocencia, de Edith Wharton. Se suele presentar como un relato que ataca las convenciones sociales rígidas de la época que describe, y que fustiga la hipocresía de algunas actitudes, en especial las que permiten a los hombres comportamientos que, de ninguna manera, se permitían a las mujeres. Pero es más que eso.

Nueva York, hacia 1870. El joven abogado Newland Archer está prometido en matrimonio con May Welland, cuando vuelve a la ciudad la condesa Ellen Olenska, una prima de May que abandonó a su marido, un noble polaco, situación que acepta la familia Welland aunque de ninguna manera desean que se divorcie. Newland se casa con May pero termina enamorándose de Ellen e incluso está dispuesto a huir con ella. Pero, al final, todo queda como estaba, principalmente debido al deseo de Ellen de no hacer daño a May y a su matrimonio.

La novela es un formidable retrato detallista de los modos de vivir de la época y del ambiente tan particular de las familias de clase muy alta de Nueva York. El título se refiere a la suavidad aparentemente inocente de los modos externos en ese ambiente que, sin embargo, es de una dureza inexorable cuando llega el momento de imponer sus leyes. Es el comportamiento de «una gente que temía el escándalo más que la enfermedad, que valoraba más la decencia que el coraje y que consideraba que nada era de peor educación que una “escena”, salvo el comportamiento de quienes la provocaron».

El núcleo de la crítica social que hace la novela se dirige contra la opinión de la madre de Newland, común en su sociedad, de que «cuando “pasan estas cosas”, el hombre ha hecho sin duda una tontería, pero la mujer ha cometido un delito». De hecho, la novela se centra en cómo Archer acaba viéndose a sí mismo frente «al temido argumento del caso particular. Ellen Olenska no era como ninguna otra mujer, él no era como ningún otro hombre; y por consiguiente su situación no se parecía a ninguna otra, y no respondían ante más tribunal que el de su propio juicio». Pero, al final, si su comportamiento no es igual de canalla que el de los amigos suyos a los que tanto había criticado, es gracias a su mujer y a Ellen, que se acaban comportando con notable inteligencia y altura de miras. O, dicho de otro modo, y frente a cualquier visión de la realidad en blanco y negro: si las convenciones sociales pueden ser una tapadera para la hipocresía, también pueden contribuir a que la pasión no tome el mando y al final impere la sensatez.

Edith Wharton. La edad de la inocencia (The Age of Inocence, 1920). Barcelona: RBA, 1994; 224 pp.; col. Obras Maestras de la Literatura Contemporánea; trad. de Manuel Sáenz de Heredia; ISBN: 84-473-0646-1. Otra edición en Barcelona: Tusquets, 1995; 304 pp.; col. Fábula; ISBN: 978-8472238626. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 22 de septiembre de 2016

Otra novela clásica que no había leído hasta este verano pasado: Eugenia Grandet, la novela más popular de Honoré de Balzac. Forma parte de La comedia humana, pero es una narración completa en sí misma, y se suele decir que, después de El avaro, de Molière, en ella figura el avaro más famoso de la literatura.

Se sitúa en la época de la restauración borbónica y se centra en el tío Grandet, un bodeguero provinciano que se hace muy rico gracias a su habilidad y a su dureza. Vive con su mujer, su hija Eugenia, y una fidelísima criada. Eugenia es una chica que vive recluida e ignorante de los manejos de su padre, y que tiene varios pretendientes que buscan, tanto ellos como sus familias, acceder a su futura fortuna. Ella no les hace mucho caso hasta que, un día, llega a su casa, desde París, su primo Charles y ambos se enamoran. Pero, debido a las noticias que le llegan acerca del padre de Charles, el tío Grandet se opone rotundamente a la relación y a cualquier futuro compromiso.

