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jueves, 2 de abril de 2015

El libro de Yotán, de Arthur Powers, me ha parecido un libro de una intensidad fuera de lo común, algo a lo que también contribuye la excelente traducción. El pequeño prefacio pone al lector en antecedentes: el autor habla de que hubo una época en su vida en la que daba muchas vueltas al papel de las personas con discapacidad mental en el plan de Dios y que, un día, en 1979, mientras rezaba, le vino esta historia a la cabeza. En una nota final cuenta su vida y la génesis del libro, que lo tuvo escrito durante años hasta que decidió publicarlo en 2012.

Israel, tiempos de Jesucristo. Yotán es un chico discapacitado, físicamente muy grande y con dificultades para expresarse. Su madre, a quien quería, fallece, y su padre, a quien siempre notó distante, le abandona. Un día, en medio de la gente, nota la presencia de alguien luminoso, y percibe lo que significa la palabra «Abbá» (padre), que hasta entonces le resultaba incómoda. En voz baja dice «Abbá» y, entonces, Jesucristo le oye y se dirige a él pidiéndole que le acompañe, junto con sus discípulos. Así que Yotán lo hace y comparte con ellos distintos momentos de sus vidas, incluidas la muerte de Cruz, la Resurrección y la Ascensión.

La narración, en tercera persona pero indicando lo que siente y oye Yotán, es deliberadamente sencilla y no contiene explicación adicional alguna, por lo que su eficacia dependerá mucho de que el lector ya conozca las escenas que se narran y quiénes son los personajes que intervienen: Jesucristo, Judas, Tomás, María Magdalena, etc. Es un enorme acierto que no haya descripciones de tipo poético sino yuxtaposiciones, que transmiten directamente las emociones básicas de Yotán al lector. Por ejemplo, en una ocasión en la que pasea por Jerusalén, se cuentan las cosas así:

«Mercado. Luz de sol sobre la fruta de vivos colores. Carne colgada de postes. Moscas. Luz de sol sobre el cuero curtido.
Ojos de María. Su sonrisa. Tu corazón baila dentro de ti.
Mercachifles. Mendigos. Hombres de piel blanca con ropajes ligeros. Hombres de piel oscura con largas vestiduras.
Cálida luz de sol».

Por otro lado, los diálogos que Yotán oye a los Apóstoles, entre sí y con Jesucristo, ponen de manifiesto las distintas personalidades e intereses de los que hablan y van respondiendo más o menos a la cuestión que originó el libro:

«—Yotán no necesita curación, Tomás.
—¿Y el ciego sí…?
Abbá dibuja. Suave sonido del palo en la tierra.
—No estamos aquí para cambiar lo de fuera, Tomás. Estamos aquí para cambiar lo de dentro.
—Pero, rabí, ¡el ciego vio!
Abbá levanta la vista. Sostiene el palo en una mano, golpea suavemente la palma de la otra. Tap. Tap.
—Sí, vio. Y, cuando vio, desapareció la ceguera. Cuando cambias lo de dentro, lo de fuera cambia por sí solo.
—Entonces podemos curar toda ceguera, rabí. —Voz de Judas.
—Hay quienes tienen ojos ciegos, pero ven. Otros tienen ojos que ven, pero están ciegos. No podemos curar todas las cegueras del corazón, Judas. Y no es necesario curar todas las cegueras de los ojos.»

Arthur Powers. El libro de Yotán (The Book of Jotham, 2012). Madrid: Palabra, 2014; 108 pp.; trad. de José Gabriel Rodríguez Pazos; ISBN: 978-84-9061-113-5. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 1 de abril de 2015

Ha sido una gran satisfacción —por nostalgia de antiguo lector, sí, pero también por comprobar la enorme calidad de su confección, diría incluso que por encima de lo que recordaba— ver y leer con calma la edición completa de los dos primeros tomos de Tanguy y Laverdure, de Jean-Michel Charlier y Albert Uderzo.

La edición es magnífica, pues tiene también unos buenos prólogos con la biografía y el trabajo de los autores, y con observaciones de interés sobre la serie y el impacto que causó. Las historias son emocionantes —de las que hacen comprender la descripción que hizo Hugo Pratt de que el cómic era «el cine de los pobres»—, la documentación en la que se basan es buena —Charlier se hizo piloto y tanto él como Uderzo estuvieron en las bases y en los aviones de los que hablan—, los guiones están estructurados con maestría, y los dibujos son sensacionales.

