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Notas de diciembre de 2005 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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sábado, 31 de diciembre de 2005

Imaginemos un artículo donde se hiciera un balance de lo que ha ocurrido en el mundo de los libros infantiles y juveniles este año.

Podría decir que se han publicado en España equis miles de libros, más que algunos países y menos que otros; que las editoriales grandes mantienen su preeminencia y que hay algunas pequeñas que lo hacen muy bien; que algunos títulos han sido un éxito por encima de lo esperado mientras otros no han vendido tanto como se preveía; que algunos autores nos han sorprendido con su nuevo título mientras que otros nos han defraudado; que los premios habituales del sector se han dado a distintos libros y unos son mejores y otros peores; que parece crecer la conciencia de la importancia de que los jóvenes lean y que continúan distintas iniciativas institucionales al respecto (en mi opinión bastante inútiles, e incluso estúpidas, y un despilfarro más)... Bien, no faltaría tampoco la inevitable mención al fenómeno Harry Potter: positivo porque los jóvenes leen más, negativo porque no leen otros libros…

No sé si alguien sacaría en claro algo de una información así, dejando al margen al periodista que cobra su sueldo mensual por llenar su espacio. En mi opinión no hay modo de tener una visión de conjunto completa pues nadie lee todos los libros y nadie puede adivinar qué libros serán históricos y cuáles pasajeros. En mi opinión también, los informes sobre las tendencias del sector y los análisis del mercado dicen más bien poco al ciudadano normal, aparte de que habría mucho que discutir sobre su puntería y sobre lo que pueden indicar al editor.

Por eso, desde hace tiempo pienso que, si de lo que queremos hablar es de libros y si el centro de nuestro interés son los niños (en el caso de la Literatura infantil y juvenil ambas cosas deberían ser obvias pero nadie debería creerse que lo son), lo mejor es olvidarse de los premios y de cualquier clase de montaje mediático, aumentar los contactos personales cercanos con muchos buenos lectores (y con los malos también pero entonces la conversación cambia de sintonía), y luego hablar de los libros que uno conoce bien de primera mano.

Feliz 2006.

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viernes, 30 de diciembre de 2005

Hace poco se ha publicado otro de los libros que no deben faltar en una buena biblioteca: una edición de los Cuentos completos de Flannery O'Connor en Barcelona: Lumen, 2005; 842 pp.; col. Narrativa; ISBN: 84-264-1511-3. Al respecto recomiendo los comentarios que, sobre la escritora norteamericana, figuran en el blog Compostela. En particular, los comentarios a los muy imprecisos textos que vienen en la cubierta y en la solapa. Aunque no, no estoy de acuerdo con la oportunidad del prologuista.

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jueves, 29 de diciembre de 2005

Uno de los mejores libros que se han editado en el año 2005 es El Vértigo, de Eugenia Ginzburg, una dirigente del Partido Comunista y profesora universitaria que cuenta su deportación a Siberia en 1937, cuando tenía poco más de treinta años, y los pormenores de su vida allí durante casi veinte años. De todos los libros que conozco en torno a los años de represión estalinista es el que más me ha impresionado: por motivos de calidad literaria y de intensidad emocional, pero también por el conmovedor ejercicio de sinceridad consigo mismo que hace la autora:

«Ahora, cuando estoy llegando al final de mi vida, lo sé con toda certeza. (...) En cada corazón late un mea culpa, y sólo hay que saber cuándo prestará oído el hombre a esas dos palabras que resuenan en lo más hondo de su ser.

Durante las noches de insomnio se oyen muy claramente. Esas noches de insomnio en las que, como dice Pushkin, todos “releemos la vida con horror”, y nos estremecemos, y maldecimos. En el insomnio, la conciencia no se consuela por no haber participado directamente en los asesinatos y las traiciones. Porque no sólo mata el que asesta el golpe, sino los que han avivado su odio. De uno u otro modo. Repitiendo irreflexivamente peligrosas fórmulas teóricas. Levantando en silencio la mano derecha. Escribiendo cobardemente una verdad a medias. Mea culpa... Y creo, cada vez más, que dieciocho años de infierno en la tierra no bastan para una culpa como esta».

