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martes, 30 de junio de 2015

Letras robadas, un relato de Triunfo Arciniegas ilustrado por Claudia Rueda, es un álbum excelente. Narra la historia Clara, una niña curiosa y fijona que veremos en todas las ilustraciones y que, al comienzo, nos avisa que la tienen por rarita porque, por ejemplo, colecciona dientes perdidos y eso hace que le pregunten si tiene algún trato con los ratones.

El álbum es un paseo de Clara, junto con su madre, por el mercado: las vemos llegar en la portada y en la contracubierta las vemos marcharse… En las dobles páginas del interior las palabras de Clara van en la izquierda y las imágenes de distintos lugares del mercado en la derecha. Pero las imágenes que se suceden son, más o menos, de dos tipos: una tiene marco y es realista, la siguiente es a sangre y en ella ocurren cosas no tan realistas. Luego, en cada imagen vemos a unos ratoncillos ir de un lado para otro, al mismo tiempo que también notamos cómo en los rótulos desaparecen letras… La narración en palabras es rica y la calidad de los dibujos es notable, aparte de que para el lector hay multitud de detalles en los que fijarse.

Claudia Rueda. Letras robadas (2013). Texto de Triunfo Arciniegas y Claudia Rueda. Barcelona: OcéanoTravesía, 2013; 28 pp.; ISBN: 978-607-400-962-0. [Vista del libro en amazon.es]

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BrownZanahorias2.jpg
lunes, 29 de junio de 2015

Otro buen álbum de Peter Brown: Las zanahorias maléficas..., pillas y bromistas.

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HarmanStevenson.JPG
sábado, 27 de junio de 2015

Robert Louis Stevenson: A Biography, de Claire Harman, es una biografía extensa y documentada que, como corresponde a un libro reciente, aporta mucha y pormenorizada información. No he visto que añada consideraciones especialmente novedosas respecto a biografías previas y a otras más breves que se incluyen en ediciones de algunas novelas. Lógicamente sí da los detalles de la composición de sus obras: da datos de lo que significa cada una, de la recepción que tuvieron, de cómo influyeron en autores posteriores.

Es un libro útil para saber cuál fue la vida familiar de Stevenson y para repasar sus publicaciones: primeros libros de viajes o sobre lugares que conocía; primeros ensayos y artículos de crítica literaria; entrada en la ficción con publicaciones por entregas; éxito e ingresos que le llegaron, por fin, con La isla del tesoro, Jekyll y Hyde, Secuestrado, y sus poemas infantiles; novelas y libros de viajes posteriores. No falta, como en estos tiempos ha llegado a ser habitual en cualquier trabajo biográfico sobre alguien del pasado un poco singular, el rastreo de pistas para ver la posible homosexualidad de Stevenson y concluir que no llevan a ninguna parte.

Claire Harman. Robert Louis Stevenson: A Biography (2006). Harper Perennial, 2010; 448 pp.; ISBN: 978-0007113224. Edición para Kindle, 2012; ASIN: B0092HPRDW. [Vista del libro en amazon.es]

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OlivaresMeninas.JPG
viernes, 26 de junio de 2015

En la contracubierta de Las Meninas, un cómic firmado por Javier Olivares y Santiago García, se dice que es una inteligente deconstrucción del cuadro de Velázquez.

Lo es, en efecto, aunque la palabra deconstrucción a mí siempre me da un poco de miedo: anuncia complejidades constructivas que, a veces, tienen que ver con que los mejores autores de cómic, empeñados como están en reivindicar la categoría de su medio, apuestan con frecuencia por demostrar a los lectores sus conocimientos y su talento (algo que, al menos a mis ojos, no necesitan hacer).

Estamos, sin duda, ante un enorme trabajo conjunto, tanto de confección y articulación del guión —la vida de Velázquez salpicada de tramos que presentan alguna relación de otros artistas con Las Meninas—, como de realización gráfica, excepcional en su labor de síntesis y en sus numerosos guiños a la historia del arte.

Con todo debo decir que preferiría una narración lineal, o básicamente lineal, con un planteamiento más sencillo: sin las adiciones —ni las más comerciales ni las más sofisticadas—, y con un prólogo o un epílogo en el que se dieran los datos biográficos básicos de los personajes que se mencionan y se aclarase también qué se sabe de cierto y cuáles son los añadidos «novelescos». El relato habría perdido los puntos que tiene de grandilocuencia enfática y de artificiosidad posmoderna, y tanto el hilo narrativo como las poderosas viñetas habrían ganado claridad y, seguramente, tendrían un público más amplio.

Sea como sea, es una gran novela gráfica, de las que prestigia el género. Esta entrevista con Javier Olivares puede dar algo de idea del trabajo que hay detrás de su confección.

Aunque sean obras de otro género, son buenos ejemplos de cómo poner el acento en algunos asuntos misteriosos de la vida y la obra de Velázquez, novelas sencillas como El misterio Velázquez o I, Juan de Pareja.

Javier Olivares. Las Meninas (2014). Guión de Santiago García. Bilbao: Astiberri, 2014; 185 pp.; col. Sillón Orejero; ISBN: 978-84-15685-48-7. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 25 de junio de 2015

Durante las próximas semanas publicaré algunas entradas para poner en el diccionario a escritores e ilustradores de los que ya he comentado en las notas dos o tres libros, y a veces más.