En Escuela de águilas, los dos héroes llegan a la escuela de vuelo de Mequínez; se ponen de manifiesto enseguida las personalidades de Tanguy —eficiente, responsable…—, y la de Laverdure —insensato, caótico…—; abundan las bromas entre compañeros en la base; entrenan hasta dominar el T-33; ven que hay un duro enfrentamiento entre el instructor, Darnier, y un joven y orgulloso piloto llamado Saint-Helier; y deben recuperar la cabeza de un misil que se ha extraviado y caído en el Atlas antes de que lo haga una potencia enemiga.

Luego, en Peligro en el cielo se trasladan de Mequínez a Creil y dejan el T-33 para pilotar los Super Mystére B-2; nombran a Tanguy jefe de patrulla; hay unos espías que desean conocer el caza revolucionario diseñado por los franceses y, justo al límite del tiempo, Tanguy consigue desbaratar toda la operación después de una larga persecución del avión espía siguiendo el curso del Sena. En Escuadrilla de cigüeñas dejan Creil y se van a Dijon, donde se harán cargo del nuevo Mirage III C, y allí desenmascararán a dos pilotos infiltrados que se hacen pasar por australianos. En Alas en Oriente Medio Tanguy y su escuadrilla van a Israel para conseguir que el estado israelí compre los Mirage y no los aviones de una empresa competidora que les hace todo tipo de faenas.

Jean-Michel Charlier y Uderzo. Integral Tanguy y Laverdure. Los dos volúmenes editados, los primeros de la serie, son:
Escuela de águilas (L'École des Aigles, 1959-1961). En la edición en álbum este relato se dividió en dos: Escuela de Águilas y Por el honor de la insignia (Pour l'honneur des cocardes). Tarragona: Ponent Mon, 2014; 120 pp.; trad. de Fabián Rodríguez y María Serna; ISBN: 978-1-908007-70-4. [Vista del libro en amazon.es]
Peligro en el cielo (Danger dans le ciel, 1961-1962), Escuadrilla de cigüeñas (Escadrille des cigognes, 1962-1963), Alas en Oriente Medio (Mirage sur l'Orient, 1963). Tarragona: Ponent Mon, 2015; 172 pp.; trad. de Fabián Rodríguez y María Serna; ISBN: 978-1-908007-71-1. [Vista del libro en amazon.es]


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martes, 31 de marzo de 2015

Te quiero casi siempre,
de Anna Llenas, se podría poner en paralelo con Sencillamente tú: es un relato adulto (o, al menos, no de niños) contado con imágenes y recursos habituales en los álbumes infantiles. La diferencia es que Sencillamente tú es un álbum más regalable, por tamaño y tipo de imágenes; o al menos a mí se me hace más difícil pensar en que, por las mismas razones, lo sea Te quiero casi siempre…

La primera página izquierda dice: «Lolo y Rita son muy diferentes», y en la derecha asoman unos pelillos diferentes, de uno y otra. En la segunda doble página se presentan a los protagonistas, en la izquierda, Lolo, un bicho bola, y en la derecha, Rita, una luciérnaga. Primero se nos indica por qué se quieren, luego por qué se distancian un poco y, por último…

El ritmo narrativo es perfecto para el paso del álbum de doble página en doble página. Las imágenes están elaboradas con collages y dibujos de líneas rápidas y como desmañadas. Los personajes están bien diferenciados: por ejemplo, Lolo se compone de collages de periódicos y Rita de collages de cartón. La lección de aprender a ceder cada uno un poco está bien obtenida.

Anna Llenas. Te quiero casi siempre (2015). Barcelona: Espasa, 2015; 48 pp.; ISBN: 978-84-670-4370-9. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 30 de marzo de 2015

Hay una familia de álbumes que juegan, de distintos modos, con la representación y reproducción de sonidos. como, por ejemplo: Listen! Listen!, Chispas y cascabeles, Polar Bear, Polar Bear, What do you hear?, Vamos a cazar un oso... Y recientemente vi que no había puesto aquí el álbum que, por lo que yo sé, es el primero de ese tipo: The Noisy Book, de Margaret Wise Brown y Leonard Weisgard. Además, luego comprobé que se ha publicado recientemente un volumen que reúne tres álbumes de los mismos autores con esa idea.