Eugenia Ginzburg. El Vértigo (manuscrito terminado por la autora en 1959, circula de forma clandestina en Rusia; en 1967 se publica por vez primera en Italia). Barcelona: Galaxia Gutenberg y Círculo de lectores, 2005; 857 pp.; trad de Fernando Gutiérrez de la primera parte, El Vértigo, y de Enrique Sordo de la segunda, El cielo de Siberia; prólogo de Antonio Muñoz Molina; ISBN: 84-8109-503-6.

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miércoles, 28 de diciembre de 2005

Para terminar el año del Quijote, una última cita: «De la comedia artificiosa y bien ordenada, saldría el oyente alegre con las burlas, enseñado con las veras, admirado de los sucesos, discreto con las razones, advertido contra los embustes, sagaz con los ejemplos, airado contra el vicio y enamorado de la virtud; que todos estos afectos ha de despertar la buena comedia en el ánimo del que la escuchare, por rústico y torpe que sea»...

Miguel de Cervantes. Don Quijote de la Mancha. Capítulo XLVIII, 1ª parte.

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martes, 27 de diciembre de 2005

Continúo con el resumen de ayer. Aún no estoy al día de los buenos libros de fantasía que se han publicado en estos meses: falta poco. De momento, una selección de la mejor narrativa infantil y juvenil de los próximos meses. De algunos he hablado ya. De otros lo iré haciendo.

    René Goscinny. El pequeño Nicolás: La vuelta al cole, El chiste, ¡Diga!
    George Macdonald. La princesa y Curdie.
    Robert Erskine Childers. El enigma de las arenas.
    Tonke Dragt. Carta al rey.
    Beatrice Gormley. Adara.
    Andrea Ferrari. El hombre que quería recordar.
    Miguel Larrea. Kip Parvati y la sombra del cazador.
    Frank Cottrell Boyce. Lluvia de millones.
    Xavier Fàbrega y Ramón Homs. El misterio de Quintopino.
    Rafael Sánchez Mazas. Pequeñas memorias de Tarín.

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lunes, 26 de diciembre de 2005


Una selección de los mejores álbumes que he leído durante los últimos meses. De algunos he hablado ya. De otros lo iré haciendo.

    Poesía

    Eduardo Polo. Chamario.

    Álbumes ilustrados para pequeños

    Mo Willems. ¡La paloma encuentra un hot dog!
    Bárbara Firth. Duerme bien, osito.
    Aliki. ¡Estoy creciendo!, Mis manos.
    Eric Carle. Don Caballito de Mar.

    Álbumes ilustrados para más mayores

    Shaun Tan. El árbol rojo.
    Rébecca Dautremer. Princesas olvidadas o desconocida.

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domingo, 25 de diciembre de 2005

C. S. Lewis: «Si el cristianismo es falso, ningún hombre honesto querrá creer en él, aunque pueda ser muy útil. Si es verdadero, todos los hombres honestos querrán creer en él aun cuando no les proporcione la menor ayuda».

C. S. Lewis. «¿Hombre o conejo?» (1946), en Dios en el banquillo (God in the dock). Madrid: Rialp, 2002, 3ª impr.; 128 pp.; col. literaria; prólogo de Walter Hooper; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-3098-2.

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sábado, 24 de diciembre de 2005


En un acto en el Hipódromo de Brooklyn, después de cantar un villancico polaco que, como Noche de Paz, habla de que Dios se hace hombre para bendecir a todos los hombres y las mujeres del mundo, Juan Pablo II dijo: «Ésta es una canción que nos ayuda a no tener miedo». Eso son los villancicos: canciones de esperanza, canciones familiares, canciones contra el miedo.