Entre ellos incluiré también a escritores cuyos libros no son infantiles o juveniles pero que también he mencionado algunas veces en la página, bien porque algunas de sus novelas tienen, aunque sea parcialmente, protagonistas jóvenes; bien porque me gustan sin más y pienso leer más libros suyos. Hoy comienzo con Evelyn Waugh y Mario Rigoni.

No pretendo preparar voces completas sino, simplemente, facilitar que se les pueda encontrar también en el menú de Autores. Más datos biográficos o comentarios a más libros han de buscarse en otros lugares.

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miércoles, 24 de junio de 2015

Un estupendo libro de rivalidades entre hermanos, en las que unas manos malvadas actúan incluso aunque sus dueños no quieran, que no está traducido al castellano: Sadie and Ratz, de Sonya Hartnett.

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martes, 23 de junio de 2015

La oscuridad, una pequeña historia de Lemony Snicket ilustrada por Jon Klassen tiene un argumento amable que intenta desactivar miedos infantiles al modo, por ejemplo, de Switch on the Night. El protagonista, Laszlo, vive en un gran caserón y le tiene miedo a la oscuridad que, durante el día, se oculta dentro del armario, detrás de la cortina y…, sobre todo, en el sótano. Pero, una noche, la oscuridad del sótano le llama para que acuda, y él lo hace.

La confección del álbum es excelente: las guardas son negras, el papel es negro, el sepia es el tono dominante —aunque hay azul en el pijama del chico y amarillo de las bombillas—, los rayos de la linterna que siempre lleva Laszlo le sirven al ilustrador para ordenar la composición de las escenas. También es destacable que no haya en la casa ni gente, ni animales, ni muebles: tal vez para subrayar que, al final, Laszlo ha de hacer frente a su problema el solo.

Jon Klassen. La oscuridad (The Dark, 2013). Texto de Lemony Snicket. Barcelona: Océano Travesía, 2015; 38 pp.; trad. de Pilar Armida; ISBN: 978-607-735-297-6. [Vista del álbum en amazon.es]

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lunes, 22 de junio de 2015

Veo Veo es un álbum compuesto a partir de cuadros de Socorro Salinas, una pintora venezolana. Cada uno llena una doble página que va precedida de un texto en el que se propone al lector un juego de «Veo, veo. ¿Qué ves?». Las imágenes son de vida urbana bulliciosa y colorista, con muchos personajes casi todas. Al final del álbum se habla de la pintora y se reproducen los cuadros que dieron origen a las ilustraciones: de un mercado popular, de bloques de viviendas, fiestas en las calles, de Caracas vista desde lejos y de noche, etc. Como álbum no es genial pero cumple bien su función: es eficaz para jugar a fijarse, a buscar y descubrir detalles, a pensar otras posibilidades gracias a lo que sugieren las imágenes…

Socorro Salinas. Veo Veo (2013). Textos de María Francisca Mayobre y Vicente Lecuna. Caracas: Ekaré, 2013; 48 pp.; col. Periscopio; ISBN: 978-980-257-357-8. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 21 de junio de 2015

He puesto datos de nuevas ediciones de ¡Julieta, estate quieta! y El bandido adolescente.

Además, se ha publicado recientemente la edición en castellano de Al otro lado (Outside over there), uno de esos álbumes históricos que, como Juana de Arco, incomprensiblemente no estaba traducido y publicado en España todavía.

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sábado, 20 de junio de 2015

Para los interesados en Stevenson son importantes los trece capítulos cortos que su hijastro, Lloyd Osbourne, dedicó a contar su relación con él. Cada uno se sitúa en un lugar determinado y en un momento de la vida del autor y su padrastro. El título de cada texto indica la edad que tenía Stevenson entonces. El primero, cuando tenía 26 años, recuerda el día y las circunstancias en que Lloyd Osbourne, siendo un niño, le conoció. El penúltimo corresponde a cuando Stevenson tenía 43 y vivía en Vailima establemente. El último, titulado «La muerte de Stevenson», es más largo que los anteriores y narra los sucesos de ese día y el entierro en la cumbre de una montaña, como era su deseo.

El autor muestra que Stevenson era una persona optimista y llena de buen humor. Recuerda que, para un niño como él, era el mejor compañero de juegos posible: «normalmente, dar un paseo con él era una gran placer y un acontecimiento lleno de imaginación. De repente podía creer que era un pirata, o un piel roja, o un joven oficial de la marina con informes secretos para un famoso espía, u otra farsa similar y estremecedora». Cuenta cómo dedicaban tiempo a representaciones teatrales de juguete, preparando juegos muy elaborados que duraban semanas: señala que llegó a tener hasta seiscientos soldados de plomo en miniatura y apunta que «jugábamos con tanta ilusión e intensidad que incluso ahora me emociono al recordarlo».

Dice que a Stevenson le encantaban la charla, el debate y la discusión: para él eso «era refrescante, le levantaba el ánimo, y llegaba a casa con ojos brillantes y buen apetito». Subraya cómo «su trabajo era lo primero, era lo que animaba todos sus pensamientos, era el arrollador júbilo y la pasión de su vida»; también apunta cuánto le gustaban los elogios a lo que había escrito. Le describe como el hombre más razonable en cualquier discusión pero recuerda una ocasión en la que alguien le criticó por la forma liberal en cómo estaba educándole a él y entonces respondió enérgicamente: «ya no soporto esa enseñanza de cuento de hadas que hace de la ignorancia una virtud».

