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Notas de diciembre de 2010 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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viernes, 31 de diciembre de 2010

En el 2011 cuento con publicar varios libros en formato electrónico del mismo modo que acabo de hacer con Una magia profunda, también en amazon.com,

El primero, que pretendo tener listo antes de dos meses, será un panorama global de la narrativa infantil y juvenil en el que diré qué libros considero decisivos, y otros que me parecen valiosos, dentro de cada género.
Una forma de explicar su objetivo es decir que intento que sea el libro que a mí me habría gustado tener entre manos cuando me planteé saber cuáles eran los mejores libros de literatura infantil y juvenil.

Feliz año.

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jueves, 30 de diciembre de 2010

Debo comenzar por decir lo mismo del año pasado en esta misma nota: en lo que se refiere a la marcha de la página web, todavía no he conseguido introducir todas las voces importantes desde un punto de vista histórico, aunque cada vez quede menos. Lo mismo digo respecto a seguir intentando dar homogeneidad y equilibro a las secciones temáticas donde se agrupan las notas diarias.

Continuaré con el plan Chesterton, tal como explico en los párrafos del comienzo de la página correspondiente. Claramente cometí un error de cálculo cuando pensé que, a lo largo del 2010, habría terminado con la lectura de todas sus obras y la relectura de otras pues son muchos los artículos que escribió y no es lo mismo leer en castellano que en inglés.

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ColumHijoReyIrlanda.jpg
miércoles, 29 de diciembre de 2010

Entre los muchos libros del irlandés Padraic Colum, uno que citan las enciclopedias como un clásico y del que no conozco traducción al castellano, es The King of Ireland's Son. Es una especie de aventura fantástica en la que se integran bien varios cuentos propios del folclore irlandés. Puede leerse en la red.

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HearnKwaidan.jpg
martes, 28 de diciembre de 2010

A Lafcadio Hearn, un escritor irlandés nacionalizado japonés, le debemos que popularizara en Occidente muchos relatos japoneses. Una de sus recopilaciones fue Kwaidan. Todos ellos están también en los libros citados en la nota Cuentos de orígenes shintoístas y budistas que he actualizado con los datos de Cuentos y tradiciones japonesas III, que antes no estaba pues lo he leído en los últimos meses.

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GomiCocodrilo2.jpg
lunes, 27 de diciembre de 2010

Álbumes infantiles con un fin práctico: Cocodrilo va al dentista, un simpático relato de Taro Gomi para vencer los miedos, y ¡A lavarse los dientes!, un pop-up educativo gracioso, con todos los pormenores higiénicos sobre la cuestión, de Patricia Geis.

El primero comienza con una primera doble página en la que el cocodrilo se dice «No quiero ir» y continúa en la segunda con un «pero debo hacerlo»; y aunque se dice «me da miedo», también luego se repite «pero seré valiente»… Bueno, y el dentista tampoco las tiene todas consigo al tener a un cocodrilo delante. Es un álbum narrativa y gráficamente tan bueno como uno espera de un maestro como Gomi: los mensajes se repiten y se leen normalmente sobre fondo blanco, y las figuras, grandes y bien recortadas contra el fondo, expresan bien su temor y su alivio.

Se podría decir que el segundo comienza donde termina el álbum de Gomi: una vez que ya se ha convencido de que ha de lavarse los dientes, hay que explicarle bien al cocodrilo todo lo qué debe hacer.
Se los he recomendado a mi dentista, que ya tiene una gran colección de cómics en su sala de espera para que los niños vayan allí con interés.

Taro Gomi. Cocodrilo va al dentista (Wani-san Doki Haisha-san Doki, 1984). Mexico: Fondo de Cultura Económica, 2010; 32 pp.; trad. de Kazuko Nagao; col. Los especiales de A la Orilla del Viento; ISBN: 978-607-16-0142-1.
Patricia Geis. ¡A lavarse los dientes! (2010). Barcelona: Combel, 2010; 14 pp.; ISBN: 978-84-9825-571-3.


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domingo, 26 de diciembre de 2010

Marcello Pera:
«Contra el relativismo en la ciencia se pueden hacer valer los “hechos de los experimentos”: al final, ni siquiera el ptolemaico más obstinado pudo ya negar que Venus tenía fases. Contra el relativismo de las culturas se pueden oponer los “hechos de las expectativas”: al final, ni siquiera Derrida niega que, para hacer frente al terrorismo es auspiciable una decisión por parte de los organismos internacionales. Y contra el relativismo de las civilizaciones, se pueden oponer los “hechos de las preferencias”: al final, ni siquiera el relativista multiculturalista más lanzado niega que todos los hombres, si se les deja libres, prefieren vivir en condiciones de seguridad, respeto, salud, bienestar y paz» (o, como se decía tiempo atrás, no hay más que fijarse a dónde va el «voto con los pies»).

Marcello Pera – Joseph Ratzinger. Sin raíces (Senza radici. Europa, relativismo, cristianesimo, islam, 1004). Barcelona: Península, 2006; 144 pp.; trad. de Bernardo Moreno y Pablo Largo; ISBN: 84-8307-717-5.

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domingo, 26 de diciembre de 2010

Esta es la felicitación de navidad más sabiamente diseñada que he recibido este año.

Y este es su autor, el mismo de un libro tan original como inteligente: Título del libro.