Los dos primeros tercios de la narración muestran el aumento progresivo de la avaricia, y de la habilidad sin escrúpulos para los negocios, de Grandet. Así, al principio se habla de que «financieramente hablando, el señor Grandet tenía algo del tigre y de la boa; sabía tenderse en el suelo, encogerse, observar largo rato su presa, arrojándosele encima, después abría las fauces de su bolsa, engullía una carga de escudos y se acostaba tranquilamente, como la serpiente para digerir, impasible, frío, metódico». Hacia la mitad de la historia Eugenia empieza a mirar a su padre con otros ojos y, poco a poco, el relato mostrará la evolución de su carácter. Al final el narrador dirá que, a pesar de «las mezquindades de su educación y de su vida primera», fue una mujer que demostró una singular grandeza de alma.

Honoré de Balzac. Eugenia Grandet (Eugénie Grandet, 1833). Madrid: Siruela, 2010; 232 pp.; col. Tiempo de clásicos; trad. de Mauro Armiño; ISBN: 978-8498413762. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 21 de septiembre de 2016

Se ha publicado de nuevo Vacaciones en Suecia, un libro antiguo de Edith Alice Unnerstad, una escritora sueca popular y premiada hace unas décadas.

El protagonista es Pelle Göran, un chico de seis años cuya madre ha tenido un accidente grave y está ingresada. El médico y su padre deciden que, para tranquilidad de todos, se vaya un tiempo a la granja de su abuela, al sur de Suecia, en Skane. Así que su abuela viene a Estocolmo a por Pelle y, de paso, se lleva con ella también a Kaja, una chica de once años pariente lejana suya. Con buen humor, el libro cuenta la vida cotidiana de Pelle y Kaja en la granja de la abuela y el tío Folke: relaciones con un vecino gruñón que dejará de serlo; trato con unos chicos a los que otros hacen el vacío debido a que, según les dicen, son hijos de un ladrón; incidentes con los animales, etc. Y Pelle se serena, se lo pasa bien, aprende cosas…

Es un relato bien contado, de los que ayudan a comprender ambientes y gentes de otro tiempo y lugar. Es cierto que tal vez se pintan algunas cosas de modo muy amable, pero también lo es que respira realismo cordial y unos buenos modales que ojalá sirvieran de inspiración para muchos.

Otro libro de la autora que se publicó en España hace tiempo fue La armónica de Lars y otros cuentos, tres relatos de vida cotidiana también, amenos, amables y bien escritos. El primero sobre dos amigos, uno experto en arreglar cosas y otro en tocar la armónica, que cambian por un tiempo sus instrumentos. Otro, sobre una niña llamada Gitta y su gato Rosamundus, alterna momentos realistas y momentos de la vida de los gatos. Y Los Kasperson cuenta el sobrecargado viaje, para irse de vacaciones, de una familia que mete de todo en su coche: una lección, por parte de todos, de serenidad, buen humor y espíritu de colaboración.

Edith Alice Unnerstad. Vacaciones en Suecia (Farmorsresan, 1956). Barcelona: Noguer, 1989; 203 pp.; trad. de Doireann Macdermott y Ramón Carnicer; ISBN: 84-279-3301-0. Nueva edición en Madrid: Maeva Young, 2016; 200 pp.; ISBN: 978-84-16690-00-8. [Vista del libro en amazon.es]
Edith Alice Unnerstad. La armónica de Lars y otros cuentos (Lasseman Spelar, 1958; Kattorna Fran Sommarön, 1959; Kasperssons far till landet, 1969). Barcelona: Planeta, 1982; pp.; col. El Alegre arco iris; ilust. de Yiva Kälstrom y Rita Rapp; ISBN: 84-320-6156-5.

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martes, 20 de septiembre de 2016

Esta noticia del zoo que puso en marcha en su momento Gerald Durrell me hizo pensar en que los álbumes más antiguos sobre zoológicos tenían, como finalidad principal, presentar distintos animales. Por ejemplo, Bruno Munari’s Zoo, Mi querido zoo. Luego, que hay álbumes más recientes con otros enfoques. Es el caso de Un día diferente para el señor Amos, sobre amistad entre hombres y animales, o Zoo, de Suzy Lee, donde se plantea con cuidado si algunos animales no estarían mejor en otro lugar.