Hace comentarios jugosos sobre algunas obras de Stevenson. Dice que a Stevenson El club de los suicidas le gustaba pero no lo consideraba importante, incluso llegó a pensar si, cuando se publicó en forma de libro, no dañaría su reputación; que tenía una actitud de indulgente indiferencia hacia Jardín de versos para niños; que algunos capítulos de Príncipe Otto fueron escritos al menos siete veces… Por supuesto, habla con detalle de los pormenores de las colaboraciones novelescas entre él y Stevenson. Podemos suponer que, tal vez, las cosas no fueron exactamente como las cuenta pero, en cualquier caso, queda clara la bondad y disponibilidad de Stevenson para enseñarle y para sacar partido al trabajo que le presentaba Lloyd Osbourne.

Otro de los puntos que trata es el de las enfermedades de Stevenson —en las que dice que tuvo gran influencia su madre, hipocondríaca y obsesionada con la lectura de revistas médicas—. Afirma que «nunca quiso mimarse a sí mismo o conformarse con la enfermedad si podía evitarlo. Con su habitual énfasis y determinación decía:
—¿Oh, demonios, qué importa? Permíteme morir con las botas puestas.
Para mí siempre ha sido una gran satisfacción lo que hizo. Mientras le desataba las botas cuando yacía muerto, recordé de forma muy conmovedora ese reiterado comentario suyo. Intrépido hasta el final, se había cumplido su deseo, que era símbolo de mucho más».

Lloyd Osbourne. Un retrato íntimo de R. L. S. (An Intimate Portrait of R. L. S., 1924). Edición que también contiene Los colonos de Silverado, de R. L. Stevenson. Madrid: Valdemar, 1993; 100 de 194 pp.; trad. de Miguel Hernández; ISBN: 84-7702-075-2.


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viernes, 19 de junio de 2015

Siempre nos quedará Paris contiene veintidós relatos inéditos de Ray Bradbury que no sorprenderán a quienes ya le conozcan. En ellos vuelve a temas conocidos —alguno sobre viajes espaciales, varios sobre muertos que vuelven a la vida, otros sobre recuerdos infantiles, algunos de vida cotidiana con acentos humorísticos…—, y su prosa tiene la concisión y el encanto habituales en sus obras.

No todas las historias son igualmente buenas pero hay algunas excelentes que hacen pensar, divierten y emocionan. Así, «Lejos de casa», que bien podría ser un capítulo de Crónicas marcianas, habla de cómo se remedia el enorme desamparo de unos jóvenes norteamericanos recién aterrizados en Marte. O, por ejemplo, «Encuentro literario» presenta varios diálogos de un hombre con su mujer que siguen la pauta de los libros que está leyendo el marido en cada momento: Del tiempo y el río, El halcón maltés, Vida de Alexander Pope, uno de Saroyan

Si tuviera que decir cuál me ha gustado más diría que fue «Veraniega pietà», un relato que podría estar incluido en El vino del estío. Trata sobre dos hermanos que van a ver un circo, trabajan también en él, y, después de todas las emociones, cuando el circo se va y el pequeño se queda solo con su padre, se desploma de agotamiento. Entonces, dice, «me alcanzó el cálido aroma a nicotina del aliento de mi padre», y percibe cómo unos brazos fuertes le sostienen y levantan en el aire…

Ray Bradbury. Siempre nos quedará Paris (We’ll always have Paris: stories). Barcelona: Minotauro, 2015; 206 pp.; trad. de Miguel Antón; ISBN: 978-84-450-0253-7. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 18 de junio de 2015

Dos libros largos de fantasía de hace algún tiempo: El último elfo y El último orco, de Silvana De Mari. Magnífico el primero, sobre todo en su primera parte; descompensado, por distintos motivos, pero ameno y con ideas buenísimas el segundo. Ahora mismo sólo en bibliotecas, me parece.

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miércoles, 17 de junio de 2015

Un lío de perros es un relato póstumo, francamente divertido, de Margaret Mahy, con ilustraciones no menos chispeantes de Tony Ross. Puede alinearse con otros en los que un ser extraordinario irrumpe en la vida de unos chicos y todo cambia.

Comienza cuando se mudan, casi a la vez, a la calle del Prodigio, un chico llamado Tom y un tipo curioso, Tomasz Mirabilis, que viene acompañado de un perro llamado Najki. Tom se hace amigo de Tomasz, que le deja que pasee a su perro y, junto a su amiga Sarah, descubre que, en presencia de Najki, los deseos se cumplen: así que han de ir aprendiendo a tener cuidado con lo que desean. En algunos tramos el narrador es Najki: dice, por ejemplo, que «llevo mi varita mágica conmigo. Siempre lo hago. Me crece ahí detrás, así que no me la puedo dejar en casa». Y, poco a poco, va quedando claro que está de lo más contento consigo mismo: «Soy tan increíble. El perro entre los perros»; «nadie puede decir que no hago todo cuanto puedo por los demás»; «a pesar de lo maravilloso que soy, también soy el más modesto del mundo».