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GiottoNavidad.jpg
Nacimiento de Jesucristo (detalle).
Giotto, 1304-1306.
sábado, 25 de diciembre de 2010

Ya incluí, en el pasado, algunas citas de Chesterton relativas a la Navidad: Extremos que se tocan, El humo de la explosión, y Una fiesta familiar. Otra más, relacionada con la singularidad del nacimiento de Jesucristo, es esta:

«Ninguna leyenda pagana, anécdota filosófica o hecho histórico, nos afecta con la fuerza peculiar y conmovedora que se produce en nosotros ante la palabra Belén. Ningún otro nacimiento de un dios o infancia de un sabio es para nosotros Navidad o algo parecido a la Navidad; es demasiado frío o demasiado frívolo, o demasiado formal y clásico, o demasiado simple y salvaje, o demasiado oculto y complicado». Con la Navidad sentimos como «algo que nos sorprende desde atrás, de la parte oculta e íntima de nuestro ser», como si encontráramos algo en el fondo del propio corazón que nos atrae hacia el bien, como un «momentáneo debilitamiento que, de una forma extraña, se convierte en fortalecimiento y descanso». (El hombre eterno)

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viernes, 24 de diciembre de 2010

Como en años anteriores, reitero mi agradecimiento a todos los que me citan o enlazan, a todos los que me dicen cosas que debería corregir o mejorar, y a todos los que siguen y leen la página. Desde el 1 de enero hasta el uno de diciembre tuvo 249618 visitantes únicos, 32927 el mes que más y 15001 el mes que menos.

Feliz Navidad a todos.

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jueves, 23 de diciembre de 2010

Dadas las fechas viene a cuento una nota, fechada en Wilflingen el 24 de diciembre de 1968, de Ernst Jünger:

«De acuerdo con mi vieja costumbre, al atardecer del día de Nochebuena he llevado una vela al camposanto. La he hundido en la nieve hasta la mitad; la volvía translúcida. Allá arriba en el cielo pasaban nubes por delante de la pálida Luna; a esa misma hora estaba dando vueltas en torno a ella un equipo de norteamericanos.
Cuando yo coloco una vela en una sepultura, eso no causa ningún efecto, pero dice mucho. Brilla para el Universo, confirma su sentido.
Cuando los astronautas dan vueltas en torno a la Luna, eso causa mucho efecto, pero significa poco».

Ernst Jünger. Pasados los setenta I (1965-1970) - Radiaciones (Siebzig Verweht I Strahlungen III, 1982). Barcelona: Tusquets, 1995; 591 pp.; col. Andanzas; trad. de Andrés Sánchez Pascual; ISBN: 84-7223-848-2. [Vista del libro en amazon.es]

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DiterlizziKennyD.jpg
miércoles, 22 de diciembre de 2010

Me ha gustado Kenny y el Dragón, de Tony DiTerlizzi, uno de los autores de las Crónicas de Spiderwick. Es un relato que recrea, como si fuera para una versión Disney, El dragón perezoso, de Kenneth Grahame.
Su protagonista es un joven conejo llamado Kenneth, Kenny. La narración comienza cuando su padre llega muy agitado a casa porque ha visto una criatura espantosa en sus tierras. Kenny, un bibliófilo empedernido, va a verla y entra en contacto con el dragón, de nombre Grahame, que resulta ser un tipo de lo más pacífico e irónico. Etcétera.

No hay nada original en esta historia, como no sea que el autor la estira un poco más y hace intervenir a más personajes, con lo que parecen guiños también a El viento en los sauces. Pero todo está bien contado y resulta simpático, gracias también a los estupendos y superclásicos dibujos a lápiz, que facilitan al lector que vea las caras de Kenny y Grahame y se haga cargo de los ambientes en los que se mueven.

Tony DiTerlizzi. Kenny y el dragón (Kenny and the Dragon, 2008). Barcelona: Ediciones B, 2010; 149 pp.; trad. de Carlos Abreu; ISBN: 978-84-666-4349-8. [Vista del libro en amazon.es]

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DautremerPulgarcito.jpg
martes, 21 de diciembre de 2010

El diario secreto de Pulgarcito,
un texto de Philipe Lechermeier ilustrado por Rebecca Dautremer, ha sido, para mí, una decepción. Sin duda debida, en parte, a que tenía grandes expectativas de una nueva colaboración entre ambos visto el resultado en Princesas olvidadas o desconocidas.

El texto es, en efecto, un diario en el que Pulgarcito detalla exhaustivamente muchísimas cosas de toda su historia. Tantas, y tan innecesarias, que aburre. Además, por desgracia, ni tiene chispa en lo que cuenta ni tampoco hace gracia su ironía: es lo que suele pasar cuando un narrador es tan consciente de sí mismo y te hace notar a cada paso su presencia. En otro orden de cosas, a mí al menos me parece obvio que las bromas picarescas tienen su sitio en relatos picarescos, y no en relatos infantiles, salvo que uno desee no agradar a ninguno de los dos grupos lectores (el conocido problema de apuntar a dos liebres a la vez).

Lógicamente, como el texto tiene tanto peso, el trabajo de la ilustradora no es suficiente para que el libro remonte. Diría incluso que, aunque haya imágenes, sobre todo de las que ocupan la doble página, que tienen el encanto que uno espera de Dautremer, la mayoría, las que presentan pequeños dibujos con detalles, se contagian de la confusión del texto e incluso la incrementan. En fin, yo he terminado la lectura del libro con una gran sensación de lástima por el poco aprovechamiento de un trabajo tan enorme como el que se ve que ha tenido que abordar la ilustradora.

Rebecca Dautremer. El diario secreto de Pulgarcito (Journal secret du Petit Poucet, 2009). Texto de Philippe Lechermeier. Zaragoza: Edelvives, 2010; 200 pp.; trad. de ; ISBN: 9788426376763.

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FrazeeGartonMundoEntero.jpg
lunes, 20 de diciembre de 2010

El mundo entero,
de Marla Frazee y Liz Garton, es un álbum de los que buscan hacer una presentación optimista del mundo a los pequeños.

De forma más ordenada de lo que a primera vista puede parecer, se muestran escenas de vida cotidiana. Unas son sobre niños que juegan en la naturaleza, con y sin adultos alrededor. Otras presentan momentos de sol, de lluvia o de viento. Otras presentan la convivencia entre gente que trabaja, o que alterna en un restaurante, o que se resguarda en casa. En conjunto el álbum empieza por la mañana y termina por la noche.