El primero, el único que yo conozco y que fiché hace tiempo, trata sobre un perro llamado Muffin al que el veterinario le ha de poner una venda en los ojos. Pero Muffin va oyendo toda clase de sonidos —primero en la consulta del veterinario; luego en la calle, los grandes ruidos primero y los pequeños ruidos después— y los va identificando todos… salvo uno. Así que son libros para divertirse, compartiéndolos y teatralizando los sonidos, por un lado, pero también, como todos los que tienen la intención de ayudar a los niños a «descubrir el mundo» que les rodea, son libros que les sirven para reconocer y nombrar las cosas. Las ilustraciones son económicas y tienen mucho colorido. Advierto que, como es lógico, los sonidos son en inglés: «tick, tock», el reloj; «snip, snap», las tijeras; «chirp, chirp», los pájaros; «patter, patter», los pies de la gente al andar…, etc.; que, como corresponde a los años en que se confeccionaron los álbumes, algunas escenas y sonidos no son ya familiares; y que los muy preocupados por la representación actual políticamente correcta de hombres y mujeres pueden encontrar, como les suele ocurrir, motivos para la queja.

Leonard Weisgard. The Noisy Book (1939). Texto de Margaret Wise Brown. New York: William R. Scott, 1939; 44 pp. Hay una edición reciente, titulada The Noisy Book Treasury (que contiene los tres libros de la serie: The Noisy Book, The Indoor Noisy Book y The Quiet Noisy Book), en Dover Children's Classics, 2014; 128 pp.; ISBN: 978-0486780283. [Vista de esta edición en amazon.es]


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domingo, 29 de marzo de 2015

En Símbolos de horror ponía que resulta lamentable el espectáculo de occidentales que se sentirían incómodos al pensar en llevar una esvástica, pero no tienen inconvenientes en llevar la hoz y el martillo en la camiseta o en la gorra: «Mientras el símbolo de un asesinato masivo nos llena de horror, el símbolo de otro asesinato masivo nos hace sonreír».

En Historia mínima del siglo XX John Lukacs añade un interesante matiz a esa idea: «En casi todo el mundo (…) las banderas, los colores y los símbolos de los regímenes y partidos nacionalsocialistas de antes de 1945, como por ejemplo la esvástica, están terminantemente prohibidos: como si, tres generaciones y casi setenta años del suicidio de Hitler después, siguiesen resultando tóxicos y peligrosos. En cambio, los símbolos y las insignias comunistas están permitidas en casi todas partes. ¿Es esta, quizá, otra señal de que el comunismo es un ismo del pasado, mientras que el nacionalsocialismo no?»

John Lukacs. Historia mínima del siglo XX (A Short Story of the Twentieth Century, 2013). Madrid: Turner, 2014; 267 pp.; col. Historias mínimas; trad. de José Antonio Montano; ISBN: 978-84-15832-27-0. [Vista del libro en amazon.es]

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viernes, 27 de marzo de 2015

Las nieves azules,
de Piotr Bednarski, es una reconstrucción novelada de la infancia del autor, judío polaco deportado a un pueblo de Siberia cuando era un niño, poco tiempo después de comenzar la segunda Guerra Mundial. Las cosas se cuentan con una voz de adulto que recuerda, pero que también intenta reproducir la mirada del niño de unos diez años que tenía entonces. Se suceden capítulos cortos, dedicados cada uno a un incidente o a un personaje: alguno de sus compañeros de escuela; los distintos pretendientes o perseguidores de su madre, Bella; los vigilantes y guardianes del Partido que se van renovando…

Abundan los momentos duros: denuncias injustas, deportaciones, asesinatos, suicidios… El padre del protagonista reaparece brevemente pero, debido a una pelea, es enviado casi de inmediato a Kolymá, «el auténtico corazón del comunismo» según un personaje. Cuando esto pasa el narrador dice: «no lograba comprender el infierno en el que se hallaba mi padre. Entre otras cosas, se me pasó por la cabeza que Dios le arrendó al diablo la tierra tanto como a nosotros». Sin embargo, el tono es estimulante pues tanto el pequeño Petia como su madre intentan vivir con intensidad el presente: «no existía el ayer, tampoco existía el mañana: estaba sólo el triste y repugnante presente soviético al cual había que sobrevivir con una sonrisa para poder ser lo que éramos: seres humanos».