La narración tiene tensioncillas: Tom y Sarah han de hacer frente a la banda de los Pateagatos; asisten a un emocionante partido de rubgy entre su escuela, La Carambola, y sus rivales de La Comadreja… También tiene chispa, con toques como «la verdad es que ver cómo tu mascota se convierte en un tigre te deja muy pensativo», o con descripciones como la de que en el rugby hay «melés embarulladas en las que da la impresión de que dos equipos de cangrejos marcianos locos se están empujando los unos a los otros»… Al final, aunque lo que ocurre no queda suficientemente justificado narrativamente, Tom aprende a reconocer lo maravillosas que son las cosas corrientes y tiene no sólo la «sensación explosiva de que el mundo era asombroso» sino, también, la de «que formaba parte de algo más asombroso que cualquier cosa que jamás hubiera podido desear».

Margaret Mahy. Un lío de perros (Tale of a Tail, 2014). Barcelona: Alfaguara, 2015; 173 pp.; ilust. de Tony Ross; trad. de Julio Hermoso Oliveras; ISBN: 978-84-204-1848-3. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 16 de junio de 2015

Después de su presentación en Nana y yo, un segundo libro de la heroína y su hermana es Nana y yo de vacaciones, de Jenny Valentine. En ocho capítulos, Moni cuenta el viaje y la estancia en un camping y en la playa, de sus padres, ella y Nana. Todo viene condicionado porque la profesora de Nana le encarga que cuide, durante las vacaciones, a un osito llamado Rodolfo, lo que causa problemas logísticos y preocupaciones adicionales a todos. De nuevo, historia graciosa y amable, con un humor cotidiano reconocible, unas pocas veces de risa franca y, normalmente, de sonrisa. Por ejemplo, para ir de vacaciones el padre de las niñas alquila una caravana amarilla, algo que a las niñas les encanta: «era muy divertido pasar por las calles de nuestro barrio en un coche distinto. Era como ir disfrazados. (..) Nana y yo queríamos tocar la bocina y gritar, porque estábamos muy contentas de ir de vacaciones en una caravana amarilla».

Jenny Valentine. Nana y yo de vacaciones (Iggy & Me on holiday, 2010). Madrid: Maeva, 2014; 175 pp.; col. Maeva Young; ilust. de Joe Berger; trad. de Rocío de Isasa; ISBN: 978-84-15893-26-4. [
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lunes, 15 de junio de 2015

El señor Tigre se vuelve salvaje, de Peter Brown, es un magnífico álbum con reminiscencias buscadas del pintor Henri Rousseau.

Vemos una ciudad de aspecto decimonónico en la que todos sus habitantes son animales humanizados. Se nos dice que a todos les gustan las cosas como son menos al señor Tigre, aburrido del comportamiento reglado y tan formal de sus conciudadanos. Hasta que tiene una idea: empieza a andar a cuatro patas para escándalo de todos. Entonces sus amigos le dicen que, ya puestos, que se marche a la selva, cosa que hace. Pero, una vez allí, tiene nostalgia.

Relato con mucho colorido. Los ambientes del principio, y también las ilustraciones, están muy ordenaditos, como corresponde al ambiente que se describe. La secuencia de las imágenes es clara y, en varios casos sin necesidad de palabras, conduce a la conclusión de modo natural. Es un rasgo propio del autor, como se puede ver en este y en sus otros álbumes, que intenta contar muchas cosas con imágenes y reducir al mínimo las palabras. Al final del libro se indica la técnica que usó el ilustrador: tinta china, gouache y lápiz sobre papel; y que usó un quinto color, el anaranjado, para el tigre. Las guardas son de las que intentan sintetizar la narración: del escenario urbano que sugieren los ladrillos del principio al escenario de selva en las últimas.

Peter Brown. El señor Tigre se vuelve salvaje (Mr. tiger goes wild, 2013). Barcelona: Océano Travesía, 2015; 42 pp.: col. Los Álbumes; trad. de Luis Bernardo Pérez; ISBN: 978-607-735-303-4. [Vista del libro en amazon.es]

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sábado, 13 de junio de 2015

Graham Balfour (1858-1929), primo de Stevenson, se propuso escribir una biografía suya y, también con ese fin, vivió en su casa de Samoa dos años.

Al margen de que la obra que luego publicó estuviera un tanto condicionada por los deseos de la esposa de Stevenson, en ella da todos los datos ordenadamente —antepasados, relaciones familiares, amistades de juventud, matrimonio, viajes, publicaciones, etc.—, y hace observaciones que van al fondo del modo de ser y de trabajar de su biografiado. Habla de la influencia que tuvo en él su nodriza, Alison Cunningham, o Cummie; de la rigidez y honradez escrupulosa de su padre; del espíritu optimista de su madre que, dice, «poseía en el más alto grado esa disponibilidad para la alegría que ilumina la incomodidad y convierte en una fiesta cualquier ruptura de la rutina cotidiana», un talante heredado por Stevenson.

Señala que una de las claves para comprender su personalidad y sus obras, tal como comenté a propósito de su poesía, está en la forma tan viva en que recordaba su infancia. El mismo Stevenson afirmaba que «se diría que he nacido con el sentimiento de que hay en las cosas algo conmovedor, de una fascinación y un horror infinitos e inseparables». Graham Balfour habla también de cómo, en sus años de juventud, Stevenson incubó una fuerte rebelión contra los dogmas rígidos e intolerantes del calvinismo, aunque no hace mención de un punto al que Chesterton dará mucha importancia: las experiencias oscuras de su vida juvenil en Edimburgo que asoman en relatos como El ladrón de cadáveres o como Jekyll y Hyde.

