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Notas de diciembre de 2012 :: bienvenidosalafiesta ::    
bienvenidos a la fiesta
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lunes, 31 de diciembre de 2012

Mis planes para el 2013 siguen siendo los que dije un año atrás. Seguiré introduciendo información sobre libros antiguos que aún tengo almacenada, e iré mejorando secciones y la opción Listados. Espero también poner reseñas de algunos libros de y sobre Chesterton, que todavía faltan, en el 2013. También sigo con el proyecto de preparar más libros en formato electrónico. 

Feliz año.

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domingo, 30 de diciembre de 2012

Josef Pieper: «Esperar no sólo significa esperar en el futuro algo bueno para quien espera, sino también tener un motivo para tal expectativa. La razón de esperar, si realmente la hay, no reside, como lo deseado, en el futuro; ha debido anteponerse ya y presuponerse a toda esperanza. Yo no puedo esperar que me sea dado un motivo para esperar. Percatarme de tal motivo, de tal fundamento, de mi esperanza, no lo puedo lograr sino recordando tal fundamento en la reflexión y en la contemplación.

El futuro sin punto de partida es vaciedad. Y una esperanza sin fundamento, sin un motivo que la preceda y nos preceda, podría muy bien llamarse desesperación».

Josef Pieper. «¿Futuro sin punto de partida y esperanza sin fundamento?», La fe ante el reto de la cultura contemporánea. Sobre la dificultad de creer hoy (Über die Schwierigkeit heure zu glauben, 1974). Madrid: Rialp, 2000; 281 pp.; trad. de Juan José Gil Cremades; ISBN: 84-321-3294-2.

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sábado, 29 de diciembre de 2012

En relación a la literatura que se ha de dar a los niños, estas observaciones de Joubert están muy bien:

«A los niños, en literatura, darles sólo lo sencillo. La sencillez jamás ha corrompido el gusto; todo lo que es poéticamente defectuoso resulta incompatible con ella. Así es como la limpidez del agua se arruina con la mezcla de materias demasiado terrestres. Nuestro gusto alimenticio se corrompe por efecto de sabores demasiado fuertes, y nuestro gusto literario, puro en sus comienzos, por efecto de las expresiones demasiado marcadas. Tratad con tiento, alegrad la vista de esos espíritus jóvenes, dadles autores que la sosieguen y la alborocen».

«No deis a los niños sino modelos de sencillez y buen gusto; poned sólo en sus manos autores en los que su alma encuentre a la vez un movimiento y un reposo perpetuos que les ocupen sin esfuerzo y de los que se acuerden sin dificultad».

Pascal, La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues, Chamfort, Joubert. Moralistas franceses. Máximas, pensamientos y caracteres. Córdoba: Almuzara, 2008; 1214 pp.; Biblioteca de Literatura Universal; trad. de Salustiano Masó y José Antonio Millán Alba; introducción de Alicia Yllera; edición de José Antonio Millán Alba; ISBN: 978-84-96968-28-8.

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viernes, 28 de diciembre de 2012

El mismo amigo que me recomendó Silencio me animó a leer La larga soledad, la autobiografía de la norteamericana Dorothy Day (1897-1980), un personaje completamente desconocido para mí. Es un libro dividido en tres partes —«Búsqueda», «Felicidad natural», «El amor es la medida»— que se corresponden con su vida hasta los 25 años —infancia, juventud, trabajo como periodista y como activista socialista-marxista—; cinco años en los que se plantea su conversión al catolicismo, tiene una hija, y se separa de su marido, que ni quería tener la niña ni entendía su religiosidad; y los años posteriores a su encuentro con Peter Maurin, con quien fundó, en 1933, el Movimiento del Trabajador Católico.

Aunque la escritora señala que no intenta tanto escribir su autobiografía como hablar de las cosas que, a lo largo de su vida, la llevaron a Dios, lo cierto es que resulta más que singular su vida como reportera en periódicos combativos, igual que su itinerario intelectual —de autores como Upton Sinclair y Jack London, a otros como «Dostoievski y Huysmans (¡qué hombres tan diferentes!)»…—, así como su participación en huelgas de hambre y manifestaciones —lo que le valió varias detenciones y encarcelamientos, alguna, dice, «víctima de la histeria roja de la época, pero víctima también de mi propia imprudencia»—.

Como corresponde a un personaje que rompe cualquier molde, son muchas las situaciones y anécdotas curiosas. Por ejemplo, que llegase a leer a santa Teresa gracias a… William James. O el que, cuando dio a luz a su hija, la chica católica «que estaba en la cama contigua a la mía en el hospital me dio una medalla de Santa Teresa de Lisieux.
—Yo no creo en esas cosas —le dije, demostrando una vez más que a veces las personas dicen lo que no piensan.
—Si amas a alguien, te gusta tener a mano algo que te lo recuerde —me contestó.
Era una verdad tan evidente que me sentí avergonzada».

Dorothy Day. La larga soledad: autobiografía (The Long Loneliness, 1952). Santander: Sal Terrae, 2000; 301 pp.; col. Servidores y testigos; trad. de Ramón Ibero Iglesias; ISBN: 84-293-1359-1.

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jueves, 27 de diciembre de 2012

En El violonchelista de Sarajevo, de Steven Galloway, el narrador sigue las peripecias de algunos personajes que sufrieron el asedio de Sarajevo centrando principalmente su atención en un violonchelista que decidió tocar el Adagio de Albinoni durante veintidós días seguidos, allí donde una bomba mató a veintidós personas. Los otros son Kenan, un padre que va en busca de agua para su familia; Dragan, un hombre cuya esposa e hijo están fuera de la ciudad; y Flecha, una francotiradora muy hábil que ha decidido no disparar nunca sobre civiles pero sí sobre soldados, a la que indican que vigile que ningún otro francotirador dispare al violonchelista.