Una selección, preparada por Carlos Reviejo, está en Cantemos a la Navidad (2002); Madrid: SM, 2002; 219 pp.; col. Para padres y maestros; ISBN: 84-348-9006-2. En ella figuran muchos villancicos clásicos, también algunos de origen inglés o alemán, y algunos que proceden de, o son populares en distintas regiones de España. Se incluyen también aguinaldos, romances, poemas populares, nanas, y canciones navideñas de autor —unos clásicos como Lope de Vega, Santa Teresa de Jesús, Juan del Encina o Quevedo; y otros contemporáneos como Gerardo Diego, Luis Rosales, Gloria Fuertes o José García Nieto—.
 

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viernes, 23 de diciembre de 2005

«Cualquiera que hable de la Navidad no puede pasar por alto el progresivo debilitamiento de su presencia real en nuestra realidad y nuestra sociedad. Desde hace mucho, y quizás desde siempre, el núcleo religioso de la Navidad, que ilumina a todo el resto de la fiesta, se ha ido paulatinamente reduciendo y empequeñeciendo hasta no ser ya más que una llamita en medio de la populosa iluminación fluorescente de la secularización. Aquél fenómeno se ha dilatado y el niño de Belén es cada vez menos el verdadero centro de la Navidad». No para todos, cabe añadir, y en cualquier caso, sigue Claudio Magris, la Navidad ahí sigue «para renovar aquella promesa de paz sin embargo siempre desmentida, para recordar la exigencia de que el mundo se convierta en un pesebre».

Claudio Magris. «Feliz Navidad», en Utopía y desencanto.

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jueves, 22 de diciembre de 2005

Otra persona relevante fallecida en el mes de noviembre fue Peter Drucker. He aquí una de las íneas de fuerza de su modo de pensar: «En la sociedad del saber hacia la que vamos, la persona es lo esencial. El saber no es algo impersonal como el dinero; el saber no reside en un libro, un banco de datos, un programa de ordenador; todas estas cosas contienen sólo información. El saber siempre está encarnado en una persona (...) Por tanto, el paso a la sociedad del saber convierte a la persona en lo esencial...».

Peter F. Drucker. «La persona instruida», en La sociedad poscapitalista (Post-capitalist Society, 1993). Barcelona: Apóstrofe, 1995, 2ª reimpr.; 224 pp.; col. Clásicos del management; trad. de María Isabel Merino Sánchez; ISBN: 84-455-0053-8.

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miércoles, 21 de diciembre de 2005

Una de las personas que ha muerto este año, hace pocas semanas, ha sido Wayne Booth, uno de los grandes críticos literarios del siglo XX. Esta es una cita suya: «Cuando decimos que la moralidad en el arte descansa en “escribir bien” tácitamente incluimos en nuestra reivindicación el concepto de la realización de un propósito digno. Una frase bien lograda puede servir los propósitos retóricos de un Hitler así como los propósitos literarios de un Zola. (...) La “frase bien lograda” en la ficción deber ser mucho más que “bella”, debe servir a finalidades más amplias y para el artista existe una obligación moral contenida como una parte esencial de su obligación estética de “escribir bien”...»

Wayne C. Booth. La retórica de la ficción (The Rhetoric of Fiction, 1961). Barcelona: Antoni Bosch, 1974; 423 pp.; versión española, notas y bibliografía de Santiago Gubern Garriga-Nogues; col. Ensayo; ISBN: 84-7162-631-4.

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martes, 20 de diciembre de 2005

C. S. Lewis: «A menudo, la única manera de adquirir una cualidad en realidad es empezar a comportarnos como si ya la tuviéramos. Por eso los juegos de niños son tan importantes: Ellos siempre están fingiendo ser adultos: juegan a los soldados o juegan a las tiendas. Pero en todo momento están endureciendo sus músculos y agudizando sus sentidos, para que la ficción de ser adultos les ayude a crecer de verdad».

C. S. Lewis. Mero cristianismo (Mere Christianity, 1952). Madrid: Rialp, 1995; 233 pp.; col. literaria: trad. de Verónica Fernández Muro; ISBN: 84-3213-077-X.

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lunes, 19 de diciembre de 2005

Es frecuente que, cuando se acierta de lleno con un relato, sus editores y autores intenten repetir la misma fórmula después. Es el caso de la ilustradora Barbara Firth y el escritor Martin Waddell a partir de ¿No duermes, osito? Recientemente ha llegado el cuarto: Duerme bien, osito.