Después de una ilustración grande que ocupa la doble página, en la siguiente doble página hay varias escenas, a veces en un solo dibujo sintético y a veces en dos o más dibujos, todos excelentes. Las figuras humanas son expresivas y tanto los paisajes como las escenas de grupos de gente comunican calidez. Aunque los ambientes sean de hoy me han recordado ilustraciones de álbumes de hace décadas.

Las imágenes van acompañadas de pareados rítmicos que, sin conocer el texto inglés original completo, me parece que no se han conseguido volcar al castellano con igual sonoridad. Sólo puedo comparar los primeros cuatro versos en inglés con sus equivalentes en castellano.

En inglés:
«Rock, stone, pebble, sand
Body, shoulder, arm, hand
A moat to dig, a shell to keep
All the world is wide and deep».

En castellano:
«Roca, piedra, guijarro, arena
Cuerpo, brazo, mano, dedos
Un hoyo que cavar
Una caracolilla para mamá»

Marla Frazee. El mundo entero (All the world, 2009). Texto de Liz Garton Scanlon. Barcelona: Serres, 2010; 36 pp.; trad. de Varda Fiszbein; ISBN: 978-84-84882176.

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lunes, 20 de diciembre de 2010

Nueva edición, en formato electrónico para Kindle —que se puede leer en cualquier ordenador—, de Una magia profunda. Guía de las Crónicas de Narnia que publiqué hace unos años. No he corregido nada respecto a la edición anterior, pero tiene una nueva portada, de Rodrigo Zaparaín, y contiene dos reseñas muy breves de libros de C. S. Lewis que antes no estaban.

Lo mejor, me parece a mí, sigue siendo el capítulo sobre las críticas que hizo Tolkien a esa obra de Lewis: en él explico, espero que convincentemente, por qué Tolkien tenía razón al hacerlas, y por qué, vistas las cosas de otro modo, Lewis, que sabía bien lo que hacía, también tenía razón al ignorarlas.

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domingo, 19 de diciembre de 2010

Robert Spaemann:
 «Es una norma ambigua el decir que cada uno debe hacer lo que le gusta. Puede significar que cada uno tiene que habérselas con los gustos de los demás como le apetezca, amigable y tolerantemente, o de manera violenta e intolerante. Puede también significar que cada uno debe respetar los gustos de los demás. Una tal exigencia de tolerancia limita justamente los propios gustos. Se debe dejar claro que la tolerancia no es de ningún modo, como se dice a veces, una consecuencia evidente del relativismo moral. La tolerancia se funda más bien en una determinada convicción moral que pretende tener validez universal. El relativismo moral, por el contrario, puede decir: ¿por qué debo yo ser tolerante? Cada cual debe vivir según su moral y la mía me permite ser violento e intolerante».

Robert Spaemann. «Ética filosófica o ¿son relativos el bien y el mal?», en Ética: Cuestiones fundamentales (Moralische Grundbergriffe, 1982). Pamplona: Eunsa, 2010, 9ª ed.; 136 pp.; col. Astrolabio; ISBN: 978-84-313-2335-6.

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sábado, 18 de diciembre de 2010

Uno de los rasgos humanos más característicos de Chesterton siempre fue el del asombro agradecido ante la vida. Ya mencioné un texto de 1904 —Ojos nuevos, oídos nuevos— donde hablaba de que que «las divisiones del tiempo han sido dispuestas de manera que podamos sufrir un sobresalto o sorpresa cada vez que algo se reanuda». En uno de sus primeros libros comparaba el hecho de nacer en una familia con una gran aventura —como figura en la nota Vivimos en un cuento de hadas—. En otro dejó escrito que «la ingratitud es seguramente el mayor de los pecados intelectuales del hombre. Considera naturales sus beneficios políticos como juzga naturales los ciclos y las estaciones» (Robert Browning). En otro artículo señalaba cómo «el principal efecto de toda privación es acentuar la idea del valor. Quizá en un mundo mejor nos sea dado poseer de modo permanente junto con el permanente asombro ante la posesión» («Mudanza», Lectura y locura).

Muchos años después de todos esos textos decía que, cuando era joven, «inventé una teoría mística rudimentaria y pésima, que era propiamente mía», la de que «cualquier cosa era magnífica comparándola con la nada. Incluso si la luz del día era un sueño, era soñar despierto, no era una pesadilla. (...) Este modo de mirar las cosas, con una especie de mínima gratitud mística, estaba naturalmente apoyado, en cierto modo, en aquellos pocos escritores de moda que no eran pesimistas; sobre todo, en Walt Whitman, Browning y Stevenson; en el “Dios debe alegrarse de que se ame tanto a su mundo”, de Browning, y en “la fe en una decencia última de las cosas”, de Stevenson». Pensaba que «ningún hombre sabe lo optimista que es, aún llamándose pesimista, porque no ha medido realmente la magnitud de su deuda hacia lo que le ha creado y le ha permitido ser algo». Siguiendo esa idea —«la idea principal de mi vida, no diré la idea que he enseñado siempre, sino la doctrina que me hubiera gustado enseñar siempre», la idea  de que se han «de aceptar las cosas como gratitud y no como cosa debida»—, ya en el catolicismo Chesterton perfeccionó aquella teoría rudimentaria suya con el Sacramento de la Penitencia, que «concede vida nueva y reconcilia al hombre con todo cuanto vive, pero no lo hace como suelen hacerlo los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad», pues «el don se concede mediante un precio y está condicionado por una confesión. En otras palabras, el nombre del premio es la Verdad, que también se puede llamar realidad», la realidad respecto a uno mismo. (Autobiografía)

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ClaudelLinh.jpg
viernes, 17 de diciembre de 2010

La nieta del señor Lihn,
de Philippe Claudel, es una novela corta construida para llegar al corazón.