El relato está bien escrito y mantiene al lector en vilo. El autor dice, al final, que charló con muchas personas que sufrieron el asedio de la ciudad para recoger con verosimilitud la inquietud angustiosa de la situación. Cada capítulo está centrado en uno de los personajes y se narra en presente, un recurso que, mientras leía la historia, no veía claro: en situaciones como las de los protagonistas es dudoso que los pensamientos circulen tal como lo hacen en el texto (aunque no tengo experiencia de primera mano, gracias a Dios). También, puesto que se basa en hechos reales, parece que serían necesarias algunas explicaciones acerca de quién es quién: por ejemplo, el relato dice que «los hombres de las montañas» son los que disparan sobre la ciudad pero nadie sabe quiénes son esos hombres y por qué lo hacen o por qué comenzaron a hacerlo.

Al margen del valor del relato como tal, que sin duda es eficaz, es jugosa la polémica posterior a la novela: a Vedran Smailovic, el violonchelista que protagonizó el incidente que usó el autor como núcleo de su argumento, no le hizo ninguna gracia que se usase su gesto en una novela (de la que no se le informó, por otra parte, hasta que estuvo publicada). Por contraste, un libro valioso sobre una situación semejante a la de Sarajevo, contado por quién sí vivió lo que se narra, es El juego de las golondrinas, una novela gráfica de la dibujante libanesa Zeira Abirached donde cuenta un episodio que vivió de niña en Beirut, con poderosas imágenes en blanco y negro (al modo de Persépolis, de Marjane Satrapi).

Steven Galloway. El violonchelista de Sarajevo (The cellist of Sarajevo, 2008). Barcelona: El Aleph, 2008; 237 pp.; col. Modernos y clásicos de El Aleph; trad. de Nuria Salinas; ISBN: 978-84-7669-831-0.
Zeira Abirached. El juego de las golondrinas (Mourir, partir, revenir – Le Jeu des hirondelles, 2007). Madrid: Sinsentido, 2008; 186 pp.; trad. de Lucía Bermúdez Carballo; ISBN: 978-84-96722-43-9.

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miércoles, 26 de diciembre de 2012

El otro día puse una reseña de En busca de Ulises, un libro que habría podido colocar, con toda justicia, en la sección de «Aventuras marineras». En ese apartado entra All Sail Set, un antiguo libro de Armstrong Sperry que también se podría etiquetar como «Novela histórica». Sea como sea, a cualquier entusiasta de la navegación, y en particular de los barcos de vela, le gustará conocer el relato del famoso Flying Cloud.

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martes, 25 de diciembre de 2012

Decía Chesterton que toda ceremonia depende del símbolo y que todos los símbolos han sido vulgarizados y viciados por las condiciones comerciales de nuestro tiempo. De todos esos símbolos desvanecidos y falsificados, el ejemplo más melancólico es el antiguo símbolo de la llama. En cada época y país civilizado, era una cosa natural hablar de algún gran festival en el que «la ciudad era iluminada». No hay hoy ningún significado en decir que la ciudad se iluminó. No hay razón ni propósito alguno para iluminar la ciudad con motivo de cualquier entusiasmo noble, como haber obtenido una victoria. La nueva iluminación ha hecho que la gente se canse de la forma de proclamar grandes cosas al usarla continuamente para proclamar pequeñas cosas. No ha destruido la diferencia entre la luz y la oscuridad, pero ha facilitado que las luces menores sobresalgan sobre las más grandes.

G. K. Chesterton. «The Rituals of Christmas», artículo del 24 de diciembre de 1927, The Illustrated London News, Collected Works volumen XXXIV.

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Navidad, fresco, San Marcos.
Fra Angelico, 1440-1441.
lunes, 24 de diciembre de 2012

Muchas gracias a todos los que leen esta página —28303 visitantes únicos en el último mes de noviembre— y, en especial, a todos los que la citan o enlazan, y a todos los que me ponen correos para decirme cosas que debería corregir o mejorar.

Feliz Navidad.

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domingo, 23 de diciembre de 2012

Joubert: «La piedad nos vincula a lo más poderoso que existe, que es Dios, y a lo más débil, como los niños, los ancianos, los pobres, los inválidos, los desgraciados y los afligidos. Sin ella, la vejez ofende la vista, la invalidez repele, la imbecilidad produce aversión. Con ella, en la vejez sólo vemos la edad avanzada; en la invalidez, el sufrimiento; en la imbecilidad, la desgracia. No experimentamos sino respeto, compasión y deseo de consolar».

Pascal, La Rochefoucauld, La Bruyère, Vauvenargues, Chamfort, Joubert. Moralistas franceses. Máximas, pensamientos y caracteres. Córdoba: Almuzara, 2008; 1214 pp.; Biblioteca de Literatura Universal; trad. de Salustiano Masó y José Antonio Millán Alba; introducción de Alicia Yllera; edición de José Antonio Millán Alba; ISBN: 978-84-96968-28-8.

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sábado, 22 de diciembre de 2012

Bauman: «Nos han entrenado para dejar de preocuparnos de cosas que parecen estar tozudamente más allá de nuestro poder (y, por tanto, también de cosas que parecen prolongarse más allá de nuestro tiempo vital) y para concentrar, en cambio, nuestra energía y atención en tareas que quedan dentro de nuestra competencia, de nuestro alcance (individual) y de nuestra capacidad de consumo. (…) Las cosas deben estar listas para el consumo sobre la marcha; las tareas deben dar resultados antes de que nuestra atención vaya a la deriva en busca de otros afanes; los temas deben dar fruto antes de que el entusiasmo de cultivarlos se agote. ¿Inmortalidad? ¿Eternidad? Bueno: ¿dónde está el parque temático donde poder experimentarlas sobre la marcha?»

No siempre fue así. «Todas las culturas que conocemos, en todas las épocas, intentaron, con mayor o menor éxito, tender un puente para salvar el abismo existente entre la brevedad de la vida mortal y la eternidad del universo. Toda cultura ofrecía una fórmula para la proeza del alquimista: una nueva forja de sustancias básicas, frágiles y transitorias, en metales preciosos que resistieran la erosión, que fueran imperecederos. Tal vez seamos la primera generación que entra en la vida y vive sin fórmula semejante. (…) A los puentes que conectan la vida mortal con la eternidad, laboriosamente construidos durante milenios, se les ha arrebatado su utilidad. Antes vivíamos en un mundo que no estaba privado de puentes. Es demasiado pronto para decir qué vamos a encontrarnos, o en qué situación vamos a encontrarnos viviendo en una tierra semejante».