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domingo, 18 de diciembre de 2005

Se pregunta Claudio Magris cómo se puede hablar de la Navidad, o del año que acaba y comienza, sin sentir bochorno: «¿Es acaso posible hablar de la Navidad a esos niños sórdida y brutalmente esclavizados para fabricar, con unos costes de trabajo tan bajos que se les hace la boca agua a sus indefensos explotadores, juguetes navideños destinados obviamente a otros?». Y se responde: «Tal vez la única forma decente de hablar de la Navidad sea, como en muchos otros casos, contar, porque el relato no tiene edificantes pretensiones de enseñar o tranquilizar, sino que sólo aspira a dar testimonio de la verdad de una experiencia o una epifanía del mundo, que no presume de excluir a otras, pero tampoco acepta ser negada o borrada por otras distintas y opuestas.

También la Navidad es en primer lugar una historia y de ella deriva su fuerza imborrable, que se transmite y continúa épicamente a lo largo del tiempo: la historia de María (...); de una cueva en la que se encuentra refugio a la intemperie de la vida; de un niño que nace para un destino grandioso hasta lo inconcebible y a la vez para una vida de juegos de infancia; vagabundeos por las callejas de Galilea y ratos alegres con los amigos; de un borriquillo y un buey, cuyo cálido aliento resulta necesario para el proyecto de la redención del mundo; de una noche de pastores y del trayecto de unos sabios orientados por una estrella que ha seguido siendo durante siglos el símbolo de la verdadera vida y que inducía a un poeta, no por cierto pío como Rimbaud, a llamar "Navidad en la tierra" a esos momentos en que la existencia parece liberada, iluminada por un significado en el que no es posible distinguir la verdad del gozo».

Claudio Magris. Feliz Navidad, en Utopía y desencanto.

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sábado, 17 de diciembre de 2005

«Nos reímos del honor y nos sorprende descubrir traidores entre nosotros. Castramos, y apostamos a que el caballo castrado sea fértil».

C. S. Lewis. La abolición del hombre.

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viernes, 16 de diciembre de 2005

Una consideración tomada de Ébano, de Ryszard Kapuściński, y que a nuestro alrededor también se aplica:

«La historia a menudo es producto de la irreflexión. Es una hija bastarda de la estupidez humana, el fruto de unas mentes obnubiladas, de la idiotez y de la locura. En casos tales, la escriben personas que no saben lo que hacen, más aún, que no quieren saberlo; rechazan tal posibilidad con furia y repugnancia. Vemos como avanzan hacia su propia aniquilación, cómo preparan sus propias trampas, cómo se atan la soga al cuello, con qué celo y diligencia comprueban si esas trampas y sogas son lo bastante fuertes, si resistirán y serán eficaces».

Ryszard Kapuściński. Ébano (Heban, 1998). Barcelona: Anagrama, 2004, 12 impr.; 352 pp.; col. Crónicas Anagrama; trad. de Agata Orzeszek Sujak; ISBN: 84-339-2545-8.

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jueves, 15 de diciembre de 2005

Hace pocas semanas que está en las librerías el extenso novelón Jonathan Strange y el señor Norrell, de Susanna Clarke, un singular cóctel decimonónico-posmoderno. Se pueden decir de él muchas cosas buenas: bien escrito, construido con cuidado, ambicioso, inteligente, ingenioso, elegante. Pero, también, que es insustancial...

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miércoles, 14 de diciembre de 2005

Hace no mucho se publicó en castellano Los nueve sastres, una de las novelas policiacas de Dorothy Sayers protagonizadas por lord Peter Wimsey. Ahora le toca el turno a El misterio del Bellona Club y la editorial Lumen anuncia que continuará editando las restantes. Amiga de Chesterton y Eliot, entre muchos otros escritores, Sayers dedicó gran parte de su vida a la traducción al inglés de La Divina Comedia de Dante, un trabajo que, hasta la fecha, sigue siendo una referencia. Entre otras cosas escribió también la serie de novelas policiacas a la que pertenecen las dos citadas y, dentro del género, se la considera también una referencia.