En cambio, lo que sí acentúa mucho es cómo tuvo, ya en esos años jóvenes, el objetivo claro de aprender a escribir y cómo, con ese fin, practicaba continuamente: mantenía diálogos consigo mismo, hacía frecuentes anotaciones, ejercitaba su capacidad para las descripciones, etc. A propósito de uno de los ejercicios que se imponía, el de imitar a distintos autores, decía el mismo Stevenson: «no lo lograba, y lo sabía; y de nuevo lo intentaba y tampoco lo conseguía, nunca lo conseguía; pero, al menos, gracias a aquellas inútiles tentativas, adquirí cierta práctica con la cadencia, la armonía, la construcción y la coordinación de las partes». También afirmaba que actuó así no como quien libra una batalla sino llevado de un fuerte impulso interior: «viré como un navío bien gobernado. Al timón se hallaba un piloto desconocido, al que llamamos Dios».

Balfour describe bien su modo de ser: su jovialidad y su espíritu efervescente, siempre con bromas y agudezas, su buen humor y una afición a la risa que nunca le abandonó, su sentido de la amistad y de la camaradería. También, su confianza en Dios, aunque no fuera el dios rígido del calvinismo: en una carta a su padre le decía que «ciertamente este es un mundo extraño, pero existe un Dios tangible para aquellos que le buscan». Otra de las cosas importantes que subraya el biógrafo es que Stevenson, a pesar de su fortísima vocación para la literatura y de la seriedad con la que siempre abordó su trabajo, tenía claro que lo primero es siempre la vida. Dice que, para él, como para Walter Scott, «haber hecho cosas que mereciese la pena escribir era un honor que no alcanzaba quien simplemente hubiera escrito cosas que mereciese la pena leer».

Graham Balfour. Vida de Robert Louis Stevenson (The Life of Robert Louis Stevenson, 1901). Madrid: Hiperión, 1994; 427 pp.; col. Libros Hiperión; trad. de Juan Ignacio de Laiglesia; ISBN: 84-7517-432-9.

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viernes, 12 de junio de 2015

Los niños,
de la colombiana Carolina Sanín, es un cuento largo, un tanto fantasmal, que cabría llamar de intriga psicológica. Está bien narrado, con un tono frío y distante, se apoya en imágenes literarias poderosas e intenta un acercamiento sofisticado (demasiado sofisticado y ausente de verdadero afecto para mi gusto) a cuestiones de interés.

Trata sobre una mujer llamada Laura que, un día, encuentra un niño a su puerta. Se interesa por él, lo lleva a su casa, averigua que se llama Elvis Fidel, y lo entrega a los servicios sociales de la ciudad. Más adelante pregunta por el chico, cuando ya está internado en una institución, empieza a visitarlo, se plantea cuidarlo e inicia los trámites para que se lo entreguen en adopción. Pronto se ve que si el niño necesita cuidados, Laura no los necesita menos.

El clima de la historia es un tanto alucinado. A Laura le mueve la bondad para cuidar del niño pero también tiene motivos un tanto místicos —«un niño había venido a buscarla y ella se sentía elegida»— y egoístas —cuando el niño intenta decirle cosas de su pasado, Laura «vio que en realidad no quería saber nada de él que no fuera ella»—. Por otro lado, sus acercamientos al niño no son certeros: se propone «hacer del niño un hombre amable, un hombre que fuera como un niño amable».

La narración tiene un deje crítico con un tono distante. Abundan las referencias irónicas al lenguaje oficial de las instituciones con las que se relacionan Laura y Fidel. Así, el folleto del colegio al que va Fidel habla de cómo en las vidas de los niños hay distintas posibilidades, pero «el buen conocedor de la constitución pueril podía determinar cuál era el caso de cada niño y administrar los saberes en concordancia». El lenguaje colombiano («parqueó el carro»; la «acudiente»…) será un atractivo para unos y un inconveniente para otros.

Carolina Sanín. Los niños (2014). Madrid: Siruela, 2015; 154 pp.; col Nuevos Tiempos; ISBN: 978-84-16396-07-8. [Vista del libro en amazon.es]

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jueves, 11 de junio de 2015

Después de la edición de Manos Kelly, otro volumen con historias ilustradas por Antonio Hernández Palacios: las cuatro primeras de Mac Coy tituladas «La leyenda de Alexis Mac Coy» (La Légende d'Alexis Mac Coy), «Un tal Mac Coy» (Un nommé Mac Coy), «Trampas contra Mac Coy» (Pièges pour Mac Coy), «El triunfo de Mac Coy» (Le Triomphe de Mac Coy).

El personaje, creado por J. P. Gourmelen a semejanza de Blueberry, comienza sus aventuras a finales de la guerra de Secesión, en 1864, en Georgia, y es un militar sudista capaz de resolver bien las más acciones más desesperadas. Su compañero, el rubio y borrachín Charley, le pone un contrapunto cómico.

Los guiones dejan mucho que desear pero no así las escenas barrocas de colores restallantes que pinta Palacios, unas llenas de acción y movimiento —en especial las que muestran caballos—, y otras majestuosas de paisajes desérticos y angostos desfiladeros. El prólogo explica bien las cualidades y carencias, tanto del relato como del trabajo del dibujante.