Zygmunt Bauman. Identidad: conversaciones con Benedetto Vecchi (Identity: Conversations with Benedetto Vecchi, 2004 ). Madrid: Losada, 2005; 214 pp.; col. Filosofía; trad. de Daniel Sarasola; ISBN: 84-96375-20-X.

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viernes, 21 de diciembre de 2012

Retorno al pudor, de Wendy Shalit, es un ensayo que se podría describir como una una desvergonzada defensa de la vergüenza o una impudorosa defensa del pudor. Hay aquí una breve biografía de su autora —que escribió su libro con 23 años— y aquí una buena reseña explicativa de su libro.

Por mi parte no necesitaría tantas anécdotas como cuenta, unas personales y otras tomadas de la prensa del corazón y de las páginas de sucesos, pero, sea como sea, me ha gustado su planteamiento: «escribo porque veo mucha infelicidad a mi alrededor», una infelicidad que, apunta, nunca vio en sus padres ni en sus abuelos, todos ellos buenos judíos. La autora comienza con un reconocimiento de que las reclamaciones feministas son justas, para señalar luego que la forma en que muchas se intentan llevar a la práctica, también por parte de no pocas mujeres, son las propias de «una cultura esencialmente machista (…) que considera que todas las ilusiones románticas son “complejos” anómalos». Explica bien que, tal como están planteados, los programas de educación sexual en las escuelas son contraproducentes muchas veces.

La autora termina señalando que «debido al asalto contra la infancia que se produce hoy en día, debido a la intromisión de los educadores sexuales, y de los preservativos, y de las letras obscenas que padecemos desde que somos bien pequeños, o quizá debido a los padres que han abandonado a sus hijos, muchos de nosotros tenemos la impresión de que nunca hemos tenido la oportunidad de ser jóvenes. El pudor sexual es un ideal para nosotros, y me atrevo a predecir que se convertirá en un ideal cada vez para más personas, porque es una manera de reafirmar nuestra inocencia». La propuesta con la que se cierra el libro es educativa: «¿Tendrán mis hijos la fortuna de que les permitan ser niños? ¿Quién sabe? Desde luego, por intentarlo que no quede, y ya veremos qué sucede. Al fin y al cabo, no veo por qué nuestros padres van a tener el monopolio de las revoluciones sexuales».

Wendy Shalit. Retorno al pudor (A Return to Modesty. Discovering the Lost Virtue, 1999). Madrid: Rialp, 2012; 400 pp.; trad. de Javier García Verdugo; ISBN: 978-84-321-3963-5.

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jueves, 20 de diciembre de 2012

Ernle Bradford, un experto marino que combatió durante la segunda Guerra Mundial y que luego navegó durante varias décadas por el Mediterráneo en barcos de todos los tamaños, es el autor de En busca de Ulises, un libro muy ameno que sigue paso a paso el argumento de la Odisea para constatar su gran precisión siempre que trata sobre cuestiones marineras. Se ha de buscar en bibliotecas, pues está descatalogado.

Dice Bradford que siempre que Homero describe «un puerto, un fondeadero, o cualquier azar de la navegación, se advierte en sus palabras un notable acento de autenticidad, algo distinto por completo a la invención poética», que sí se nota en otros tramos de su relato. Así, por ejemplo, «en la Odisea parece darse por supuesto que los barcos no tienen otra opción que dejarse llevar por la tormenta o por los vientos fuertes», algo que «coincide con los datos de que disponemos sobre estos primeros barcos: su vela cuadrada sólo podía usarse si el viento les llegaba de popa, y con sus remos de hoja ancha sería prácticamente imposible remar contra el viento, cualquiera que fuese la fuerza de los remeros». O, por ejemplo, cuando se cuenta que Ulises construye una balsa, el relato homérico «es realista y detallado como sacado de un manual especializado».

Al final, el autor dice: «sean cuales sean los aspectos mitológicos de Ulises y de su viaje, yo aquí no he perseguido otra cosa que tratar de mostrar que el viaje descrito por Homero tiene por origen un hecho real. He pasado parte de los mejores años de mi vida navegando por el Mediterráneo y jamás he intentado penetrar en el bosquecillo sagrado de los estudios clásicos. Lo único que ha ocurrido es que, a lo largo de esos años, he visto repetidas veces puertos, fondeaderos, islas y trechos de costa con ojos que no eran míos. En ocasiones esta sensación era tan misteriosa como si realmente me encontrara con que me habían puesto ante los ojos unos extraños gemelos que me daban una perspectiva nueva, insólita, detallada, de algo que hasta entonces me había parecido familiar. ¡Imaginaciones! Sí, bueno, pero es que yo tengo la idea, quizás pasada de moda, de que la “la imaginación se puede comparar con el sueño de Adán, que despertó y encontró que era verdad”».

Ernle Bradford. En busca de Ulises (Ulysses Found, 1964). Barcelona: Muchnik, 1989; 295 pp.; col. Literatura; trad. de Jesús Pardo; ISBN: 84-76690800.

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miércoles, 19 de diciembre de 2012

The Westing Game, de Ellen Raskin, es una historia tipo acertijo, con una cuidadosa planificación para sorprender una y otra vez al lector. Parece difícil que funcione bien un relato así, tan artificioso, pues el lector aprecia que no están jugando limpio con él, pero en este caso la narración es eficaz, porque aviva continuamente la curiosidad y el deseo de saber cómo acabará todo. No está editado en España ni, creo, traducido al castellano.