El señor Lihn es un anciano refugiado de un país del sureste asiático, podemos suponer que Vietnam, que se encuentra completamente desorientado, junto con su nieta de tres meses, en una ciudad occidental, podemos suponer que París. El narrador nos hace saber que, como consecuencia de la guerra en su país, han fallecido su hijo y su nuera, y él ha tenido que huir con su nieta. Nos cuenta que vive en un centro de refugiados y, en sus salidas a la calle, en un banco de un parque conoce a un hombre corpulento y viudo, llamado Bark, a quien no comprende pero con el que, poco a poco, va teniendo confianza e intercambiando palabras y gestos de afecto. Aunque poco a poco el señor Linh va encontrándose cómodo, todo cambia cuando lo ingresan en un centro hospitalario.

Es destacable la construcción de la historia: el narrador es cuidadoso con el lenguaje y escoge mucho lo que dice y lo que no dice. Se centra en hacernos conocer el mundo interior del señor Linh, pero también nos transmite las reacciones de gente de su alrededor y algunas cosas que le dicen, tanto el señor Bark como algunas otras personas. El señor Linh no las entiende, o las entiende muy parcialmente, pero el lector, se supone, sí debe hacerse cargo de lo que de verdad está ocurriendo. Esta presentación de las emociones nada enfática, que se podría llamar minimalista, hace que dejemos de lado los aspectos del relato que nos parecen improbables —y que al llegar el desenlace no lo son tanto—, y le da una fuerza particular a sus mensajes de lucha y esperanza por un lado, de compasión y amistad por otro.

Philippe Claudel. La nieta del señor Lihn (La petite fille de Monsieur Linh, 2005). Barcelona: Salamandra, 2006; 126 pp.; col. Narrativa; trad. de Jose Antonio Soriano; ISBN: 84-9838-003-0.

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EchenozCorrer.jpg
jueves, 16 de diciembre de 2010

Tal vez porque me gusta correr y tengo muchos amigos corredores, y también porque me gusta el estilo económico de Jean Echenoz, he disfrutado con Correr, un veloz relato dedicado a la historia de Emil Zátopek, uno de los más grandes fondistas de la historia del atletismo.

Empieza durante la segunda Guerra Mundial, cuando su protagonista es aún muy joven y no le gusta correr. Sigue con sus comienzos, sus entrenamientos y su deslavazada manera de correr, sus principales competiciones y las marcas que va batiendo una tras otra.

Un párrafo resumen, que da idea del estilo de Echenoz, es este: «Desde su primer gran triunfo en los Juegos de Londres, a los veintiséis años, nadie ha sido capaz de igualarlo. Durante los seis años, los dos mil días siguientes, será el corredor más rápido de la Tierra en largas distancias. Hasta el punto de que su patronímico ha pasado a ser a los ojos del mundo la encarnación de la potencia y la rapidez, se ha inscrito en el pequeño ejército de los sinónimos de la velocidad. El apellido Zátopek, que no era sino un extraño nombre, comienza a restallar universalmente con sus tres sílabas ligeras y mecánicas, despiadado vals de tres tiempos, ruido de galope, zumbido de turbina, repiqueteo de bielas o de válvulas acompasado por la k final, precedido por la z inicial que ya corre mucho: hace uno zzz y todo corre mucho, como si esa consonante fuera un juez de salida».

El relato termina en los años setenta, cuando el régimen checo, después de que pronunciara a favor de la rebelión de Praga del 68, lo arrinconó y lo destinó a trabajos oscuros.

Jean Echenoz. Correr (Courir, 2008). Barcelona: Anagrama, 2010; 140 pp.; col. Panorama de narrativas; trad. de Javier Albiñana; ISBN: 978-84-339-7540-9.

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miércoles, 15 de diciembre de 2010

Aunque a mí no me han dicho mucho —pues aunque algunos relatos son buenos, otros suenan anticuados o, sencillamente, son raros—, seguro que algunos lectores agradecerán conocer las ediciones de Cuentos españoles de Navidad: de Bécquer a Galdós, y Cuentos españoles de Navidad: de Valle-Inclán a Ayala.

La primera selección contiene relatos de Pedro A. de AlarcónLa nochebuena del poeta—, Pereda, BécquerMaese Pérez el organista—, Isidoro Fernández Flórez, Pérez GaldósLa mula y el buey—, Ortega Munilla, Bonafoux, Luis de Coloma, Blasco Ibáñez, Jacinto Octavio Picón, Eduardo del Palacio, Clarín —La noche mala del diablo—, Luis Taboada, Joaquín Dicenta, Echegaray, Eduardo Zamacois.
La segunda contiene veinte cuentos de: Sánchez Díaz, Valle-InclánLa adoración de los Reyes—, José Nogales, Rubén Darío, Gómez de Vaquero - Andrenio, Pardo Bazán, José Francés, Juan Ramón JiménezJijoneses de Navidad—, Ricardo León, Gómez de la Serna, Hernández Catá, Gabriel Miró, Fernández FlórezLa limosna—, Bergamín, Pemán —El republicano y los Reyes Magos—, Baroja, Azorín —El primer milagro—, Giménez Caballero, Francisco Ayala, Tomás Borrás.

Indico el título de los que me han parecido mejores. Una idea que se puede aplicar a otros temas está vigente también aquí: al tratar sobre la Navidad no hay nada menos original que intentar ser original.

Cuentos españoles de Navidad: de Bécquer a Galdós. Selección, prólogo y edición a cargo de Rafael Alarcón Sierra. Madrid: Clan, 2004; 264 pp.; ilust. de Marina Arespacochaga; ISBN: 84-89142-75-0.
Cuentos españoles de Navidad: de Valle-Inclán a Ayala. Selección, prólogo y edición a cargo de Rafael Alarcón Sierra. Madrid: Clan, 1998; 237 pp.; ilust. de Marina Arespacochaga; ISBN: 84-89142-25-4.