A H. Palacios y J. P. Gourmelen. Integral I Mac Coy (1978-). Ponent Mon, 2014; 224 pp.; trad. de Víctor Mora y Andreu Martín; ISBN: 978-1-908007-69-8. [
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miércoles, 10 de junio de 2015

Las maletas encantadas, de Joan Manuel Gisbert, es un estupendo relato, cuya segunda parte no sorprenderá a quien conozca al autor y cuyo arranque tiene un atractivo tono de fábula de animales pícaros.

Una musaraña decide hacerse con una maleta abandonada en medio del bosque y, para eso, la camufla de modo que nadie la encuentre. Pero un lagarto que la ve, le cuenta lo que le ocurrió a su prima la sabandija, y la musaraña se asusta y se marcha. Entonces el lagarto decide hacerse con la maleta pero, entretanto, la musaraña habla con el caracol que le hace darse cuenta de la trampa y regresa. Poco a poco, todos los animales del bosque acaban implicados en la historia: desean abrir la maleta y hacerse con lo que contenga pero, como son muchos, establecen un procedimiento justo para ver quién será el propietario final. A todo esto, sin embargo, un hombre misterioso llega con muchas más maletas a la vieja casa de piedra de la montaña, y deciden ir a ver.

La narración está cuidada, como es habitual en el autor. Además, se van solapando hábilmente distintas pequeñas intrigas: ¿quién será el animal más pillo?, ¿qué contendrá la maleta?, ¿quién se la habrá olvidado? No faltan toques de buen humor sencillo —«derramó tristes lágrimas de lagarto, mucho más pequeñas que las de cocodrilo, pero más sinceras y auténticas»—, y, por supuesto, aparece un sabio viajero y explorador típico de Gisbert que, por ejemplo, posee «la prodigiosa y legendaria Bola de Babel» que, «si la tienes en tu poder o a poca distancia, puedes entender todos los lenguajes del mundo».

Joan Manuel Gisbert. Las maletas encantadas (2011). Madrid: Narval, 2015; 156 pp.; ilust. de Mónica Calvo; ISBN: 978-84-938293-9-1. [
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martes, 9 de junio de 2015

¿Quién come a quién?,
de los polacos Alexsandra Mizielińska y Daniel Mizieliński, es un álbum de hace algún tiempo que representa el ciclo de la vida (en este caso la cadena alimenticia) de una forma diferente a las más habituales en álbumes (de los que yo conozco).

Con dibujos a plumilla, en blanco y negro, se suceden ilustraciones a doble página que van acompañadas de pocas palabras. En la primera se dice «nació una flor», en la siguiente que «los pulgones se comieron la flor», luego que «la mariquita se comió a los pulgones», que «la lavandera blanca se comió a la mariquita», «el zorro se comió a la lavandera blanca», «el lobo devoró al zorro», «y se murió (era muy viejo)»… Y, con las moscas que nacen del zorro, todo vuelve a comenzar con otro ciclo. Y así, de lo pequeño a lo grande y, luego, de nuevo a lo pequeño, se suceden cuatro ciclos.

Cada uno de los animales ocupa por completo la doble página, con las excepciones de cuando son muchos animalitos pequeños los que toman el relevo (los pulgones, las moscas, etc.). El único color lo ponen las letras rojas mayúsculas que indican cada paso y, en contadas ocasiones, se dan unas pocas y muy breves explicaciones técnicas sobre alguno de los animales.

Alexsandra Mizielińska y Daniel Mizieliński. ¿Quién come a quién? (Kto kogo zjada, 2010). Barcelona: Libros del Zorro Rojo, 2010; 60 pp.; col. Aprender y descubrir; trad. de Alfonso Cazenave; ISBN: 978-84-92412-71-6. [
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lunes, 8 de junio de 2015

¿Sales a jugar?, de María Pascual, es un álbum que resultará entrañable para muchos adultos, que podrán hablar con sus hijos de los juegos infantiles de un tiempo sin aparatos electrónicos. En él vemos a once niños y niñas, junto a un perro y un gato, jugando al escondite inglés, el pañuelo, la sogatira, el balón prisionero, policías y ladrones, y el churro-va (que yo conocí como «el burro» o «huevo, pico, araña»).

Hay un breve comentario introductorio a cada juego —que no es descriptivo sino que apunta brevemente cómo se juega y las tensiones entre quienes lo practican— y luego, sin palabras, sucesivas escenas que muestran lo que pasa y la distinta forma de actuar, no siempre limpia, de cada uno de los niños. Las figuras, niñas y niños cabezones de pies pequeñitos, son expresivas en sus caras y en sus movimientos. Aquí hay una reseña entusiasta e inmejorable.

María Pascual. ¿Sales a jugar? (2015). Madrid: Narval, 2015; 42 pp.; ISBN: 978-84-942228-7-0. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 7 de junio de 2015

Con motivo de su fallecimiento he actualizado y mejorado un poco las voces de Eduardo Galeano, Ivan Doig y Marcia Brown.

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sábado, 6 de junio de 2015

Hubo un momento en la vida de Stevenson, en los años finales de su primera estancia en Estados Unidos, en el que, de un modo un tanto desafiante frente a modos de actuar y de vivir que veía en su entorno, decidió cambiar sus obras de orientación y volver al mundo feliz de su infancia. En esa época escribió sus obras juveniles y de aventuras más destacadas y, también, Jardín de versos para niños, su primer libro de poemas, que dedicó a la que fuera su niñera. Hoy se considera uno de los libros clásicos de poesías para niños por más que, según cuenta en sus memorias su hijastro Lloyd Osbourne, la actitud de Stevenson hacia él era de indulgente indiferencia: consideraba que los poemas tenían encanto, sí, pero que eran insignificantes.