El misterio del Bellona Club se plantea cuando, poco antes de la hora de cenar, el viejo general Fentiman aparece muerto en el sillón orejero de su Club: supuestamente había sufrido un ataque al corazón por la mañana y ni los empleados ni los miembros del Club lo habían advertido. Pocos días después, el abogado de sus nietos, los hermanos Fentiman, pide a lord Peter Wimsey que averigue la hora exacta de su fallecimiento: de que ocurriera después o antes de las diez y media de la mañana, hora en que muriera su hermana Felicity, depende que sus nietos reciban o no una gran herencia.

Esta edición cuenta con un corto prólogo de P. D. James, que define bien los méritos de las novelas de Sayers y los rasgos que caracterizan a su detective aristócrata lord Wimsey y con un epílogo en el que figura su biografía completa, de Wimsey. Es una obra compuesta para entretener pero está bien escrita y bien construida, y contiene diálogos inteligentes, observaciones agudas y medidas descripciones ambientales. En su interior se contienen alusiones cultas que no estorban pero que revelan la clase de escritora que es Sayers: puede hablar de un encargado de guardarropa con cara de Sam Weller (personaje de Dickens), puede hacer que su protagonista piense en una solución y no en otra arrancando de que siempre se debe preferir lo imposible probable a lo posible improbable (según Aristóteles)...

Dorothy Sayers. Los nueve sastres (The Nine Tailors, 1954). Barcelona: Diagonal, 2003; 445 pp.; col. Clásicos Gimlet; trad. de Mireia Terés; ISBN: 84-9762-047-X.
Dorothy Sayers. El misterio del Bellona Club (The Unpleasantness at the Bellona Club, 1928). Barcelona: Lumen, 2005; 334 pp.; col. narrativa; trad. de Flora Casas; prólogo de P. D. James; ISBN: 84-264-1512-1.

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martes, 13 de diciembre de 2005

Un relato clásico navideño es El regalo de los Reyes Magos, del norteamericano O. Henry, que se puede encontrar también en versiones ilustradas. De sus cuentos a mí me parece también formidable El príncipe del Chaparral, en la línea varias veces indicada de la importancia que tienen los cuentos de fantasía para los niños.

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lunes, 12 de diciembre de 2005

Algunos libros son elogiados por encima de sus méritos: porque supuestamente van en una buena dirección, porque conectan con quienes hablan de libros, porque tienen acentos poéticos que gustan a muchos...

Es el caso de El oso que amaba los libros, un álbum que habla de un oso fascinado por los signos que ve en un papel; que un día ve a una mujer leyendo un libro y, con curiosidad, se acerca y ve que las hojas del libro tienen los mismos signos de su papel. Además, la mujer no se asusta ni nada y le lee en voz alta, y el oso también se ve atrapado por los sonidos de la lectura en voz alta. Al final, la mujer se marcha pero le deja libros al oso.

Tal como yo veo las cosas creo que la historia es excesiva. Aceptaría mejor un argumento así si el protagonista fuera el gato de la familia, pero un oso... En fin, quizá por eso tampoco me resulten convincentes las ilustraciones, compuestas con cambios cinematográficos de perspectiva, que buscan transmitir un clima ensoñador y son expresivas a la hora de reflejar los sentimientos de asombro y curiosidad del oso protagonista.

Jim Lamarche. El oso que amaba los libros (A Story for Bear, 2002). Texto de Dennis Haseley. Barcelona: Juventud, 2004; 40 pp.; trad. de Christiane Reyes; ISBN: 84–261–3395–9.

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domingo, 11 de diciembre de 2005

Nick Hornby: «Una de las grandezas del deporte es su cruel claridad: no existe, por ejemplo, un mal corredor de los cien metros lisos, ni un lamentable defensa central con una suerte tremenda. En el deporte, las cosas están más claras que el agua». O, como decía una vez Jack Nicholson: me gusta el baloncesto, la bola entra o no entra, hay certezas.