Y me hizo recordar un álbum, del que no había hablado aquí —porque, a pesar de que sus poderosas ilustraciones merecen ser conocidas, la historia que cuenta me parece muy mal enfocada—, y por el que algunas veces me han preguntado: Zoológico, de Anthony Browne. En él vemos a una familia que visita un zoológico: el padre queda retratado como un energúmeno que se las da de graciosillo, el hijo narrador y su hermano como unos inconscientes irresponsables, los animales como inocentes seres humillados, y la madre como una persona silenciosa y compasiva que, al final, a la vista del comportamiento de su marido y sus hijos, no duda en decir que el zoológico es más para las personas que para los animales.

El autor no ha sabido controlar sus dotes para el sarcasmo y cierra su álbum con una conclusión-moraleja, mal formulada y mal extraída, que no deja salida. Nunca es una buena idea centrar una historia en un personaje impresentable y dirigir hacia él, de un modo tan palmario, las antipatías de los lectores menos críticos. Menos aún se debe hacer esto, pienso yo, en un libro infantil. Por otro lado, si el autor o alguien desease argumentar en contra de los zoos, habría que decirle que nunca se han de apoyar los motivos, para eso o para cualquier otra cosa, en que hay tipos repelentes entre quienes opinan del modo contrario. Decía Tolkien, al leer la propaganda patriotera de su propio país durante la segunda Guerra Mundial, que «no todos los imbéciles están en el otro lado».

Anthony Browne. Zoológico (Zoo, 1992). México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1993; 28 pp.; trad. de Carmen Esteva; ISBN: 968-16-4272-4. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 19 de septiembre de 2016

Dos como ninguno, de Britta Teckentrup, propone al lector que descubra «una pareja en cada dibujo». En cada doble página hay una ilustración en la que aparecen poco más de una decena de ejemplares del mismo animal, todos ellos muy parecidos menos uno que se repite, y en el texto en verso que va en la página izquierda se plantea el problema: averiguar qué dos figuras son iguales en tamaño, colores, posiciones, etc. Hay aves, camaleones, yaks, perros, gatitos, sapos, peces, libélulas, osos, ardillas, cebras, nutrias, tucanes, escarabajos… En la doble página final, el acertijo es diferente. Como espera cualquiera que conozca otros álbumes de la ilustradora, las figuras son amables y simpáticas y las composiciones son elegantes y ordenadas. Resolver los acertijos visuales no es siempre fácil, así que hace falta echarle al asunto un poco de tiempo.

Britta Teckentrup. Dos como ninguno (Where’s the Pair?, 2015). Barcelona: Flamboyant, 2016; 32 pp.; trad. de Carlos Mayor; ISBN: 978-84-944009-6-4. [Vista del álbum en amazon.es]

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domingo, 18 de septiembre de 2016

El fin del “Homo sovieticus”, el primer libro que leo de Svetlana Aleksiévich, es un trabajo periodístico y literario de primera magnitud, como se indica en esta completa reseña. Es una obra que reúne dos series de entrevistas agrupadas en dos partes. Las de la primera, que se titula «El consuelo del apocalipsis. Diez historias en un interior rojo», corresponden a los años noventa: cuando la URSS colapsa, Gorbachov cae y Yeltsin sube al poder. Las de la segunda, titulada «El encanto del vacío. Diez historias en medio de ninguna parte», fueron realizadas durante la primera década del siglo actual.

En ellas, la autora da voz a gente de muy distinta extracción social y preparación intelectual, que le cuentan su pasado, sus pensamientos y sentimientos —de nostalgia, de frustración, de desencanto, de rechazo…— respecto a los acontecimientos que han vivido. Son muchas más que veinte historias, porque, a veces, en el mismo «capítulo» hablan varias personas de la misma familia, o unos cuantos amigos. Aunque los textos tienen mucha edición, como es lógico, las intervenciones de la autora son breves y escasas: para responder alguna pregunta que le hacen o para precisar alguna cosa.

Entre los testimonios estremecedores deja sin aliento el último de la primera parte, «De la sonrisa de un hacha», en el que primero habla la madre, que se lamenta de que su hijo, un piloto del ejército que combatió en Afganistán se dedique al comercio ahora, y luego el hijo, que le cuenta un relato sobre los campos de exterminio que a él le llegó a través de quien iba a ser su suegro. La escritora, en una de sus intervenciones, indica que «me muevo sin cesar por los círculos del dolor. No consigo salir de ellos. Hay de todo en el dolor: tinieblas, triunfos… A veces pienso que el dolor es un puente que une a las personas, un lazo secreto, y otras veces, desesperada, pienso que el dolor es un abismo que las separa».