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martes, 18 de diciembre de 2012

Aunque no me ha dado tiempo a leerlo con calma, como se merece, quiero citar antes de Navidad Abuelas de la A a la Z, de Raquel Díaz Reguera, porque, para no pocos, puede ser un regalo muy apropiado para la época.

Es un estupendo y extenso álbum que, como su modelo Princesas olvidadas o desconocidas, está concebido como un catálogo posmoderno de abuelas. La presentación de cada tipo de abuela se hace con una explicación, una ilustración grande y varias que presentan detalles. Hay varias páginas especiales, como «Los bolsillos de las abuelas» o «Esencias enfrascadas de las abuelas del mundo». Se usan distintas tipografías de acuerdo con el «espíritu abuelil» correspondiente. Los textos tienen un tono desenfadado… y certero. Así, de las Abuelas Cocinillas se nos dice que «son las grandes inventoras de la traditionnelle cuisine» y que «una de sus máximas incuestionables es: “no hay ningún problema que no tenga solución frente a unos huevos fritos con jamón”»; las Abuelas Curapupas son «también conocidas como abuelas abrazables»; las Abuelas Rosas, «muy cursis y empalagosas», «no pierden la ocasión para adornar a sus nietas con lazos, lacitos, moñas y horquillas»… Las ilustraciones, en una técnica mixta que usa collages, recortes, ordenador..., sin la sofisticación de las del álbum de Rébecca Dautremer, son amables y simpáticas, y combinan igual de bien lo realista y lo bromista. Me parece que, salvo tal vez a ciertas abuelas y nietas Tiquismiquis que preferirían presumir de la posmodernidad francesa y no de la de aquí al lado, puede gustar a todas.

Raquel Díaz Reguera. Abuelas de la A a la Z (2012). Barcelona: Lumen, 2012; 80 pp.; ISBN: 978-84-488-3472-2. [Vista del libro en amazon.es]

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lunes, 17 de diciembre de 2012

999 hermanas ranas, de Yasunari Murakami y Ken Kimura, (bastante anterior por lo que se ve a 999 hermanas ranas se mudan de charca), es un relato gracioso y, más o menos al modo de Nadarín, instructivo acerca de cómo la unión puede hacer la fuerza.

Cuando nacen 999 ranitas hay una que tarda más pero, cuando deja el huevo, resulta ser mucho más grande que sus hermanas. Al aparecer una serpiente de agua cuyo alimento preferido son los renacuajos, las ranitas están jugando al escondite por lo que la hermana mayor es la que ha de hacer frente a la serpiente.

Ilustraciones sintéticas y extraordinariamente claras: ayuda el que todas las figuras se vean sobre fondo blanco. La claridad narrativa se apoya también en que los pasos que va dando la historia están bien definidos y que el texto, como a mano, es de tamaño grande y fácil de leer. El relato contiene dos páginas desplegables justo donde deben estar: en los momentos críticos. El final es el que cualquier lector pequeño desea.

Yasunari Murakami. 999 hermanas ranas (1989). Texto de Ken Kimura. Granada: Barbara Fiore, 2012; 32 pp.; trad. de Marina Bonas; ISBN: 978-84-15208-22-8.

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domingo, 16 de diciembre de 2012

Para insistir en lo dicho en Nuestro mayor riesgo, pongo un párrafo de John Luckacs: hay «una concepción errónea de la historia que presupone en el historiador la capacidad de establecer, mediante el correcto empleo de los métodos de su ciencia, una precisa reconstrucción del pasado y de sus actores, estableciendo conclusiones acerca de una porción de la historia cuyo carácter, a partir de ese momento, resulte definitivo, inmutable y perenne. No hay tal cosa. No sólo es que la Historia, al contrario que el Derecho, exponga a sus estudiosos a una amenaza múltiple, esto es, a la tentación de repensar y reenjuiciar, una y otra vez, la información y el significado de lo acontecido y de quienes lo protagonizaron. El más importante (y esta vez sí, perenne) deber del historiador es evitar que prevalezcan las falsas verdades, porque perseguir la verdad equivale con frecuencia a una lucha por abrirse paso en la jungla de los sentimientos y la manipulación de los “hechos”. Entre estas manipulaciones y concepciones erróneas se encuadra la tendencia a considerar la mayor parte, cuando no la totalidad de la historia del siglo XX como un combate entre el capitalismo y el comunismo, o entre la “libertad” y el “mal”. (…) No debemos minusvalorar los efectos de dicha simplificación ideológica de la historia. Sólo unos pocos años después del término de la Segunda Guerra Mundial, se desató en los Estados Unidos una especie de revolución en el plano sentimental, en virtud de la cual el anticomunismo pasó a convertirse en un poderoso sustituto (y a menudo en un auténtico sinónimo) del patriotismo norteamericano. Treinta años después desembocó en la triunfalista presidencia de Ronald Reagan, quien, al cabo de treinta años de la muerte de Stalin, seguía llamando a la Unión Soviética “Imperio del Mal”, y equipó a los Estados Unidos para combatirla por tierra, mar, aire y espacio. Pocos años después, cuando el régimen comunista empezaba a resquebrajarse en Europa oriental, el mismo Reagan consideró conveniente revisar algunos de sus planteamientos».

John Lukacs. Junio de 1941. Hitler y Stalin (June 1941: Hitler and Stalin, 2006). México: Fondo de Cultura Económica y Madrid: Turner, 2007; 168 pp.; col. Norma; trad. de Ramón García; ISBN: 978-84-7506-785-8.

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sábado, 15 de diciembre de 2012

Bauman: «En un mundo en donde se practica la falta de compromiso como estrategia vulgar de lucha de poder y de la autoafirmación, hay pocas cuestiones en la vida (en caso de que haya alguna) que se puedan predecir, sin temor a equivocarse, que van a durar. (…) El pensamiento a largo plazo (y aún más las obligaciones y compromisos a largo plazo) se perfila efectivamente como “sin sentido”. Todavía peor, pensamiento, obligaciones y relaciones a largo plazo parecen contraproducentes, categóricamente peligrosos, un paso insensato, un lastre que hay que tirar por la borda y que en primer lugar hubiera sido mejor no subir a bordo.