Pero, sobre todo, el poso de la novela se basa en que los protagonistas tienen una fe que les sostiene, por más que a veces parezca confusa. La lectura de los Evangelios le hace descubrir a Petia que «nosotros, los deportados, éramos dichosos; que, en el mundo, la mayoría de las personas pertenecen a Dios cuando sufren hambre, frío y persecución». Más adelante, un chico coreano, budista, afirma que «los comunistas no saben perdonar porque han desterrado la oración de sus vidas. Y quien reniega de la oración sólo sabe destruir y contaminar. Mi padre solía decirlo y yo lo creo». Luego, a quien le amenaza, le dice: «Me darás una paliza como mucho. Nunca podrás conmigo porque sé rezar». Y, después de recibir una paliza, replica: «¿Qué, te rindes? Ya te dije que no podrías conmigo, porque yo rezo a diario. Y tú no me creíste».

Piotr Bednarski. Las nieves azules (Błękitne śniegi, 1996). Barcelona: Malpaso, 2014; 144 pp.; trad. de Amelia Serraller; ISBN: 9788415996224. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 26 de marzo de 2015

Cosmicómic. El descubrimiento del Big Bang, del físico Amedeo Balbi y el dibujante Rossano Piccioni, es una cuidadosa narración histórica en cómic de línea clara.

El primer narrador es Arno Penzias, que comienza por hablar de sus trabajos con Robert Wilson, en 1964. Desde ahí, se regresa varias veces al pasado para recapitular la historia de la investigación que tenían entre manos, y van apareciendo Einstein, Hubble, Lemaître, Gamow, Hoyle, y muchos otros científicos, hasta el momento en que a Penzias y Wilson se les concede el Premio Nobel en 1978. El narrador termina señalando «la pregunta más difícil, ¿Qué había antes del Big Bang?»… y, como científico que es, la responde diciendo que no sabe e indicando que «en ciencia lo que cuenta es la evidencia. Y no tenemos suficientes. Por ahora». (Al leerlo pensé que, no muy científicamente, sólo considera un significado de la palabra «evidencia»).

Después de la narración hay tres apéndices de interés. El primero, unas breves biografías de todos los científicos mencionados. El segundo, unas notas finales señalando que el relato tiene «tres planos de realidad»: los conceptos científicos —donde se ha procurado el mayor rigor—, los personajes —donde se han intentado reconstruir personalidades y aportaciones—, y las licencias narrativas que se han tomado los autores en los detalles. El tercero, el «cómo hicimos Cosmicómic», con esbozos de algunas páginas y aspectos del storyboard e interesantes observaciones sobre la forma de trabajar conjunta de los autores.

Rossano Piccioni. Cosmicómic. El descubrimiento del Big Bang (Cosmicomic. Gli uomini che scoprirono il Big Bang, 2013). Texto de Amedeo Balbi. Barcelona: Salamandra, 2014; pp.; trad. de Julia Osuna Aguilar; ISBN: 978-84-16131-06-8. [Vista del libro en amazon.es]

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miércoles, 25 de marzo de 2015

Se acaba de publicar en castellano La señorita Susi, un antiguo relato de Miriam Young ilustrado por Arnold Lobel. Es una historia sencilla y amable sobre una hogareña ardilla gris a la que unas ruidosas ardillas rojas echan de su árbol y termina en una casa de muñecas. Allí se hace amiga de unos soldaditos de plomo que, al saber su historia, se ofrecen a volver con ella y echar a las ardillas rojas. Es un relato para pequeños que habla con ingenuidad, pero bien, de amabilidad y convivencia. Las características ilustraciones de Lobel le añaden encanto.

Miriam Young. La señorita Susi (Miss Suzy, 1964). Barcelona: Corimbo, 2014; 44 pp.; ilust. de Arnold Lobel; trad. de Macarena Salas; ISBN: 978-84-8470-506-2. [
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martes, 24 de marzo de 2015

A veces,
de Claudia Rueda, es un muy buen álbum que habla de las emociones oscilantes de una chica que crece y que podríamos poner en línea con, por ejemplo, Noche de tormenta o Espejo.