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GopeguiMamaPaciencia.jpg
martes, 14 de diciembre de 2010

El día que mamá perdió la paciencia,
de Belén Gopegui, es un libro con un mensaje directo de rechazo a determinadas figuras que, con frecuencia, las niñas admiran. La autora, que ha escrito el libro para su hija, igual que había escrito El balonazo para su hijo, tiene sobre todo la intención de ser clara: como cualquier padre o madre que desean hacerse comprender y no como un escritor que desea navegar sin mojarse mucho.

La historia cuenta que, un día, la madre de Mariú se levantó y dijo: «Me voy. Me habéis hecho perder la paciencia». Y como a Mariú siempre se le había dado bien encontrar cosas, intenta encontrar también la paciencia de su madre. Con ayuda de una extraña «princesa winx, witch y sirena», como ella misma le dice, Mariú entra en un mundo en el que termina encontrando las cosas que tienen que ver con la paciencia de su madre.

El libro está muy bien escrito. La narración tiene momentos con chispa pero, sobre todo, destaca por el estilo reflexivo de la protagonista, desde cuyo interior, en tercera persona, se cuenta todo. Ejemplo: Mariú desearía ser mayor pues, «si fuera mayor, podría poner una película sin pedir permiso. Pero como no lo era, tenía que preguntarle a su padre, y como su padre tenía que trabajar, no podía preguntárselo ahora». Un lío, vaya.

Belén Gopegui. El día que mamá perdió la paciencia (2009). Madrid: SM, 2009; 79 pp.; col. El Barco de Vapor; ilust. de Carlos Cubeiro; ISBN: 978-84-675-3974-5.

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LacombeCuentosS.jpg
lunes, 13 de diciembre de 2010

Los Cuentos silenciosos, de Benjamin Lacombe, es un espectacular libro tridimensional que presenta ocho escenas, sin texto, que corresponden a Pulgarcita, Pinocho, Los amantes mariposa, Caperucita Roja, Alicia en el país de las maravillas, Barbazul, Peter Pan, y La Bella Durmiente. El texto final de Antonio Rodríguez Almodóvar no se corresponde con las escenas que se muestran sino que añaden otra visión de algún aspecto de esos cuentos. Sin prescindir de él, pues es interesante, creo que muchos lectores agradecerían que, primero, se dieran algunos datos acerca de los cuentos originales y se diera una explicación, o los textos, de las escenas que se representan. E, igual que indiqué con motivo de otros libros tridimensionales, tampoco este alcanza el nivel de los de Robert Sabuda pero sin duda encandila al lector-espectador y como regalo es siempre un acierto.

Benjamin Lacombe. Cuentos silenciosos (Il était une fois, 2010). Zaragoza: Edelvives, 2010; ingeniería de papel de José Pons; texto final de Antonio Rodríguez Almodóvar; ISBN: 978-84-263-7720-3.

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domingo, 12 de diciembre de 2010

Robert Spaemann:
 «Llamamos valores a los objetos o contenidos de los sentimientos (...). El contenido valioso de la realidad se nos patentiza en los actos de alegría y tristeza, veneración y respeto, amor y odio, temor y esperanza. La paradoja reside en que, quien convierte el placer y el bienestar subjetivo en el tema de su vida y en el fin de su actividad, no experimentará en absoluto aquel bienestar más profundo que llamamos gozo. Lo experimentará, en cambio, aquel a quien se le manifieste en toda su riqueza el contenido valioso de la realidad, y esté en disposición de prescindir de sí para poder, como decimos, gozar de algo y con algo. Tales contenidos valiosos no nos resultan todos accesibles a la vez y desde el principio. Se nos manifiestan paulatinamente y en la medida tan sólo en que uno aprende a objetivar sus intereses. Hay que aprender a escuchar y entender la buena música para poder gozar con ella; a leer atentamente un texto, a comprender a los hombres, a diferenciar, incluso, los buenos vinos. También el placer que experimenta el experto en vinos —y del que el no experto no puede hacerse una idea— supone un proceso de formación del gusto».

«Existe pues algo así como una jerarquía objetiva que se revela a quien comprende de alguna manera determinados valores». Así, «existe un criterio muy preciso que es la intensidad del gozo que se experimenta, por ejemplo, con la lectura de determinados libros. Puede suceder que uno no goce leyendo a Shakespeare, y sí lo haga leyendo novelas policiacas. Este, naturalmente, no puede dialogar; y mucho menos el que no haya leído con gusto ni siquiera una novela policiaca. Pero quien haya gozado leyendo tanto una novela policiaca como a Shakespeare, tiene la experiencia de que su gozo posee una mayor intensidad, hondura, duración y reiterabilidad que el otro, aunque sea a la vez más exigente, menos apremiante y no se le pueda captar o invocar en cada momento.

El carácter apremiante de los valores está casi siempre en razón inversa a su altura, porque precisamente los más altos, los que producen más gozo, requieren cierta disciplina para ser captados. Requieren una atención más profunda, y la atención es actividad; y todo lo que está ligado con una actividad causa mayor y más profundo gozo».

Robert Spaemann. «Formación, o el propio interés y el sentido de los valores», en Ética: Cuestiones fundamentales (Moralische Grundbergriffe, 1982). Pamplona: Eunsa, 2010, 9ª ed.; 136 pp.; col. Astrolabio; ISBN: 978-84-313-2335-6.