Son noticias preocupantes, incluso aterradoras. Los golpes se dan directamente en el corazón de la forma humana de estar en el mundo. Después de todo, el peliagudo meollo de la identidad, la contestación a la pregunta “¿quién soy yo?” y, lo que es todavía más importante, la credibilidad continuada de cualquiera que sea la respuesta que se dé a semejante pregunta, no se puede formular a menos que no se haga referencia a los vínculos que conectan al ser con otra gente y se asuma que dichos vínculos permanecen estables y se puede confiar en ellos con el paso del tiempo».

Zygmunt Bauman. Identidad: conversaciones con Benedetto Vecchi (Identity: Conversations with Benedetto Vecchi, 2004). Madrid: Losada, 2005; 214 pp.; col. Filosofía; trad. de Daniel Sarasola; ISBN: 84-96375-20-X.

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viernes, 14 de diciembre de 2012

Me recomendaron también hace poco Silencio, la novela más famosa de Shûsaku Endô, un autor del que no había leído antes nada.

Consta de un prólogo y diez capítulos. En el prólogo se cuenta que, en 1587, con el cambio del gobernador de Japón, se inició la persecución del cristianismo; luego, que en 1614 se decretó la expulsión de todos los misioneros aunque quedaron algunos ocultos; y, finalmente, que en 1637 se aprobó el plan de mandar tres sacerdotes jóvenes cuyo periplo comienza por Goa y Macao. Los cuatro primeros capítulos son las cartas de uno de ellos, Sebastián Rodrigo, donde narra los preparativos de su partida, su contacto en Macao con un extraño japonés llamado Kichijiro, y su llegada al pueblo costero de Tomogi, que resulta ser cristiano. Los siguientes, ya en tercera persona pero desde la perspectiva del personaje, se dedican a los avatares trágicos de su vida desde que lo capturan. El último capítulo, trozos de diarios de un agente holandés y de un funcionario, termina con la muerte de Rodrigo en 1660.

Intensísima narración que desea entrar en la piel del protagonista, en sus ideales y esperanzas del comienzo, y en sus crecientes dudas y temores según avanza su historia. Estos últimos se centran no en el miedo físico al sufrimiento sino en «esa sensación de que Dios sigue cruzado de brazos ante los gemidos de los hombres, de que sigue en silencio». Esto va en aumento, según avanza la novela, debido a que la táctica del señor feudal de Chikugo, el cortés y cruel Inoue, se centra en buscar que apostaten los misioneros para conseguir así que lo haga la gente: con ese motivo se suceden las torturas a otros, que los misioneros han de presenciar, y que, supuestamente, terminarían si ellos pisan públicamente las figuras de Jesucristo y la Virgen que les muestran. La novela no intenta resolver nada, sino sólo plantear el conflicto con enorme fuerza y dejar tiritando al lector.

Shûsaku Endô. Silencio (Chinmoku, 1966). Barcelona: Edhasa, 1988; 204 pp.; trad. de Jaime Fernández y José Vara; ISBN: 84-350-0540-2. Nueva edición, que no conozco, en 2009, 256 pp.; col. Narrativas Historicas; ISBN: 978-8435062077.

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jueves, 13 de diciembre de 2012

He puesto datos de nuevas ediciones de dos álbumes: El viejo árbol y Los tres cerditos; y de la edición electrónica de El fronterizo de oro, un libro que estaba descatalogado y que vuelve a titularse igual que en su primera edición: Senén.
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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Muchas veces, para explicar qué no es un álbum, he dicho con total seguridad que un álbum no es un storyboard de una película. No lo volveré a decir de modo tajante después de ver Nocturno, de Pascal Blanchet, una novela gráfica de la que se puede afirmar que es como un gran storyboard donde cada imagen es como un momento de una película.

Nueva York, año 1948, Anne Scheffer canta de noche por la radio la canción de Cole Porter In the still of the night. La narración sigue las peripecias independientes de tres personajes solitarios, o casi-solitarios, durante algunas horas: las de la propia Anne Scheffer, primero mientras canta y, luego, al marcharse después de terminar aquella canción; las de una camarera que, mientras oye la radio, recibe una llamada por teléfono que le hace dejar el bar y tomar un autobús de largo recorrido; y las de un escritor rechazado que tiene una disputa con su mujer.

Novela gráfica que, como La fuga, evoca el mundo del jazz. Al final se indica la música que el autor pone a cada escena. Esto parece indicar que la aspiración del libro es llegar a ser un relato audiovisual diferente al propio de un libro. Pero la potencia de las ilustraciones y el cuidado con el que están hechas nos dice que, tenga el autor o no ese objetivo, también así se puede componer un gran relato que tiene valor como libro. Cada doble página contiene una ilustración que intenta capturar los acentos del momento, tanto los ambientales como los emocionales. Hay muchas páginas en negro donde sólo vemos siluetas iluminadas, hay otras con picados y contrapicados violentos, muy cinematográficos. En todas las que presentan personajes hay reminiscencias de los cuadros sobre gentes y lugares solitarios tan propios de Hooper. Los textos que van apareciendo lo hacen con tipografías diferentes según cuál sea el origen: si de una canción, si de una transmisión de radio o una llamada de teléfono, etc.

Pascal Blanchet. Nocturno (Nocturne, 2011). Granada: Barbara Fiore, 2012; 140 pp.; trad. de Barbara Fiore; ISBN: 978-84-15208-24-2.

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martes, 11 de diciembre de 2012

A veces me animan a poner aquí noticias de álbumes o libros de conocimientos pues, sin duda, en cualquier librería uno encuentra muchos que parecen extraordinarios. No los incluyo, con algunas excepciones, porque no soy capaz de juzgar sus contenidos: de nada vale un álbum de historia con unas ilustraciones deslumbrantes si las simplificaciones con las que se refiere al pasado son falsas; cualquier libro de ciencias requiere también, antes de cualquier otro comentario, una buena lectura por parte de alguien experto.