Nick Hornby. Fiebre en las gradas.

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sábado, 10 de diciembre de 2005

«La conquista de la Naturaleza por el Hombre, si se realizan los sueños de algunos planificadores científicos, significa el dominio de unos cientos de hombres sobre billones de hombres. No hay ni puede haber un simple aumento de poder por el lado del Hombre. Cada nuevo poder ganado por el hombre es también un poder sobre el hombre».

C. S. Lewis. La abolición del hombre — Reflexiones sobre la educación (The Abolition of Man, 1943). Barcelona: Andrés Bello, 2000; pp.; trad. de Paula Salazar; ISBN: 84-95407-43-4. Hay otra edición en Madrid: Encuentro, 1994, 2ª ed.; 96 pp.; col. Libros de bolsillo - Encuentro; trad. de Javier Ortega García; ISBN: 847490255X.

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viernes, 9 de diciembre de 2005

Boris Cyrulnik: «Estamos lejos del padre romano, que alzaba al hijo o le dejaba morir, del "monseñor" medieval que enseñaba la práctica de la caza y de la lectura a su hijo, o del padre napoleónico que representaba al Estado en la familia. En la época aún reciente en que había demasiado padre, las madres, pilares de la vida familiar, no eran, en el plano social, sino meros anexos del marido. Hoy en día, los nuevos padres son cada vez con mayor frecuencia "compañeros de mamá"».

Boris Cyrulnik. Los patitos feos (Les villans petis canards, 2001). Barcelona: Gedisa, 2002; 238 pp.; trad. de Tomás Fernández Aúz y Beatriz Eguibar; ISBN: 84-7432-926-4.

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jueves, 8 de diciembre de 2005

Se suele decir que La máscara de Dimitros, de Eric Ambler, es el mejor relato en su género. Su protagonista es Charles Latimer, un novelista inglés que, en la Turquía de Kemal Ataturk, puede ver el cuerpo sin vida de Dimitrios Makropoulos, un tipo con una vida pasada singular: asesinatos, magnicidios, tráfico de blancas y de drogas, etc. Decide reconstruirla visitando los lugares donde actuó: Grecia, Bulgaria, París..., pero las cosas se van complicando.

La novela tiene cualidades sobresalientes: cuidadas descripciones de ambientes, tramos de prosa excelente, un conseguido modo indirecto de ir ofreciendo las informaciones tanto al protagonista como al lector de modo a que a los dos se les conduce al mismo paso. Entre sus defectos están el que no queda claro por qué Latimer continúa de lío en lío, que algunos personajes de los primeros capítulos desaparecen, que a veces el argumento avanza con cartas y largas conversaciones... Pero, con todo, el relato interesa y, como ya subrayé al comentar Motivo de alarma, Ambler remacha su idea: «Buenos Negocios y Malos Negocios eran el fundamento de la nueva teología».

Eric Ambler. La máscara de Dimitros (A Coffin for Dimitrios, 1939). Barcelona: El Aleph, 2002; 383 pp.; col. Clásicos Gimlet; trad. de Ana Goldar; ISBN: 84-95808-88-9.


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miércoles, 7 de diciembre de 2005

Juan Pablo II: «De niños, todos esperábamos a San Nicolás por los regalos que nos traía. Los comunistas quisieron quitarle su santidad y por eso inventaron el "Abuelo Hielo". Por desgracia, también en Occidente se ha popularizado últimamente en un contexto consumista. Parece como si hoy se hubiera olvidado que su bondad y generosidad fueron sobre todo la medida de su santidad. Se distingue como obispo por su atención hacia los pobres y sus necesidades. Recuerdo que, cuando era niño, tenía con él una relación personal. Naturalmente, como todo niño, esperaba los regalos que me traería el 6 de diciembre. Sin embargo, esa espera tenía también una dimensión religiosa. Como mis coetáneos, sentía veneración por este santo que, de manera desinteresada, daba regalos a la gente y manifestaba así su amorosa solicitud por ella».