En todas las páginas derechas, detrás de un marco barroco ovalado típico, vemos trozos de espejo en los que se ve la cara de la misma niña, pero con distintos aspectos. Estos responden al breve texto que va en la página izquierda —«A veces te gusta lo ves», «y otras no quisieras abrir los ojos», por ejemplo— y se reflejan, por supuesto en las caras de la chica pero, también, en la posición o en algún rasgo del espejo —más pequeño o más grande, más fuera o más dentro del marco, arañado o más desvaído…—.

Es destacable la sencillez de la confección, tanto porque los textos son justos y en ellos no hay derivas poéticas que podrían sonar a falso, como por la misma composición de cada ilustración y de todo el álbum. Además, son excelentes las dos dobles páginas del desenlace.

Claudia Rueda. A veces (2012). Barcelona: Océano travesía, 2012; 36 pp.; ISBN: 978-84-494-4638-2. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 23 de marzo de 2015

No he hecho los deberes porque…, con texto de Davide Cali e ilustraciones de Benjamin Chaud, es un álbum de los que hace sonreír. En la primera página la profesora le preguna al niño protagonista «¿por qué no has hecho los deberes?» y él se inventa distintas excusas de lo más fantasiosas. Las respuestas son breves —«unos enormes reptiles invadieron mi barrio», «nos quedamos sin leña, por lo que tuve que sacrificar mis cuadernos para calentarnos»…— y las imágenes humorísticas, ricas en detalles, muestran distintos escenarios y multitud de personajes de todo tipo. El final es simpático y satisfactorio para... los profesores.

Benjamin Chaud. No he hecho los deberes porque… (I Didn’t Do My Homework Because…, 2014). Texto de Davide Cali. Madrid: NubeOcho: Pepa Montano, 2014; 36 pp.; col. Nubeclásicos; trad. de Paz Gil Soto; ISBN: 978-84-942360-9-9. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 21 de marzo de 2015

He puesto datos de nuevas ediciones de Carta al Rey, Patio de corredor, y, en un solo libro, de Libro de las maravillas y Cuentos de Tanglewood.

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viernes, 20 de marzo de 2015

La señorita Mackenzie,
de Anthony Trollope, es Margaret Mackenzie, una mujer que al principio el narrador presenta como poco atractiva pero que luego va mostrando de modo cada vez más favorable. A los 36 años recibe una gran herencia después de cuidar a su hermano Tom, enfermo durante mucho tiempo. Se plantea entonces dar un giro a su vida y, como Londres le parece una ciudad demasiado grande, decide trasladarse a Littlebath, donde entra en contacto con el reverendo Stumfold y su grupo de fieles seguidoras. Pero, dada su nueva situación, tiene varios pretendientes: su primo John Ball, hijo de un baronet, viudo con nueve hijos; el socio de su hermano, Samuel Rubb; un clérigo de Littlebath, el señor Maguire. Hacia la mitad de la novela también ocurre que surgen problemas con la herencia que había recibido.

A quien haya leído otras obras del autor no es necesario decirle que los temas son los típicos —el peso del dinero y de la diferencia de clases sociales en los enamoramientos y a la hora de concertar matrimonios—, y que los rasgos constructivos son iguales a los de sus demás relatos —excelente y pausada narración, intromisiones continuas del narrador dando su opinión, nombres significativos como el del lento abogado Slow, aparición de personajes de otras novelas del autor, etc.—. Y, como siempre, lo que tiene mucho interés es lo bien que se pone de manifiesto el mundo interior de una heroína —dudas, vacilaciones, temores…— que va ganando aplomo según las circunstancias la obligan.

Hay que decir, también, que algunos contrincantes a los que la señorita Mackenzie ha de hacer frente son dialécticamente formidables. Cuando la señora Stumfold la visita, se nos dice que «la señorita Mackenzie pensó que probablemente podría obedecer al hombre de iglesia, pero sin duda se rebelaría contra la mujer de iglesia». Y, sobre todo, la madre de su primo John, lady Ball: «Hay mujeres, de alto abolengo pero de escasa fortuna, dotadas hasta tal punto de esta gracia específica para la aristocracia, que demuestran con cada palabra, con cada paso, con cada movimiento de cabeza que se encuentran entre las grandes de este mundo y que el dinero no tiene nada que ver con ello. La anciana lady Ball no gozaba de este don ni podía pretenderlo». Pero eso no le impide, ni mucho menos, ser de un agresivo que asusta.