Por ejemplo, me ha parecido un libro fantástico, de los que inducen entusiasmo y ganas de profundizar más, África Salvaje, donde se hace un resumen de cinco hábitats propios de ese continente: Montañas, Praderas, Humedales, Pozas de Agua, Suelo. Cada uno se presenta con una doble página que contiene la información básica y un espectacular pop-up donde, además, se dan datos sobre muchos animales. Pero, de esta cuestión, no sé nada de nada y, como es lógico, tengo que confiar en los autores del libro.

Me ha ocurrido lo mismo con La Tierra en movimiento, un libro también magnífico donde se da mucha información sobre nuestro planeta. Sin embargo, en este caso puedo apuntar que, como sí he leído cosas sobre la cuestión, me gustaría oír a expertos acerca de algunas afirmaciones que se hacen en el capítulo dedicado al cambio climático. Otro detalle es el de la desconfianza que me provocan los incisos de tipo sentimental: sí, ya sé que el hielo del Ártico está reduciéndose y supongo que, tal como afirma el texto, eso «son malas noticias para los osos polares»..., pero me pregunto por qué precisamente los osos, si son malas sólo para los osos, si a lo mejor son buenas para los enemigos de los osos y no deberíamos alegrarnos con ellos también, etc. Sea como sea, es un libro excelente.

Barbara Taylor. Asesor científico: David Burnie. África Salvaje. Viaja por los increíbles hábitats del continente (Safari Animals, 2011). Madrid: MacMillan, 2012; 31 pp., 5 pop-ups; ilust. de Dynamo Lazlo Veres; trad. de Fernando Bort Misol; ISBN: 978-84-1543-017-9.
John Woodward. Asesor científico: Kim Bryan. La Tierra (Earth, 2012). Madrid: MacMillan, 2012; 72 pp.; contiene un CD; trad. de Fernando Bort Misol; ISBN: 978-84-15430-80-3.

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lunes, 10 de diciembre de 2012

Un buen álbum de hace cuarenta años que se publica en español ahora: El bunyip, de los australianos Ron Brooks y Jenny Wagner.

Un ser extraño sale un día de un pantano y los demás habitantes del bosque se atemorizan. El desconocido no sabe nada de sí mismo: «¿qué soy?», repite durante varias ilustraciones. El primero que le responde es un ornitorrinco: «eres un bunyip». A partir de ahí, todo contento, el bunyip va preguntando a varios animales —a un ualabí, a un emú…— a quién se parece, hasta que encuentra a un hombre que, sin pestañear, le dice que el bunyip no existe. Esto hunde por completo al héroe.

Ilustraciones ricas y densas. Significativamente, menos la inicial de presentación del bosque y el pantano, y las que muestran al hombre, todas las demás van recuadradas. La historia tiene un buen hueco dentro de las muchas que hablan de identidad —de personajes que se preguntan por sí mismos y buscan el para qué de sus vidas— y, por supuesto, en las que presentan con gracia el mundo natural y mítico propio de Australia —como El pudding mágico, o el álbum Possum Magic—.

Ron Brooks. El bunyip (The Bunyip of Berkeley’s Creek, 1973). Texto de Jenny Wagner. Barcelona: Ekaré, 2012; 30 pp.; trad. de Carmen Diana Dearden y Verónica Uribe; ISBN: 978-84-939912-5-8. [Vista del libro en amazon.es]

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domingo, 9 de diciembre de 2012

En Los cañones de agosto se cuenta que, cuando Alemania envió un ultimátum a Bélgica para que aceptasen sin lucha la ocupación de su país, uno de los presentes en la reunión ministerial, resumiendo los sentimientos de todos, dijo: «Si hemos de ser aniquilados, que sea con gloria». Y la autora continúa: «En 1914 la palabra “gloria” se pronunciaba sin inhibiciones de ninguna clase, y el honor era un concepto familiar en el que la gente creía».

En Cinco días en Londres, mayo de 1940, se indica cómo, en la reunión decisiva del Gabinete inglés, el 28 de mayo, uno de los presentes recuerda que Churchill dijo: «si al fin nuestra larga historia está condenada a terminar, es mejor que termine no con una rendición, sino con nuestra muerte en el campo de batalla». Y un telegrama de Churchill ese mismo día decía: «Nuestra única esperanza es la victoria e Inglaterra nunca depondrá las armas hasta que Hitler sea vencido o nosotros dejemos de ser un Estado».

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sábado, 8 de diciembre de 2012

Vale la pena pararse a pensar, dice Zygmunt Bauman, que «si nuestros ancestros fueron formados y entrenados, sobre todo, como productores, a nosotros se nos forma y se nos entrena primero como consumidores y luego como todo lo demás. Los atributos que se consideran ventajas en un productor (la adquisición y retención de hábitos, lealtad a las costumbres establecidas, prontitud para demorar las gratificaciones, estabilidad de necesidades) se convierten en los vicios más impresionantes de un consumidor. Por mucho que siguieran existiendo o se convirtieran en normales, serían el toque de difuntos de la economía centrada en el consumidor».

En nuestro mundo, «las instituciones de “educación para toda la vida del consumidor” son innumerables y están en todas partes, comenzando por la avalancha televisiva cotidiana, el periódico y los anuncios en paredes y vallas, y pasando por montones de relucientes revistas “temáticas” que se disputan la publicidad del estilo de vida de los famosos que marcan tendencia, de los grandes maestros de las artes del consumo, y concluyendo en los vociferantes expertos/consejeros que ofrecen recetas último grito, estudiadas y probadas a conciencia en laboratorio para detectar y resolver “problemas vitales”».

Zygmunt Bauman. Identidad: conversaciones con Benedetto Vecchi (Identity: Conversations with Benedetto Vecchi, 2004). Madrid: Losada, 2005; 214 pp.; col. Filosofía; trad. de Daniel Sarasola; ISBN: 84-96375-20-X.