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sábado, 11 de diciembre de 2010

En opinión de Chesterton, la doctrina bíblica de la Caída original es una forma de interpretar la vida que no sólo es iluminadora sino que también es la única verdaderamente alentadora. Por un lado, dice, «mantiene, frente a las auténticas filosofías alternativas, como la de los budistas, los pesimistas y los prometeicos, que tenemos un mundo bueno que hemos infrautilizado, y que no nos hemos entrampado simplemente en uno malo». Por otro, esa doctrina indica que el mal procede del uso equivocado de la voluntad y que finalmente puede ser enmendado si usamos la voluntad correctamente.

Pero, además, «un hombre que interpreta la vida de esta forma encontrará la luz en miles de cosas sobre las que las éticas de carácter evolucionista no tienen nada que decir». Por ejemplo, en el hecho de que, por lo general, «los promotores de cualquier escuela o de cualquier revolución sean los mejores y los más puros, como William Penn fue mejor que un cuáquero millonario o lo fue Washington frente a un magnate del petróleo americano». O, también, «en ese proverbio que dice que “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”» y que no es más que una forma de plantear la verdad del pecado original. O «en esa sublime sensación de pérdida que es un tema recurrente en toda gran poesía y, sobre todo, en la poesía de los paganos y escépticos», y que, al fin, no es más que una forma de gritar «que la felicidad no es sólo una esperanza, sino una extraña forma de memoria, y que todos somos reyes en el exilio». (Traducción y adaptación mía, muy libre, de varios párrafos de «The Outline of the Fall», The Thing)

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StuparichEscuelaT.jpg
viernes, 10 de diciembre de 2010

Es frecuente que decepcione un segundo libro de un autor cuando el primero lo leíste como un bombazo. Es lo que me ha pasado con Un año de escuela en Trieste, de Giani Stuparich, después del gran impacto que me produjo La isla.

El relato cuenta lo que anuncia el título, un curso escolar, el último antes de ir a la universidad, marcado por la presencia de una única chica que se ha incorporado nueva ese año. Esto provoca que muchos chicos cambien de conducta, buscando agradar a la chica que, aunque intenta ser una más, ve que no es posible; al final se lamentará de que sus compañeros la hayan «obligado a seguir siendo mujer».

El narrador simplemente presenta la cuestión y no hace juicios sobre la ingenuidad de la protagonista, ni sobre la mezquindad o el histerismo de otros personajes. Me atrevo a decir que muchos autores de hoy no serían tan honrados y buscarían dirigir mucho más las opiniones del lector. A mi juicio ahí está el principal mérito del relato, junto con ser una buena pintura de ambientes y personajes, a la vez tan distintos y tan iguales a los de otras novelas escolares.

Giani Stuparich. Un año de escuela en Trieste (Un ano di scuola, 1929). Barcelona: Minúscula, 2010; 94 pp.; col. Paisajes narrados; trad. de Francesc Miravitlles; ISBN: 978-84-95587-69-5.

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GoldingGondoleros.jpg
jueves, 9 de diciembre de 2010

Los gondoleros silenciosos,
es un relato de hace unos años de William Goldman, el autor de novelas como  Marathon Man y La Princesa Prometida (de 1973), y el guionista de películas como Dos hombres y un destino, Todos los hombres del presidente, Un puente muy lejano, y La Princesa Prometida (de 1983).

Su argumento es que un escritor llamado S. Morgenstern —según parece un seudónimo de Goldman en el pasado y, también, un escritor que tiene carácter de personaje dentro de la novela La Princesa Prometida—, cuenta que, siendo niño, escuchó cantar a los gondoleros, cuando en todo el mundo se sabía que nadie cantaba tan bien como ellos. Para ilustrar esto recuerda el episodio de cuando el gran Enrico Caruso se marchó avergonzado de Venecia después de oír cantar al gondolero que ocupaba el quincuagésimotercer puesto de la clasificación interna de los gondoleros. Pues bien, siendo eso así, ¿por qué un día dejaron de cantar los gondoleros de Venecia? Y el narrador cuenta su investigación, que le lleva a la historia de Luigi, un jovencito aspirante a gondolero y con un talento fuera de lo común para guiar una góndola, pero que como cantante era una desgracia.

La narración habla del poder de los grandes sueños, de que los grandes sueños no mueren nunca y esas cosas, pero su fuerza no está en eso sino en que, como todo lo que toca Goldman, funciona bien. Es disparatada, sí, pero gusta porque, a pesar de que el narrador se hace demasiado presente al principio con incisos y comentarios colaterales —aunque resulta un poco menos plasta que el de la novela de La Princesa prometida—, logra interesar al lector: le hace pasar las páginas preguntándose qué pasará y logra transmitirle afecto hacia sus personajes.

William Goldman. Los gondoleros silenciosos (The Silent Gondolers, 1983). Barcelona: Ático de los Libros, 2010; 157 pp.; trad. de Mercedes Herrera; ISBN: 978-84-937809-9-9.

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miércoles, 8 de diciembre de 2010

En la tradición de autores como London, Seton, Roberts, o Curwood, otro escritor de libros que siguen la vida de un animal, desde que nace hasta que muere, y es capaz de contarla como una gran aventura, es Allan Eckert, del que se puede leer, al menos en bibliotecas, El gato salvaje. Me parece que actualmente no hay edición en castellano disponible.

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martes, 7 de diciembre de 2010

Rojo país, río amarillo,
de Ange Zhang, se puede colocar en línea con relatos como Mao y yo, La chica del pañuelo rojo, o Nieve en primavera, y es un ejemplo más del aumento de relatos autobiográficos que, poco a poco, van dando cuenta de cómo fue la vida en la China comunista de Mao. Más adelante llegarán los que hablen de la China dictatorial posterior.