Sin embargo, en ellos brilla una cualidad que, según el primer biógrafo de Stevenson, su primo Graham Balfour, Stevenson poseía en grado muy alto: la de recordar su niñez —«aquella fue mi edad de oro», decía— con extraordinaria viveza, «como es dado hacerlo a muy pocos hombres y mujeres adultos». Pero esto también quiere decir otra cosa que señaló Chesterton en el ensayo biográfico que le dedicó: algunos de los poemas de Stevenson no están pensados y construidos para complacer a los niños sino, más bien, para complacer, en el mejor de los casos, a quienes quieren a los niños y, en el peor, para satisfacer a los entusiastas de los experimentos educativos.

Hay poemas de ese libro, seguía Chesterton, ante los que ningún niño puede sonreír. En todo caso fue el poeta quien sonrió al niño, que es algo muy distinto y, a su modo, también hermoso. Stevenson, por tanto, también contribuyó al nacimiento de esa literatura que llamamos infantil pero cuya finalidad, legítima e incluso honorable, es la de educar a los adultos en el aprecio de los niños. Pero, si es una cosa excelente enseñar a los hombres y mujeres a que disfruten de los niños, eso es una cosa totalmente diferente de hacer que los niños disfruten.

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viernes, 5 de junio de 2015

Lila era un personaje un tanto marginal en las novelas previas de Marilynne Robinson, Gilead y En casa. En la primera era el anciano pastor congregacionalista John Ames quien ponía por escrito su vida en una larga carta a su hijo pequeño. La segunda estaba narrada por la hija de su vecino y amigo Robert Boughton, pastor presbiteriano. Esta nueva historia, que se cuenta en tercera persona, sigue la vida y los pensamientos de la joven y silenciosa mujer de misterioso pasado con la que sorprendentemente se casó John Ames al final de su vida.

La autora concibió Gilead como una larga reflexión meditativa. En casa fue pensada para ser simbiótica con la novela previa pero, al irla escribiendo, la autora introdujo más diálogos de los que había previsto inicialmente. Lila, en cambio, construida con tanto cuidado como las anteriores, nos muestra por un lado a John Ames con una nueva perspectiva —lo que también indica que sólo quienes conozcan las novelas previas captarán del todo buena parte de las alusiones que se hacen—, y, por otro, nos cuenta la historia previa de Lila, tan diferente de las de Ames y Boughton.

Antes de llegar a Gilead, Lila fue una niña sin hogar y sin padres conocidos a la que recogió una mujer llamada Doll. Ambas vivieron, durante años, junto a unos trabajadores ambulantes que iban de pueblo en pueblo. Cuando Doll acabó desapareciendo, después de matar a un hombre, la vida de Lila dio tumbos durante unos años. En una narración sin capítulos, con algunos tramos que son monólogos interiores, Lila va rememorando estos sucesos al hilo de su relación con John Ames, de una forma mucho más ordenada de lo que parece, y la narración termina cuando tienen a su hijo, hacia 1950.

El hilo interior del relato es cómo Lila va curando su mundo interior tan herido, y a la vez tan agradecido a la protección de Doll, gracias al respeto y la bondad que siempre le muestra su marido. Son muchas las referencias bíblicas, a escritos de Calvino, y literarias. Hay excelentes diálogos en los que Lila plantea preguntas que John Ames no siempre sabe responder de modo convincente —«si Dios posee en verdad todo ese poder, ¿por qué permite que se trate tan mal a los niños?»—, y otras que sí contesta mejor: cuando le dice que «si el Señor no existe, las cosas son como las vemos. Lo que resulta mucho más difícil de aceptar», Lila le replica «bueno, pero eso es lo que tú quieres creer, ¿no?», y Ames le responde «lo que no significa que no sea verdad».

Marilynne Robinson. Lila (2014). Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2015; 297 pp.; trad. de Vicente Campos; ISBN: 978-84-16252-29-9. [
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jueves, 4 de junio de 2015

He puesto los datos de una nueva y cuidada edición que contiene una selección de relatos de Alexandr Afanasiev, titulada Basilisa la Bella y otros cuentos populares rusos.

También se ha editado hace poco uno de los relatos más conocidos del folclorista ruso en formato álbum: La princesa Rana. La historia comienza cuando tres príncipes disparan una flecha cada uno, en distintas direcciones, para encontrar así esposa, y al pequeño, el zarevich Iván, le corresponde una Rana. Así que, como ha de cumplir su palabra, se casa con ella. Pero, cuando el zar pone distintas pruebas a sus hijos, es la Rana, que por la noche se transforma en Vasilisa la Sabia —en esta versión con «v»—, quien sabe cumplir sus peticiones. Luego, para liberar a la princesa del encantamiento al que la sometió Koschei el inmortal, el príncipe tendrá que acudir a Baba Yaga.

El relato —del que hay versiones en distintos idiomas y lugares aunque la más conocida es la rusa—, está ilustrado con magníficas acuarelas de Sally Cutting, exuberantes y vistosas, con algunas composiciones que recuerdan las imágenes clásicas de Ivan Bilibin.