Svetlana Aleksiévich. El fin del “Homo sovieticus” (Konets krásnogo cheloveka, 2013). Barcelona: Acantilado, 2015; 656 pp.; trad. de Jorge Ferrer Díaz; ISBN: 978-84-16011-84-1. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 17 de septiembre de 2016

El herrero de Wooton Mayor, al igual que Hoja de Niggle, tiene algo de «alegoría autobiográfica» pues encierra una cierta explicación de cómo veía Tolkien su trabajo como cultivador del género de fantasía. Según parece, al principio fue parte de un prefacio que a Tolkien le pidieron para La llave de oro, un cuento de George MacDonald, pero luego creció hasta ser un relato independiente. Decía el mismo Tolkien que era el relato de un hombre viejo, pues tiene algo de balance y de adiós esperanzado, de discurso de reivindicación de su obra y de despedida, o de paso a otros del testigo que llevó durante su vida.

En la aldea de Wotton Mayor se celebra cada veinticuatro años una gran fiesta en la que el Maestro Cocinero, entonces llamado Nokes, hace una Gran Tarta para los niños. La tarta era muy sabrosa y, en su interior, tenía unas estrellas plateadas, de las cuales una, colocada por el aprendiz de Nokes, el joven Alf, tenía poderes especiales. El hijo del herrero comió ese trozo de tarta y, aunque la estrella brillaba en ocasiones en su frente, pocos del pueblo lo notaban, «aunque no resultaba imperceptible para unos ojos atentos, y por lo común no brillaba lo más mínimo». Pero, continúa el narrador, «algo de su luz pasó a los ojos del muchacho; y la voz, que ya desde el momento mismo en que la estrella vino a él había empezado a embellecerse, se hacía cada vez más hermosa a medida que él crecía. A la gente le gustaba oírle, aunque sólo fuesen los “buenos días”. Llegó a ser bien conocido en la región por su destreza en el trabajo, no sólo en su propio pueblo sino en otros muchos de los alrededores. Su padre era herrero, y él continuó el oficio y lo mejoró». Luego se habla de sus viajes al país de Fantasía, de que «cuando tenía tiempo hacía algunas cosas por pura afición; y eran hermosas, porque sabía dar al hierro formas admirables, que parecían tan ligeras y delicadas como un ramo de hojas y flores, aunque conservaban la fuerte consistencia del metal e incluso parecían más duras», y se dice que «solía cantar mientras trabajaba»…

Tolkien caricaturiza, en las actitudes y gestos de Nokes, a esas personas que no saben nada de la Fantasía, o del País de Fantasía, como gente que recuerda conceptos vagos y que asocia fantasía con infancia: podría estar pensando en algunos críticos literarios que no comprendían nada de su trabajo creativo. Viene a decir que la estrella que acaba llegando al hijo del herrero es algo así como el impulso que permite que algunas personas conecten de verdad con la Fantasía y puedan, gracias a ella, tener una visión más rica de su vida cotidiana. El herrero se parece mucho a Niggle en su modo de ser y actuar, pero en esta historia se puede decir que fantasía y realidad combinan más armónicamente. Hay un momento en el relato en el que al herrero le indican que el enriquecimiento que a él le han supuesto sus viajes a Fantasía no es para quedárselo: hay dones que «no pueden pertenecer siempre a una sola persona, ni ser consideradas como patrimonio familiar. Están en préstamo». Otras personas pueden necesitarlos y «el tiempo apremia».

J. R. R. Tolkien. El herrero de Wooton Mayor (Smith of Wootton Major, 1967), en una edición que contiene también los relatos Hoja de Niggle y El herrero de Wooton Major. Barcelona: Minotauro, 1983; 144 pp.; trad. de Julio César Santoyo y José M. Santamaría; ISBN: 84-350-0346-9.

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