Ange Zhang (Pekín, 1953), escenógrafo en la Ópera Nacional de Pekín antes de emigrar a Canadá en 1989, cuenta su infancia y juventud en China. Comienza su narración cuando, en 1966, tiene trece años y vivía con su familia en el centro de Pekín. Habla de las penalidades que sufrieron sus padres y del adoctrinamiento al que le sometieron, y al que se sometió, durante la Revolución Cultural. Y termina su relato cuando, a la muerte de Mao en 1976, vuelve a casa de sus padres y solicita ingresar en la Escuela Estatal de Teatro.

El autor no ha tenido la intención de componer un álbum sino de contar su historia de niño abducido por la propaganda y por los acontecimientos, y de acompañarla de unas poderosas ilustraciones, muy bien compuestas, algunas con la fuerza propia de los grandes murales obreristas, otras más intimistas y poéticas. Al hilo de la narración incluye algunas fotografías familiares y, en un epílogo, se da información acerca de la Revolución Cultural.

Ange Zhang. Rojo país, río amarillo (Red Land, Yellow River: A Story from the Cultural Revolution, 2004). Salamanca: Lóguez, 2009; 58 pp.; col. La joven colección; trad. de Lorenzo Rodríguez García; ISBN: 978-84-96646-44-5.

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lunes, 6 de diciembre de 2010

A veces, cuando alguien pide un consejo sobre un libro para regalar, una forma de acertar segura y nada comprometida es recomendar libros tridimensionales como los de David A. Carter. En especial, es siempre un triunfo el magnífico y práctico Los elementos del pop-up, una explicación clara de cómo se pueden fabricar pop-ups más o menos geométricos —es decir, no como los de Robert Sabuda—.

Pero también son vistosos, de los que yo conozco, 600 puntos negros, Cuadrado amarillo, y el reciente —y el que más me ha gustado— Ruido blanco, en el que, al abrir las páginas y desplegarse los pop-up se producen ruidillos (se puede ver en wikipedia la definición de ruido blanco, un ruido cuyo espectro es plano, un ruido sin correlación con el tiempo). No todas las composiciones tienen la misma espectacularidad, pero hay muchas que llaman poderosamente la atención y resultan muy sugerentes.

Es gracioso que la contracubierta de 600 puntos negros diga que se recomienda su uso a partir de los 3 años; y, en cambio, la de Ruido Blanco diga que no se recomienda su uso para niños menores de tres años... En fin: en principio son libros para niños (y adultos) extremadamente cuidadosos salvo en el caso de quienes tengan vocación ingenieril destructiva-constructiva.

David A. Carter y James Diaz. Los elementos del pop-up (The Elements of Pop-Up, 1999). Barcelona: Combel, 2009; 18 pp. en cartoné; trad. de Nuria Riambau; ISBN: 978-84-9825-435-8.
David A. Carter. 600 puntos negros (600 Black Spots, 2007). Barcelona: Combel, 2007; 18 pp. en cartoné; trad. de ; ISBN: 978-84-9825-290-3
David A. Carter. Cuadrado amarillo (Yellow Square, 2008). Barcelona: Combel, 2009; 18 pp. en cartoné; trad. de Jordi Martín; ISBN: 978-84-9825-436-5.
David A. Carter. Ruido blanco (White Noise, 2009). Barcelona: Combel, 2010; 18 pp. en cartoné; trad. de Diego de los Santos; ISBN: 978-84-9825-551-5.

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domingo, 5 de diciembre de 2010

«La educación debe hacer capaz al hombre de librarse de la sensación del momento, capaz de hacer lo que quiera. Debe aprender a conducir su vida, más que a dejarse llevar». Esa es la razón, señala Robert Spaemann, de que Rousseau recomendara «a las madres que, cuando el niño que tienen en brazos tienda la mano a una manzana, no deben buscarle la manzana, sino que deben llevar el niño a la manzana. Así aprende el niño que las cosas no se dejan dar órdenes y que debemos determinarnos a nosotros mismos. (...) Solamente ante una realidad que nos ofrece resistencia podemos desarrollar nuestras fuerzas. Y las alegrías más profundas de la vida se relacionan con el desarrollo de nuestras fuerzas y capacidades. El educador tiene ante sí la tarea de introducir al niño en la realidad que está frente a él y es independiente de él. La madre es, en general, la primera realidad independiente con la que el niño se encuentra. Se ha cuidado así que la realidad se experimente ante todo como algo amistoso y favorable. La formación de esta primera experiencia —la psicología habla de confianza originaria— es lo más importante que la educación tiene que hacer. Quien puede recurrir al recuerdo de un mundo sano, está más preparado para el contacto con el que está viciado». Y aquí se podrían citar de nuevo los comentarios de Dostoievski recogidos en Padres responsables y razonables.

Robert Spaemann. El primer párrafo está en «Justicia o yo y los otros», y el segundo en «Educación o el principio del placer y de la realidad»; ambos en Ética: Cuestiones fundamentales (Moralische Grundbergriffe, 1982). Pamplona: Eunsa, 2010, 9ª ed.; 136 pp.; col. Astrolabio; ISBN: 978-84-313-2335-6.

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sábado, 4 de diciembre de 2010