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BulgakovMorfina.JPG
viernes, 7 de diciembre de 2012

Este verano me recomendó un amigo Morfina, de Mijail Bulgákov, y, en efecto, es un libro magnífico. Contiene ocho relatos acerca de un médico joven, ilusionado e inexperto, destinado en la provincia de Smolensk. Allí ha de hacer frente a todo tipo de dolencias: trastornos infecciosos, problemas quirúrgicos, partos complicados, etc. Morfina, una de la historias, es la descripción de una dependencia a la droga y parece ser parcialmente autobiográfica pues Bulgákov fue morfinómano una temporada.

Lo que el narrador cuenta es, sobre todo, su lucha interior para no ceder a la tentación de la huida, ni a la de una mediocridad irresponsable, y que se dice a sí mismo con frecuencia que «hay que aprender con humildad». Los relatos son directos, rápidos, y tienen una cierta dosis de ironía. Queda bien retratado el médico protagonista, inseguro pero también decidido, cuya dedicación a su trabajo tiene una irreflexiva pero indiscutible componente de heroísmo.

Mijail Bulgákov. Morfina (Morfi, 1927). Madrid: Anagrama, 1991; 174 pp.; col. Compactos; trad. de Selma Ancira; ISBN: 84-339-6707-X.

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jueves, 6 de diciembre de 2012

He descubierto hace poco a una escritora de novelas históricas y de intriga que fue muy popular: Georgette Heyer. En su biografía se dice que, a pesar de su éxito, la edición de 1974 de la Enciclopedia Británica no le dedicó una voz propia (lo mismo que, en la 15ª edición, que es la que yo consulté en su momento, no había menciones de Enid Blyton ni de Richmal Crompton). Allí también se lee que las dos novelas protagonizadas por el comisario Hannasyde publicadas por Salamandra, contrariamente a lo que dicen las cubiertas, no son las primeras de la serie y van en el orden opuesto al que se indica en ellas: Muerte en el cepo es anterior a Aquí hay veneno, además de que un personaje de la primera reaparece como ya conocido en la segunda.

Muerte en el cepo comienza cuando Arnold Vereker es asesinado de manera extraña y, como dice el ayudante de Hannasyde, «el problema es que hay demasiados sospechosos con un buen motivo». En primer lugar, su hermanastro Kenneth, por ser el heredero de su fortuna; su hermanastra Antonia, por llevarse muy mal y haber discutido mucho últimamente con él; su contable, que también es novio de Antonia; y más gente... Además, todos se alegran de su muerte hasta el punto de que no paran de bromear sobre cómo podrían haberlo hecho y cómo sus coartadas no prueban nada.

Aquí hay veneno tiene una estructura y un desarrollo parecidos. También empieza cuando fallece un personaje rico y odioso para toda su familia. En este caso el médico dice que fue de forma natural pero, cuando una de sus hermanas pide su autopsia, se demuestra que ha sido envenenado. Salen a la luz entonces los motivos que todos a su alrededor tenían para envenenarlo y se suceden extraños descubrimientos. Al igual que en la novela anterior, todo se complica cuando inesperadamente muere uno de los sospechosos. Del mismo modo, el comisario va interrogando a unos y a otros pero quien acaba resolviéndolo todo es uno de los personajes.

Las intrigas, bien organizadas, no son de las de tipo acertijo: tanto para el lector como para los protagonistas es necesario que vayan desplegándose los acontecimientos y vayan saliendo a la luz nuevos datos para que todo pueda quedar claro al final. Donde ambas novelas brillan es en la calidad de muchos diálogos: unos muy de clase alta británica —como un mayordomo que se refiere al crimen y a sus complicaciones como a un suceso «extremadamente desagradable»—, y otros verdaderamente acerados cuando intervienen algunos personajes. En particular, resultan brillantes, en Aquí hay veneno, los encontronazos dialécticos que provoca el presuntuoso Randall Matthews, incapaz de replicar sin autoelogiarse y sin insultar: «No me avergüenza en absoluto reconocer mis errores. Cometo muy pocos»; o «La compañía de mis parientes sólo puede disfrutarse con frecuentes intervalos de descanso».

Georgette Heyer. Muerte en el cepo (Death in the Stocks, 1935). Barcelona: Salamandra, 2008; 279 pp.; trad. de Gemma Moral Bartolomé; ISBN: 978-84-9838-192-4.
Georgette Heyer. Aquí hay veneno (Behold, Here's Poison, 1936). Barcelona: Salamandra, 2008; 284 pp.; trad. de Gemma Moral Bartolomé; ISBN: 978-84-9838-154-2.

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miércoles, 5 de diciembre de 2012

Jimmy Liao es un autor que tiene un estilo propio reconocible no sólo por sus imágenes sino, también, por los contenidos y enfoques de sus álbumes. Un ejemplo más está en No soy perfecta, un álbum parecido a Soy feliz pero tomando las cosas desde otra perspectiva. Da idea del contenido la dedicatoria: «Este libro está dedicado a los niños y adultos que han dejado de buscar un mundo perfecto».

Casi todas las ilustraciones son caras, muchas de la protagonista principal, Perfecta Nueno, y otras de amigos o primos, que aparecen recuadradas en el centro de cada página. Cada una tiene una frase de presentación arriba —«Este es un primer plano perfecto», «Esta es una prima perfecta», etc.— y un comentario más largo, abajo, en primera persona. Hay algunas ilustraciones a doble página: unas recopilan las ilustraciones pequeñitas que suelen ir en alguna esquina de las páginas previas; otras contienen frases de alguien famoso —por ejemplo, la primera es de Dalí: «No temas la perfección, nunca la alcanzarás»—, que van acompañadas de algún comentario biográfico del personaje; y otras son «perfiles de perfección», donde hay como tablas de evaluación de la pobre Perfecta.