Juan Pablo II. ¡Levantaos! ¡Vamos! (Alzatevi, andiamo!, 2004). Barcelona: Plaza & Janés, 2004; 191 pp.; trad. de Pedro Antonio Urbina; ISBN: 84-01-30530-6.

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martes, 6 de diciembre de 2005

Papá Noel, «Father Christmas» en el mundo inglés y Santa Claus en el norteamericano, es San Nicolás, un santo del siglo IV del que se recuerda, en particular, que dio una generosa dote para las tres hijas de un hombre pobre. Durante siglos fue patrono de los niños en Holanda, donde era conocido como «Sinterklass», una corrupción de Sint Nikolaas, y tradicionalmente les traía regalos el día 6 de diciembre.

A partir de un poema publicado en Nueva York el año 1823, The Night Before Christmas, donde se lo describe por primera vez tal como lo conocemos hoy, alcanzó gran popularidad entre los numerosos habitantes de origen holandés que había en aquella ciudad. Comenzó entonces la costumbre de que trajera los regalos el día de Navidad.

En su Canción de Navidad, el año 1843, Charles Dickens lo representa como un anciano con barba y, también desde mediados del siglo XIX, el ilustrador norteamericano Thomas Nast lo dibuja con el aspecto que será ya inconfundible.

Estos son los antecedentes de que, a partir de mediados del diecinueve y mucho antes de la explotación comercial posterior, Papá Noel pasase a ser una figura popular que anuncia el nacimiento de Jesucristo como el gran regalo a la humanidad, y por eso hace regalos que son una figura de aquel primer regalo. Despojado de ese significado, para muchos se ha quedado en una representación física de una generosidad abundante.

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martes, 6 de diciembre de 2005

Acaba de publicarse Una magia profunda. Guía de las Crónicas de Narnia, en ediciones Palabra. Cuando mandé a la editorial el texto sugerí que incluyeran en una de las solapas unas citas de C. S. Lewis. Pero la encuadernación de esa colección no lleva solapas, por lo que aquí están las citas:

-«La peculiaridad del lector infantil consiste en que no es peculiar. Somos nosotros quienes lo somos».
-«El cuento de hadas me parecía la forma ideal para lo que yo tenía que decir».
-«Cada ideal estilístico dicta no sólo cómo se debieran decir las cosas sino qué género de cosas se pueden decir».
-«Un libro que sólo merece la pena leerse en la infancia no es un buen libro ni siquiera en esa época».
-«Las únicas obras de ficción de las que deberíamos librarnos cuando crecemos son aquellas que probablemente hubiera sido mejor no haber leído jamás».
-«La mejor defensa contra la mala literatura es una experiencia plena de la buena; así como para protegerse de los bribones es mucho más eficaz intimar realmente con personas honradas que desconfiar en principio de todo el mundo».
-«Quienes nos amonestan de adultos por leer libros infantiles ya nos amonestaban de niños por leer libros demasiado maduros. Ningún lector que se precie progresa por pura obediencia a un calendario».
-«El deber del educador moderno no es talar selvas, sino regar desiertos. La defensa adecuada contra los sentimientos falsos es inculcar sentimientos justos».

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lunes, 5 de diciembre de 2005

Hace unos meses hablé de Aliki y he visto que, no hace mucho, la editorial Juventud ha publicado otros dos de sus álbumes para prelectores: Mis manos y ¡Estoy creciendo! No son geniales, pero cumplen bien su función.

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domingo, 4 de diciembre de 2005

Richard Ford: Los deportistas «nunca expresan contradicciones, ni muestran una pizca de miedo existencial. (...) Ellos no analizan sus emociones ni tienen dudas acerca de lo que dicen o piensan. De hecho, los deportistas, cuando están en su mejor forma física, logran que su naturaleza prosaica parezca un misterio por el simple hecho de estar totalmente absortos en lo que hacen. Los años de entrenamiento deportivo enseñan esto, la necesidad de renunciar a la duda, la ambigüedad y el autoanálisis en favor de una agradable y unidimensional autosuperación que obtiene su inmediata recompensa en los deportes». No es exacto, creo yo, pero sí es bastante aproximado a lo que se nos muestra del deporte profesional.