Sally Cutting. La princesa Rana. Madrid: Pobre Lobo, 2015; 40 pp.; versión y trad. de Tatiana R. Davidovitch; ISBN: 978-84-943347-0-2. [
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miércoles, 3 de junio de 2015

Hay historias que a unos les pueden hacer mucha gracia pero a otros no tanta. Si alguien ha vivido de cerca experiencias trágicas debidas al juego, por ejemplo, no querrá ni de broma un relato en el que la abuela enseña a su nieta a jugar al póker… Es el caso del singular Memorias de una abuela apostadora, de Dayal Kaur Khalsa.

En la primera parte la nieta habla de lo que a ella le contó la abuela de su vida: nació en Rusia, los cosacos invadieron su pueblo, siendo niña emigró a América, donde creció; luego se casó, su marido trabajó para un gánster muy importante y ella, para complementar los ingresos familiares, se convirtió en una experta jugadora de póker; después tuvo dos hijos, y uno se fue a California y otra, la madre de la narradora, se quedó a vivir en Nueva York; cuando el abuelo murió, la abuela se fue a vivir con su hija y su nieta. Y ahí comienza la segunda parte: la vida de la nieta con la abuela y las cosas que aprendió de ella.

El relato está acompañado con ilustraciones coloristas en la página derecha aunque, a veces, hay ilustraciones en ambas páginas. Las imágenes, más o menos deudoras del arte popular —aquí se dice que la ilustradora mezclaba los colores como las mujeres bereberes de Marruecos—, tienen como misión mostrar algunas cosas tal como se las imagina la narradora y hacerle notar al lector el contraste entre lo que cuenta y el aspecto apacible de la abuela, una ancianita que no parece haber roto nunca un plato. Hay un momento de la narración que es a la vez divertido y polémico: cuando abuela y nieta van a comprar un juguete y la niña quiere una pistola, la abuela le dice que las pistolas no son para las niñas…

Dayal Kaur Khalsa. Memorias de una abuela apostadora (Tales of a Gambling Grandma, 1986). Barcelona: Ekaré, 2015; 32 pp.; trad. de Carmen Diana Dearden; ISBN: 978-84-943038-5-2. [Vista del libro en amazon.es]

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martes, 2 de junio de 2015

Cuidado con la rana, de William Bee, es uno de esos álbumes de humor sarcástico —como algunos de Jon Klassen o Emily Gravett— que a unos les gusta mucho y a otros les da un poco de repelús.

Una anciana encantadora llamada Desazón Zozobra vive en una casita al lado del bosque. Para protegerse cuenta con una ranita instalada en el felpudo y un cartel a la entrada de su finca que advierte: «Cuidado con la Rana». Cada vez que alguien se acerca de modo amenazador a la casita, el narrador nos avisa: «¡Mirad!». Y vemos como, sucesivamente, un ladrón malvado, un Bicho Apestoso, y un Ogro Zampabollos intentan burlar a la Rana.

La narración se cuenta en versos sencillos —para leer y compartir en alto, más sonoros en el original inglés como suele ocurrir— y con cambios en la tipografía. Abundan las preguntas que lanzan al lector hacia delante y que facilitan su participación en la historia. Las imágenes en sí mismas son graciosas y la composición del álbum como tal, desde la reveladora contraposición entre la portada y la contraportada, pasando por la perfecta secuencia de las escenas, está muy cuidada. Luego, las ilustraciones tienen muchos detalles pequeños de los que avivan la curiosidad del lector. Este comentario extenso explica bien muchas más cosas.

William Bee. Cuidado con la rana (Beware of the Frog, 2008). Barcelona: Juventud, 2008; 42 pp.; trad. de Carlos Mayor; ISBN: 978-84-261-3671-8. [Vista del álbum en amazon.es]

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lunes, 1 de junio de 2015

Sam y Leo cavan un hoyo, con texto de Mac Barnett e imágenes de Jon Klassen, es un álbum un poco enigmático.

Los protagonistas, hermanos o amigos, cavan un hoyo a las afueras de su casa, en busca de algo espectacular, mientras un perro les observa. Después de un rato trabajando deciden dejar de ahondar en vertical y hacerlo en horizontal; luego deciden separarse y seguir cada uno por su cuenta. Las imágenes van dejando claras las consecuencias de sus decisiones: cada cambio de rumbo provoca que no descubran grandes diamantes.

Tal como acostumbra Klassen, las ilustraciones están muy bien compuestas con una paleta de colores limitada, en este caso a colores terrosos, y los personajes tienen divertidos aires impasibles. También, como vimos en la colaboración anterior entre los autores, es un signo distintivo del relato que las imágenes muestran muchas cosas que las palabras no dicen.

El desenlace bien podríamos suponer que nos quiere dar una lección conocida, la misma de El tesoro o Qué bonito es Panamá: la mejor aventura es volver y el mejor tesoro está en casa… Sin embargo, si uno se fija bien, hay curiosas diferencias, tanto en los personajes como en los escenarios, entre las ilustraciones del principio y las del final: ¿otro mundo distinto? ¿tal vez que la misma aventura nos cambia? Una de las interpretaciones que a mí me ha sugerido la veleta de la casa, diferente al comienzo y al término, es la de las dos clases de poesía de las que hablaba Chesterton.

Jon Klassen. Sam y Leo cavan un hoyo (Sam & Dave Dig a Hole, 2014). Texto de Mac Barnett. Barcelona: Juventud, 2014; 40 pp.; trad. de Teresa Farran; ISBN: 978-84-261-4091-3. [Vista del álbum en amazon.es]

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