Reconozco que, aunque la insistencia de Liao, libro tras libro, en cosas tan parecidas, puede cansar, su talento gráfico hace que todo se lleve muy bien. Por otra parte, abundan los golpes de buen humor y, a pesar de las térmicas que a veces coge para elevarse no se sabe dónde, sin duda sus libros son muchísimo mejores y más enriquecedores que los de autoayuda. Supongo que la multitud de caras y aspectos con las que vemos a la protagonista tiene mucho de desfile de modelos, o de disfraces: tal vez una manifestación más de cómo el mundo posmoderno, a la vez autosatisfecho e incómodo consigo mismo, propone continuos cambios de imagen.

Jimmy Liao. No soy perfecta (2011). Granada: Barbara Fiore, 2012; 132 pp.; trad. de Jordi Ainaud i Escudero; ISBN: 978-84-15208-25-9.

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martes, 4 de diciembre de 2012

¡Vamos cuentos, a Belén!,
de Ana María Romero Yebra contiene veintiún poemas simpáticos y amables, todos relacionados con la Navidad y un cuento popular: Caperucita llevando a Belén la merienda de su abuelita, cinco lobitos que marchan felices hacia el Portal, lo mismo el soldadito de plomo y la bailarina, igual que Alí Babá y los cuarenta ladrones, el Gato con Botas, etc. Es una oportunidad más de contar los cuentos primero, si los destinatarios no los saben, y de leerles o que lean luego los poemas.

Ana María Romero Yebra. ¡Vamos cuentos, a Belén! (2012). Zaragoza: Edelvives, 2012; 50 pp.; ilust. de Ximena Maier; incluye CD; ISBN: 978-84-263-7441-7.

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domingo, 2 de diciembre de 2012

Ya que hace días cité Los cañones de agosto menciono ahora Cinco días en Londres, mayo de 1940, de John Lukacs. Primero, porque se puede considerar que sus enfoques son algo parecidos: estudiar qué pasa en unos días iniciales que son decisivos para lo que vendrá después. Y, segundo, porque poner en paralelo los dos da idea de las diferencias que hay entre una obra que cabría llamar de investigación histórico-periodística y otra que es el trabajo de acercamiento cuidadoso propio de un historiador profesional.

La tesis del libro es que, si a Churchill y a Gran Bretaña no se les puede llamar los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, pues Estados Unidos y Rusia compartirían ese honor, a Churchill sí hay que reconocerle que fue quien no la perdió cuando, entre el viernes 24 y el martes 28 de mayo de 1940, logró imponer sus criterios en el Gabinete de Guerra, frente a la oposición de Lord Halifax, y en el Parlamento, frente a buena parte de sus compañeros de partido. La idea es que, en la historia de los estados y de los pueblos a veces se da un giro, algo que no tiene nada que ver con un hito: mientras un hito es algo cuantificable, previsible, lineal, secuencial, «un giro puede suceder en la mente de una persona; puede significar un cambio de orientación; sus secuelas son múltiples e impredecibles, secuelas que en la mayor parte de los casos sólo retrospectivamente adquieren relieve. Un giro puede en ocasiones predecirse, pero no con certeza. En este caso ese momento se produjo a últimas horas del martes 28 de mayo. Fue la solución a un conflicto del que, en ese momento, Churchill había salido vencedor. Dijo que Inglaterra seguiría luchando, pasase lo que pasase. Pasase lo que pasase: descartando cualquier tipo de negociación con Hitler».

Lukacs termina su libro indicando lo que, a su juicio, supuso la postura de Churchill y la victoria en la Segunda Guerra Mundial: «En el mejor de los casos la civilización pudo sobrevivir, y Churchill aportó su pequeña colaboración a ello en 1940. En el peor, trabajó para darnos —sobre todo a los que ya no somos jóvenes pero lo fuimos entonces— cincuenta años. Cincuenta años antes de que se alzasen nuevos tipos de barbarie, barbaries no encarnadas por los ejércitos de Alemania o Rusia; antes de que las nubes de una nueva Edad Oscura cubran las vidas de nuestros hijos y nuestros nietos. ¡Cincuenta años! Tal vez fue suficiente».

John Lukacs. Cinco días en Londres, mayo de 1940. Churchill solo frente a Hitler (Five Days in London, May 1940, 1999). México: Fondo de Cultura Económica y Madrid: Turner, 2001; 256 pp.; col. Norma; trad. de Ramón García; ISBN: 84-7506-501-5.

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sábado, 1 de diciembre de 2012

Para explicar la construcción de la propia identidad a veces se usa la imagen del rompecabezas que, piensa Zygmunt Bauman, no es muy esclarecedora. «Sí, uno necesita recomponer la identidad personal (¿las identidades?) igual que se compone un dibujo a partir de las piezas de un rompecabezas. Pero sólo se puede comparar la biografía con un rompecabezas defectuoso, del que se han perdido bastantes piezas (y uno nunca sabe cuántas exactamente). Un rompecabezas que se compra en una tienda está todo en una caja, con la imagen final ya claramente impresa en su tapa, y con la garantía de que nos devolverán el dinero si todas las piezas que se requieren para reproducir exactamente la imagen no están dentro y de que no se puede improvisar ninguna otra imagen usando esas piezas. Así que uno puede consultar la imagen de la tapa después de cada paso para asegurarse de se va por buen camino (el único correcto) al destino conocido de antemano y para comprobar cuánto trabajo falta para llegar a él». Pero «no hay consuelos así a disposición de uno cuando se elabora lo que será la propia identidad. (…) En el caso de la identidad (…) no se comienza por la imagen final sino por un número de piezas que ya se han obtenido o que merece la pena tener, y luego se intenta averiguar cómo se pueden ordenar o reordenar para conseguir algunos (¿cuántos?) dibujos satisfactorios. (…) El trabajo de un constructor de identidad es, como diría Claude Lévi-Strauss, hacer bricolage inventando todo tipo de cosas a partir del material que se tiene a mano». Ahora bien, «no siempre fue así…»

Zygmunt Bauman. Identidad: conversaciones con Benedetto Vecchi (Identity: Conversations with Benedetto Vecchi, 2004). Madrid: Losada, 2005; 214 pp.; col. Filosofía; trad. de Daniel Sarasola; ISBN: 84-96375-20-X.

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