Richard Ford. El periodista deportivo (The Sportswriter, 1986). Barcelona: Anagrama, 1990; 396 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Isabel Núñez y José Aguirre; ISBN: 84-339-3195-4.

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sábado, 3 de diciembre de 2005

«Los libros o la música en que creíamos que se ocultaba la belleza nos traicionarán si confiamos en ellos. Pero realmente no está ni en aquellos ni en ésta, tan sólo se revela a través de ellos. En realidad, los libros y la música sólo aumentan el deseo de poseerla. (...) Si se confunden con la cosa misma, se transforman, no obstante, en ídolos mudos que rompen los corazones de quienes los adoran. No son, pues, la cosa misma, sino el perfume de una flor no hallada, el eco de una armonía jamás oída, la noticia de un país desconocido».

C. S. Lewis. «El peso de la gloria» (1941), en El diablo propone un brindis (Screwtape proposes a toast and other pieces). Madrid: Rialp, 2002, 4ª impr.; 152 p.; col. literaria; prólogo de Walter Hooper; trad. de José Luis del Barco; ISBN: 84-321-2935-6.

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viernes, 2 de diciembre de 2005

Uno de los personajes de Incierta Gloria, Trini, dice: «¡Nos es tan necesaria la fantasía cuando somos pequeños, cuando somos nuevos en este mundo; nos es tan necesario transfigurar este mundo, al que hemos venido a parar no sabemos cómo ni de qué manera, con los toques de la fantasía y del misterio! Hay más aún; hay más que esta necesidad de fantasía y de misterio, o sea de poesía, que tan vivamente sienten los niños; hay más, y es que tienen miedo. Todos los niños tienen miedo: miedo a la oscuridad, miedo a los desconocidos —personas o animales—, miedo a perderse, a extraviarse; miedo a no saben bien el qué. Mis padres, como todos los incrédulos, negaban que este miedo fuese innato; lo atribuían, por el contrario, al vicio —como decían ellos— de hablar a los niños de cosas que dan miedo, como es la muerte, el demonio, los fantasmas, el lobo, las brujas. Pero a mí nunca me habían hablado de nada de todo eso y recuerdo como si los sintiera ahora mis miedos, mis grandes terrores nocturnos si me despertaba a altas horas de la noche, aquellos miedos sin forma y sin límite que flotaban pesadamente en la oscuridad de mi dormitorio. Un día, ya un poco mayor, conocí en la escuela a una niña que me dijo que ella, por la noche, cuando tenía miedo, se encomendaba al ángel de la guarda. Le decía: "Ángel de la guarda / dulce compañía, / no me desampares / ni de noche ni de día". Me aprendí estos versos sin decir nada a los papás, y a partir de entonces, si me despertaba, los recitaba en voz alta».

Joan Sales. Incierta gloria.

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jueves, 1 de diciembre de 2005

Según cuenta él mismo, Graham Greene redactó El agente confidencial con rapidez, con deseos de ganar dinero, a la vez que por las tardes escribía con más calma la que sería su mejor novela: El poder y la gloria.

Un profesor de lenguas románicas, llamado D., llega a Inglaterra para conseguir un importante contrato de carbón, del cual podía depender el destino de su país, asolado en ese momento por una guerra civil. Una vez allí le comienzan a pasar cosas extrañas y no se sabe bien quién trabaja para quién. Lo mejor del relato es la forma en que se dibuja el clima de desconfianza en torno al protagonista, sus aires escépticos y su progresiva consciencia de las consecuencias inesperadas y trágicas que tienen sus acciones, incluso sus acciones bondadosas. Con una perspectiva distinta de la que usa Conrad en El agente secreto, aquí Greene pone de manifiesto algunos problemas morales a los que cualquier agente secreto que se precie acabará enfrentándose.

Graham Greene. El agente confidencial (The Confidential Agent, 1939). Madrid: Alianza, 1990; 245 pp.; col. El libro de bolsillo, sección Literatura; trad. de Barbara McShane y Javier Alfaya; ISBN: 84-206-0156-X.

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