Decía Chesterton que una de las afirmaciones modernas más asombrosamente tontas es la de «que “la religión nunca puede depender de diminutas disputas acerca de la doctrina”. Es como decir que la vida no puede depender de mínimas disputas acerca de la medicina». Lo cierto es que «nadie escribirá una historia de la civilización europea que tenga sentido hasta que no haga justicia a los concilios, esas vastas y sutiles colaboraciones para cribar mil pensamientos y encontrar así el verdadero pensamiento de la Iglesia. Los grandes concilios son más prácticos y más importantes que los grandes tratados internacionales que generalmente se consideran los momentos de giro de la historia». Esto se ve si pensamos en que, «en casi todos los casos, la paz internacional está basada en un compromiso; mientras la paz religiosa está fundada en una distinción». Por ejemplo, «no fue un compromiso decir que Jesucristo es perfecto Dios y perfecto hombre; pero sí fue un compromiso decir que Danzig debería ser parcialmente polaca y parcialmente alemana». Es decir: «nuestra civilización está construida sobre viejas decisiones morales; esas que muchos piensan que son decisiones sobre minucias». Así, «cuando el dogma trazó una fina distinción entre el honor debido al matrimonio y el honor debido a la virginidad, selló la cultura de todo un continente con un modelo de rojo y blanco; un modelo que puede no gustar a algunos, pero que toda la gente reconoce cuando ellos lo vilipendian. Cuando se distinguió entre préstamo legal y usura, se creó una conciencia histórica que incluso el enorme triunfo de la usura en la edad moderna no ha destruido del todo. Cuando Tomás de Aquino definió la verdadera propiedad y definió los abusos de la falsa propiedad, la tradición de esa verdad ha dado lugar a una estirpe de hombres reconocibles hoy en las huelgas de Melbourne o de Chicago». Y es que «esas distinciones han crecido hasta ser principios y hasta prejuicios fuertes», como pensar que beber está bien y emborracharse mal, que el matrimonio es normal y la poligamia anormal, que golpear primero está mal pero defenderse está bien, que hacer esculturas está bien pero adorarlas está mal. «Todas esas son, si uno lo piensa bien, distinciones teológicas sutiles». (The Resurrection of Rome)

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viernes, 3 de diciembre de 2010

Ojos de agua
y La playa de los ahogados, de Domingo Villar, son dos novelas policiacas que se desarrollan en Vigo y sus alrededores. En la primera el inspector Leo Caldas descubre quién asesinó a un saxofonista y en la segunda desenreda el caso de un marinero ahogado en Panxón.

Como Kurt Wallander, el protagonista de las novelas detectivescas de Mankell, Caldas es un tipo concienzudo en su trabajo que, aunque sabe tratar bien a las personas con las que se relaciona, no acierta como le gustaría en su vida personal que, por otra parte, está más centrada que la del sueco y resulta más cercana para un lector de aquí. Luego, es un acierto el contraste continuo entre la manera de actuar de Caldas y la de su ayudante aragonés, Estévez, un tipo impulsivo al que, salvada la irritación que pueden causar algunos incidentes que protagoniza, sobre todo si uno ha sufrido alguno parecido en la vida real, deben reconocérsele golpes excelentes; también en esto resultan superiores estas novelas a las de Wallander, a las que les falta un contrapunto así.

Además, el autor entreteje bien las historias paralelas de la vida de Caldas: aparte del caso que tiene entre manos, en cada novela se ven la preocupación que siente por su padre y las relaciones que tiene con él; el dolor sordo por la separación de Alba, un personaje que todos en las novelas conocen pero del que los lectores no saben casi nada; la relación tensa con el periodista que dirige un programa de radio en el que interviene regularmente… Y tienen las dimensiones justas los otros escenarios por donde discurre su vida: la comisaría y el bar sobre todo. Los diálogos son excelentes, el despliegue de investigaciones y averiguaciones es ordenado, prácticamente no hay ningún comentario enfático, y añaden sabor a la narración las excelentes descripciones de comida.

Sin perder de vista que la primera novela de una serie siempre significa la presentación del protagonista y de los escenarios habituales, y por tanto es irreemplazable, en este caso puede leerse directamente la segunda novela, La playa de los ahogados, que además es mejor que la primera: el caso es más sencillo y menos escabroso —cosa que yo, por lo menos, agradezco—, están particularmente bien presentados los ambientes marineros, el comportamiento de Estévez no es tan irracional, todo se desarrolla con pausa y sin el aceleramiento explicativo del final de la primera novela.

Domingo Villar. La playa de los ahogados (2009). Madrid: Siruela; 2009; col. Nuevos Tiempos; 445 pp.; ISBN: 978-84-9841-129-4.
Domingo Villar. Ojos de agua (2006). Madrid: Siruela, 2007, 6ª impr.; 188 pp.; col. Nuevos Tiempos; ISBN 10: 84-7844-048-8.

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jueves, 2 de diciembre de 2010

Las antiparras del poeta burlón
es un relato corto de José María Merino, inteligentemente construido y muy bien escrito.

En su primera parte un conocido escritor redacta, como respuesta para un periodista que le preguntó por sus comienzos, unos recuerdos de juventud: su descubrimiento de quién fue Quevedo, gracias a su padre, y su actividad como autor anónimo de poemas satíricos contra compañeros de clase y profesores. En la segunda, el periodista comenta ese relato e incluye los poemas que se citan en él. En una breve tercera parte, José María Merino explica que, aunque todo se ambienta en los escenarios de su infancia, en León, eso lo hizo él para cubrir el anonimato del verdadero protagonista de la historia, un amigo suyo.

Al terminar resultan evidentes los propósitos del autor de acercar la figura de Quevedo a los escolares y, al mismo tiempo, de hablarles de honradez intelectual y de respeto a los demás. Pero, antes, es un buen relato del ambiente colegial de los años de adolescencia del autor, que resulta verosímil porque va derecho al núcleo de la anécdota y es escueto en la presentación de las emociones de los personajes; y, en particular, por no caer en la trampa de dulcificar la bajeza del protagonista para que terminara siendo más amable a los ojos del lector, en ese sentido igual que Quevedo.

José María Merino. Las antiparras del poeta burlón (2010). Madrid: Siruela, 2010; 126 pp.; col. Las Tres Edades; ISBN: 978-84-9841-391-5.

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miércoles, 1 de diciembre de 2010

Jean Craighead George
es una autora de relatos sobre la vida en la naturaleza que son, al mismo tiempo, amenos y sólidos. Su libro más conocido es el emotivo Julie y los lobos, que cuenta con una protagonista inolvidable, una chica esquimal de cara redonda y nariz achatada, y, además, con unas ilustraciones magníficas de John Schoenherr.

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