Al igual que en El Custodio, también en esta novela estalla una polémica en la prensa con ocasión de una carta que manda el señor Maguire a un periódico local: «El periódico en cuestión no era un diario malvado, ni los editores tenían gran interés en publicar intencionadamente noticias calumniosas o malvadas; pero estaban sujetos a esas grandes tentaciones que asolan a los periódicos de su clase y que parecen particularmente difíciles de evitar en referencia a los asuntos religiosos».

Anthony Trollope. La señorita Mackenzie (Miss Mackenzie, 1864). Morcín (Asturias): dÉpoca, 2014; 468 pp.; col. Biblioteca Trollope; trad. de Rosa Sahuquillo y Susana González; prólogo de Sarah Manzano; ISBN: 978-84-938972-7-7. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 19 de marzo de 2015

Un mundo maravillástico, de Shannon Hale, es el tercer libro de la serie Ever After High y parece ser el último que firma la autora. Es tan brillante como los anteriores, El libro del destino y Destino real, espíritu rebelde, y en algunos aspectos más, pero resultará demasiado sofisticado literariamente para muchos paladares y, una vez más, muy sorprendente para quien se fie de la cubierta.

Esta vez gana todo el protagonismo Maddie Hatter, el mejor personaje de las novelas previas. Todo comienza cuando el Galimatazo está intentando transformar mágicamente el País de Siempre Jamás para convertirlo en el País de las Maravillas, con lo que todo se caotiza y los únicos personajes a los que no les afectan sus hechizos son las «maravillanas»: Maddie, Lizzie (hija de la Reina de Corazones), y Kitty (hija del Gato de Cheshire). Ellas tres, junto con Cedar Wood (hija de Pinocho), que deja de ser de madera para ser de carne, son las que deben arreglar los entuertos. Los líos son muchos e indescriptibles: la misma Kitty dice que todo «es un confuso batiburrillo entre lo maravillano y lo siemprejamasino».

Para conectar bien con la historia es necesario conocer bien las dos novelas de Alicia y las demás narraciones a las que se alude, igual que tener la capacidad de disfrutar de bromas relacionadas con la técnica narrativa. Esto tiene que ver con que, cuando el narrador se ve afectado por la magia que invade el país de Siempre Jamás, y puesto que Maddie puede oírle y está siendo testigo de todo, ella se hace cargo del puesto de narrador. Lo que ocurre es que, al principio, no cumple bien las reglas propias del narrador y se arma líos… Por ejemplo: «Maddie rebuscó en su Sombrero de las Mil Cosas. Qué útil, ¿verdad?, llevar siempre un sombrero de las Mil Cosas. Se preguntó por qué no tenía uno todo el mundo. Luego se regañó a sí misma por preguntarse cosas que no tenían nada que ver con el cuento que estaba narrando. ¡Los Narradores no hacen eso! ¡Vuelve al cuento, Maddie!»

Además, hay un momento en el que las protagonistas deben separarse, por lo que la única forma de contar lo que les pasa es que haya un nuevo narrador: «¡”Mostrar, no contar” es un capítulo entero del libro de narración! Y yo no puedo narrar lo que hace Cedar e ir con Lizzie —dijo Maddie», así que nombran a Kitty narradora de emergencia sustituta de la Narradora de emergencia, lo que causa más líos aún. Quien conozca previamente a la madre de Lizzie y su afición a las cartas…, verá que Lizzie también es una gran creación como personaje. Por supuesto, el tema de fondo continúa saliendo una y otra vez: «Rebeldes, Reales, bla, bla, bla —dijo Kitty mirándose las uñas—. Si no te importa dónde vayas a terminar, no importa qué camino tomes», frase que, igual que otras suyas, hacen pensar en su padre...

Y magnífica traducción.

Shannon Hale. Un mundo maravillástico (Ever After High. A Wonderlandiful World, 2014). Madrid: Alfaguara, 2014; 358 pp.; trad. de Sara Cano Fernández; ISBN: 978-84-204-1774-5. [Vista del libro en amazon.es]

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